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24/5/10

Sociedad ecológica


Las bombillas incandescentes se diferencian de las de bajo consumo en que iluminan más y más rápido. Consumen mucha energía (las incandescentes) y son mucho más contaminantes, pero alumbran de maravilla. Yo, que comienzo a tener problemas con la vista, agradezco mucho leer con una luz suficiente e instantánea. Eso de esperar a que la bombilla termine de dar luz y que sea una luz menor me gusta poco.
Lo mismo me pasó siempre con los profesores. A mí me gustaban los incandescentes. Desde el principio te envolvían en un discurso casi violento por su potencia. Faltar a una de sus clases era perder una oportunidad. Lo que no sabía nunca es qué me perdía, pero era algo seguro. Consumían mucha energía del alumno. Eran altamente contaminantes porque te marcaban la forma de pensar. Eran el antes y el después de un pensamiento desordenado o enano. Eran enormes. Una sola frase, una sola, era suficiente para salir de su aula con la mente acelerada. Eso era luz y no de las bombillas de bajo consumo.
Y, más de lo mismo, me pasó con los escritores mientras fui joven. Esos que alumbran menos aunque duran más (escritores de best sellers o los que encuentran un hueco en el que mantenerse durante años escribiendo libros y libros, mediocres y mediocres) no me interesaron nunca. Me gustaba abrir el volumen y deslumbrarme para siempre. Y cuando digo para siempre me refiero a para siempre. Hoy sigo estándolo con algunas novelas leídas hace ya muchos años.
No sé si las bombillas incandescentes son tan malas como dicen. No lo sé. Lo que sí puedo afirmar es que las de bajo consumo me impiden leer como quisiera. Los malos profesores (los de bajo consumo) me impidieron mirar las cosas como era preciso. Y los malos escritores hacen que la gente se convierta en bombillas de bajo consumo. Total, que al final, alguien se ha salido con la suya. Todos somos bombillas maluchas para que nadie vea las cosas con claridad. Qué cosas.
© Del Texto: Gabriel Ramírez Lozano

Dinah Washington - Come rain or come shine






2/8/09

Promesas incumplidas (I)


Son jóvenes. Se hacen una promesa que sellan haciendo un pequeño corte en el dedo corazón. Uno al otro. Mezclan la sangre. No nos haremos daño el resto de nuestra vida. Nunca jamás. Acaba el verano. No volverán a verse hasta el año siguiente. Eso creen.
Cuando regresan, él luce canas. Ella se encuentra embarazada de su tercer hijo. Se llamará como tú, le dice. Siempre me gustó tu nombre. Ahora te presentaré a mi mujer. Nosotros tenemos uno nada más. Te veo muy guapa. Lo dice mientras roza contra el pantalón vaquero la yema del dedo.
Tres años después coinciden en el aeropuerto. Toman café. Comentan lo que se les ocurre. Ella tiene que embarcar por la puerta treinta y nueve. A él le toca esperar. Prometiste que no me harías daño. Lo dice mientras agarra el bolso, sin poder levantar la cabeza. Él mira al suelo. Tú hiciste lo mismo. El momento que tanto soñaron. Piensan los dos sin saberlo el uno del otro. Él se atreve. Pone la mano sobre su hombro. Mueve la mano con suavidad. Ella nunca soportó las dudas. Le besa. Se besan. Tiene que irse. Espera, le dice. Tenemos que vernos. Ella, fingiendo estar serena, contesta. Prometimos no hacernos daño. Vamos a dejarlo así. Cualquier otra cosa sería peor. Es justo al contrario, replica él, nervioso. La vida es lo contrario casi siempre, la vida siempre está vuelta del revés, dice ella.
Pasan seis años más. Ella se entera un par de meses después. Se sienta en un extremo. Un jarrón con flores naturales junto a la cruz. Su nombre se lee en piezas metálicas pegadas al mármol. Incapaz de pensar en nada se levanta y se va.
© Del Texto: Gabriel Ramírez Lozano

1/8/09

Inercia


Escena 1
- Tú lo único que quieres de mí es un revolcón. Eres un cerdo.
- No, te equivocas. Soy un tipo normal y corriente. Capaz de amar como cualquier otro.
- No hay nada que me haga pensar que quieres otra cosa diferente. Me haces sentir como una puta.
- Sigues estando en un error. Deberías pensar que las cosas son de otra forma. Y no llores. Para eso sí que no hay motivo alguno. Anda ven aquí.
Al día siguiente, cuando despertó se encontró sola en la cama. Una nota en la mesilla que decía algo sobre lo conveniente de verse más menudo para dejar las cosas claras.
Escena 2
- Esta vez no. Hasta aquí podíamos llegar, cerdo.
- Sólo venía a devolverte esto. Creo que es mejor que lo tengas tú.
- Es la primera vez que te veo los ojos llenos de lágrimas. No, no te vayas. Tomemos un té. Ay, déjame, vamos a tomar algo primero.
Al día siguiente, cuando despertó se encontró sola en la cama. Una nota en la mesilla que decía algo sobre la necesidad de conservar aquello, que se lo había pensado mejor.
Escena 3
- Vaya, así que regresas. Tú ¿quién te has creído que soy, golfo? A mí no me vuelves a engañar.
- No quiero que te sientas como una puta, creo que es mejor que seas tú quien conserve esto, tengo los ojos llenos de lágrimas, traigo diez o doce notas diferentes para dejarte en la mesilla y me encanta el té. Soy capaz de amar. Soy un tipo normal y corriente.
- Vete a la mierda. Sois todos iguales. Fuera.
Al día siguiente, cuando despertó se encontró sola en la cama. Fue hasta el salón, descolgó el teléfono y marcó su número. Ya sería él quien llorase en su lugar.
© Del texto: Gabriel Ramírez Lozano

4/5/09

Viajes


Durante el verano de mil doscientos ochenta y seis, cuatrocientos hombres comenzaron el viaje que les llevaría hasta el lugar en el que se encontraba la fuente del conocimiento universal. Tomando un solo trago de aquel líquido lograrían conocer todo lo necesario para ser considerados sabios entre los sabios.
Lograron sobrevivir los seis primeros meses menos de la mitad. Fieras, tormentas y accidentes fortuitos fueron restando hombres y fuerzas al grupo.
Pasado un año, tan sólo cuatro hombres llegaron hasta el lugar que buscaban. Allí no había fuente alguna. Descansaron un par de días y comenzaron el camino de regreso. Regresaron un año después a su ciudad de origen. Los cuatro.
Contaron sus peripecias, los enormes sufrimientos que pasaron hasta llegar donde creían que había una fuente, la muerte de cada uno de sus compañeros. Un niño que escuchaba atentamente preguntó: ¿Cómo habéis logrado regresar los mismos que llegasteis hasta allí? Supimos evitar los peligros, replicó uno de los hombres. Así que la sabiduría es eso, murmuro el muchacho.
La expediciones se sucedieron año tras año. Los hombres que deseaban hacerse fuertes y sabios escuchaban el relato de los supervivientes, partían y no regresaban jamás. Ni uno solo lo consiguió. Escucharon con atención, sin decir una sola palabra, que ante las fieras lo mejor era luchar espalda contra espalda de un compañero. Entendieron que podrían separarse en parejas sin pensar que las fieras podrían devorar a dos hombres y nunca a cuatrocientos que se defendieran como uno solo. Escucharon, sin decir una sola palabra, que durante una tormenta lo mejor es protegerse en un lugar cerrado. Entendieron que cualquier lugar era bueno y muchos murieron ahogados al encerrarse en cuevas que estaban por debajo de la tierra y se inundaban con gran facilidad.
Poco a poco, los cuatro supervivientes murieron. Y, poco a poco, los hombres dejaron de sentir la necesidad de llegar a aquel lugar.
Hoy, miles de personas van y vienen a un lugar cercano pensando que lo hacen al verdadero. Allí, se venden camisetas y sombreros de paja, limonadas y fruta madura. Van y vienen. Ni pierden ni ganan nada. Tan sólo lo cuentan. Creen ser más sabios. Y, en su ignorancia, son más felices.
© Del Texto: Gabriel Ramírez Lozano