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17/5/10

T. El Superhéroe (1)


T. es un superhéroe moderno. Aunque sólo él lo sabe.
Trabaja como los que no lo son; es padre de tres hijos normales y corrientes (uno de ellos tiende a ser un cafre); su mujer no es nada del otro mundo y la paga no le llega a final de mes casi nunca. Pero es un superhéroe. Guarda su traje (el de superhéroe) en una caja de cartón. Debajo de la cama. Y teme que un día se inunde el piso (cosa bastante probable puesto que la casa es una mierda; es la suma de cañerías de mierda, de cables de mierda y paredes de mierda). Si la inundación se produce, el traje (de superhéroe) pasará a ser una auténtica mierda.
Supo que tenía superpoderes cuando era un crío. Fue en el colegio. Nadie se percató de ello, sólo él. Quizás su profesor también, pero, era tal la manía que sentía por T., que no quiso saber nada del asunto. Incluso le castigó. Dos horas seguidas aguantando la metafísica de Aristóteles en una mano y la historia de España en la otra que por esas fechas sólo servían para golpear brutalmente a los alumnos empeñados en recordar etapas anteriores. De rodillas.
T. ocultó tan bien como le fue posible su secreto. Aunque, a veces, era inevitable hacer gala de sus poderes. Sentía un deseo irrefrenable de salvar al mundo y corría hasta su casa para vestir el traje especial y volver tan rápido como era posible. Casi siempre llegaba tarde y allí no quedaba nadie. Además, no podía adivinar dónde había un problema en ese momento. Si se lo encontraba de cara, bien, pero si el azar no le ponía en el lugar exacto, no había nada que hacer.
Intentó ejercer de superhéroe sin su traje aunque le fue imposible. Le tomaban por loco o por cualquier otra cosa que nada tenía que ver con la realidad. En una ocasión le confundieron con un espía peligroso. Y ruso. Un anacronismo indecente que le hizo sufrir una terrible depresión.
Hoy ha llegado el momento de descubrir sus facultades ante el resto del mundo. T. ha pasado largas horas preparando un plan minucioso, perfeccionista, sin fisuras. Irá a un programa de la televisión nacional. Como público. Sin que parezca otra cosa que no sea un tipo dispuesto a tragarse cuatro horas de programa a cambio de un bocadillo elástico y aparecer un segundo en pantalla sonriendo abiertamente. Se sentará donde le digan, escuchará, aplaudirá y reirá los chistes de un presentador famoso con la gracia en el mismísimo culo. Cuando el concursante esté a punto de fallar la pregunta definitiva, él, T. el superhéroe, alzará la voz. Fuerte, clara. Será cuando deje que los demás conozcan que un superhéroe vive entre ellos, que siempre podrán acudir a él, que aún hay esperanza en el mundo.
Llega el momento. Última ronda de preguntas. Va a fallar, piensa. Llega el momento.
Se pone en pie. Se despoja del chándal. Debajo un traje de chaqueta. Impecable. Gris marengo. Corbata rosada y camisa blanca. Gemelos de plata. Los zapatos que lucían ridículos en un hombre vestido con chándal, brillan lustrosos. Alto, todo el mundo quieto, grita levantando las manos. El presentador se gira extrañado. El regidor hace aspavientos para que T. se siente y guarde silencio. Conozco la respuesta, la sé, esta pregunta es de pensar y yo lo hago de maravilla. Soy un librepensador. El personal de seguridad llega a la carrera. Cachiporras en las manos. Le están liando, amigo concursante, grita y es lo último que se oye porque las cachiporras suben y bajan a velocidad de vértigo. Es posible que en treinta segundos le hayan golpeado un centenar de veces.
El presentador enarca las cejas miando a la cámara. Unos lanzan rayos gamma, otros agua a presión y otros dicen poder pensar. Así son los espías rusos. Sigamos, queridos amigos. Hagamos un mundo mejor.
T. es trasladado a su domicilio donde su mujer, completamente avergonzada, le recibe fingiendo una histeria del montón cuando, en realidad, ha enloquecido por completo. Su hijo, el de la tendencia a ser cafre, le insulta gravemente. Espía, asqueroso, soviético de los cojones, grita tan alto como puede.
T. calcula que su depresión ya no tendrá fin. Se mete en la cama, cierra los ojos y procura dejar la mente en blanco.
© Del Texto: Gabriel Ramírez Lozano

miles davis john coltrane - so what






4/10/09

Tostón


Los visillos se encienden y la luz se alarga oblicua. Gimena juega a ser mayor. Riñe a los hermanos que no le hacen caso. Insiste, una y otra vez, cruzando los brazos y golpeando con el pie la madera del suelo. La luz parece tumbarse en el aire esperando clavarse en algún niño que cruce la habitación. Venga, haced caso a la hermana porque, al final, terminará llorando, les digo. Nada. Opto por ser el más obediente. Me dice que hay que colocar sus cacharritos en las cajas. Los platos apilados a un lado, los cubiertos colocados uno tras otro respetando color y forma, de vez en cuando me ofrece té o café que bebo con gusto, casi como si fuera verdadero. Mientras, pienso.
Ayer, después de invadir la casa de nuestra buena amiga Loles, comer de maravilla y mantener una estupenda sobremesa, decidimos ir al cine. Gonzalo, dos de sus amigos, Guillermo y yo mismo. Los cinco estábamos deseando ver la segunda parte de Rec. Una tonelada de palomitas, los refrescos más grandes que encontramos, móviles en modo silencio.
Me sorprendió que el público fuera muy joven, que entraran riendo a carcajadas y que lo hicieran en grupos de diez o doce personas. Pensé que ya se les pasaría la risa nerviosa del que se enfrenta al terror aún siendo mentiroso. La sala estaba a medio llenar. Otra sorpresa. Dos parejas en la fila delantera hablaban sin parar. Temía que continuasen haciéndolo durante la proyección. Y fue así.
La película resultó ser un auténtico tostón. Un desastre narrativo. Bastante lógico cuando el director se intenta imitar a sí mismo. Cualquier cosa que sucediera terminaba con un personaje corriendo hacia otro. El primero con sus ojitos rojos intentando morder al otro que gritaba como un conejo. O con un susto provocado por uno de esos personajes de ojos rojos que aparecían de los lugares más improbables. De verdad que no se me ocurre nada más que decir sobre la película. Esta segunda parte es infinitamente peor que la primera.
Mientras me aburría de lo lindo, los cuatro catetos de la fila delantera seguían a lo suyo. Los jovencitos que medio llenaban la sala aplaudían un tiro entre ceja y ceja que hacía estallar la cabeza de un personaje de ojos rojos. Gritaban sin ton ni son fingiendo miedo. Es decir, se lo pasaron bomba. Ni me preocupé de pedir silencio. Yo, mis palomitas y el refresco éramos uno. Aburrido y deseando salir pitando de allí, pero uno.
Hemos terminado de colocar el ajuar de Gimena. Esta muy contenta. Y comienza a destrozar todo. Lo que estaba ordenado se convierte en un desastre. Hemos estado varios minutos colocando con mimo cada juguete y, en un instante, el esfuerzo se difumina entre la luz que entra por la ventana. Gimena es como el director de la película de ayer. Ha logrado que sus hermanos, entre risas, colaboren en un destrozo que no tiene ni pies ni cabeza. La única diferencia que alcanzo a ver es que el cine estaba a oscuras y aquí la luz es intensa.
© Del Texto: Gabriel Ramírez Lozano

2/3/09

Saltos


He vuelto a tener el mismo sueño. Un niño cae desde la ventana. Parece no estar preocupado por lo que le sucede, ajeno a todo. Quizás observa con desprecio la causa de su morir. Puede ser. Miro y dudo. Una, dos, tres veces. Saltar significa que ninguno sobrevivirá. No hacerlo significa lo mismo. Hay que elegir entre morir con cierta dignidad o vivir llorando una cobardía que atenazará las sienes, de esas que te matan guardando un silencio eterno. Y salto. Y muero. Y el muchacho me observa, ahora con desprecio (seguro que lo hace así) por mis dudas. Y despierto sofocado, mirando a derecha e izquierda para comprobar que Silvia descansa porque respira con la cadencia del agotamiento, que Guzmán se mueve inquieto en la cuna porque arrastra un catarro que sortea cualquier medicamento, que los muebles son contornos negros sobre el negro de la noche. Y pienso en la cantidad de saltos que he dado en la vida. Y en los que no di. Y recuerdo a mi hermano diciéndome que la suerte es como una nube que pasa por encima de cada uno. Y que hay que saltar en el momento justo para agarrarla fuerte. Y que es mejor no dejar de saltar. Sin dudar. Toda la vida brincando. Y me pregunto cuál fue la razón por la que él dejó de hacerlo. Y reviso con angustia mi sueño tantas veces repetido porque quizás el niño que desprecia sea él, porque quizás no salté cuando debía, ofreciéndome, porque dudé más de la cuenta. No lo sé. Y me tumbo intentando descansar, sabiendo que la muerte del otro envuelve una vida que se agrieta. Y cierro los ojos para soñar que las cosas no sucedieron. Y así sobrevivo. Con él.
© Del texto: Gabriel Ramírez Lozano

18/6/06

Maldita rodilla


Esta mañana he asistido a un concierto en la capilla del Hospital del Niño Jesús de Madrid. Interpretaban los chavales de tres escuelas de música. Salvo la contrabajista y una violinista no pasaban de veinte años ninguno de ellos. Al menos eso me ha parecido. La acústica no era la más apropiada y, además, las puertas del templo estaban abiertas para que nadie muriera de calor. Mucha interferencia desde la calle. Una pena porque los jovencitos tocaban francamente bien. Del repertorio, me quedo con el concierto para dos violas de Telemann. Las dos señoritas que lo tocaron tienen talento y gastan entusiasmo sin reparos.
Guzmán aguantó más de quince minutos sentado en su sillita. Embobado. Guillermo menos de tres. Dice que a él le gusta el jazz y que para escuchar clásica ya me tiene a mí dando la murga en casa.
Mientras Guzmán no se quejaba y movía la cabecita y las manos al ritmo de la música barroca, mientras Guillermo espantaba palomas fuera de la capilla, he cerrado los ojos, he apoyado la espalda en la pared y el codo izquierdo en la pila de agua bendita. Una buena ocasión para recordar lo que nunca sucedió.
La mañana era fría. El azul del cielo empañado por la helada que seguía cayendo. Subí al bote con un movimiento preciso, al mismo tiempo que mis tres compañeros. Remamos hasta el extremo contrario del embalse. Los músculos en tensión. Ganas de vencer. Me di la vuelta para recordarles que habían pasado tres años desde que nos subimos en aquel barco por primera vez, que habían sido muchas horas de trabajo, que no podíamos fallar. O todo o nada. Siendo campeones de España alguno terminaría en la selección nacional. O todos. Llegamos a la línea de salida. Como siempre las mandíbulas apretadas hasta que dolían. Las manos agarrando la madera húmeda del remo, perdiendo el color rosado, blanquecinas por el esfuerzo. Antes de que sonara la señal de salida la posición perfecta (rodillas flexionadas, brazos estirados, espaldas erguidas, el cuello ligeramente inclinado hacia atrás), los remos en las chamuceras engrasadas con mimo, la proa del barco señalando ese punto exacto en el que las ilusiones de un grupo de chavales se cumplen. Por la mente pasan todas las horas en las que otros estuvieron bailando con las chicas más bonitas del barrio mientras nosotros corríamos y remábamos sin descanso. Al amanecer antes de ir a clase, por la tarde después de estudiar. Suena la bocina y marco una primera palada corta, rápida. La décima es más larga, mucho más. Y así hasta que enseñamos la popa al barco de la calle cuatro. El verdadero enemigo. El resto no son nada del otro mundo. Durante los últimos cien metros el ritmo de paladas vuelve a crecer. Hasta que la saliva de la boca se escapa entre las comisuras. Duele todo el cuerpo. El sudor se congela porque sabes que vas a ganar la regata de tu vida. Ya nada puede evitarlo.
He abierto los ojos cuando Guzmán ha gritado. Quería agua. Y me he llevado la mano a la rodilla, la maldita rodilla que me hice trizas unos días antes de disputar aquella regata. La que duele en los cambios de tiempo. Cómo me disgusta saber si va a llover al día siguiente. Todo el trabajo de años se quedó en el barro después de aquella caída. Más tarde la rehabilitación. Pero nada. Eso no tenía remedio. Se acabó el remo para siempre.
Le doy agua a Guzmán. Miro a las dos chicas que interpretan a Telemann. Pienso en lo importante de la ilusión por cumplir. Y espero que ellas sigan adelante, hasta el final. Imaginar lo que nunca sucedió duele. Mejor no probarlo.
© Del Texto: Gabriel Ramírez Lozano