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5/4/10

Paralelo


El mecanismo se activa en cuanto abre los ojos. Lentamente, el mundo comienza a moverse. Los contornos de la habitación, que eran sombras un instante antes, reciben el nombre tras su mirada. El negro sobre negro es, ahora, el sillón que está junto a la ventana; un espejo que no refleja más que sombras, pero que con la primera claridad será el mismo chivato que ayer; el armario o la cómoda. El mundo se estremece porque le saben llamar.
Escucha su respiración. Sin compás, fragmentada, nerviosa. Prefiere levantarse a solas. Desayuna despacio, observando lo que tanto le agradó cuando le pertenecía, cuando el mundo no había que compartirlo con nadie. Su vieja tostadora, los cubiertos baratos que tanto le gustaron al verlos en la tienda. Mueve la mesa. Antes cojeaba. Ahora, no, Ahora es una mesa normal. Nada se puede caer. La que fue su mesa es corriente, ella es corriente, el mundo se mueve con otra cadencia. Y ella con la cadencia del mundo. A punto de caer a plomo.
Antes de salir, enciende la luz de la alcoba. Es la hora, no seas perezoso, dice como si realmente le importara algo su horario que ya es el de los dos. En el ascensor pulsa la tecla correcta y hace un gesto con los labios mostrando cierta contrariedad. Todo es exacto, piensa. Antes hubiera pulsado esa tecla sin saber hasta donde le llevaría el final de los tiempos. Cada minuto era el último minuto por vivir, por disfrutar.
A mitad de camino decide girar a la derecha. Justo al contrario. Sube al primer autobús que se detiene en la primera parada que ve. No se preocupa de saber dónde se dirige. El conductor, no sabe el tiempo que ha pasado, se levanta de su asiento y le dice que es la última parada, que se tiene que apear. Camina sin alzar la vista. Le parece escuchar el timbre de su teléfono. Con insistencia. Piensa tan rápido como puede. Procura no aturdirse. Piensa. Camina. Piensa. Llora sin saber qué es lo que le ocurre en realidad. Entra en un bar para tomar un café. Todas las mesas están ocupadas. En la tercera, una sola persona. Lee el periódico. ¿Le importa si me siento con usted? No hay una sola mesa libre. Por supuesto, señorita. Pasan unos minutos. ¿Le importa dejar de leer? Necesito hablar con alguien. Cierra el diario, lo deja sobre la mesa, alza la mano y hace un gesto al camarero pidiendo lo mismo que han tomado. Arrima la espalda al respaldo y espera en silencio. Me he perdido por el camino, ya no puedo decir que sea yo. Me he perdido. Ella habla. Él escucha.
En la mesa seis tazas. Se despiden. Recuerde lo que hemos hablado, señorita. Ni siquiera se dan la mano al despedirse.
Abre la puerta de casa. Le escucha decir que estaba preocupado, que esas cosas no se pueden hacer. Cosas que no se para a entender. Espera a que termine. Le dice que ha sufrido un ataque nervioso, que se ha perdido, que le ayudó un tipo en la calle, que ya ha pasado. Le va explicando, poco a poco, tan lento como llega el embuste a los labios. Quiero descansar, por favor, quiero ir a la cama y dormir. Antes de acostarse busca un papel para apuntar. En la vida toca caminar por donde uno puede. Lo importante es poder mirar a los lados y comprobar que el camino, el que realmente corresponde, sigue allí, intacto. Todos caminamos por dos lugares a la vez. Uno es el que nos permite sobrevivir. El otro es el que deseamos desde siempre. Allí siguen las ilusiones perdidas, los ideales que escondimos sin saber porqué, todo. Allí estoy yo. Cierra la libreta. Relaja los músculos del cuello. Intenta dormir.
© Del Texto: Gabriel Ramírez Lozano

Bill Evans - Romain






15/3/10

Almas


Si alguien se acerca susurrando algo, si toca un hombro con delicadeza o mira con tranquilidad esperando (sin esa violencia con la que queremos hacer cualquier cosa, incluso soñar), si alguien es capaz de hacer eso, el mundo se detiene en el sentido. En el propio, en el que recibe un gesto único, un sonido que protege de cualquier otro, el olor tenue de una vida entera, infinita. El universo encerrado en la pupila, en la punta de la lengua, sobre la piel que se agrietará sin olvidar nunca más.
Si alguien se acerca envolviendo ahora, devolviendo cuando toca, rescatando, protegiendo, cubriendo el mundo con su gesto enorme y poderoso; es el momento en el que se descubre que las palabras están llenas de significado. Un alma en la que no crees toma la forma del incrédulo que puede amar, llorar, odiar o reír sabiendo que la mentira era la soledad.
Sea lo que sea, tenemos alma. Efímera o eterna. Eso es igual. Dormida, esperando a descubrirse. Con un susurro. O una caricia.
© Del Texto: Gabriel Ramírez Lozano

Bill Evans - Elsa






27/2/10

Cumpleaños (2)


Algunos de mis lectores me han comentado en alguna ocasión que mientras leen escuchan la música que elijo para cada texto, otros que primero leen y luego escuchan. Los hay que sólo visitan esta página para escuchar algo. En cualquier caso, la música ha sido tan importante en este blog como la propia literatura o las reflexiones personales de su autor. Esto es algo que me agrada especialmente. Era la idea principal cuando grabe los textos que estuvieron tanto tiempo en el blog de la Escuela de Letras y el primero aquí en La vida del Revés.
Cada canción fue escuchada en el momento de escribir. De forma obsesiva (como cada cosa que hago, ya conocen mi bipolaridad y mi frágil estado emocional). Muchas de las ideas que aquí he dejado escritas no hubieran madurado lo suficiente sin esa música.
Tiendo a exagerar casi todo lo que hago. Hoy comienzo a celebrar el cumpleaños de mi blog y el mío propio. Antes de tiempo. Y no pienso dejar sin su parte a los que me han ayudado tanto desde que La Vida del Revés comenzó a ser lo que es.
Tenía pensado publicar una serie de canciones que me gustan de forma especial. Sólo. Pero me parecería injusto que no las acompañasen los nombres de las personas a las que dedico cada día mi escritura. Sé que olvidaré algún nombre. Pero también sé que me sabrán perdonar los ignorados.

Silvia, Gonzalo, Guillermo, Guzmán, Gimena

Diane Schuur & B. B. King - You Don´t Know Me









Michela, Teresa, Isabel, María e Irma

The Peter Malick Group Feat, Norah Jones - New York City









Carmen Neke, Edda, Ginebra, Núria

tom waits - all the world is green









Pepito Grillo, Rosalía García, Alix Rosales, Ana María Aguayo, Ana María Lozano,
Marian León, Merche Polo, Alejandra Moglia, Enza Bellorín

Bird york - In the deep









Núria Alba


Matt Bianco - Say The Words









Araceli, Pilar Ysasi-Ysasmendi, Svor

Al Cohn and Zoot Sims - Emily









Marta (Poma)

Bill Evans - Spartacus Love Theme









Carmen García Vega, Inés Chaochun, Fanny Gallardo, Paula María Vila, San y Marta Bouza Paadín, Susana Muñoz, Marga Orri, Carlota Montemayor

Richard Galliano - Waltz for Debbie









Loreto

Charlie Haden - Everytime we say goodby






24/2/10

Amor verdadero


Espera junto al árbol de siempre. Piensa en cómo se lo dirá. Ha llegado el momento. Son muchas tardes hablando con ella, paseando la noche de la ciudad, sin un roce, sin un movimiento que pudiera intranquilizar. Se lleva la mano al bolsillo de la americana. Una pequeña caja. Una sortija dentro. Nadie amará a esa mujer tal y como lo hace él. Es una certeza. Su gran secreto. Comienza a llover. Alza la cara para probar el agua de lluvia que sabe a ella. Todo tiene el mismo sabor. La ve llegar.
- Tengo algo que decirte.
- Ay, espera, espera, a mí me pasa lo mismo, dice la mujer retirándose un mechón del flequillo empapado. Primero yo, primero yo. Da pequeños saltos sobre la punta de los pies.
- De acuerdo, de acuerdo. Lo mío puede esperar.
- ¿Te acuerdas del chico del que te hablé, del que iba por mi casa, de vez en cuando, para acompañar a su madre? El rubito y tímido. ¿Te acuerdas?
- Sí, me has hablado mucho de él. Claro que lo recuerdo.
- Me ha invitado a cenar, me ha invitado a cenar, dice casi gritando, alargando mucho la última sílaba, moviendo los pies sobre el terreno rápidamente, con los puños cerrados arriba y abajo, riendo.
- Eso es estupendo, contesta, abre los brazos y la recibe con un abrazo.
Le pide que vayan juntos hasta su casa, que le ayude a elegir la ropa. Insinuante, pero sin exageraciones.
Dos horas después se despiden. Va a llegar. No quiero que piense cosas raras, dice la mujer. Suerte, dice el hombre.
Cuando llega a su casa, se sienta en el sofá. Palpa el bolsillo de la americana. Le encantaría pensar que la forma más bonita de decir lo que quería ha sido tal y como ha hecho. Amar es eso. Generosidad. Le encantaría pensar eso.
Se levanta. Saca la pequeña caja. La tira al suelo y la pisotea. Patea la mesa que tiene a la derecha. Grita. Jura que eso no quedará así, que esa tía se puede ir a jugar con su puta madre, pero que con él no, que es una persona como otra cualquiera, con sentimientos. Le gustaría arrancarse la ropa tirando, haciendo jirones lo que lleva puesto. Va hasta la cocina. Una cerveza fría. Menuda hija de puta, piensa un instante antes de dormir.
© Del Texto: Gabriel Ramírez Lozano

bill evans trio - suicide is painless






6/2/10

Y tú ¿cómo estás?


Depresión: Estado de ánimo que caracteriza al que lo sufre por ser un gran consumidor de medicamentos que le atontan con el fin de no enterarse de nada. Durante el período de depresión el individuo descubre cómo es, realmente, el mismo, él y los otros.


Enamoramiento: Estado de idiotez transitoria que provoca un gran revuelo entre las hormonas propias y ajenas (de otro u otro si existen exparejas en las proximidades). Se termina pasados entre seis meses y seis años. Comienza con cualquier cosa por pequeña que sea. Así que cuidado, amigos.


Felicidad: Aún nadie ha sido capaz de definir con exactitud qué es eso de sentirse feliz. Estado de ánimo que se confunde fácilmente con otras cosas que son lo contrario a este (amor, riqueza, etc.). Creo yo que se aproxima a no tener que negarse uno mismo y conformarse con lo que hay. Es decir, que no existe.


Muerte: Última estación del trayecto. El individuo que muere es reconocible con facilidad, no sólo por su quietud y palidez afrancesada, sino porque deja de decir idioteces. Así, de pronto. Después de un largo proceso de aprendizaje, el esfuerzo no sirve de nada. Hay que ver.


© Del Texto: Gabriel Ramírez Lozano

29/1/10

Deseos cumplidos


6/1/10

Una ventana abierta


Beben una copa de vino en la cama. Fuman. Él intenta exponer una idea. Ella se la explica asintiendo o negando. Él rectifica a medida que ella mueve la cabeza, sonríe o llena las copas. Con un movimiento inesperado, él agarra las solapas de la chaqueta del pijama de ella, tira con fuerza y delicadeza. El beso parece eterno. Él gira la cabeza sin soltar la tela. Mira hacia la derecha. Una ventana abierta. Ella aguarda sin dejar de mirar su perfil.
- Si lo sabías ¿por qué no me lo has dicho?
- Prefería que llegases tú solo hasta aquí.
Un beso más. Salta de la cama y camina hasta la mesa. Busca un papel. Ella sonríe tumbada, apoyando la cabeza en la mano derecha. Espera a escuchar. Él anota con rapidez. Regresa leyendo en voz alta lo escrito. Cuando acaba mira a la mujer que enarca las cejas ligeramente y alza el hombro izquierdo.
- Es perfecto, dice ella.
- No, es imperfecto. Y tú ya sabías que era esto lo que buscaba. Tramposa.
Ella estira el brazo, le ofrece la mano. Las copas sobre la mesilla. Un cigarro encendido haciendo equilibrios en el cenicero.
© Del Texto: Gabriel Ramírez Lozano

1/1/10

No morir en el camino


Repetir un movimiento agradable cada día, poder hacerlo sin problemas, aproximadamente en el mismo momento (cada día, también), respetando cada detalle casi con devoción, es una de esas cosas que convierten la existencia propia en algo inmenso. Infinito.
Limpiar las lentes de las gafas antes de leer o escribir, preparar la taza de té poniéndola sobre el plato y adornarlo con un par de pastas, dejar las plumas sobre el escritorio en un orden que nunca cambia (los que me conocen saben que soy maniático para todo y obsesivo con las cosas de escribir). Puede ser cualquier cosa. Pequeña, insignificante para otros. Pero algo que te hace sentir, comprobar, que sigues siendo tú mismo. A pesar de todo lo demás.
El día que un detalle desaparece, algo se viene abajo. El adiós causa angustia.
Puede morir tu padre, un buen amigo y la vida sigue. Son reglas del juego que entendemos aunque nos destrocen por estar asumidas antes de vivirlas. Pero morirnos por el camino no. Eso sí que no.
He leído las notas que había ido tomando sobre esto y aquello. En mi papel amarillo, con mi estilográfica cargada de tinta verde. Rotas las páginas inservibles las dejo a mi derecha. Sobre la mesa. Buen jazz. La luz del flexo discreta.
Comienza otro año que queremos convertir en otra vida. Deseamos que esas cosas grandes, vitales, sean de un modo diferente, que nos hagan rozar lo que entendemos cada uno de nosotros por felicidad. Queremos que nuestro existir arañe el sentido de lugares comunes. Y, sin embargo, no queremos ver que no es ahí donde está lo que nos prepara para sobrevivir. Es en ese gesto que nos diferencia, en ese entornar los ojos cuando quieres ver lo bello con precisión y que todos toman a la ligera o ni se fijan cuando se produce, en la forma de agarrar un libro convertido en un rito. En reducir el cosmos a uno mismo.
Para solucionar un gran drama siempre tendremos cerca a los amigos, a los que nos quieren. Dejar de hacer lo que eres no tiene solución.
Mi lista de intenciones para convertir este año en algo especial es pequeña. Sólo he anotado una cosa. No olvidar quién soy. Por eso lo primero que hago hoy al levantarme es sentarme frente a un papel amarillo, con mis plumas en el lugar de siempre, escuchar la música que más me gusta, escribir y esperar a que el mundo se ensanche cuando aparezca lo demás. Pero siendo lo que soy. Para que me reconozcan.
Feliz año nuevo.
© Del Texto: Gabriel Ramírez Lozano

18/10/09

Los años


Los años te enseñan a disfrutar de lo que tienes (sea mucho o poco), a adaptarte a un mundo que quisiste cambiar y se mostró terco, a rutinas odiosas que terminan en la lista de indiscutibles por necesarias, a caminar por un sendero cubierto por las hojas secas que cayeron el primer día que el mundo fue mundo y que nadie ha podido recoger.
Los años encogen el horizonte. Intentas modificar el trayecto para agrandarlo de nuevo, pero te encuentras ante uno distinto, un poco más pequeño. El que marcaste tú solo aunque te empeñes en culpar a unos y otros. Tú solo. Y cuando lo asumes comienza el tiempo del disfrute. Eres lo que eres.
Los años van pasando para que todo encaje en el lugar exacto. No hay piezas de más. Ni de menos. Las defectuosas terminan siendo perfectas. Eres el centro de la imagen que se dibuja con lentitud.
Los años caen repicando a muerto sobre los hombros, avisando, convertidos en faro inesperado. Iluminan un último momento que nunca vemos cerca. Ahora, ya lo sabes.
Los años no tienen importancia porque van pasando los minutos, horas de tranquilidad, instantes que acumulan toda una experiencia. Disfrutas de lo que tienes, de lo que eres. Aquel mundo mostrenco se ha convertido en cosa pequeña que puedes arrugar y guardar en el bolsillo. Mientras crujen las hojas secas bajo tus pies.
Sigues vivo.
© Del Texto: Gabriel Ramírez Lozano

25/9/09

Tirando muros


Art Tatum está considerado el pianista más influyente de la historia del jazz. Es posible que sea cierto aunque a mí me sigue gustando Bill Evans de forma especial. Ben Webster no está considerado el saxofonista más influyente del jazz. Es posible; es posible aunque a mí es el que más me gusta de todos. Incluyendo a Charly Parker. Escucho ahora My one and only love. Tatum y Webster juntos.
El Quijote de Cervantes es la novela que más ruido ha hecho durante toda la historia de la literatura. Sin duda. Pero prefiero a Chéjov, a Faulkner o a Vargas Llosa. Les siento más cercanos. Lo que tratan de expresar es lo que veo cada día. Pertenecen a mi mundo. O yo al de ellos. Depende de mi estado de ánimo.
Lo ajeno no suele gustar. La distancia hace incomprensible lo observado. Eso se rodea con cierta indiferencia llena de soberbia. Se procura olvidar, borrar de un recuerdo incómodo que nos hace pequeños ante lo que sabemos grande y no hemos sabido valorar. Porque llamamos ajeno a lo que no alcanzamos. Convertidos en galgos más lentos que el conejo que salta entre la retama terminamos negando para poder afirmar que somos, que el resto no sirve. Todo lo ajeno es estafa. Con un poco de suerte nos vemos persiguiendo de nuevo la presa, con un poco de suerte alguien nos indica un atajo por el que llegaremos al punto exacto en el que cobraremos la pieza. Y disfrutaremos más que nunca. Pero sin suerte llegaremos a creer que no merece la pena seguir persiguiendo, renunciaremos a eso que se convierte en obstáculo entre nuestra ignorancia y el saber.
Mis hijos solían protestar cuando, al entrar en el coche, descubrían horrorizados que sonaba alguna ópera. Hace algún tiempo decidí llevarme una copia de “Madama Butterfly”. Recordé que fue la primera ópera que escuché en casa y, por arte de magia, decidí comenzar a escuchar un tipo de música hasta ese momento odiada. Siguen con sus protestas. Prefieren escuchar otras cosas aunque desde ese día están aprendiendo a disfrutar con Puccini o Alban Berg. Tiempo al tiempo.
Los cambios nos provocan angustia, inseguridad. Lo incomprensible nos hace sentir más insignificantes de lo que somos. No nos deja ver más allá del ridículo que sentimos por ignorar. Y no somos capaces de ver que la única forma de avanzar es acercarse; de frente o por los costados, eso es igual; chocar contra un muro que termina desapareciendo si nos empeñamos en hacerlo añicos.
Tengo aprendido que los gustos personales sólo sirven para enterrar carencias. Y lo tengo aprendido porque descubrí hace mucho tiempo que esos gustos no son mostrencos, que lo ajeno se vuelve familiar en cuanto hacemos un esfuerzo, en cuanto nos dan las pistas necesarias para que no nos sintamos ridículos frente a mundos recién descubiertos.
Conocemos y evolucionamos. Y cuanto más lejos queda esa parte de la realidad que negamos miedosos más crecemos como individuos una vez que alcanzamos a tocar lo que negamos u odiamos por miedo a dejar de ser, por miedo a no ser capaces de ejercer nuestro poder en la pequeña parcela de nuestro cosmos. Es cuando descubrimos que siempre hay algo más allá, que los gustos se trasforman, que si no es así estamos muertos.
Sigo prefiriendo “La Galatea”. Mejor novela que “El Quijote”. Sigo escuchando con más agrado el piano de Evans que el de Tatum. Con Parker nunca disfruté tanto como con Webster. Sigo teniendo mis carencias al enfrentarme a los genios, mis complejos frente a lo grande. Quizás por ser consciente los estoy perdiendo poco a poco. Complejos y miserias. Quizás sé que estoy condenado a desdecirme pasado algún tiempo. Es posible que un buen día eso que no me termina de convencer se convierta en parte de mi realidad. O yo de la suya. Dependerá de mi estado de ánimo.
© Del Texto: Gabriel Ramírez Lozano

29/7/09

Metros de más


Los niños juegan en la terraza. Pistolas de agua, pompas de jabón y no sé qué cosas más. Gonzalo, el mayor, ha llegado con una botella de agua (él no tenía armamento a mano) y ha organizado la gran batalla. La peor parte se la están llevando Guzmán y Gimena. Lloran y ríen sin saber qué es lo que tienen que hacer. Pero disfrutan. Sobre todo cuando el agua le cae encima al otro.
Yo he preferido mirar de lejos y escuchar. Necesito tranquilidad. Utilizar la sintaxis. Pensar en lo que piensan los adultos sin interrupciones para contestar preguntas como, por ejemplo, ¿dónde está mi chupete? entre llantos fingidos.
Y es que me ronda una idea la cabeza. Es posible que no tenga ninguna importancia. Es posible que no sirva para gran cosa. Es posible. Pero quiero pensar sobre ella. Dejar por escrito algo que aparece amorfo de forma ordenada.
Si alguien tuviera que recorrer un millón de kilómetros para estar junto a una persona querida no dudaría en hacerlo. Sin embargo, estando cerca de ella, pongamos a dos o tres mil metros de distancia, en la misma ciudad, cada metro se convierte en un millón de kilómetros. Si fuera el padre anciano quien esperase diríamos que es pereza o miedo a encontrarle deshecho la razón de esa distorsión. Si fuese la amada hablaríamos de temores a no recibir su amor a cambio del nuestro. Un amigo puede esperar mi visita porque para eso lo es. Pero sigo dando vueltas a esa habilidad del ser humano para dar al mundo la vuelta como si fuera un calcetín.
Mis cuatro hijos acaban de convertir una tarde calurosa y aburrida en un espectáculo maravilloso. Son niños. Han sido capaces de enfrentar algo aburrido, casi desagradable, para convertirlo en su aliado.
Los adultos nos pasamos la vida convirtiendo lo mejor (amar y ser amado lo es) en rutina, miedos o problemas. No somos capaces de hacer de nuestro padre enfermo una posibilidad de alegría, ni de nuestro amigo del alma lo más importante porque para eso lo es (amigo), ni de un posible amor una forma de crecer en vez de menguar.
Ya sé que no sirve de mucho todo esto. Ya sé que muchos no estarán de acuerdo. Pero también sé que tener cuatro hijos es lo mejor que me ha podido pasar en la vida. Que no me dejan pensar aunque me obligan a hacerlo si les miro. Y, ahora, que ya les tengo en casa a todos me apetecía ordenar las ideas que me alborotan con sus gritos y carreras. A solas, pero con ellos a unos metros de distancia. Unos metros que no pienso alargar nunca jamás.
© Del Texto: Gabriel Ramírez Lozano

6/7/09

Reivindicación del secundario


Miro la pantalla del ordenador. Aprieto el ratón con más fuerza de lo normal. Uno de mis personajes ha matado a otro. No sé qué es lo que le ha llevado a cometer el crimen. Les dejé discutiendo en un bar y uno (el malo, el que tenía que cargarse a tres o cuatro durante la novela, incluido el asesino, hasta ayer mismo, improbable) ha muerto. Una muerte horrible, por cierto. Mucha casquería, mucha violencia. Me parecía a mí que le faltaba carácter para hacer algo así, que era un pobre hombre dispuesto a tragar con lo que le echaran, que pasaría de puntillas por mi novela haciendo de bisagra para que otros personajes (por ejemplo el muerto) llegasen más iluminados hasta la siguiente escena. No pienso preguntarle nada. Ahora le tengo en el lavabo comunitario de la pensión en la que vive. Se está duchando y sonríe mientras recuerda cómo se ha cargado a ese gilipollas (eso es lo que piensa, me limito a reproducir con exactitud lo que sé), sabiendo que este es el principio de una nueva vida para él. Sabe que parecía una mosquita muerta aunque ocultaba una fiera difícil de manejar. Hoy irá hasta el barrio chino para pasar la noche con alguna chica a la que no pagará. Ya puede imaginar el par de guantazos que le va a sacudir si se pone gilipollas (le veo algo obsesionado a este hombre con los pobres gilipollas). En fin, mi personaje ha decidido asumir el papel de personaje estereotipado (lo sé porque está empezando a pensar en secuestrar chicas para violarlas y coleccionar sus uñas del dedo gordo). Tenía un estupendo trabajo como secundario, pero le gusta sentirse protagonista aún sabiendo que deja atrás la carga literaria de lo que fue. Quiere ser alguien.
Pobre. Acabo de situar el cursor justo antes de que se liase a martillazos con el otro. Marcaré el bloque y borraré. Y él será, de nuevo, un pusilánime en el que nadie se verá reflejado, un hombrecillo que aparecerá poco para que los principales crezcan y para que podamos entenderles. Clic. Ya está. Vuelvo a tener novela en marcha con un buen secundario. Y prometo no volver a escribir cuando se me cierran los ojos por el sueño.


20/6/09

Escenarios


Ayer tocaba fiesta en el colegio de Guillermo y Guzmán. Despedida del curso. Ambos tenían que subir unos minutos al escenario junto a sus compañeros de curso. A la vez que descargaba una tormenta que daba miedo le llegó el turno a Guzmán. Igual que el resto de compañeros vestía camiseta a rayas, tirantes, tejanos y deportivas blancas. Un lazo hecho por ellos de cartulina al cuello (enorme) además de nariz y mofletes colorados. Estuvieron muy graciosos cantando la mítica “Cómo me pica la nariz”. Un grupito de niños estupendos. Cuando la tormenta se convirtió en el comienzo del fin del mundo le llegó el turno a Guillermo. La cosa iba de un ejercicio circense con pelotas volando de aquí para allá. También estupendos. En fin, una maravilla ver como disfrutan los niños haciendo estas cosas frente a sus padres.

Durante la cena en los jardines del Liceo Europeo (la tormenta cesó a tiempo) me desentendí de los críos. Tenía que hablar con algunos padres y con muchos chavales. La fiesta acaba, cada año, con salto de hogueras y fuegos artificiales a las doce de la noche (impresionante la cantidad de pólvora que se quema) y son tres horas que vienen muy bien para despedidas y comentarios de última hora.
Conocí a Arantxa. Es una señorita de trece años que estará conmigo el próximo año en mis clases de Escritura Creativa. Conserva un diez por ciento de visión aunque puede leer y escribir sin problemas, le gusta la música y es una chica absolutamente adorable. Estoy seguro de que será un placer compartir aula con ella. Estuvimos dando un paseo por los jardines, charlando. Me decía que no escribe bien y le expliqué que eso no es un problema, que lo malo es no tener nada que decir. Espero impaciente el día que nos encontremos delante de un buen relato de Carver o de Mansfield. Intuición. Está por ver que me equivoque con un alumno.
Cuando regresamos a casa los niños estaban convertidos en fosfatina. Y el padre. Los años no perdonan.
Sin embargo no podría entender la vida sin los niños alrededor. A pesar de los momentos en los que el cansancio te impide hablar con ellos con normalidad y quieres que se metan en la cama o que desaparezcan teletransportados a otra galaxia, a pesar de los problemas que presentan Gonzalo en su adolescencia y Guille camino de llegar a ella, a pesar de Gimena llorando o Guzmán interpretando allá donde esté su hit parade personal, a pesar de todo, la vida sin ellos sería otra cosa. Quizás más tranquila o llena de tiempo para poder perder, quizás más anodina o aparentemente más feliz. Ni lo sé ni me importa a estas alturas. El caso es que prefiero terminar rendido después de ver a los chicos subidos en un escenario y buscando a su padre con la mirada, moviendo la manita sin que se note mucho cuando te encuentran. Una elección como otra cualquiera.
© Del Texto: Gabriel Ramírez Lozano

12/6/09

La sensibilidad oculta


Tuve un alumno (hablo de nueve años atrás) que no sabía que su sensibilidad era parte importante de sí mismo. La tenía, la escondía, cuando hablaba con otros muchachos se mofaba de todo aquello que pudiera oler a sensible. Durante meses estuvo haciendo esfuerzos para que nada de su zona más íntima pudiera aparecer en público. Yo iba leyendo lo que escribía, sospechando que aquel hombretón que jugaba al rugby, que trataba a las chicas con cierto desprecio y que cuando escuchaba poemas bajaba la cabeza, escondía algo. 
Una tarde, salvo que recuerde mal aproveché el día en el que estaban todos sus compañeros presentes, le hice leer un poema. Emily Dickinson.
Él era débil y yo era fuerte,

después él dejó que yo le hiciera pasar

y entonces yo era débil y él era fuerte,

y dejé que él me guiara a casa.
No era lejos, la puerta estaba cerca,

tampoco estaba oscuro, él avanzaba a mi lado,

no había ruido, él no dijo nada,

y eso era lo que yo más deseaba saber.
El día irrumpió, tuvimos que separarnos,

ahora ninguno de los dos era más fuerte,

él luchó, yo también luché,

¡pero no lo hicimos a pesar de todo!
Terminó la lectura como buenamente pudo. Sin levantar la vista del libro me preguntó si podía salir de clase. Claro que no, le contesté. Para una vez que no estás imitando a un mal actor de película estúpida, me gustaría tenerte por aquí.
Una alumna, posiblemente una de las chicas más inteligentes que ha pasado por una de mis aulas, levantó la mano para poder hablar. Me gustas mucho más así de colorado y con la piel de gallina. Javo, así se llamaba don duro de pelar, me miró. Apenas sin poder contener las lágrimas por la ira me dijo que eso no se hacía. Dejé que pasara un minuto sin decir nada. Lo que no se puede hacer es aparentar lo que no se es. Tener sensibilidad, revolverse en la silla cuando te emociona no es cosa de mujeres. Y deberías estar muy orgulloso de poder leer a esta señora y sentir que cada palabra está en el sitio justo para que tú sientas algo. Deja de ser tan zopenco. Además, Javo, el próximo partido puedes entrar al contrario con la misma violencia. No sería bueno que te pusieras el tutú para jugar. Cada cosa a su tiempo. Hubo risas y el chaval se sentó en su silla con la sonrisa en la boca. Por supuesto esto creo cierto revuelo entre mis alumnos y, supongo, que se comentó en muchas ocasiones.
Es algo habitual que estas cosas ocurran y es algo habitual que, cuando un hombre dice esto sin problemas, las mujeres crean haber encontrado un bicho extraño por el camino. Todos tenemos esa parte sensible (a veces confundida con la sensiblería y lo cursi). Sólo hay que buscar, agarrar y tirar en el momento preciso.
Todo esto lo cuento porque me dicen que Cristina me lee. Yo no lo sabía y dado que mi número de lectores es tan bajito es algo imperdonable. Me sé nombre apellidos, número de teléfono y, en algún caso, talla de pantalón. Me dicen que vive en Valencia. Y que le sorprende encontrar entradas que no esconden esa sensibilidad tan prohibida a los hombres.
Pues ya sabe Cristina y toda mujer de este mundo lo que tiene que hacer. Buscar, agarrar y tirar. Y, sobre todo, no creer que su marido, su novio, su amante o lo que sea, cuando piensa lo hace en el trabajo, en el fútbol o en cómo cambiar de coche. Les aseguro que sufren si ustedes no les hacen caso, o si se sienten despreciados y si ustedes insisten en ponerse guapas para salir con las amigas y andar por casa hechas un asco. Y les aseguro que sus queridos maridos se emocionan con lo que escuchan, con lo que ven y, sobre todo, con lo que sienten (concretamente por ustedes). Al fin y al cabo, somos personitas de carne y hueso.
Eso le pasa al marido, novio, amante o lo que sea de cualquiera. Así que manos a la obra. (Si alguien puede que avise a mi señora esposa).
© Del Texto: Gabriel Ramírez Lozano

6/6/09

La mañana del revés


- Acaba de anochecer, dice ella mientras se frota los ojos con los dedos.
- Pero si son las nueve de la mañana, contesta él mientras se rasca la entrepierna mirando el reloj digital que está sobre la mesilla.
- Vivimos en nuestro mundo particular, tú y yo, eso que tanto deseabas ayer, eso que me decías antes de invitarme a follar. Lo querías y ya lo tienes. Tú y yo solos, amándonos toda la eternidad.
- Joder, era un decir. ¿Cómo se puede arreglar esto?
- Fácil, levanta la persiana, pon el reloj en hora. Luego dejas las llaves sobre la mesa del salón. Y, para acabar, te vas con tu mamá. Para siempre. Y no, mejor, te vas con tu puta madre.
© Del Texto: Gabriel Ramírez Lozano

3/6/09

Óleo


Para S. en prenda por su simpatía

Como de costumbre he tomado café en el bar de Consuelo. Estaba cansado y he ocupado una mesa. Al llegar, sobre el tablero, una taza sucia, un vaso de agua intacto. Un papel debajo del cenicero. Me ha podido la curiosidad. Lo he leído.
“Eres el óleo que me protege. La densidad de los líquidos es diferente y no se pueden mezclar. El agua debajo. Arriba el aceite. Unidos. Mientras que sigas así todo será tranquilidad, sensatez. La mirada teñida de rojo al acariciarme. Los líquidos no se mezclan aunque se tocan sin remedio por siempre jamás. La vida es completamente lisa, dibujada en un óleo de ojos rojizos.”
- Consuelo, ¿quién ha estado aquí antes?
- Un chaval joven. Se acaba de ir. ¿Por qué lo preguntas?
- Por nada, por nada.
No había terminado de hablar cuando una chica ha entrado en el bar. Sin mostrar una sola duda se ha dirigido hacía donde yo estaba. Y antes de que ella llegara ya había extendido el brazo derecho ofreciéndole la nota. 
- ¿Me puedo sentar?
- Por favor.
Ha leído. Supongo que dos o tres veces. Me ha preguntado si yo lo había hecho. Sí, lo siento. Y ¿me puede explicar que cree que quiere decir? Me lo he pensado, dijera lo que dijera iba a ser un desastre. Con la verdad por delante se llega más lejos, pensé. Mira, eso dice que si le dejas no hay futuro, que eres justo lo que ha buscado siempre, que te ama.
Después de pedirme que le invitara a un café ha vuelto a la carga. Esto del color rojo ¿qué significa? Supongo que es lo que él ve en ti. Lo que es rojo representa la fuerza, el arrojo. Y eso mezclado con esa sensatez de la que habla te convierte en la parte que le falta. Eso creo. Pero no te obliga a nada que no quieras hacer.
Ha doblado la nota, la ha dejado sobre la mesa y se ha levantado dando las gracias por la invitación. Cuando alzaba la mano para despedirse se lo he dicho. Eres óleo colorado. Y él lo sabe, y sabe que está perdido, que no hay nada que hacer. Ha sonreído. Y ahora usted también lo sabe. 
© Del texto: Gabriel Ramírez Lozano

27/4/09

Cinco años después


Hoy es el cumpleaños de Guzmán. Lo ha estado celebrando durante una semana. En el colegio, con una parte de la familia, con la otra. Hoy la cosa se ha limitado a un beso. Y a este mal texto.
Cinco años. Y apenas ha pasado un rato desde que le levanté de la cuna por primera vez para preguntarle cómo estaba. Un bebé precioso. Nunca había podido imaginar que un niño pudiera ser tan deseado por sus padres. Llegó curando viejas heridas, llenando un hueco preparado con cuidado, exclusivo, a medida. El nacimiento de mis hijos siempre fue algo especial, intenso e inolvidable, pero el de Guzmán superó cualquier expectativa.
Después de cinco años, Guzmán ocupa ese lugar con carácter tranquilo, dulzura e inteligencia.
Ha llegado del colegio con su corona de cumpleaños. Es costumbre en el Liceo Europeo. Y un bonito dibujo. Feliz, sin saber que cada día, cada día sin faltar uno solo, pienso en mi padre al verle. Sé que hubieran disfrutado el uno del otro cada minuto, cada cosa que hicieran. Parece que Guzmán hubiera heredado todo lo mejor de su abuelo. Y, sin embargo, no hubo tiempo para que se conocieran y reconocieran. Nadie sabe lo que hubiera sido capaz de hacer para que hubieran vivido juntos cinco minutos. Sólo pedía cinco minutos, joder.
Hoy es su cumpleaños y siento la garganta dolorida como cada veintisiete de abril. Rabia, nostalgia, pena por la ausencia. Y, por supuesto, una gran alegría por tenerle aquí. Mucha.
Felicidades, hijo. Que la fortuna te acompañe por siempre jamás. 
© Del Texto: Gabriel Ramírez Lozano

15/4/09

Asuntos cotidianos (y I)


Mi padre acostumbraba a decir que recibía a los nietos con la misma alegría con la que los despedía. Gonzalo y Guillermo se criaron, en buena parte, con los abuelos. Cosas del trabajo.
Pilar (mis lectores la conocen como Edda) decía hace muy poco que desea tener a los niños en casa, que les echa de menos. Mucho. Pasan esta semana lejos de casa. Cosas del trabajo. Le contesté que me lo contase el día que regresaran.
Y es que los niños tienen una capacidad innata para sacar de quicio a cualquiera. Son capaces de hacerte mostrar lo peor de ti mismo. También lo mejor, es verdad. Pero esa parte, la buena, es fácil de enseñar en otros territorios. Sin embargo la oscura sólo sale con ellos. Por ejemplo, el jefe, ese que te está destrozando la vida, nunca te verá echando espuma por la boca al amenazarle con romperle la cara. Un niño (concretamente un hijo) sí. Lamentable, pero tan cierto como que el jefe es un mierda que te esta destrozando la vida. Hay padres que niegan esto que digo. Suelen ser los que ven a sus hijos quince minutos al día (mientras duermen ya) o los que se avergüenzan de algo que le pasa a todo el mundo. También los hay que niegan lo del jefe. Estos suelen ser los afortunados que tienen, por alguna extraña razón, una excelente relación con el suyo (admito que soy uno de esos) o los más nuevos en la empresa o los que son jefes de sí mismos.
Todo esto puede servir para el caso de padres y madres ancianos. Es lo más parecido a un niño que se puede encontrar en el mundo aunque en versión egoísta. O enferma que es mucho peor. Es otro de las razones por las que podemos perder los papeles sin pararnos a pensar un solo instante.
¿Han escuchado llorar a un niño sin motivo aparente durante, pongamos, treinta minutos? ¿Han mantenido una conversación con su padre o su madre durante, pongamos, treinta minutos, sobre lo poco que le cuida usted, lo mal hijo que puede llegar a ser (usted también)? Lo que es seguro es que en alguna ocasión se ha sentido humillado por su jefe cuando le ha soltado una fresca sin venir a cuento. La diferencia es que en los dos primeros casos terminó gritando como un loco. Con el jefe no.
A pesar de todo, cuando faltan los padres (para siempre) o los niños (campamentos, semanas en las que no sabes qué hacer con ellos o viajes al extranjero) la falta se hace insoportable. Qué curioso comportamiento el de los seres humanos
Digo todo esto porque preparamos el viaje de Guille a Canadá. Un mes. Julio. Y ya le estoy extrañando. Y porque esta tarde iré a ver a mi suegra para entregarle el café que me encargó hace unos días. Me concentro para escuchar sin atender demasiado con una enorme sonrisa. Debe ser muy duro pasar el día sin decir una sola palabra.
Y digo esto convencido de que antes de acabar el día habré dado un bocinazo a uno y habré salido pitando de la casa de la otra.
© Del Texto: Gabriel Ramírez Lozano

6/4/09

Breve reflexión sobre la libertad al escribir


Supe que había superado la muerte de mi padre y de mi hermano Antonio el día que me atreví a recordar las cosas que no me gustaban de ellos. Lo supe porque fui capaz de recordar y decir.
Parece que la ausencia impide que podamos expresar. Es como si faltáramos el respeto de forma grotesca al muerto cuando, en realidad, lo que hacemos es seguir pensando lo mismo que antes de la falta. Sabíamos qué cosas no nos gustaban. Y seguimos teniéndolas muy claras. Y muy ocultas. Es parte de lo absurdo que tiene la muerte. Nos hace enanos, miedosos.
Un escritor ha de tener muy claro que, a través del relato, pone en juego gran parte de lo que es, de sí mismo. Es verdad que la ficción maquilla mucho todo lo que de autobiográfico pueda tener una novela, pero el autor conoce perfectamente donde ha dejado la parte que arriesga. Al escribir, aparecen las experiencias que dejaron buen poso y las que fueron o están siendo horribles. Todas. Y para eso hay que estar preparado.
Sin riesgo no puede haber literatura. La falta de libertad al escribir es la ruina de cualquiera que quiera hacerlo.
Un excelente ejemplo de todo esto se encuentra en la novela gráfica “Maus” de Art Spiegelman.
Con el holocausto judío de fondo (no deja de ser un vehículo narrativo y mucho menos importante de lo que puede parecer), Spiegelman habla de la relación de un padre con su hijo, de cómo puede odiar ese hijo a la vez que adora a su padre, de cómo el peso de una narración puede hacer que te difumines llegando a tener problemas mentales graves, de la intención de un autor y de cómo recibe el mensaje el lector, de los fantasmas familiares, del suicidio, de la muerte, de los tópicos que existen aunque lo sean y, sobre todo, de cómo puede escribir un hombre sabiendo que aquello sucedió y de las consecuencias que tendrá en su entorno.
Nadie que quiera dedicarse a la escritura debería prescindir de esta lectura. Nadie que quiera dedicarse a la escritura debería negar ni un ápice de su existencia. Porque es, de eso y no de otra cosa, de lo que se trata.
© Del Texto: Gabriel Ramírez Lozano

15/3/09

Tranquilidad


El frío se escapa por las alcantarillas, se esconde entre los muros para reposar. Aparece el sol con arrogancia. Todo se mueve con otro ritmo. Incluso los sonidos se deslizan de otro modo, con la cadencia de una tala remota. Cada cosa se coloca con calma donde le corresponde.
Escucho Isn´t it Romantic. Bill Evans. Un ejemplar de “La carretera” de Cormac McCarthy abierto sobre la mesa. Otro de “Una casa para siempre” de Vila-Matas esperando su turno. Las estilográficas alineadas frente a la pantalla del ordenador, el tintero a punto de vaciarse, el cuaderno rojo desgastado. Una novela casi terminada.
No acabo de estar bien. Sin embargo, el mundo es perfecto. A pesar de todo es intocable, sagrado. Todo lo es excepto uno mismo.
Gimena aparece sonriendo. Dice algo sobre su muñeca. Le contesto. Sí, a todo. Detrás Guzmán. Lleva en la mano un juguete. Me lo enseña. Espera que le diga que es el juguete más bonito de todos. Y lo hago. Gonzalo se acerca. Tengo la sensación de hablar con un adulto. Se ha hecho mayor. Las manos en los bolsillos, la mirada divertida. Te estás haciendo viejo, papá. Tranquilo, cuidaremos de ti. Mientras, Silvia va de un sitio a otro. Incansable. Sagrada. Llega Guillermo. Ha dormido en casa de su amigo. ¿Cómo estás, papá? Tienes buena cara. Mañana a trabajar.
Los ruidos de la casa se ponen en marcha. Ahora sí. No falta ninguno. Se complementan, encajan perfectamente. Todo es intocable, sagrado. Excepto uno mismo.
El mundo continua su marcha. Ahora sin el frío que parecía eterno. Las cosas en el lugar exacto. Cubiertas por el sol arrogante. Vivas. Todas lo están.
© Del texto: Gabriel Ramírez Lozano