2/5/10

Caminando despacio


Vengo de dar una vuelta por el centro de Madrid. No me apetecía gran cosa, pero no quería cargar con el título de hijo que no regala nada (de nada) a la madre el dos de mayo. Mi edad me impide solucionar la papeleta con un dibujo lleno de colores y una frase adornándolo. Mamá, te quiero (o algo así). Así que tocaba caminar sin rumbo exacto.
El centro de la ciudad está lleno de gente. Me temo que muchos de los que andan por allí a estas horas piensan en lo cómodo que resultaba lo de agarrar papel y ceras de colores el día antes. Como la alergia me obliga a caminar despacio (la fatiga aparece diez metros después de comenzar el paseo) tardo el doble de tiempo en llegar de un sitio a otro. Aprovecho para mirar todo con mayor atención. El suelo, los edificios (¿cómo no miramos más y mejor las partes altas de los edificios cuando, sin duda, son un espectáculo maravilloso?), a un policía aburrido que mira su móvil por si alguien le dice algo, a una mujer que hace la calle y bosteza aburrida, a un anciano sentado en un banco de madera que dormita cansado de vivir, gente aburrida que mira a gente aburrida, que se cruza entre sí sin ton ni son.
Hoy regreso con la sensación de vivir en un mundo hastiado de sí mismo, que no se soporta, un mundo que se cae fatal. Dentro de una sociedad mostrenca que alimenta esa sensación suicida colocándonos frente a televisores, pantallas de ordenador o espejos convertidos en capillas en las que se idolatran imágenes de plástico (nuestro reflejo, al que adornamos a diario para poder continuar, piel muerta disfrazada de ego poderoso). Aburrido el mundo. Triste el mundo. Cansancio que rebosa por cada poro del cemento de la ciudad. O de la piel que cae sin vida al lavabo.
Me pregunto qué es lo que nos impide sonreír con verdad en el gesto, qué es lo que nos arrastra hacia atrás, siempre hacia atrás, qué dibuja la ciudad con brochazos toscos. Quizás sea la obsesión por avanzar. Me pregunto qué es eso de construir un futuro. Si hace diez años nos hubieran dicho que esto que vivimos era nuestro futuro ¿hubiéramos querido seguir o hubiéramos intentado cambiar las cosas? Construimos un presente aburrido y lleno de mugre entre grandes aspavientos, entre la proclamación de un futuro mejor que consiste en poder cambiar un dibujo de colores por un perfume caro. Eso es todo. Las cosas van bien si el monedero está lleno. Y el mundo, mientras, enferma de aburrimiento.
Al regresar, he ido hasta mi habitación para ver con detalle los regalos que los niños han hecho a su madre. Un libro precioso en el que cada página pertenece a una letra del abecedario, a un dibujo y a una frase escrita con una caligrafía dudosa en el trazo. Un corazón de plastilina con imán para la nevera, una tarjeta que afirma que la mejor madre del mundo anda por aquí. Y es lo único divertido y auténtico a lo que me puedo agarrar un día como hoy. Un día en el que, fatigado, he visto como la ciudad frunce el ceño y tuerce el gesto esperando que alguien haga algo que no sea pensar en que mañana será otro día.
Y ahora, con papel y ceras, voy a dibujar algo.
© Del Texto: Gabriel Ramírez Lozano

Coleman Howkins - I Remember You






4 comentarios:

Unknown dijo...

Quizás... solo quizás... veas las cosas así porque estás afectado por tu alergía (y estás bajito...) y todo lo ves de un color gris que te cagas lorito... la vida la vemos del color que nosotros queremos verla... si estamos alegre..felices... la vemos de colores y al resto del mundo también los vemos de la misma manera... pero si nosotros mismos nos encontramos tristes y grises... al resto también lo vemos de ese color...
No sé... quizá ... quizá.. sean boberías mías.

Un saludito y una :))

Edda dijo...

Un beso y un "gracias" no necesitan ser coloreados y permanecen más tiempo con quien lo recibe que un dibujo de colorines.
Si no encontraste nada durante tu paseo, es porque lo mejor que puedes regalar ya lo llevabas contigo.

Carmen Neke dijo...

Eso te pasa por dejar las cosas para el último momento.

Ana M. Lozano dijo...

Ultimo momento es el mío. Aún está pendiente. Pero todo tiene su lógica (cosas de la mente, de dos mentes, la de mi madre y la mía) en este caso particular al que me refiero, al mío. Por cierto, me deprime mucho la obligación de regalar algo material a un familiar querido, justo el día que lo dice la sociedad. En realidad, me deprimen tantas cosas...