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24/1/10

Gotas de sol


Lee el periódico. La luz del sol parece que llega a poquitos. Hoy llueve el sol, piensa. Pocos paseantes en el parque.
Una pareja se detiene frente a ella. Diez o doce metros más allá, donde la tierra húmeda acaba y comienza una pradera inmensa.
Él se tumba. Las manos en la nuca, las piernas cruzadas. Ella se sienta muy cerca. Se agarra las piernas con los brazos. Las rodillas pegadas al pecho. Escucha mientras él habla.
Imagina cómo es la conversación Es posible que sea la misma que ella tuvo alguna vez. Cree que la muchacha está fingiendo algo de desinterés, tal vez un pequeño y absurdo enfado. Si estuviera irritada ya le estaría poniendo las cosas en su sitio. No guardaría tanto silencio.
Él se incorpora. Apoya la mano izquierda en el suelo. Con la otra intenta que ella deje de agarrarse las piernas. Está serio. Dice algo mientras ella parece impasible.
No, deja que sea él quién haga el trabajo, que se tome esa molestia. Tú en tu sitio, piensa mientras deja de disimular su interés. Ahora no aparta la vista de lo que pasa. No se lo perdonaría. Se excusa consigo misma. Y tú, chaval, deberías mover ficha. Así no vas a ninguna parte.
El muchacho se arrodilla ante ella. Se quita el chaquetón y lo extiende a su izquierda. Dice algo que hace sonreír a la chica. Se acerca moviendo las rodillas con rapidez.
Ve cómo se besan. Ella ya no ofrece ningún tipo de resistencia. Se tumban sobre el abrigo del muchacho. Ella sobre él.
Le parece que no debe seguir mirando. Sigue con la lectura de la prensa. Cuando vuelve a husmear, la pareja se mira. Tumbados de costado, frente a frente. Llega su marido. Impecable, gafas de sol, ademanes de quien lo tiene todo resuelto. ¿Sabes? dice ella, hoy parece que el sol está lloviendo, ¿te habías fijado? El marido se quita las gafas. Extrañado, se sienta cruzando las piernas. Mira a su mujer. Y le pregunta si está bien, que últimamente dice cosas muy raras.
© Del Texto: Gabriel Ramírez Lozano

20/1/10

¿Por qué leemos? (II)


La lectura de algunos libros marcan definitivamente, orientan el pensamiento y la mirada del lector hacia territorios poco frecuentados antes de producirse esa lectura.
Una de mis alumnas más jovencitas acaba de terminar la novela “Mientras agonizo” de William Faulkner. Me decía: ¿Cómo es posible que un mundo tan repugnante como el que se pinta en la novela pueda parecerte reconocible? Es como si ya hubiera estado allí, muchas veces. Y, sin embargo, no tiene nada que ver con mi vida. Es lo mismo que sufrir de vértigo. La caída parece arrastrarte, es como si te llamara y tú no pudieras resistirte a acudir sabiendo lo que te espera. Y lo que te espera es el horror y la muerte.
Siempre he pensado que el lector lo que quiere es conocer y reconocer su propio horror y su propia muerte en la de otros. Sería más exacto decir “en otros”. Es verdad que puede ocurrir lo mismo con la diversión y el amor. La diferencia es que eso podemos conocerlo y reconocerlo en una sala de fiestas. Hay más opciones.
Una lectura que se limite a una opinión sobre lo bien escrita que está la novela es una lectura estéril porque el que nos cuenta pone a nuestro alcance mucho más que un alarde retórico o estilístico, mucho más que una sucesión de divertidas o espantosas anécdotas que sirven para entretener el pensamiento con milongas. Lo que se pone enfrente del lector al escribir ha de ser una representación de la realidad que se incorpore a la del individuo. Eso se toma o se deja. No caben opiniones. Otra cosa es que, más tarde, las personas que necesitan vivir de ello, analicen las obras y nos lo cuenten en un ensayo que puede ser de lo más interesante aunque no podrá aportar ni un ápice a la experiencia que produjo esa lectura y que nos conmocionó.
¿Hay algo más divertido que tener una experiencia que nos modifique la forma de pensar aunque sea sobre la muerte propia? Desde luego leer una patraña sobre Leonardo y la Iglesia no lo es. Mirar la televisión tampoco.
Cuando abrimos una novela vivimos en otros nuestra propia experiencia (si no la hemos tenido la descubrimos y la sumamos de forma vicaria). Sea cual sea. Y esa es una de las razones por la que una persona dedica buena parte de su tiempo a leer.
Y debe ser este uno de los motivos por los que desconfío de la crítica que se viene realizando en los últimos tiempos. Mucho tecnicismo, mucho lenguaje por aquí y por allá aunque poca experiencia vital. Es más, son pocos, poquísimos, los críticos que hacen referencia al tema de la novela por incapaces. Sí se manejan bien con los vehículos que se utilizan en la narración para llegar a ese lugar que nunca aparece, me temo que por desconocerlo. Pero del “cogollo”, de la esencia de la narración casi nada. Sin embargo, el lector (sin reconocer la razón y ni falta que hace porque no le pagan un solo céntimo por ello), el lector, decía, sí llega a esos territorios porque modifican parte de su ser. Sin tecnicismos, sin grandes habilidades para la escritura. Pero con toda la vida por delante para experimentar lo que nunca ha conocido.
© Del Texto: Gabriel Ramírez Lozano