
El problema que se está generando con la posible prevaricación del juez Garzón no es lo que parece. En realidad, no creo que ni un cinco por ciento de los que opinan sobre ese asunto sepan valorar técnicamente qué ha pasado o qué ha dejado de pasar. El problema es otro bien distinto, un viejo asunto que sí nos sabemos en España, que se saben muy bien en Argentina, en Chile, en todos los países en los que quedó sin resolver.
Es fácil. Después de una guerra en la que se cometen todo tipo se salvajadas, después de un golpe de estado en el que se esconden los derechos fundamentales de la población y dejan de existir (los derechos y parte de la población), un país se quiebra en dos. Durante, un todo se retuerce buscando salida. Después, las partes se separan. Pasan los años y la fractura se hace mucho más severa. Los abusos por parte de unos se intensifican aludiendo a los abusos que cometieron los otros unos años atrás o unos siglos atrás. Eso es igual, sirve cualquier excusa. Pero llega el día en que se acaba eso y los que se sienten afectados, los que quieren recuperar sus derechos, los que se sintieron esclavos de unas ideas ajenas, los sometidos, deciden que es hora de poner las cosas en su sitio. Unos creen que tienen derecho a lo que les arrebataron y otros creen haberse ganado el derecho a seguir como estaban. La cosa se puede disfrazar de sistema democrático; de olvidemos lo que pasó porque lo pasado, pasado está; de cualquier cosa que suene bonita. Pero lo que no se puede disfrazar es lo que siente este que perdió a su padre, los años de sufrimiento que costaron pensar esto o aquello. Eso no se puede arrancar de cuajo a nadie. Todos creen tener razón. Incluso los que cometieron salvajadas en nombre de su propia falta de humanidad. Parece increíble, pero es cierto.
Lo curioso es que nadie quiere reconocer que la fractura la producen ambas partes. Unos con la arrogancia del vencedor, otros con la del perdedor. Unos a un lado, otros enfrente. Nadie se mueve ni un milímetro.
Pienso mucho en el pueblo alemán. Las salvajadas de los nazis marcaron a un pueblo entero. Pero bien pronto asumieron (ese pueblo entero) que esas salvajadas lo fueron, pero sin olvidar que durante la guerra murieron millones de alemanes inocentes, que sus ciudades fueron arrasadas sin compasión, sus mujeres violadas, y la vida de todos destrozadas. Pasó lo que pasó. Todo. No una parte a la que agarrarse para justificar esto o aquello.
Aquí, en España, seguimos donde estábamos. Dos españas. Dos odios profundos. Un enorme problema que no queremos soltar porque hemos hecho de ello nuestra forma de entender cada cosa que pasa en política, en la justicia, en el fútbol, en todo.
Que Garzón prevarique es algo que debe determinar un tribunal. Que España sigue quebrada es algo que tenemos que terminar viendo. Será difícil que los que hicieron dinero sean capaces de sentirse ladrones y aprovechados de miles de personas que las pasaban canutas, será difícil que alguien entienda que un ser querido muriera como un perro porque un salvaje agarró un arma y abusó sin piedad de todo aquel que no le fuera simpático, será difícil que alguien reconozca que su familiar hizo esto y por eso los otros hicieron aquello. Será difícil que asumamos nuestra humanidad. Somos personas y esto es el resultado de lo que hacen eso, personas.
Los países están en manos de políticos que demuestran, a diario, su grado de corrupción, su manipulación para que un pueblo entero viva aterrorizado (¿recuerdan la gripe A que se llevaría por delante a millones de personas?), demuestran que sólo su interés es el bueno. Se mezclan políticos y jueces y periodistas. Y muchos les siguen buscando un sentido a lo que sucede cuando el sentido sólo se encuentra en uno mismo, en lo que piensa y en lo que es capaz de asumir como propio.
Mientras el mundo esté en manos del interés particular de unos pocos, el mundo será una enorme fractura.
Creo que sería muy sano que todos pensáramos que siempre hay un porqué. Siempre. Y que hay que buscar uno común.
España se consume en sus dos partes. No porque Garzón prevarique sino porque nadie quiere reconciliarse con el que tiene enfrente. Ni consigo mismo. Más patriota que esa postura reconciliadora no se me pasa por la cabeza. Pero entiendo que eso al algo muy difícil de conseguir. ¿Por qué? me pregunto muchas veces. Creo que hay dos cosas fundamentales que nadie quiere mirar. Yo nací en mil novecientos sesenta y cuatro. Crecí y me encontré con la España democrática siendo muy joven. Y comprendo todo esto que digo. Lo comprendo y creo firmemente en ello. Pero, cuando lo comprendo y lo creo, siento que lo hago pisando la cabeza de millones de muertos. La del abuelo de mi mujer que murió fusilado en Paracuellos o la de los padres de Hilda Farfante que murieron por pensar diferente y arrojados a una fosa común. Pienso y comprendo para construir y los cimientos no lo soportan. Por otra parte, la forma de sentir de los que lo vivieron se tendría que quedar en eso, en una experiencia personal , única, y nunca hacer de ella una forma de vivir construida para alguien que no conoció una situación tan lamentable.
Reconozcamos lo que toca. Y toca decir que todas las muertes fueron inútiles, infamantes, horribles. Dejemos que los que vienen por detrás no se pudran con el pasado. No nos consumamos sumergidos en tanta mierda.
© Del Texto: Gabriel Ramírez Lozano
Concha Buika -











