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28/4/10

De la condición humana (1)


- Estás siendo cruel al decir eso.
- Lo sería si no lo dijese. Es la verdad. No puedo cambiar algo así.
- Podrías haberlo evitado. Yo no he preguntado nunca a nadie.
- Quería que supieras con quien vives.
- No, lo que quieres es ocupar su puesto. Y, ni tú ni nadie, podrá hacerlo jamás. Tengo muy claro lo que deseo.
- Resulta patético escucharte. Lo hago porque te quiero.
- No me sabes querer. Me quieres tener. Él, sin embargo, me permite querer aunque no le tenga de una forma convencional. Las cosas del amor no permiten guardar las formas. Algún día lo comprenderás.
- Das pena.
- No, sabes que no. Todos soñáis con ser así, con ser capaces de entender las cosas fuera de lo convencional. Con poder amar sin límites de ninguna clase.
- Te estás buscando la ruina.
- Que no, que lo único que pasa es que estoy viva.
© Del Texto: Gabriel Ramírez Lozano

Joaquín Sabina - Mentiras piadosas






13/7/09

La vida vale dos cincuenta


Cuando iba a saltar desde el quinto piso recordó que se había quedado sin mantequilla. Se agarró a la persiana para no caer. Volvió a entrar, se atusó el pelo y fue a por el monedero.
Esperaba en la cola para pagar (compró un poco de jamón para aprovechar el viaje) pensando que le había salvado la vida una puta tarrina de mantequilla. Y no le hizo ninguna gracia. Hubiera preferido la mano fuerte y segura de un bombero. O la de un taxista borracho. Eso era lo de menos. Pero lo de la mantequilla le parecía deprimente. La próxima vez llamo primero al teléfono de emergencia y así evito esta situación tan ridícula, murmuró entre dientes. Me tendré que pintar un poco. Y la falda estampada es una buena opción.
- ¿Cómo dice señora? Ah, creía que me decía algo. Son dos cincuenta. Gracias.
© Del Texto: Gabriel Ramírez Lozano

27/6/09

Maquillaje


- Tranquila. Ya verás como todo sale bien. No pienses más en ello.
- Si es que le quiero. No puedo evitarlo. Si fuera capaz me lo quitaría de la cabeza ahora mismo.
- Venga, deja de llorar. Quizás no tengas razón. No sé, es posible que sean imaginaciones tuyas y nada más.
- Sé que está con otra. Son muchos años con él como para no darme cuenta. ¿Qué clase de mujer puede destrozar un matrimonio de esta forma? ¿Quieres saberlo? Una zorra, una mujer sin escrúpulos que quiere ver cómo a todo el mundo le puede pasar lo mismo, que intenta justificar su mierda de vida jodiendo la de los demás.
- Bueno, no creo que tenga que ser así. Eso es generalizar demasiado.
- No lo es. Sólo una papanatas luciendo lazos y calcetines o una puta puede hacer tanto daño. Cuando hables con mi marido cuéntale todo esto.
- ¿No será mejor que se lo digas tú? Y deja de llorar, no te lleva a ningún sitio que sea bueno para ti.
- También le puedes decir que me ha fallado, que es mi gran decepción. Qué fácil es cambiar un mal polvo por toda una vida. Pero claro, yo friego el suelo, lavo sus camisas y llego reventada a casa. Así nadie puede gustar al otro. Por cierto, no te molestes conmigo, pero tanto maquillaje te sienta fatal. Y a nuestra edad ya no podemos esperar milagros. En cualquier momento te cambian por una cara más mona y unas tetas en su sitio.
- Me tengo que ir. Ya te llamaré para saber cómo te encuentras. Dame un beso. Hasta pronto.
Suena la puerta al cerrarse. Agarra una servilleta de papel y se limpia el carrillo izquierdo con fuerza. No le parece suficiente y corre al baño para lavarse la cara.
© Del Texto: Gabriel Ramírez Lozano

7/6/09

Días de lectura. Tragicomedia en dos actos y pico.


Acto I: (Una mesa en el centro con dos copas de vino. Un reproductor de música en la esquina. Suena una canción aunque él se acerca y pulsa la tecla stop).
Ella: No sé por qué debería esperarte con un par de copas de vino en la mesa. No sé por qué debería bailar contigo una canción que te gusta al llegar a casa. Yo nunca he sido así.
Él: A lo mejor deberías hacerlo porque me quieres. A mí me hubiera gustado que me recibieran para bailar y tomar una copa. Desde que te conozco. Pero veo que eso no cuenta.
Ella: Si es eso lo que quieres o lo que te enseñan por ahí, es tu problema.
Él: Es verdad, no hay una sola razón por la que debas hacer eso. Me voy a leer.

Acto II: (Una mesa en el centro. Mil cuatrocientas botellas de cervezas vacías. Cuantas más botellas más tragicomedia. Él baila por todo el escenario. Suena una canción aunque ella se acerca y pulsa la tecla stop).
Ella: ¿Se puede saber qué haces?
Él: Bailo, bebo y finjo ser feliz.
Ella: Resultas patético.
Él: Es verdad. Me voy a leer.

Y pico: (Una mesa en el centro. Ni suena música, ni hay botellas, ni nada de nada. Él espera de pie en el centro de la habitación. Llega ella).
Él: Vale, vale. Me voy a leer.
© Del texto: Gabriel Ramírez Lozano