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11/12/09

Nombres (1)


Michela.

Cierra su ordenador portátil y se sienta junto a la perra. Deja que se arrime a ella para juguetear con el pelo corto y erizado del lomo.
Sabe cómo es, qué es lo que quiere, dónde podría mirar para encontrar el territorio de la belleza apenas oculto en cada forma de las cosas. Pero acaricia el lomo del animal. Sólo hace eso.
Suena el teléfono. Duda si debe contestar o no. Finalmente, lo hace con cierta desidia. Abre un poco más los ojos. Rosetones góticos. Vuelve la mirada multicolor. Y sonríe. Retira el animal con cuidado para incorporarse. Escucha lo que necesitaba. Justo lo que era preciso.
Cuelga. Va hasta el aseo. Busca entre cajas y frascos. Cosmética. A mí esto me sobra, murmura. Y en el espejo ve un futuro cercano. Multiplica su vida por dos.
© Del Texto: Gabriel Ramírez Lozano

24/4/09

Un montón de palos


Destrozar a una persona no es difícil. Al contrario. Si, además, se trata de alguien que te quiere la labor es sencilla a más no poder.
Pongamos el caso de un matrimonio cualquiera. Él o ella deciden que tienen derecho a decir cualquier cosa, lo primero que pase por su cabeza. Se le ocurre decir, por ejemplo, que sus problemas no le interesan, que son pura invención. No parece demasiado serio, pero lo es. ¿Existe mayor traición que esta? ¿Hay algo peor que ver cómo tu pareja te da la espalda? Supongamos, ahora, que el receptor se queda perplejo viendo al otro echando espuma por la boca y, supongamos, que rompe a llorar. Lo normal es que el agresor (le llamaremos así para entendernos) levante el píe del acelerador. Eso es lo normal. Pero volvemos a suponer que nuestro agresor decide que tiene a sus pies al pobre agredido, cosa que, por otra parte, es muy habitual creer cuando alguien llora puesto que se desnuda y queda indefenso. Ese problema no existe, te lo inventas, a ti lo que te pasa es… (llenen con un buen número de reproches estas parte), yo lo que estoy haciendo es poner las cosas en su sitio porque ya iba siendo hora de que alguien lo hiciera, me das asco (más espuma en la boca), ya no sé si te quiero. Mientras, nuestro agredido se hace muy pequeñito. Y, sencillamente, se convierte en un amasijo de piel y huesos.
Podría ser que esto fuera un momento de irritación, de enajenación, de defensa ante una situación antigua. Podría ser y podría justificarse. Pero si esto se repitiera dos, tres o cuatro veces, la cosa sería mucho más grave. Algo así se llama perder el respeto al otro, algo así se llama maldad, algo así es imperdonable. ¿Quién puede ver llorar a su pareja y decir, por ejemplo, “eres un rabioso” sin estar seguro de tener enfrente a una persona deshecha por la pena? ¿Quién puede llegar a límites parecidos y desear, al día siguiente, que todo sea igual que antes? ¿Es esto amar o, por el contrario, es odiar profundamente?
En todas las familias hay un hijo que se preocupa de sus padres más que los demás. Les lleva al médico, les saca a pasear, ordenan sus papeles, llama cada día para saber si todo está bien. Se convierten en el eje de su vida diaria y, curiosamente, en un saco al que patean sin compasión esos padres a los que cuida. No falla. Eso es así. Y cuando llegan los hijos que no aparecen salvo para pedir algo, los papás hacen fiesta y se desviven para que todo sea amor y felicidad. Injusto, muy injusto.
Estoy muy harto de escuchar como se justifican a mi alrededor cuando se trata de estos asuntos. Mientras alguien se pone hasta las trancas de medicamentos para no tirarse por la ventana, otro se dedica a justificar lo que hace echando más mierda encima. Nadie tiene la culpa, pero él o ella está hecho fosfatina.
Ya dije alguna vez en este blog que nos gustaría amar y no somos capaces, que nos engañamos con cualquier cosa para evitar asumir lo rastreros que somos y lo lesivos que podemos llegar a ser.
Hoy, alguien está intentando salir vivo de una situación imposible. Me consta que lo que está es recibiendo es un montón de palos en nombre de la sensatez, de la coherencia y de no sé que otras cosas. No me interesa. Lo que si me preocupa es que vea un punto de luz al final del camino. Y por eso le escribo aquí y le digo que agarre fuerte lo poco que le queda, que si ha tocado fondo lo que ahora hay que hacer es mover fuerte las piernas hasta salir a flote; que aunque esté muy escondida, la solución existe. Y, sobre todo, que si alguien puede hacer algo como lo que poníamos de ejemplo, lo mejor es alejarse sin pensarlo mucho.
Hoy es uno de esos días que preferiría no haber tenido que vivir. A ver si tengo suerte y se acaba pronto, puedo cerrar los ojos y pensar en ese tiempo en el que creí que las cosas eran mucho menos sucias de lo que son, en ese tiempo en el que aún conservaba la inocencia de un jovencito que miraba el mundo para ver valores que nunca encontró en su pureza. Un tiempo en el que era capaz de ilusionarse al pensar que las cosas podrían cambiarse con esfuerzo. Un tiempo condenado a ser olvidado por todos.
© Del texto: Gabriel Ramírez Lozano

26/2/09

Credo Particular


Una joven alumna me preguntaba hace unos días si conocía la forma de saber si alguien te quiere o no. La respuesta, naturalmente, fue bien distinta a la que ella esperaba. Saber si alguien te ama o no es imposible, que estaba hablando de un acto de fe, que lo fácil es saber si no lo hacen. Lo mejor es que creas que sí, que ese muchacho que te tiene nerviosa te quiere con locura, le dije por si acaso con eso se quedaba satisfecha.
- Si creo que me quiere y no es así, sufriré, contestó.
- Ya, pero si no lo crees ahora mismo te perderás un buen momento que te ofrece la vida. Eso es lo que te llevarás puesto para siempre. De otro modo te cargarás de amargor y sufrimiento. Sólo de eso.
Esta conversación no tendría la menor importancia si no fuera porque desde ese momento no he dejado de dar vueltas al asunto. ¿Se puede saber si alguien te ama? ¿Sirve de algo saberlo? ¿Debemos amar sin tener en cuenta qué está pasando al otro lado? ¿Lo que entiendo por amor coincide con la idea que tiene él o ella de eso mismo? Y no dejo de dar vueltas a algo que me parece curioso. Cuando alguien se formula estas preguntas no es cuando se enamora, no, lo hace cuando se ve acorralado, cuando cree que la vida se ha convertido en una especie de basurero del que nadie puede escapar con un mínimo de dignidad porque no se siente amado. No hay amor y no hay nada más que merezca la pena. Es posible que el problema sea que reconozcamos con mucha facilidad que no nos quieren porque sabemos qué se hace, qué se piensa y cómo se puede escapar de una situación en la que alguien demanda ese querer y no se puede entregar. Todos sabemos lo que es estar en una posición de ventaja respecto a otro que sería capaz de cualquier cosa a cambio de conseguir una mirada, un gesto que le hiciera pensar que es amado. Y, sin embargo, casi nunca sabemos explicar cómo es posible que se nos fuera la cabeza de esa forma, cómo es posible que nada importase salvo esa persona que nos hizo sentirnos especiales aunque fuera todo una enorme mentira. Estuvimos perdidos. O lo estamos.
Las palabras gruesas, esas que no podemos explicar con exactitud aunque lo intentemos una y otra vez, esas que significan tanto que al pronunciarlas creemos decir algo cuando, en realidad, no sabemos apenas nada sobre lo que representan (sólo las sentimos y eso está enfrente del intelecto), esas palabras gruesas son las que nos hacen la vida difícil. Eso y tener fe (en lo que sea). Casi nunca la tenemos. Creer en Dios (el que sea) es algo parecido (mucho más de lo que queremos asumir) a creer en uno mismo. Tener fe (en lo que sea) es querer vivir trascendiendo a nuestra propia realidad, ir un poco más allá de lo que nos perturba y deja sin un mínimo sentido el mundo. Tener fe es complicado, amar es complicado, ser amado y saber que lo eres casi imposible. Y es que, finalmente, todo es la misma cosa (o casi). Se trata de creer en uno mismo. Se trata del acto más importante que un ser humano puede enfrentar, del más duro y dificultoso.
Saber que alguien te ama es imposible porque no sabemos lo que quiere decir eso. Quizás sea el momento de plantearnos qué significa, si sabiendo lo que tenemos entre manos, realmente, queremos ser amados o resulta algo incómodo.
Yo tengo fe. En muchas cosas. Y creo firmemente que mi esposa me ama. Y lo pienso cada día, cada minuto. Y me parece la única forma de vivir. No conozco otra. El resto han sido espejismos absurdos. Y es que creo en mí mismo, con todo lo malo que arrastro, con lo poco bueno que puedo ofrecer. Sé que una mujer está dispuesta a cualquier cosa por mí. Porque existo. Y porque tengo fe en que, pase lo que pase, haya pasado esto o aquello, soy yo y no una caricatura de mí mismo. Y porque ya apenas pronuncio la palabra amor. Me sobra con pronunciar su nombre.
© Del texto: Gabriel Ramírez Lozano

Niño Josele - When I Fall In Love






23/12/08

Nada puede cambiar


Cada uno de nosotros tenemos una verdad. Única, definitiva. Unas veces la construimos a base de mirar, otras a base de engaños. Muchas inventando. Pero esa verdad se ve condicionada por la ignorancia. Eso siempre, sin excepción. Sólo cuando alguien te muestra lo que no sabes, lo que no puedes llegar a imaginar, sólo en ese momento somos capaces de modificar un pensamiento mostrenco y asustadizo. Llegan los miedos, la inseguridad, la bajada a las propias bodegas que encontramos llenas de lodo. Y lo peor es que no podemos cambiar nada de eso. Nos muestran la realidad para que nos conformemos, para que empecemos a construir una nueva verdad dolorosa, para recolocar aquello que hemos podido salvar del desastre. Poco, muy poco.
Inmediatamente; hecha de restos, de los trozos propios que hemos podido rescatar; construimos una verdad única y definitiva. Sabemos que viajamos con rumbo incierto, con la sensación de fracaso agarrada a las entrañas, de no haber podido conseguir ser como quisimos hace años cuando nada importaba. Con la desazón que provoca saber que nada de lo que hicimos sirvió, que nadie lo vio.
La verdad única y definitiva nunca llega con dulzura. No. Es brutal, despiadada, lesiva. El ser humano siempre la quiso tener, pueblos enteros han sufrido por encontrarla y muchos han muerto en su nombre. Multitud serán los que al descubrirla piensen que no merecía la pena toparse con ella.
Vivimos entre mentiras que nos arropan protegiéndonos de una realidad agresiva. A los pies de la cama se instala esa verdad que no admite calificativos, que no puede ser única ni verdadera. Y un día nos destapamos con arrojo sabiendo que dejaremos de ser nosotros mismos. Por siempre jamás. Con una pregunta detrás de los párpados. ¿Era tan importante saber?
© Del Texto: Gabriel Ramírez Lozano

Niño Josele - When I Fall In Love






20/7/07

Soportar algo más


Gonzalo y Guzmán disfrutan de su campamento de verano. Ni llaman, ni se ponen al teléfono. Buena señal. Guzmán y Gimena han descubierto que sus padres son capaces de hacerles caso. Si lloran o se quejan les preguntamos qué pasa, les cogemos en brazos. Estando los mayores la cosa se complica por la carga de trabajo. Así que todos contentos.
Ayer estuvimos en el cine gracias a que los tíos Mónica y Héctor (con sus niños facturados a diferentes lugares) se ofrecieron a cuidar de ellos. 
La vida de los otros. Espléndida. Me quedo con el momento en el que un agente de la Stasi descubre que el mundo que conoce no corresponde con la realidad. Ni siquiera con la suya, con la única que ha tenido oportunidad de sobrevivir. Le vemos leyendo un poema de Brecht.

Fue un día del azul septiembre cuando
bajo la sombra de un ciruelo joven
tuve a mi pálido amor entre los brazos,
como se tiene a un sueño calmo y dulce.
Y en el hermoso cielo de verano,
sobre nosotros, contemplé una nube.
Era una nube altísima, muy blanca.
Cuando volví a mirarla ya no estaba.

Y a partir de ese momento el personaje comienza a evolucionar, a comprender un entorno que hasta ese momento se limitaba a la cara menos simpática de sí mismo. Sólo existe un camino posible. Agarrar lo bello para sortear la violencia, la destrucción gratuita del hombre. Hacer lo que toca pase lo que pase. Es necesario renunciar a casi todo para ser fiel a ti mismo, tal y como dijo el director de la película “sin que importe lo lejos que se hayan adentrado por el sendero equivocado”. Hay momentos en la vida en los que uno siente la llamada de aquello contra lo que ha luchado por desconocimiento, por odio o por obligación, siente la necesidad de convertirse en uno de los otros. Miramos la muerte cara a cara sabiendo que efectivamente existe, asumiendo que eso, sólo eso, nos mantendrá vivos mientras soportemos un poco más. Siempre hay que soportar un poco más. El dolor ante la conciencia de nuestros errores, nuestra incapacidad, nuestra fragilidad, nos avisan y nos dan una segunda oportunidad para morir habiendo llegado a ser lo que olvidamos ese día que ya no quisimos jugar con muñecas.
Al regresar nos encontramos con Gimena en huelga de hambre (se negó a tomar su último biberón porque para eso tiene padres que le hacen caso, supongo) y con Guzmán convertido en inventor de cuentos delirantes. Le preguntaron que si quería cenar y contestó que en casa lo único que se toma es agua, por ejemplo. O sea, Guzmán en huelga de hambre, también. Los niños hacen siempre lo que deben, sin esfuerzo alguno. Eso es lo que diferencia al adulto de un crío. Por eso ellos no tienen problemas de conciencia. Por eso y no por otra cosa.
Si alguien lo desea puede disfrutar de este video. Peace Piece. Niño Josele. Antes hay que mirar al cielo y buscar una nube altísima y blanca. Al terminar comprobar si está o no. Quizás no tenga más remedio que reflexionar sobre ello.