Mostrando entradas con la etiqueta Michael Bublé. Mostrar todas las entradas
Mostrando entradas con la etiqueta Michael Bublé. Mostrar todas las entradas

14/4/10

Al cuartelillo


Hoy ha sido un día extraño. Vuelve a llover, me siento agotado por la falta de tiempo y un inmenso trabajo que no parece disminuir por mucho esfuerzo que haga, he tenido que resolver un par de problemas después de cometer errores de principiante, he tenido que leer cuatro o cinco textos estúpidos escritos con una extravagante dosis de mala leche que ni siquiera me han irritado y, echando un vistazo alrededor, tengo la impresión de estar rodeado de gente ajena. Todo lejano.
Son los días que se me hacen extraños los que aprovecho para pensar en anécdotas, más o menos, amables. Viejas o recientes, eso da lo mismo, aunque debe ser cosa de la edad por lo que tengo tendencia (de un tiempo a esta parte) a deslizar el pensamiento hacia cosas que ocurrieron hace muchos años. Cosa de la edad o necesidad vital de pensar en cosas que me hicieron reír sin parar. Y esas cosas solo ocurren cuando uno es joven.
Mientras conducía intentando evitar el perpetuo atasco de Madrid (y sin razón aparente) me ha venido a la cabeza esa noche en la que cuatro jovencitos nos metimos entre pecho y espalda un jamón serrano y, entre medias, una caña de lomo. Dejamos el codillo y el cordón del lomo intactos, eso sí. Lo malo de todo esto no fue comerse un jamón serrano y una caña de lomo. Lo malo es que, después de amanecer, prontito, sin tiempo para reaccionar por la falta de tiempo y el estado en el que nos encontrábamos, llegaron los padres propietarios de la viandas, de la casa que habíamos dejado patas arriba y de la caja de botellines de cerveza vacíos (poco antes llenos, claro). La cara de aquella pareja no se me olvidará nunca. Para arreglar el asunto, el hijo de los propietarios de aquel desastre, se excusó diciendo (muy pomposo él) que aquello era producto de una urgencia, que hubo que intervenir (lo decía con el cuchillo jamonero en la mano derecha y el codillo en la izquierda), que creíamos que había sido una embolia. Las carcajadas se debieron oír en Moscú y la cara de la pareja se desencajaba por momentos ante ese panorama. Nos echaron. Hijo incluido. Pero aquello no fue más que una excusa para ir a desayunar al pueblo. Allí llegamos con nuestro Seat 850 especial. El conductor aparcó justo (sin errar un milímetro) en el único lugar que había una alcantarilla abierta. Rueda trasera derecha dentro. Unos cuantos paisanos nos ayudaron a sacar de allí el coche. Alguien decide tomar el café en otro sitio. Todos dentro. Marcha atrás para salir. Resultado: rueda delantera derecha dentro. Los paisanos de ríen, nosotros nos trochamos sin poder hablar, con dolor de barriga por tanta carcajada, y detrás de ellos aparecen dos miembros de la benemérita con tricornio y todo. Se acercan con una cara de mala leche miedosa. Nos piden la documentación de vehículo. El copiloto (ese era yo) busca en la guantera y encuentra unos papeles que entrega con sonrisa afectuosa. Resultan ser (los papeles) un tebeo. Resultado: al cuartelillo. Cinco horas hasta que mi padre nos rescató.
En fin, el recuerdo me parece muy simpático. La lectura no lo sé, pero hoy me da igual.
Ha sido un día extraño. Vuelve a llover y no sé qué más cosas absurdas y extravagantes han pasado. Y me he reído yo solo a carcajadas cuando intentaba evitar un atasco enorme porque he recordado que fui joven.
© Del Texto: Gabriel Ramírez Lozano

michael buble - Moondance






6/3/10

Golpes de timón


Los caminos que hay que recorrer tratando de llegar a ser honesto son, muchas veces, extraños. Y, lo peor, es que uno (el que camina hacia ese encuentro consigo mismo) sabe lo que hace, pero el resto no, llevándoles a pensar de forma errónea, a interpretar cada movimiento como una mezquindad, una traición o una falta de educación colosal.
Me considero campeón del mundo en hacer quiebros al destino intentando no traicionar mis principios. Me considero campeón del mundo en confundir a otros mientras doy golpes de timón sin explicación alguna. Al fin y al cabo estoy convencido de que todo en la vida debe plantearse a largo plazo, que su verdadero significado (el de la vida, el de las cosas que acompañan) aparece en su justo sitio llegado el momento. En el exacto. Ni antes ni después.. Pero, por fortuna, también me considero campeón del mundo en tener claro (muy, muy clarito) lo que es bueno, lo que es una cabronada, lo que debo hacer o lo que tengo que evitar sea como sea. Tengo claros mis principios, mi ideología, dónde está el final del camino que tracé tiempo atrás y del que no puedo, ni debo prescindir. Pase lo que pase, el camino está dibujado. Es verdad que durante el viaje tendré que modificar esa curva tan peligrosa o acortar una recta eterna y aburrida. Eso es verdad, pero lo fundamental no variará. Principio y fin. Yo y lo que creo que es la honestidad.
Sé que para algunos los movimientos que hice, que hago y que tendré que realizar en el futuro son completamente absurdos, insultantes, cobardes o crueles. Sé, también, que los que me acompañan ya entienden que el que los hace es el mismo individuo antes, durante y después. El que conocieron. Me difumino, me diluyo, desaparezco y vuelvo al lugar que toca siendo yo. Aprendí hace mucho tiempo que, casi siempre, para evitar males enormes es necesario un daño circunstancial, de los que tienen solución con una charla o un beso. Los que me acompañan han aprendido a no llevarse las manos a la cabeza sino a esperar preguntándose qué coño me pasará esta vez.
A cambio, procuro hacer lo mismo con ellos. Dejo que se alejen tanto como quieran. Ya volverán. La vida es larga y si se acaba de forma inesperada no pasa nada. Para eso tenemos la eternidad.
Digo todo esto porque andaba pensando que eso de la honestidad pertenece al individuo. Es él quien la ejerce y nada ni nadie se la puede robar. Si no existe voluntad de perderla no hay posible extravío.
La vida es un recorrido que se realiza en solitario, que adornamos con amores, paternidades o grandes amistades, pero cosa de cada cual.
La vida soy yo, mis objetos, mi insignificancia en el cosmos, mis principios, mi forma de entender las cosas, mis personajes, mis convicciones, mis creencias religiosas. La vida soy yo. Y la compañía de todos.
© Del Texto: Gabriel Ramírez Lozano

Michael Buble - You`ll Never Find Another Love






16/12/09

Negaciones


Cuando quiero saber de ti no sé por dónde empezar. Te pienso del derecho y del revés por si se escapa algo. Imagino un millón de palabras que pudiera decirte sin equivocarme, pero las desecho para buscar una sola que se obstina en quedar escondida. Dibujo tu rostro moviendo los dedos sobre terciopelo. Luego paso la palma de la mano en dirección contraria como si te buscase sin recordar que eso lo borra todo. No sé por dónde empezar.
Lo que sí sé es la forma de terminar. Te niego un par de veces. Y me resigno a seguir paseando contigo sin saber quién eres ni dónde estás.
© Del Texto: Gabriel Ramírez Lozano

Un poquito de organización, por favor.


En Internet se pueden encontrar los comentarios, las fotografías y hasta los números de teléfono personales de cualquiera que se inscriba en una página de videojuegos, de sexo gratis o en una red social. Parece imposible poder clasificar a tanta gente y esa cantidad tan asombrosa de información. Pero yo, que soy un genio cuando quiero, ya he encontrado una solución.
Existen tres categorías fundamentales. Por un lado, podemos agrupar a unos cuantos millones de internautas que adoran a Dios y se pasan las horas anunciando su llegada, lo que le pueden llegar a necesitar y que la vida es poca cosa si no aparece en cada rinconcito. Pueden llegar a utilizar expresiones grandiosas, vehementes e incluso cómicas. No hace mucho una mujer adoradora de Dios dejó un comentario en alguna página que decía “oh, Dios, puedo pasar sin los míos, pero sin ti no. Eres mi amigo y mi consolador”. En fin. Dios lo es todo.
Otro grupo numeroso (mucho más de lo que podemos imaginar si no prestamos atención) es el que adora al diablo. Estos son más cautos, más oscuros, más discretos. Y no son graciosos en absoluto. Vaya, a mí no me hace ni pizca de gracia leer cosas como, por ejemplo, “oh, señor de la oscuridad, ven a destrozar la bondad en la tierra a base de arañazos y bocados”. Pero allá cada cual con sus cosas.
El último grupo, el más numeroso, es el de los que se adoran a sí mismos. Yo integro ese grupo y espero que me entreguen incluso un carnet. Millones de internautas dispuestos a decir, a escuchar, a reír o a gritar si es preciso para que alguien les escuche y aprecie lo divinos que pueden (podemos) llegar a ser. Inventan (inventamos) todo tipo de mecanismos con los que hacerse sentir, trasnochan, aprenden lenguajes de programación para progresar en el ranking de los buscadores. Es como si quisieran hacer un curso rápido en el que se preparasen para ser dioses y diablos que todo lo pueden. Sobre todo para ser uno mismo y divino. Muy divino o muy maldito o muy malo o muy adorable. Muy lo que sea. Pero muy. En este grupo se concentra un número inimaginable de personas que son (somos)capaces de cualquier cosa si detectan que otro obtiene un éxito mucho mayor que el suyo propio, siendo el éxito cuantificado por el número de comentarios al texto que escribe (¡impresionante eso de conseguir una línea más firmada por otro impresentable como tú que no sabe ni lo que dice!).
Con estos datos –ya sé que no me he extendido mucho y carecen de base científica aparentemente- alguien debería organizar Internet un poquito. Y nombrar presidente, ministros, consejeros, sacerdotes, populacho, policías o matronas. No hay derecho a que tanto dios esté sin reconocer ni idolatrar. Yo el primero.
© Del Texto: Gabriel Ramírez Lozano

6/12/09

Buen rollo


- ¿Quisiera hablar con G.?
- Un momento, por favor. Me dice que él no quiere hablan con usted.
- ¿Desde cuando se puede elegir entre hacer una cosa u otra? Diga a ese insensato que se ponga. Que deje de jugar a ser libre.
- Diga. Y sea breve, por favor. Ya que tengo que hacer esto por narices, al menos que sea rápido.
- Sólo quería decirle que es usted un mierda, que no merece la pena nada de lo que hace o dice y que me resulta patético. Pero se lo digo desde el cariño. Sin pelos en la lengua, pero con mucho, mucho cariño.
- Muy bien, muy bien. Gracias.
- ¿Lo ve? Cuando uno quiere las cosas son maravillosas. Ha sido usted muy amable.
© Del Texto: Gabriel Ramírez Lozano

12/7/09

Lejos del enjambre


Hoy he comido solo. Asomé la cabeza en un par de sitios que me parecieron enjambres. He visto una pequeña tienda de ultramarinos, de las de toda la vida, de esas en las que se respira un aire cálido y húmedo, en las que huele a legumbre vieja. Todo en esos sitios es viejo. Compré un paquete de galletas. También de las de siempre.
Comer sentado en un banco. No recuerdo los años que han pasado desde la última vez. Seguramente era estudiante y comía cualquier cosa en la calle para sisar unos duros de lo que me daban mis padres. Entonces lo hacía en compañía. Éramos ejército de pobres estudiantes.
Hoy, sin embargo, he comido solo.
Mientras mordisqueaba las galletas leía un libro de poemas. René Char. Si estar sentado en medio de una calle de Madrid, con el traje azul marino recién sacado del tinte y los zapatos limpios como la patena, te hace sentir extraño, leer poesía al mismo tiempo, te convierte en figura de mármol caro.
En un restaurante, comer solo es triste. Siempre me lo pareció. Hacerlo en la calle y aprovechar para leer un rato es estupendo.
Me dieron ganas de quitarme la chaqueta y los zapatos, tumbarme y cruzar las piernas a la altura de los tobillos. Sólo me quité la americana.
Mucho calor.
Y me he sorprendido suspirando. Poco antes había dejado el libro sobre el banco y había apoyado bien la espalda contra el respaldo de madera. Suspirar. “Y cada suspiro / un remanso / del grito” . Eso es lo que García Lorca decía.
¿Qué grito reposa en los míos? Eso es lo que no dejo de pensar mientras escribo. Quizás tan sólo sea el remanso de la imagen de los restaurantes que no me han gustado y no he convertido en grito de angustia, de la gente apretada para poder comer rápido que han quedado grabados como si fueran una piara, remanso de lo bien que me encuentro sentado bajo un sol que acalora más de la cuenta y que tampoco puedo verbalizar porque no quiero que exista nadie más que yo. Quizás sea eso. Quizás sea otra cosa que de momento no quiero saber.
© Del Texto: Gabriel Ramírez Lozano

18/6/09

Confesiones (y II)


- No me gusta la paella que prepara tu madre.
- ¿Qué importancia tiene eso ahora?
- Llevo doce años comiendo arroz cada domingo. Claro que importa. Creo que puedo volverme loco por esa razón en cualquier momento.
- Tranquilo. Le diré que prepare otra cosa cuando vayamos a su casa.
- No me gusta el pollo que prepara, no me gusta el sabor de sus salsas, detesto la famosa sopa de picadillo que prepara por navidad. Nada, no me gusta nada de lo que hace.
- Qué negativo, por favor. Me voy a tener que preocupar.
- No, no lo hagas. Ya es tarde. Tampoco me gustas tú.
© Del Texto: Gabriel Ramírez Lozano

28/4/09

Frío


7.30 a.m. Camina arrastrando ligeramente los pies. Siente frío. Desde hace tiempo siempre le pasa. Camina. Piensa. Sabe que ha dejado atrás gran parte de lo que arriesgó de sí mismo. Perdió todo en el primer envite.
No quedan buenos recuerdos a los que agarrarse. Ni ilusión. Ha fallado. Le han fallado.
Antes de salir de casa ha mirado con cuidado su cartera. Bien sabe él que no saldrá de esta, que la suerte está echada, que hay un único perdedor.
Cree que le ha faltado un mínimo de ayuda. Las batallas no se ganan tirando piedras con la mano, piensa.
Intenta sonreír a un niño que corretea cerca. No puede.
Queda muy poco. Antes o después tenía que llegar el momento.
Abre la puerta de la oficina. Deja la cartera con suavidad porque ha decidido hacer todo del mismo modo. Se acerca hasta el cuarto de aseo. Se ve reflejado en el espejo. Un millón de años. Qué poco queda de ti, muchacho, dice. El cuello de la camisa nueva es demasiado grande. Quisiera poder explicar qué ha pasado aunque sabe lo estéril que resultaría. Final del viaje. Con tranquilidad, con elegancia, sin grandes aspavientos. Le obsesiona dejar un recuerdo grato. Se lleva las dos manos a la cara y cierra los ojos. Se siente indefenso, aterrorizado. Intenta calmarse para poder salir de allí.
Piensa en lo extraño que le resulta que para otros todo siga su ritmo.
Cierra la puerta del despacho. Ahora sólo queda esperar.

9.00 a.m. Ella trabaja con normalidad, ríe con normalidad, da la espalda con normalidad. Reparte su amor entre los pocos que le interesan aunque se queda con la mayor parte para ella. Con mucha normalidad. Nada ni nadie le puede herir.

14.00 p.m. Apenas puede comer. Sigue encerrado en su despacho. Abre la ventana para ventilar. En la terraza de enfrente una mujer tiende la ropa. Canturrea.

17.50 p.m. Contesta la llamada telefónica. Le cuenta lo insoportable que es vivir con ese tío al lado. Mientras, mira la televisión. Ajena. Con normalidad.

21.00 Mira. La ropa ya no está. Ni la mujer cantarina. Se ajusta el nudo de la corbata. Estira las mangas de la americana. Un punto de elegancia. Pase lo que pase. Duda. Llama a una vieja amiga. Le explica que todo va bien, que no hay problema. Antes de colgar, ella le llama por su nombre. Nunca lo hace, pero ahora sí. Intuición.

7.30 a.m. Camina arrastrando ligeramente los pies. Siente frío.

© Del Texto: Gabriel Ramírez Lozano

27/4/09

Queda dicho


La naturaleza (la creación para algunas religiones) posee y maneja sus propios códigos. Hace millones de años, cuando todo era mineral, buscó una alternativa entre miles de millones para seguir adelante. Aparecieron las plantas. Más tarde los animales y nos terminó buscando para que esa evolución continuara su camino. Por el camino quedaron millones de intentos que se vieron frustrados por razones que nunca conoceremos. Y el camino continúa.
La naturaleza ordena las cosas para seguir adelante. O las desordena. Todo depende de si el hombre está involucrado o no en el movimiento natural.
Son muchos los que defienden que nuestra civilización está en pleno declive. Yo me apunto a la idea, es más, creo que a esto se le llama, vulgarmente, caída libre. No sé quién decía que cuando los cocineros tienen un hueco importante en la sociedad es que la cosa no tiene remedio. Y, la verdad sea dicha, eso ya pasó en el imperio romano. Chascarrillos aparte, ha llamado mucho mi atención la noticia sobre la (parece confirmada) pandemia a la que nos enfrentamos. Gripe porcina. Y me he puesto a pensar en las opiniones que he ido escuchando tiempo atrás.
Somos muchos. Destrozamos un planeta con un ritmo absolutamente disparatado. Los recursos naturales se acaban. Una guerra mundial parece imposible. La ciencia y técnica alarga la vida de las personas. Todo parece artificial. La naturaleza no tiene vínculos con el ser humano. Vivimos de espaldas a nuestro entorno. Vivimos en grandes jaulas que llamamos ciudades que no nos dejan progresar en nuestra humanidad.
En fin, la lista sería interminable.
¿No estaremos a las puertas de una recolocación natural de las cosas? ¿No ha llegado el momento de que la naturaleza trate de poner las cosas en orden y elimine todo aquello que no es necesario para su propia evolución? ¿No hemos asumido un papel de pequeños dioses frente al mundo cuando, en realidad, somos una parte insignificante condenada a desaparecer? ¿Hemos cumplido (mal) con nuestra misión y toca buscar otra alternativa entre miles de millones?
Los griegos, los romanos o los egipcios no fueron conscientes de lo que se les venía encima. Cuando quisieron reaccionar era tarde. La civilización actual, la que maneja más información y mejor de toda la historia, la que mejor piensa, la que más ha desarrollado la ciencia, en definitiva, la más poderosa, mira la gripe porcina con cara de pocos amigos, con algo de susto, pero con arrogancia. A nosotros no hay quien nos meta mano, parece que decimos cada mañana. Y quizás no estemos siendo capaces de ver lo que tenemos pegado a las narices, algo que ha ocurrido cada cierto tiempo desde que el mundo es mundo. Salta la alarma sanitaria en todo el mundo, blindan al presidente norteamericano, ingresan y aíslan a los enfermos, pero nadie levanta la voz (en serio) para denunciar que lo que pasa, lo único que pasa, es que estamos arrasando el planeta, que esto no puede seguir así.
Que sea lo que tenga que ser. Que conste que yo lo he dejado dicho. Ya sé que es predicar en el desierto, pero es que a mí eso del eco siempre me ha gustado mucho.
© Del Texto: Gabriel Ramírez Lozano

8/4/09

Sin mitocondrias no somos nadie


Cada célula eucariota tiene alrededor de dos mil mitocondrias flotando en su citoplasma. Es decir, nuestro cuerpo, ese que tantos disgustos nos da por estar pocho, por ser más gordito de lo que quisiéramos o por aparentar lo que no creemos ser, ese cuerpo, decía, está hasta los topes de mitocondrias. Podríamos afirmar que somos una plaga mitocondrial sin precedentes.
Es horrible. Miro a mi compañero Pedro y sólo alcanzo a ver una gran mitocondria con bigote. Susana (otra compañera) se ha convertido en un pequeño amasijo de mitocondrias flotantes (es de poco comer). Luis pasa por delante de mí perdiendo unos quinientos millones de mitocondrias sin inmutarse (ha estornudado). Es una de las cosas más horrorosas que he padecido hasta hoy. Yo mismo tengo una cara de mitocondria espeluznante. Enfoco la vista porque no puedo creer lo que veo. Peor, mucho peor. Nos convertimos en células eucariotas. Cierro los ojos. Y dejo que la realidad se instale de nuevo donde toca. Ahora tienen el mismo aspecto de siempre. Hasta que me dé por pensar que, por ejemplo, todos los sistemas perfectamente organizados se componen de pequeñas cosas que hacen funcionar el conjunto.
Como todo el mundo sabe, las letras son las mitocondrias de una novela. Las células eucariotas son las palabras. Una frase podría asimilarse al tejido epitelial, por ejemplo. Y los personajes serían algo así como los órganos vitales. Los diálogos un sentido, la descripción el pelo, el flujo de conciencia pues, por ejemplo, un sentimiento. Algo así.
Qué cosas pienso. Oh, no, Dios Santo. Pedro y Luis se han convertido en “Guerra y paz” uno y en “La Biblia” el otro. Susana, de poco comer ella, en un libro de bolsillo.
Voy a descansar. Me siento raro.
© Del texto: Gabriel Ramírez Lozano

1/3/09

Pensando durante la espera



Encontramos motivos para empezar de nuevo casi a diario. Inventados, ocultos y encontrados por otro que te lo muestra, arañados de aquí para sobrevivir aunque no sean propios, impostados allá para que nos crean los compañeros de viaje. Es igual. Todo vale cuando se trata de salir adelante, de vivir.
Sólo el tiempo nos enseña que eso no era lo importante. Esa sensación de morir un poco que lastra la vida cuando dices que el borrón y la cuenta nueva es la ruta adecuada, esa sensación, es la que pesa por liviana que nos pareciese el día que cargamos con ella.
El viaje hasta morir es largo mientras nos deja su estela en los márgenes. Corto, muy corto, cuando se acaba. Y el peso que llevábamos sin un para qué público, haciendo del comentario una tortura, desaparece sin que nadie se pregunte por qué, dejando en el olvido la razón de vivir. O de morir. Todo vale cuando se trata de la muerte.
© Del texto: Gabriel Ramírez Lozano

Michael Buble - Let It Snow