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25/11/09

Preferiría que no


Pues yo lo que quiero es que el Ministerio de Igualdad español se convierta en el de desigualdad absoluta. Ni creo que hombres y mujeres sean iguales, ni quiero que lo sean nunca. Si se trata de que tengamos las mismas oportunidades ante, por ejemplo, un puesto de trabajo, ya tenemos el ministerio de trabajo. No creo que la violencia machista se solucione con un ministerio. Para eso está la policía y la justicia y, sobre todo, la educación que se recibe dentro del ámbito familiar. Mis hijos no entienden nada cuando escuchan conmigo una noticia sobre este asunto. Les parece inconcebible marcar diferencias por cuestión de sexo, de condición sexual, religiosa u otra cualquiera. En mi casa el único religioso soy yo. Y no pasa nada.
No quiero que las mujeres sean como yo. Ni quiero que hagan lo mismo que yo. Ni quiero un gobierno en el que, por narices, aparezcan hombres y mujeres a partes iguales. No me gusta la idea de una separación en la que, por narices también, la custodia de los niños sea cosa exclusiva de las madres. Deseo que las mujeres sean como tenga que ser, que hagan cosas con las que se sientan felices, un gobierno formado por los mejores sean hombres o mujeres, que la justicia no trate con el mismo rasero a todo lo que se mueve pensando que si un tío es un salvaje los demás lo pueden ser del mismo modo.
Ni somos iguales ni lo seremos nunca. Los niños y niñas lo saben. Y muchos adultos lo sabemos. Pues eso.
© Del Texto: Gabriel Ramírez Lozano


15/11/09

Modificándola


Me pregunto qué especie de atracción sufren algunas personas hacia lo que no les gusta. Les repele algo por algo en concreto, pero regresan una y otra vez a su lado. No me gusta cómo me habla este tipo aunque le escucho siempre que puedo. Detesto la forma de escribir de un autor y por eso compro todos los libros que publica. Incomprensible a primera vista. Un acto voluntario que acerca a lo odiado que se produce con una frecuencia preocupante.
No puede ser otra cosa que admiración. El vértigo que provoca la envidia, esa reacción ante lo que crees injusto (tú eres mucho mejor) y que necesitas tener cerca para poder asestar un golpe definitivo logrando que las cosas queden en su sitio, en el infierno. Si lo tienes próximo crees conocer cómo se mueve, cómo evoluciona, cómo puedes terminar con ello. Aunque lo cierto es que siempre te lleva algunos metros de ventaja. Nunca eres capaz de alcanzar lo que admiras, lo que te hace sentir infeliz porque te convierte en insignificante.
La envidia es miedo. Miedo a que te miren para compararte, miedo a pensar que eres lo que eres sin remedio, un pánico irracional ante lo evidente que se presentan tus miserias. La envidia es rencor hacia uno mismo. Las oportunidades perdidas, el fracaso ganado día a día por cometer errores estúpidos, el tiempo perdido que otros (los envidiados) parecen administrar con maestría para llegar hasta donde siempre quisiste.
Y es mezquindad.
Todo lo que distorsiona la realidad lo es. En alguna ocasión, he afirmado que la realidad hay que dominarla hasta donde nos es posible. Para escribir, para pensar, para vivir. Al fin y al cabo todo es la misma cosa. Y en alguna ocasión me han preguntado sobre cómo se hace eso de dominar la realidad. Modificándola. Las cosas que nos superan sólo podemos controlarlas si las modificamos. Es el gran error del envidioso. Quiere modificar, distorsionar, la percepción de los demás respecto a otro (por ejemplo) dentro de una realidad mostrenca. Y eso es imposible. Sólo se consigue al revés.
Me pregunto qué especie de atracción sufren algunas personas hacia lo que no les gusta. Pienso sobre ello, sobre lo terrible que ha de ser vivir mirando desde una segunda o tercera fila impuesta por uno mismo, sobre el sufrimiento que debe producir vivir pensando en tú olvidando el yo. Me pregunto si merece la pena levantarse cada mañana. Claro que no, claro que no.
© Del Texto: Gabriel Ramírez Lozano