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26/5/10

Amarren las pateras en lugar seguro


El 24 de octubre de mil novecientos veintinueve la bolsa de Nueva York se desplomó. Pero se desplomó de verdad. El desastre fue descomunal. Y los que se arruinaron se dedicaron, entre otras cosas, a tirarse por la ventana, pegarse tiros en la boca o pegar tiros en la cabeza a la familia y, luego, uno en la boca (en la propia). No me consta que nadie tirara a su mujer y a sus hijos desde un ático antes de tirarse él.
Estos suicidas, supongo, tendrían razones serías para pensar que era mejor morir que cualquier otra cosa. Estaban arruinados y sus vidas dependían de sus fortunas. Un desastre.
Hoy, si la bolsa se desploma, si el sistema financiero mundial se descoyunta, si se descubre un agujero sin solución en la economía de un país o si el mundo revienta, no se suicida nadie. No hay razón para ello. Aquí no se arruina nadie. Arruinan a los demás. Los que se deben lanzar por las ventanas son los que tenían una nómina (que ya no tienen porque un listo se ha llevado a no sé dónde la pasta en sacos o bolsas de basura), los que invirtieron en sellos que tenían el valor de un Mortadelo o un cupón hogar, los que confiaron en un tipo trajeado que decía tener la solución a sus problemas y se gastó la tela en calzoncillos de marca.
Pero antes de lanzarse por la ventana deberían lanzarse a la calle. Echando espuma por la boca, con ganas de liar la de San Quintín. Y tampoco. Ni los chorizos encorbatados se tiran por la ventana, ni los pobres arruinados del todo se pegan tiros en la boca, ni los universitarios saben de qué va esto, ni nada de nada. Esto es una mierda de mundo, una sociedad enferma, un mundo destrozado en el que no cabe tener una puta idea en la cabeza porque te destrozan el cráneo en cuanto lo asomas y alguien se siente tal y como es (un gilipollas con cierto poder).
Y todo porque el que roba lo quiere seguir haciendo cueste lo que cueste, porque el que tiene un reproductor de películas con sonido superplus se conforma con tener eso o cualquier otra cosa (y el subsidio por desempleo), porque parece que tener un título te hace mejor aunque no sepas hacer la o con canuto. Nos consentimos unos a otros para seguir igual. Y los que quedan abajo son machacados sin piedad.
Pues tengo malas noticias. Un día de estos nos estarán pisoteando a nosotros. Esto va a más. Así que, si ven alguna patera en la playa, no la destruyan. Nos hará falta tarde o temprano.
Qué asco, de verdad.
© Del Texto: Gabriel Ramírez Lozano

Anita Baker - Good Love






17/4/10

La enorme fractura


El problema que se está generando con la posible prevaricación del juez Garzón no es lo que parece. En realidad, no creo que ni un cinco por ciento de los que opinan sobre ese asunto sepan valorar técnicamente qué ha pasado o qué ha dejado de pasar. El problema es otro bien distinto, un viejo asunto que sí nos sabemos en España, que se saben muy bien en Argentina, en Chile, en todos los países en los que quedó sin resolver.
Es fácil. Después de una guerra en la que se cometen todo tipo se salvajadas, después de un golpe de estado en el que se esconden los derechos fundamentales de la población y dejan de existir (los derechos y parte de la población), un país se quiebra en dos. Durante, un todo se retuerce buscando salida. Después, las partes se separan. Pasan los años y la fractura se hace mucho más severa. Los abusos por parte de unos se intensifican aludiendo a los abusos que cometieron los otros unos años atrás o unos siglos atrás. Eso es igual, sirve cualquier excusa. Pero llega el día en que se acaba eso y los que se sienten afectados, los que quieren recuperar sus derechos, los que se sintieron esclavos de unas ideas ajenas, los sometidos, deciden que es hora de poner las cosas en su sitio. Unos creen que tienen derecho a lo que les arrebataron y otros creen haberse ganado el derecho a seguir como estaban. La cosa se puede disfrazar de sistema democrático; de olvidemos lo que pasó porque lo pasado, pasado está; de cualquier cosa que suene bonita. Pero lo que no se puede disfrazar es lo que siente este que perdió a su padre, los años de sufrimiento que costaron pensar esto o aquello. Eso no se puede arrancar de cuajo a nadie. Todos creen tener razón. Incluso los que cometieron salvajadas en nombre de su propia falta de humanidad. Parece increíble, pero es cierto.
Lo curioso es que nadie quiere reconocer que la fractura la producen ambas partes. Unos con la arrogancia del vencedor, otros con la del perdedor. Unos a un lado, otros enfrente. Nadie se mueve ni un milímetro.
Pienso mucho en el pueblo alemán. Las salvajadas de los nazis marcaron a un pueblo entero. Pero bien pronto asumieron (ese pueblo entero) que esas salvajadas lo fueron, pero sin olvidar que durante la guerra murieron millones de alemanes inocentes, que sus ciudades fueron arrasadas sin compasión, sus mujeres violadas, y la vida de todos destrozadas. Pasó lo que pasó. Todo. No una parte a la que agarrarse para justificar esto o aquello.
Aquí, en España, seguimos donde estábamos. Dos españas. Dos odios profundos. Un enorme problema que no queremos soltar porque hemos hecho de ello nuestra forma de entender cada cosa que pasa en política, en la justicia, en el fútbol, en todo.
Que Garzón prevarique es algo que debe determinar un tribunal. Que España sigue quebrada es algo que tenemos que terminar viendo. Será difícil que los que hicieron dinero sean capaces de sentirse ladrones y aprovechados de miles de personas que las pasaban canutas, será difícil que alguien entienda que un ser querido muriera como un perro porque un salvaje agarró un arma y abusó sin piedad de todo aquel que no le fuera simpático, será difícil que alguien reconozca que su familiar hizo esto y por eso los otros hicieron aquello. Será difícil que asumamos nuestra humanidad. Somos personas y esto es el resultado de lo que hacen eso, personas.
Los países están en manos de políticos que demuestran, a diario, su grado de corrupción, su manipulación para que un pueblo entero viva aterrorizado (¿recuerdan la gripe A que se llevaría por delante a millones de personas?), demuestran que sólo su interés es el bueno. Se mezclan políticos y jueces y periodistas. Y muchos les siguen buscando un sentido a lo que sucede cuando el sentido sólo se encuentra en uno mismo, en lo que piensa y en lo que es capaz de asumir como propio.
Mientras el mundo esté en manos del interés particular de unos pocos, el mundo será una enorme fractura.
Creo que sería muy sano que todos pensáramos que siempre hay un porqué. Siempre. Y que hay que buscar uno común.
España se consume en sus dos partes. No porque Garzón prevarique sino porque nadie quiere reconciliarse con el que tiene enfrente. Ni consigo mismo. Más patriota que esa postura reconciliadora no se me pasa por la cabeza. Pero entiendo que eso al algo muy difícil de conseguir. ¿Por qué? me pregunto muchas veces. Creo que hay dos cosas fundamentales que nadie quiere mirar. Yo nací en mil novecientos sesenta y cuatro. Crecí y me encontré con la España democrática siendo muy joven. Y comprendo todo esto que digo. Lo comprendo y creo firmemente en ello. Pero, cuando lo comprendo y lo creo, siento que lo hago pisando la cabeza de millones de muertos. La del abuelo de mi mujer que murió fusilado en Paracuellos o la de los padres de Hilda Farfante que murieron por pensar diferente y arrojados a una fosa común. Pienso y comprendo para construir y los cimientos no lo soportan. Por otra parte, la forma de sentir de los que lo vivieron se tendría que quedar en eso, en una experiencia personal , única, y nunca hacer de ella una forma de vivir construida para alguien que no conoció una situación tan lamentable.
Reconozcamos lo que toca. Y toca decir que todas las muertes fueron inútiles, infamantes, horribles. Dejemos que los que vienen por detrás no se pudran con el pasado. No nos consumamos sumergidos en tanta mierda.
© Del Texto: Gabriel Ramírez Lozano

Concha Buika - Se me escapan las palabras






15/4/10

Conversación de cafetería


Cualquiera que esté sacando dinero del cajero automático ve a los demás, sean quienes sean, como potenciales chorizos. Si se acerca un tipo trajeado o una mujer con carrito y niño, puede ser que la tranquilidad sea mayor (aunque nunca se sabe porque los cacos son personas que se disfrazan con suma facilidad). Si el que se acerca es un tipo mal vestido, con cara de malas pulgas y sin afeitar, es posible que un ataque incontrolable de pánico se apodere del buen ciudadano que saca dinero contante y sonante de su cuenta de ahorro. Casi siempre, el tipo mal afeitado no te hace ni caso, se saca un moco con tranquilidad y ni te mira, va tranquilamente al bar de la esquina y se mete un sol y sombra ajeno a tus miedos.
Todo esto es algo que sucede y que un porcentaje altísimo de gente ha vivido más de dos veces. Y todo esto sucede en el vagón de un metro, en los grandes almacenes mientras compras una camisa o en la cola del pan. Presten atención, por ejemplo, a cómo, de forma mecánica las mujeres agarran sus bolsos si alguien se acerca. Es curioso.
Vivimos en un permanente estado de alerta. Nos hemos convertido en sociedades miedosas, temerosas de sí mismas. Y bastante absurdas. Por ejemplo, nunca entenderé eso que dicen los padres a sus hijos cuando les intentan instruir para que reaccionen en caso de perderse. No hables con nadie. ¿Cómo que no hable con nadie? Es al contrario, justo al contrario. Si pasa un adulto por allí, lo que el niño debería decirle es que está perdido y pedirle ayuda. Lo normal es que la gente no robe, no asesine y no secuestre niños.
Digo esto porque las pocas veces que me acerco al televisor para escuchar las noticias, se me ponen los pelos de punta comprobando que el enfoque que se da a cada noticia es (suele ser) apocalíptica, un enfoque muy peligroso. Los medios de comunicación tienen una potencia descomunal y si allí se dice que el mundo se acaba la sociedad comienza a gritar y correr y morir y matar.
Hace unos días, alguien me decía que estaba aterrado, que no entendía qué ocurría en este mundo en el que los jóvenes se matan unos a otros sin compasión. Comentábamos el asesinato de una niña en Seseña. Escuché cómo dibujaba un escenario espantoso, un futuro incierto. Escuché un delirio que mezclaba las noticias apocalípticas, el temor con el que vivimos y la falta de reflexión. ¿De verdad piensas que uno de mis hijos o cualquiera de los millones de jóvenes españoles que dedican su tiempo a estudiar, a practicar deporte, a divertirse como hicimos nosotros con su edad (incluyendo el beber y el fumar sin plantearse la vida más allá de los veinte minutos siguientes), de verdad piensas que son asesinos en potencia, que te robarán el dinero que saques del cajero? Le fui hablando con tranquilidad, tomando mi café a poquitos. Habrá que atajar los problemas, pero dentro de la dimensión que toque, nunca criminalizando a un colectivo tan amplio. Como vi que tenía muchas ganas de contestar, me detuve, le miré y esperé hasta que respondió. Con gente como tú así nos luce el pelo. Cuando nos explote el problema en la puta cara te acordarás de estas cosas que dices. Después de mi último sorbo de café, le dije que si alguna vez los jóvenes se matan entre ellos sin compasión, los adultos habremos montado ese circo que llamamos guerra.
En fin, conversación de cafetería. Sin importancia. Pero, es verdad, que cuando llegué a casa miré con detenimiento a mis hijos (quería con ello ver a todos los chicos de su edad) y no vi asesinos, ni ladrones, ni un problema a punto de explotarme en la puta cara. Eso lo vi más tarde, cuando miraba la televisión, en un telediario que enseñaba un trocito de mundo muy pequeño y muy, muy, negro.
© Del Texto: Gabriel Ramírez Lozano

23/3/10

Gente


Siempre he pensado que ando mal de la cabeza. Bipolaridad, fragilidad emocional, inseguridad. En fin, la lista es larga y aburrida. Ahora bien, si observo mi entorno, creo ser uno de los tipos más estables del mundo entero, de la historia universal. Empiezo a preocuparme seriamente. Si soy capaz de considerarme medio normal es que el mundo se está viniendo abajo.
Gente miedosa hasta límites absurdos (todo el mundo teme quedarse sin trabajo, sin posibilidad de ser feliz, sin pareja, sin entradas para ver el partido del siglo, sin conexión a Internet).
Gente necesitada de compañía, de amor, de cariño (las pantallas de ordenador se han convertido en pequeñas agencias matrimoniales; las amistades y amores virtuales están sustituyendo a eso que siempre creímos era la verdadera amistad o el amor auténtico; la soledad se intenta maquillar con otra distinta (la propia sumada a la ajena), una fotografía es suficiente para imaginar un abrazo o un beso).
Gente dispuesta a decir lo primero que le pasa por la cabeza sin miedo a sentirse ridículo, sin miedo a nada porque todo vale. La libertad por la que tantos han sufrido tratando de conseguirla se convierte en el paraíso de los estúpidos que confunden eso, la libertad, con la posibilidad de airear y presumir de su idiotez.
Gente brillante e inteligente condenada a encontrarse y no poder abrir la boca para no ser maltratada por los mediocres que gobiernan países, empresas o grupos de presión. Gente brillante e inteligente que limita su aportación a entornos minúsculos, denostada por la masa. Hoy sirve ser muy idiota. O muy sinvergüenza. Sólo.
Gente que prefiere tener en casa a un perro antes que un niño sin pensar que caben todos, que deben estar todos. Ningún animal puede ponerse por encima de un ser humano. Supongo que es una secuela de esa soledad alimentada por otra de otro. Supongo que esto es la reacción a encontrarse en un islote desamparado y justificarlo como se puede.
Gente desquiciada que enfrenta los problemas desde la histeria, a base de aspavientos, gritos y violencia. Todos somos Rambo. Tan tontos como Rambo.
Los que saben de estas cosas dicen que estamos viviendo el declive de nuestra civilización. Todo apunta a que, realmente, es así. Mirando alrededor con calma la sensación de desorden es absoluta. Mi opinión personal es que el hombre que renuncia a parte de sí mismo (hoy pocos son los que se interesan por lo que no sea material) está condenado a desaparecer. Somos lo que somos. Lo material y lo espiritual. Nos pongamos como nos pongamos. Cuando lo importante para millones de personas es poder gastar una talla de ropa y no otra, cuando nuestro bienestar se asienta en utilizar objetos pagados a precios delirantes, o cuando nuestras vidas se van cerrando sobre sí mismas dependiendo de la técnica, cuando eso es lo importante, la cosa está más que difícil.
Empiezo a preocuparme seriamente. No debería considerarme medio normal. Y me estoy viendo casi obligado. Miedo me da.
© Del Texto: Gabriel Ramírez Lozano


Charles Mingus - Duke Ellington`s Sound of Love






16/12/09

Un poquito de organización, por favor.


En Internet se pueden encontrar los comentarios, las fotografías y hasta los números de teléfono personales de cualquiera que se inscriba en una página de videojuegos, de sexo gratis o en una red social. Parece imposible poder clasificar a tanta gente y esa cantidad tan asombrosa de información. Pero yo, que soy un genio cuando quiero, ya he encontrado una solución.
Existen tres categorías fundamentales. Por un lado, podemos agrupar a unos cuantos millones de internautas que adoran a Dios y se pasan las horas anunciando su llegada, lo que le pueden llegar a necesitar y que la vida es poca cosa si no aparece en cada rinconcito. Pueden llegar a utilizar expresiones grandiosas, vehementes e incluso cómicas. No hace mucho una mujer adoradora de Dios dejó un comentario en alguna página que decía “oh, Dios, puedo pasar sin los míos, pero sin ti no. Eres mi amigo y mi consolador”. En fin. Dios lo es todo.
Otro grupo numeroso (mucho más de lo que podemos imaginar si no prestamos atención) es el que adora al diablo. Estos son más cautos, más oscuros, más discretos. Y no son graciosos en absoluto. Vaya, a mí no me hace ni pizca de gracia leer cosas como, por ejemplo, “oh, señor de la oscuridad, ven a destrozar la bondad en la tierra a base de arañazos y bocados”. Pero allá cada cual con sus cosas.
El último grupo, el más numeroso, es el de los que se adoran a sí mismos. Yo integro ese grupo y espero que me entreguen incluso un carnet. Millones de internautas dispuestos a decir, a escuchar, a reír o a gritar si es preciso para que alguien les escuche y aprecie lo divinos que pueden (podemos) llegar a ser. Inventan (inventamos) todo tipo de mecanismos con los que hacerse sentir, trasnochan, aprenden lenguajes de programación para progresar en el ranking de los buscadores. Es como si quisieran hacer un curso rápido en el que se preparasen para ser dioses y diablos que todo lo pueden. Sobre todo para ser uno mismo y divino. Muy divino o muy maldito o muy malo o muy adorable. Muy lo que sea. Pero muy. En este grupo se concentra un número inimaginable de personas que son (somos)capaces de cualquier cosa si detectan que otro obtiene un éxito mucho mayor que el suyo propio, siendo el éxito cuantificado por el número de comentarios al texto que escribe (¡impresionante eso de conseguir una línea más firmada por otro impresentable como tú que no sabe ni lo que dice!).
Con estos datos –ya sé que no me he extendido mucho y carecen de base científica aparentemente- alguien debería organizar Internet un poquito. Y nombrar presidente, ministros, consejeros, sacerdotes, populacho, policías o matronas. No hay derecho a que tanto dios esté sin reconocer ni idolatrar. Yo el primero.
© Del Texto: Gabriel Ramírez Lozano

13/12/09

Sin grandes soluciones


Una vecina, perfectamente arreglada para ir a la iglesia, me ha preguntado en el portal de casa si estaba en contra o a favor del aborto. “Tú que tienes cuatro hijos seguro que también tienes una postura clara al respecto”, seguía diciendo. He levantado la mano para impedir que continuara con su discurso. Hubiera querido no contestar (casi nunca lo hago cuando se trata de este asunto), pero lo he hecho. Oiga ¿usted conoce a alguien que esté a favor de algo así? ¿Se trata de estar a favor o en contra? ¿De verdad piensa que alguien aborta porque está a favor? No, no, no. Ha equivocado usted la pregunta. Eso es reducir un gran problema a cosa de patio de vecinos o sobremesa aderezada con una buena copa de pacharán. Se lo he dicho obligándome a mostrar la mejor de mis sonrisas. Y ella se ha quedado donde estaba con la peor de sus muecas. Sin obligación de ningún tipo. Una amiguita menos. Creo.
Es verdad que me defino pocas veces sobre este asunto, entre otras cosas, porque parece que este es un problema ajeno al hombre. No creo que sea así, en absoluto, pero han sido tantas las veces que he tenido que soportar impertinencias del tipo “tú a callar, este no es asunto tuyo y no podrás comprender en la vida”, que tiré la toalla hace muchos años. Como, además, alguna vez sí me interesaba y mucho, como me causó un enorme dolor no poder ni siquiera opinar, me he refugiado en un silencio cómodo.
No deja de tener razón la mujer que dice que un hombre es incapaz de comprender. La misma que yo cuando digo que una mujer tampoco puede ponerse en el lugar de un hombre ante una situación tan extrema. Pero ninguna de las dos afirmaciones llega a ningún lugar en el que unos puedan cuidar de otros. Me parece absurdo, estéril, una forma como otra cualquiera de hacer más largas las distancias. Dejar fuera una de las partes es, siempre, un error. Es justo al revés. Justo al revés. Un problema común a dos personas es el problema de dos. Nunca de una.
Si el debate “en contra- a favor” no sirve por reducir el problema a casi nada, ¿cuál es el bueno? ¿Cómo enfocar algo así? Yo no tengo la respuesta, pero sí me alarman algunas posturas de personas que parecen razonables y sacan la peor de las fieras a pasear cuando les plantean qué harían si supieran que su hija está embarazada con catorce años o si existe vida o no justo en el momento en el que el espermatozoide fecunda el óvulo; si se trata de un crimen o no.
Lo que si tengo es un montón de preguntas (muchas de ellas sin respuesta) que deberíamos plantearnos antes de opinar. ¿Se puede obligar a una mujer de catorce años a tener un hijo? ¿Y a no tenerlo? ¿La autoridad moral de un padre hasta donde puede llegar? ¿Realmente los adultos son (actualmente) más maduros que los adolescentes ante este problema? ¿Se trata de si hay vida o no? (Vida tiene un perro o una planta y no dudamos ni un segundo en acabar con ellos si es necesario) ¿O se trata de saber cuando la vida es humana? Podría seguir planteando cuestiones hasta el año que viene. Y todas sin una respuesta clara.
Un enorme problema en el que no cabe, de momento, una gran solución.
Desde luego no lo es que una jovencita tenga que ir (a escondidas) a la cuarta planta de un edificio asqueroso, en el que los medios se reducen a cuatro aparatos llenos de mierda, como sucedía no hace mucho. Ni que no pongamos todos los medios necesarios al alcance de hombres y mujeres para evitar llegar a situaciones extremas. Una educación sexual bien planteada evitaría algunos casos (no todos desde luego). Ni la imposición moral de nadie. Ni, por supuesto, la amenaza con el chirriar de dientes entre llamas y sufrimientos eternos. Eso sí que no.
© Del Texto: Gabriel Ramírez Lozano

11/11/09

Declive


No conozco a nadie que esté dispuesto a morir por nada ni por nadie. Quizás los padres y madres por sus hijos aunque no creo que todos. Ni muchos.
Es curioso que lo único que es seguro en la vida, lo único obligatorio se quiera o no, se afronte con tanta desidia, con tanto miedo. Morimos con muy poca dignidad. Los que quedan vivos son los que procuran que nuestra falta se convierta en algo memorable y exquisito, pero la muerte, hoy en día, es una mierda. Desaparecemos del mapa en hospitales llenos de gente esperando su turno como corderitos, en la cama solos, atropellados por un autobús o hasta las trancas de sustancias químicas que diez minutos antes nos hacían reír como anormales. Un desastre bastante asqueroso.
¿Dónde quedaron los ideales que nos hacían correr en dirección de una muerte que mereciera la pena? Las universidades se llenan de jovencitos que aspiran, como mucho, a ser delegados de curso; las empresas de trabajadores acojonados por si pierden un trabajo que es una esclavitud y en el que tienen que hacer todo tipo de cosas humillantes; los partidos políticos de cuatro trepas que sueñan con que alguien se fije en ellos para parecer algo más listos y más poderosos porque son incapaces de hacer la o con un canuto, los cafés de escritorzuelos solitarios intentando poemas de amor o algún texto en el que se puede leer (como algo extraordinario) que el autor soñó con cambiar el mundo cuando era niño, pero que se le pasó enseguida. Mierda y más mierda de vida. Y, por supuesto, mierda de muerte.
Pocos son los que regresan a las raíces, una y otra vez, para recordar de dónde vienen y el destino que les toca pase lo que pase por el camino. Pocos son los que no ocultan posturas peligrosas porque saben que diciendo esto o aquello no publicarán su novela, no ascenderán en el escalafón de la empresa o se titularán con una nota más baja aunque mucho más valiosa. Pocos son a los que les espera una muerte digna.
Durante siglos cientos de miles de personas buscaron algo lo suficientemente importante, potente, como para morir creyendo que su paso por el mundo merecía la pena. Hoy miles de millones parecen verlas venir, esperar a que esto se acabe y poco más. Triste, patético y preocupante. Todos acomodados en una sociedad que presume de bienestar y oculta que el precio es la felicidad de muchos que se consumen en su propia miseria aunque, eso sí, subidos en un Mercedes último modelo.
Me temo que nuestra civilización está en pleno declive. Cuando decidimos que era mejor tener que pensar, cuando la importancia pasó a lo material y lo espiritual se convirtió en algo extraño y cosa de locos, la cosa se puso fea. No quedan ideales a los que agarrarse salvo los individuales. No queda nada. Sólo quedan las familias como única cosa por la que luchar hasta el final. Aunque terminan siendo una razón más para acomodarnos en ese vivir bien con anteojeras. Y una muerte de mierda que convertirá nuestra vida en algo insignificante. Y una vida que convierte la muerte en un final vacío de sentido. En una mierda enorme.
© Del Texto: Gabriel Ramírez Lozano

5/10/09

Cosas y eso


Que la forma más rápida y económica de difundir una obra literaria es internet es un dato objetivo. Que las obras que difunden a través de este medio son, en un porcentaje descomunal, el desastre más absoluto, es otro dato objetivo. Que la importancia que se da, actualmente, a la obra editada en la red es escasa, otro. En principio, todo esto no parece nada del otro mundo. La gente escribe y sólo unos pocos publican. Lo mismo ocurre con las obras que llegan a las editoriales a través del correo ordinario. Pero viendo como está la cosa comienzo a pensar que se está convirtiendo en un fenómeno a tener en cuenta.
Un autor cualquiera escribe una novela o un poemario o un ensayo o una obra de teatro cualquiera. Lo leen en casa y padres, hermanos y hermanas, novias y novios, incluso vecinos y vecinas, quedan maravillados ante semejante obra de arte. Es cuando el autor cree que ha llegado el momento de dar el salto definitivo, de buscar alternativas para hacer público su talento. Pronto llegan los primeros disgustos. Las editoriales “tradicionales” dicen que no hay nada que hacer. Eso si es que contestan. El autor busca y no encuentra. Decide hacer circular su obra en la red. Y se produce el milagro. Por un lado, en los foros y redes sociales se encuentra con un gran éxito (que no hace más que darle la razón frente a las editoriales estúpidas que no se dignaron a publicar su obra). Los lectores parecen estar deseando que alguien publique aquello con rapidez, sin mostrar una sola duda ante un bombazo editorial. Y nuestro autor se embarca en su nueva labor como crítico literario. Sí, y es que en la red hay miles de incomprendidos en sus mismas circunstancias. Le leen, le adulan y él hace lo mismo. Eso por un lado. Aunque el milagro más grande se produce cuando aparece una editorial que invita a nuestro escritor a enviar un original. Muy pronto recibe la contestación. Fabulosa, grandiosa, obra maestra. Seríamos capaces de publicar cualquier cosa que nos enviaras, le dicen. Nuestro protagonista ya es escritor. Y no cualquier escritor, no, es uno de los grandes. Ya se lo dijeron padres, hermanos y hermanas, novios y novias, vecinos y vecinas. Sólo falta concretar un pequeño detalle. El costo de publicación. Pero ¿cómo?, ¿si es tan buena la obra por qué no la publican ustedes y punto? Somos pequeños, nosotros haremos la distribución, vamos a ver qué pasa con la primera edición, etc. Pero nuestro escritor no puede dejar de serlo ya nunca más. Cueste lo que cueste no puede perder su estatus.
A todo esto, nadie le ha dicho la verdad a este autor. Nadie con un criterio profesional, nadie con oficio, le ha dicho que eso no hay quién lo publique, que los problemas de lo escrito son este o el de más allá, que modificando esta parte ganaría mucho en su conjunto, que las faltas de ortografía no se permiten en esto de la literatura o que lo narrado ya está escrito y se va a notar.
Eso sí, cuando envía un talón a la editorial (desastrosos negocios que juegan con cosas muy serias sin mostrar el más mínimo escrúpulo, salvo en contadas excepciones conocidas más que de sobra en este mundo literario) y recibe su obra, en casa es recibido como un dios, los amigos beben y cantan, las novias se sienten enamoradas de nuevo como el primer día, y nuestro autor acude a la red a dar la noticia y a poner en claro su condición de autor. Cosas y eso.
La gran patraña en que se está convirtiendo todo esto es preocupante. Cualquiera te puede decir “te lo digo yo que también soy novelista” habiendo escrito un cuento que ganó el premio literario de su pueblo. Delirante. O que tener faltas de ortografía no impide tener una pluma exquisita, o que el mundo literario se vendrá abajo por el empuje de estos autores en internet. Cosas y eso.
En fin, afortunadamente, siempre quedará el lector para poner las cosas en su sitio, para no leer más de dos páginas cuando la novela es un desastre, para cerrar el poemario si es un canto a sí mismo y a un mundo interior lleno de amor y fantasías que no interesan ni al que las escribe. Siempre nos quedarán más cosas y eso.
© Del Texto: Gabriel Ramírez Lozano

14/7/09

El paraiso de los idiotas


Dice la Biblia que Dios creó al hombre y a la mujer para que disfrutaran del mundo, de él mismo. Les colocó en medio de un paraíso en la tierra con una sola condición que debía cumplirse o el pacto se rompería. El ser humano presenta una tendencia a cometer errores que, desde el principio de los tiempos, le ha llevado por la calle de la amargura.Y la Biblia dice que Adán y Eva metieron la pata a la primera de cambio. Resultado: fuera de aquí, a sudar y a buscarse la vida, esto de vivir con Dios (un chollo) se acabó.El paraíso se convirtió en un enorme desierto que cruza la humanidad en busca de sentido. En busca del propio Dios según las Sagradas Escrituras.Y es que Dios, según la Biblia, creó al hombre inteligente y libre. Por eso cometió un error en cuanto tuvo que decidir algo importante. Por ser libre, no por ser inteligente. El ser humano hizo uso de su libertad y no de su inteligencia. Así, el mundo se ha convertido en un auténtico disparate en el que sobrevivir cuesta un riñon. Guerra, injusticias, desastres. La lista es interminable.La inteligencia ha estado al servicio de los más tontos desde que se inauguró el chiringuito para convertir al hombre en esclavo de su propia libertad.Dios, según la Biblia, creó al hombre y le echó del paraíso por torpe. Sin embargo, ha dejado que el ser más perfecto de la creación (al menos el único inteligente) pueda pensar y desarrollar la ciencia, la técnica y la tecnología. Un Dios demócrata. El hombre se lanzó hacia una búsqueda angustiosa de otro paraíso que sustituyera al escatimado por un dios enfadado. Y esto nos ha llevado hasta, por ejemplo, internet.Por fin hemos conseguido un lugar común, universal, pensado y desarrollado desde una inteligencia maravillosa, desde la libertad. Tal y como hizo el mismísimo Dios (según la Biblia) hemos colocado todo en ese sitio para uso y disfrute de nosotros mismos. Muy bíblico, muy divino.Un paraíso pensado por los listos, construido por los listos y usado por millones de personas. Listos e idiotas, listillos y sinvergüenzas, gente corriente y personas sin escrúpulos que buscan fotografías o videos en los que aparecen imágenes de niños que están siendo agredidos sexualmente. Y de estos últimos, de esta banda de indeseables, no hay pocos.Estamos convirtiendo una de las herramientas más asombrosa y útil de la historia en un paraíso para idiotas, idiotas que hablan ocultando su identidad porque ninguno jamás sería escuchado de otro modo; para un ejército de frustrados que arremete contra todo vaciando así el saco de mierda que llevan de un sitio a otro; para terroristas que ofrecen imágenes de las salvajadas que cometen sin que nadie lo impida; en paraíso de la mentira y del lado menos agradable del hombre, ese que siempre ocultó y que ahora airea sin pudor. Hoy, los malnacidos lo pueden ser sin que otros lo sepan.Es verdad que existen miles de páginas llenas de contenidos estupendos, pero por cada una de ellas encontramos tres de las otras.Nos hemos empeñado en destruir un paraíso construido por nosotros mismos. Somos así de idiotas. Todos. Unos por mezquinos, salvajes injustos, brutos o millonarios; otros por permitirlo.Más de lo mismo. La inteligencia haciendo el caldo gordo a lo peor de la humanidad.Según la Biblia, Dios creó un paraíso para nosotros que no supimos aprovechar. Ahora, nosotros solitos, construimos otros que, también, nos empeñamos en hacer trizas. Debe ser que Dios, si es que existe, nos hizo poco inteligentes, tan libres como para creer que vale todo y, encima, olvidó dejarnos por escrito un manual de instrucciones que entendiéramos.Qué tristeza.
© Del Texto: Gabriel Ramírez Lozano

24/3/09

Mamá, quiero ser artista


Me preguntaba ayer un muchacho finlandés que por qué en España se duerme siesta y es tan importante para todos que así sea. Pues muy fácil, querido finlandés, porque no queremos dormir durante la noche. En España desde bien jovencitos nos negamos a dejar pasar la noche como si no existiera, le contesté.
Los niños quieren acostarse tarde, los adultos también, los adolescentes creen que dormir antes de las doce de la noche es una especie de pecado mortal. Y, entonces, ya hace muchos años, alguien inventó la siesta. Robamos unas horitas al horario laboral (la siesta puede hacerse incluso en la oficina si la habilidad del sujeto es normalita, no hace falta ser un genio del escaqueo) y podemos hacer realidad uno de nuestros deseos más arraigados.
Y ahora pienso que esto de dormir la siesta es parecido a lo de ser escritor. Un buen día todo todos los españoles deciden que hay que ser escritor, que eso viste muchísimo y que si no lo consigue se convertirá en una persona acabada. Aparecen cientos de talleres literarios, un buen puñado de escuelas dedicadas a la enseñanza exclusiva del arte literario, programas de radio se unen invitando a enviar textos a los oyentes, no hay pueblo de España que no proponga un premio de novela, poesía o relato breve y el mundo se llena de escritores en ciernes. Grandes futuros escritores. ¿Por qué? Pues muy fácil, también. Los medios de comunicación nos muestran ese mundillo literario que crece alrededor de los premios, de los lugares en los que se toca la fama y algo de poder. Y la gente se lo cree. Quiere ser escritor cualquiera porque cualquiera quiere ser persona de fama. Antes era al contrario. Nadie quería acercarse al mundo de las artes porque sabía que su futuro se llenaría de deudas y hambre.
Lo triste es que hay programas (en esos mismos medios de comunicación) que nos enseñan que si nos casamos con un tipo millonario por una cuestión económica (es decir, que nos casamos por la cantidad de pasta que maneja y nada más) también nos hacemos ricos y famosos. Aún no se ha producido un movimiento social de grandes dimensiones en este caso. No todos queremos ser unos frescos, pero estamos a punto de conseguirlo.
Me temo lo peor. No quisiera pensar que, por ejemplo, a las niñas españolas les de por ser ministras de defensa, o a los muchachos les parezca muy atractivo llamarse Boris y decidan bajarse los pantalones en cuanto vean una cámara cerca. Quiero pensar que con la siesta y el querer ser escritores tenemos bastante.
Como estoy empeñado en que mis dos o tres lectores (creo que no tengo más) no cometan errores, vuelvo a recomendar un artículo firmado por mi amiga Vera acerca de todo este lío del mundo artístico. No tiene nada que ver con este que están leyendo, pero me ha gustado mucho. Mis queridos dos o tres lectores, léanlo si es posible a la hora en que todos duermen la siesta o dormitan en su mesa de trabajo. Y piensen seriamente si quieren ser escritor o no. Se gana poco dinero y se sufre más de la cuenta. Quizás lo del millonario sesentón es mejor alternativa. O quizás lo mejor es quedarnos cada uno con lo nuestro y dejarnos de idioteces.
© Del texto: Gabriel Ramírez Lozano

11/3/09

¿Numquid non vipera est lingua detractoris ferocissima?


Escribió San Bernardo en uno de sus sermones “Detractor Diabolum portat in lengua”, que como todo el mundo sabe significa que el malediciente lleva al diablo en su lengua. Por su parte Terencio en su Formión dejó dicho lo siguiente: “Nihil est Antipho,/Qui male narrando possit depravari at/Tu id quod boni est excerpis, dicis quod mali est” que como, también, todo el mundo sabe significa que no hay nada (Antifonte), que no pueda ser deformado al narrarlo mal, pero tú suprimes lo que es bueno y dices lo que es malo.
La iconología clásica representa la maledicencia como una mujer de aspecto horrible, sentada, con la boca abierta, pañuelo negro en la cabeza que le cubre buena parte del rostro, con el traje roto y adornado con un gran número de lenguas semejantes a las de las sierpes, una cuerda al cuello a modo de collar de la que cuelga una almohaza, un cuchillo en la mano derecha y un ratón en la izquierda. Esto lo dice Cesare Ripa en su Iconología.
Hoy, la maledicencia viste ropa cara, se sienta tras una mesa de despacho o en la de un restaurante caro disfrazada de opiniones profesionales y coherentes que buscan lo mejor para el colectivo, no deja ver cuchillos, ni ratones, ni lenguas, ni cuerdas. Lo oculta todo tras la seda. Y campa a sus anchas por la Internet. Hoy la maledicencia no se describe ni se representa aunque se practica. Y es incluso graciosa cuando llega a través de la pantalla de un televisor o de una emisora de radio. Votamos a los que manejan la maledicencia con más soltura, dejamos de comprar productos fabricados por empresas a las que les toca soportarla sin pensar en lo que escuchamos y dando por bueno lo oído, rompemos relaciones con personas que no han dicho o hecho nada porque un gracioso vestido con vaqueros de marca nos dice, entre sonrisas, esto o aquello ocultando lo bueno y haciendo importante lo malo. Y, desde luego, no leemos a San Bernardo ni a Terencio, entre otras cosas, porque el latín nos parece una lengua muerta que ha quedado para cuatro curas reaccionarios. Ha mejorado mucho la maledicencia en todos los aspectos.
¿Saben cómo se representa la verdad según la iconología clásica? Como una mujer bella y desnuda, agarrando el sol con la mano derecha y sosteniendo un libro en la izquierda. A sus pies el mundo. Séneca decía que la verdad es simple enunciación. Por eso la verdad está desnuda. Ni un adorno. Lo que pasa es que lo decía utilizando un idioma muerto para nosotros y por eso no nos enteramos de nada.
Ahora toca elegir una cosa u otra. Traducido está.
© Del texto: Gabriel Ramírez Lozano

1/3/09

NI Generation


Es extraño que nadie haya puesto nombre a la generación actual de niños y jovencitos. Me refiero a los que tienen entre cero y veinte años. O más. Somos muy aficionados a etiquetar cualquier cosa que tenemos a nuestro alcance, pero (que yo sepa) no tenemos un nombre definitivo para esa generación que se mueve en las guarderías, colegios y universidades. O en la calle después de haber sufrido un enorme fracaso escolar.
Esta masa de muchachos y señoritas se caracterizan por su falta de ideología (en el sentido más amplio del término), no tienen otro objetivo en la vida que no sea el dinero contante y sonante, generalmente son maleducados y confunden la falta de respeto con ser modernos y graciosos, escriben eliminando todas las vocales (a veces consonantes) que pueden y muchos de ellos creen que occidente está siendo invadido por pueblos extraños llegados de países bárbaros.
Tengo cuatro hijos que estudian en tres colegios diferentes y creo saber lo que digo. Además me enfrento como profesor a un buen número de individuos cada semana.
Este es el resultado de lo que hacemos los de la generación anterior. Es decir, de los padres y madres que andamos sueltos por el mundo intentando proteger a los niños de forma irracional y estúpida. Es decir, de los políticos que confunden la cultura con leer un par de libros al año o modifican leyes educativas dependiendo de la variación que se producirá en el recuento de votos. Es decir, de los medios de comunicación maniatados por el poder del dinero que se convirtieron hace años en herramientas útiles para aborregar al que se pone por delante.
Hemos logrado entre todos que el futuro tenga la forma de un billete de cien euros. En eso y no en otra cosa.
Ya sé que hay excepciones, que es injusto meter a todo el mundo en el mismo saco, pero, guste o no, esto es lo que hay.
Ya que nadie le pone nombre a nuestros niños y jóvenes indefensos, me voy a atrever yo. Los Nuevos Hiperactivos. Actualmente, el noventa por ciento de niños y niñas, de jóvenes, lo son. Eso es lo que dicen sus padres. Se acerca uno de ellos a tu mesa mientras comes y tira el vaso de agua. El padre corre para agarrar de la mano al angelito, te mira y dice “es que es hiperactivo”. Un crío se pasa la tarde dando el coñazo y a su papá sólo se le ocurre decir que su hijito es hiperactivo. A las criaturas no se les puede decir ni pío en el colegio porque se traumatizan dada su hiperactividad. Los padres no parecen enterarse que en el colegio se enseñan cosas (muchas) y es en casa donde se educa (a hiperactivos incluidos). Todos somos hiperactivos y eso nos convierte en intocables. Queremos que nuestros pequeños hiperactivos triunfen en sus vidas, que ganen dinero (mucho). Y ya.
Ya veremos como acaba esto.
Pues eso. Nuevos Hiperactivos. NH. O mejor NI. Más que nada para que las criaturas no se confundan con la cadena de hoteles. Y total, sólo falta una h. Qué más da.
© Del texto: Gabriel Ramírez Lozano

30/9/08

Los dioses caídos


Nadie debería pensar que esta crisis es peor que otras. Cuando digo nadie me refiero a los ciudadanos que tienen sus hipotecas relucientes, sus vehículos seminuevos aunque relucientes, los magníficos plazos de la lavadora sin pagar y relucientes o una vida normal y corriente y reluciente. Todo va a seguir igual. Los bancos comprarán otros bancos para ser más poderosos, las bolsas se desplomarán totalmente para que los que están agazapados hasta ahora (los bancos que comprarán otros bancos para ser más poderosos) multipliquen sus ganancias, los estados de todo el mundo habrán encontrado una excusa perfecta para publicar leyes injustas y subir los impuestos de forma desmesurada, las empresas echarán el cierre sin que nadie les pueda pedir cuentas y la venta de lotería se triplicará (más ingresos para el Estado). Los ricos serán mucho más ricos en unos meses (un par de años o tres como mucho) y los ciudadanos con vidas relucientes aprenderán a lustrar como puedan su día a día queriendo creer que todo es efímero. Nada que no pase desde que el mundo es mundo. Naturalmente, los pobres están condenados a serlo por siempre jamás. Los hay que llevan sin poder comer caliente años. A estos la crisis les da igual. Con ella o sin ella no comen ni tienen un retrete donde poder pasar un rato a solas o a la sombra.
Los que han metido la pata ganan cantidades desorbitadas, han derrochado el dinero, se han enriquecido haciendo lo que llaman ingeniería financiera a costa de arruinar a familias enteras, han comido en los mejores restaurantes del mundo teniendo como excusa los fabuloso de sus trabajos. Unos golfos. Sí, una banda de sinvergüenzas. Y ahora somos los ciudadanos hipotecados los que tenemos que arrimar un poco de nuestro dinero para salvar el mundo. ¿No sería mejor que estos chicos vendieran todo lo que han conseguido jugando a ser superlistos para sacar sus empresas adelante? ¿No debería dimitir media clase política por haberlo consentido? Pues parece que no. Mejor socializamos las pérdidas.
Lo trágico de todo esto es que somos millones de personas los que miramos sin decir ni una palabra. Quizás sea porque quisiéramos mantener nuestro estatus de ciudadano con vida reluciente a toda costa. Quizás creemos que poniendo lo que nos toca podremos dejar las cosas como están (los ricos muy ricos, los pobres muy pobres y el resto a vivir como hasta ahora). Es posible aunque lamentable.
Y lo gracioso (al menos para los que nos ganamos la vida alrededor de las empresas) es que hace unos meses los más listos daban lecciones diarias de inversión, había que postrarse ante ellos por ser los dioses actuales y hoy ni uno solo dice esta boca es mía. Nadie sabe qué hacer ni qué decir. Hay que esperar, ese es el plan alternativo de esta banda. Hay que esperar. Supongo que se están dando un margen prudente de tiempo para que puedan robarse entre ellos ahora que nadie se percata. Si además de hacer el capullo con el dinero de los demás se dedicaran a leer un poquito es posible que alguno aprendiera (y se lo dijera al resto) que la espera es lo que trae de cabeza al ser humano. No que es yo sea el presidente del club de fans de Friedrich Wilhelm Nietzsche, pero, dadas las circunstancias, es mejor leer algo inteligente que pensar que estamos en manos de un grupo de hombres estúpidos hasta más no poder. Al menos podremos presumir de intentar ser cultos para ser libres (hasta donde nos deje la crisis).

3/8/08

Un descuido imperdonable


Qué buen chico este De Juana. Parece mentira que nadie le entienda. Menos mal que la ley penitenciaria contempla reducciones de condena a los buenos estudiantes que cosechan títulos universitarios durante la estancia en prisión y les da la oportunidad de mostrar un rendimiento intelectual extraordinario. Y menos mal que aún quedan organizaciones pro-amnistía pensando sin descanso en cómo hacer el mundo mucho mejor para estos asesinos cultos. Pero claro, no hay nada perfecto. Es una pena que la ley no contemple la posibilidad de, por ejemplo, practicar la cirugía estética para evitar que un muchacho culto y poseedor de títulos universitarios salga de la cárcel con esa cara. Un fallo lo tiene cualquiera. Habrá que perdonar este pequeño error. Lo cierto es que De Juana deja ver en cada rasgo de su rostro lo que verdaderamente fue antes de pasar por esa máquina generadora de inteligencia y cultura de calado que es una prisión. Odio, ira, maldad, locura o desprecio por la vida humana se reflejan en cada gesto de este buen chico. El Gobierno debería tomar nota y las medidas necesarias para solucionar este problema. Si se hacen las cosas se hacen bien o no se hacen, señores gobernantes. Por favor, operen a De Juana, diseñen una cara que le haga parecer humano. Es que si no es así nos va a seguir pareciendo lo que fue antes de hacerse intelectual y titulado universitario. Y a eso no hay derecho.

23/7/08

Estúpidos


Durante siglos, millones de personas han muerto defendiendo que la verdad es una sola, que todo es relativo o que, sencillamente, no hay verdad a la que agarrarse para sobrevivir porque la verdad no existe. A unos les quemaron vivos, otros empuñaron una espada y cruzaron Europa entera defendiendo sus ideas, los hay que siguen muriendo a manos de ejércitos invasores o destrozados por bombas que dejó dentro de una papelera un tipo convencido de que matar un niño sirve para algo. Un gran disparate que suele multiplicarse si la verdad defendida tiene que ver con los asuntos de Dios.
Tengo la sensación de que la verdad de hoy es más doméstica que nunca. Importa la personal porque la universal se convirtió hace años en relativa. El amor es el que siente un sujeto por otro. El concepto de amor que manejaba Platón sirve para aprobar la selectividad y poco más. Si Dios existe o no es una cuestión que puede amenizar el final de una cena de amigos en la que uno termina cabreado por los comentarios del resto (el que se atreve a confesar que él si que se cree todo eso). Santo Tomás ya ni suele caer en el examen de selectividad. Me temo que es la verdad audiovisual, esa que nos atosiga desde que nos levantamos de la cama, es esa y no otra la que damos por buena. Entre otras cosas porque queremos que lo sea. Por eso elegimos escuchar la Cadena COPE o la Cadena Ser o ninguna de las dos llevando el dial hasta Radio Nacional Clásica. Esquivamos la verdad en cualquier caso, bien asumiendo que lo escuchado o visto es lo bueno (y sabiendo que no lo es), bien evitando rozar con opiniones que nos obliguen a tomar una postura u otra.
Es una desgracia como otra cualquiera que toda evolución (si es que actualmente la hay) del pensamiento humano se deba o se achaque al desarrollo técnico o a la manipulación informativa. Nos hemos convertido en borregos entusiasmados y engatusados por cuatro ideas de tres al cuarto que nos endosan como grandes descubrimientos de la humanidad.
Tengo cuarenta y cuatro años y aún no tengo claro si la verdad es una, si lo relativo nos hace mejores, si ser nihilista significa estar más o menos loco o si creer en Dios es cosa de ignorantes o todo lo contrario. Cuando fui joven dependió mucho de lo que leyera o estudiara que pudiera estar a un lado o a otro. Ahora casi todo depende del poco tiempo que me queda para pensar. Supongo que de aquí a unos años será la cercanía de la muerte la que aconseje quedarse apalancado en las verdades más esperanzadoras. Más humano me parece imposible. Y quizás ese sea el gran problema. Nunca he confiado en eso que conocemos como condición humana. Ni siquiera somos capaces de ponernos de acuerdo acerca de lo que es bueno o malo. Más estúpidos no podemos ser.
Cada uno de nosotros puede arrimarse a una idea u otra. Siempre y cuando no llevemos una espada en la mano, un explosivo o una antorcha para poder incendiar la casa del vecino que piensa de otro modo. Pero para hacer eso, para decidir si la verdad existe o no, si Dios es un invento de los sacerdotes con el que nos aterrorizan o es verdaderamente, para hacer eso, decía, lo que hay que hacer es pensar un poquito, leer a los filósofos sin tener en cuenta los exámenes, ver menos la televisión y escuchar Radio Nacional Clásica. Si no abandonamos el rebaño global estamos expuestos a vernos un buen día con un cartucho de dinamita en la mano creyendo que lo que nos dicen es cierto, verdadero y una buena causa por la que matar o morir. O para seguir rumiando frente al televisor dejando el mundo en manos de anormales. Si no lo creen pregunten a los tipejos de ETA, al señor Laden o al señor Bush. O a Federico el de la COPE. Como prefieran.

3/2/08

Votos


¿Cuánto cuesta un voto hoy? ¿Cuatrocientos euros de descuento en la declaración de Hacienda? ¿Poder entrar en un templo sin sentir la sensación de ser una especie de hereje? ¿Liberarse del estigma antipatriótico que te pueden marcar a fuego en el caso de votar a otros?
Esto es sencillamente bochornoso. Unos y otros procuran atinar en la línea de flotación de millones de personas a los que, generalmente, lo que les importa es poder pagar la hipoteca, el recibo de la luz, el del colegio de los niños, poder seguir saliendo los fines de semana a tomar copas con los amigos o vivir con cierta tranquilidad.
Ver a los políticos arrastrarse para que, por ejemplo yo mismo, agarre la papeleta en la que se puede leer su nombre, en la que se dibuja un futuro magnífico (concretamente el suyo, el del político que repta pidiendo un poquito de poder) es patético. Aunque es mucho peor saber que alguien intenta decirte que Dios entiende de política o de asignaciones económicas. Eso no es así, se pongan como se pongan algunos. De esas cosas entendemos las personas. Y si tienen dudas, que se lo cuenten a los miles de religiosos que andan por el mundo cuidando enfermos de SIDA, enseñando a leer a pueblos enteros o fabricando pozos de agua. Aunque ellos sabrán lo que hacen. Los que nos declaramos cristianos también lo sabemos muy bien y somos muchos los que decidimos (hace años) pensar por nuestra cuenta sin tener que seguir un rumbo impuesto que no casa con un solo versículo de las Sagradas Escrituras. Ser cristiano no es sinónimo de ser un meapilas. Eso queda para los que aparecen en las iglesias porque así les dijeron que debía ser siendo niños y lo hacen por pura inercia o para que nadie les critique; eso queda para los que dicen ser religiosos a la vez que piden a los inmigrantes que se vayan a su país lo antes que puedan, eso queda para los que se han atrincherado en su chalet o en su cuenta bancaria dando la espalda a una realidad que quieren imaginar como se la cuentan en su periódico favorito o en la emisora de radio que defiende una única forma de ver las cosas.
Un voto cuesta lo que íntimamente queremos que valga. Ni cuatrocientos euros, ni una bandera, ni el cielo que nos tienen prometido. El valor del voto es el del compromiso que cada cual adquiere con su forma de pensar un mundo que se deshace. El compromiso con una idea que nos lleva al final del camino. Nunca podrá ser un voto lo mismo que un puñado de euros, ni un pedazo de tierra. Y mucho menos un voto servirá para tener más o menos fe. Eso lo dicen los que necesitan seguir sintiendo el dudoso placer de ordenar y mandar. Sólo ellos.

22/10/07

Más o menos mil quinientos treinta y dos con seis décimas


“Creo que fueron exactamente ciento y pico”. Esto es lo que acabo de escuchar. La cosa va de muertes durante la guerra civil. Un sujeto afirma investigar sin descanso sobre lo que ocurrió. Investiga y descubre que ataron piedras y piezas de metal a las extremidades de los detenidos para, posteriormente, ser lanzados al mar desde un acantilado. Con exactitud científica ha calculado que fueron exactamente ciento y pico los que murieron en manos de los sanguinarios comunistas (imagino que estos eran más o menos muchos). Él se queda tan ancho, los que emiten el programita más anchos todavía y los espectadores escuchan lo que esperan. Todos felices. Claro que sí, hombre, claro que sí.
A mí me parece bien que se digan estas cosas. Yo, por ejemplo, tengo exactamente algunos euros en la cuenta bancaria que me convierten en pobre de solemnidad o en magnate del petróleo dependiendo de las circunstancias; exactamente grandes actitudes para hacer exactamente cosas que me habilitan para trabajar en lugares insospechados causando gran revuelo a mi alrededor; muchas ganas de hacer cosas (exactamente bastantes) y, atención porque esto es una primicia, una gran memoria fotográfica (en concreto me acuerdo a menudo). En fin, creo que son cosas que el resto de mundo debería valorar con exactitud para que cada uno piense lo que crea oportuno.
Me acerco poco al televisor y cada vez que lo hago me pongo enfermo. Despedida y cierre.
© Del Texto: Gabriel Ramírez Lozano

16/10/07

Ver para creer


Escribo en el salón de casa. De vez en cuando levanto la mirada del papel para observar estupefacto como en la pantalla del televisor se puede asistir a uno de los espectáculos más lamentables que puedo recordar. La cosa va de chicas que quieren ser modelos. Todas menos una de ellas que no sé porqué ha hecho las maletas y se ha ido a su casa. Eso sí, entre lágrimas propias y ajenas. Una señora vestida de verde suelta un pequeño discurso al que sigue una ovación. Por ejemplo, ella dice “la vida es dura y un profesional no debe venirse abajo”. Ovación. La cara de ella podría ser la de Canovas del Castillo después de hablar en público sobre el futuro de la nación. “El que quiere triunfar debe trabajar para conseguirlo”. Ovación de la gala. Qué emoción de programa. Eso dice un tipo canoso que recuerda que gracias al apoyo de su madre está allí sentado. Aplausos rabiosos. La cámara enfoca a la hija de Martín Berrocal. La arenga esta vez se construye desde al apoyo a los profesores (la señora vestida de verde, un italiano que grita mucho y un señor que retrata a las chicas y dice barbaridades). El público que asiste al espectáculo en directo enloquece por momentos. Es el turno de la presentadora. Los de maquillaje y los peluqueros merecen un aplauso. Todos esperan la llamada de la señorita que se fue. Tiene una última oportunidad, pero nada de nada. Opinión de una compañera de la desaparecida: “si salgo de aquí por mi propio pie, de mi boca saldrá que este no es mi sueño”. Ustedes sabrán lo que quiere decir esto. El italiano grita. El calvo se ha puesto una peluca. Un tipo con unas orejas que parecen recién salidas de un bote de ácido sulfúrico quiere levantar a los espectadores de sus sillas y dice una gilipollez que no termino de escuchar. Silvia me corrige. No, no, es que se le cayó a su madre en la cera de depilar y no se dio cuenta hasta que cumplió los doce años. Un cartelito en la parte baja de la pantalla invita a que votemos si una de las chicas merece continuar en el programa haciendo el ridículo. Paloma sí o Paloma no. Agarro el móvil y escribo “Paloma estudia un poquito, coño". Vergüenza ajena, creo. Bochornoso, patético y denigrante para todos excepto para ellos.
¿Es tan importante para alguien ser famoso, perder quilos hasta enfermar y pasear vestido de forma ridícula a cambio de un poco de dinero y unas fotos que dentro de veinte años te harán llorar al hacerte sentir fea, gorda y vieja? No puedo creer lo que veo.
La preparación académica ya no importa, que tus hijos digan barbaridades frente a una cámara mostrando lo peor de ellos es lo de menos, los valores que antes tuvieron alguna importancia se sepultan bajo las ruinas personales que se ganan a pulso unos jovencitos negando a todos, todo y a sí mismos.
Silvia decide ir a descansar. No soporta un espectáculo tan deprimente. Ha intentado encontrar algo en otros canales. Un ciego bailando el charleston, un capítulo repetido de los polis listos que encuentran pelitos en cualquier lugar de mundo, dos o tres políticos discutiendo sobre asuntos que no les interesan ni a ellos y anuncios. Apago y me apunto a eso de descansar. No cabe otra.

6/10/07

Guerra de guerrillas


La mentira siempre ha estado asentada cerca del ser humano. Sospecho que, entre otras, es una de las puertas que se debe abrir para que aparezca la conciencia de los niños. Entrar en sociedad es saber que la mentira existe, que puede liberarte de las consecuencias de un conflicto (aunque sólo sea de forma momentánea), que distingues entre lo que parece bueno y malo. Todos mentimos. Alguna vez lo hacemos.Mentimos para no hacer daño, para hacerlo, para parecer más de lo que somos, incluso para parecer menos. Mentimos sin saberlo, a nosotros mismos, sin justificación alguna, por miedo o por diversión. Cada cual sabrá lo que hace.Sin embargo, una forma de mentira es temible, sucia y lesiva hasta más no poder. Es la que tiene que ver con cómo se cuentan las cosas. Omitir un detalle importante sabiendo que existe, dejar caer algo aunque no estés seguro de si es así o no (siempre se sabe que no es así, pero algo de confusión generas en el que escucha), ir sembrando de interpretaciones erróneas lo que uno ha dicho o hecho. Es tan temible como común en la sociedad actual. Y da miedo porque esa fórmula se justifica sin grandes problemas, se acepta como una regla más del juego. Es la trinchera en la que nos encontramos a los que se saben llenos de complejos y tratan de acabar con otros intentando que las cosas se igualen en la ignorancia o en las limitaciones propias del que terminará fracasando haga lo que haga. Por ejemplo, ¿hay mejor forma de colocar a un hijo que es medio gilipollas en la empresa? Lo que hay bueno te lo cepillas diciendo barbaridades, creando dudas, planteando los asuntos de forma ventajista, llenas la empresa de pobrecitos que no tienen otro sitio al que acudir y dirán que sí a todo, arropas al niño que no quisieron en ningún otro lugar y ya tienes todo preparado. Para que tu hijito trabaje pareciendo algo y para que la empresa se desmorone antes o después. Más antes que después. El mundo se ha convertido en un paraíso para los que llevan la maledicencia a cuestas. Ya lo dije de internet. Pero en las empresas, también, medran un batallón de mediocres que quieren ser los reyes de los que ven siendo ellos los ciegos. Entre los que crees que son amigos aparecen capullos que parecen divertirse intentando enredar las cosas y haciendo añicos amistades viejas. En la vida política que se ha llenado de bobos a los que les gustaría hacer uso de un poder que se reduce a eliminar todo aquello que les hace sombra. A dañar para salir ilesos.Y siempre sin dar la cara. Desde la trinchera. Cobardes y necios. Pobres idiotas que no saben que lo único que consiguen es ganar algo de tiempo para naufragar más allá del punto de no retorno.Una lástima. Y lo peor de todo es que creo no haber mentido ni un poquito en estas líneas.
© Del Texto: Gabriel Ramírez Lozano

25/7/07

Súper


- A lo mejor se cree usted que alguien es capaz de subir un puerto como este comiendo un plato de macarrones y bebiendo un vaso de leche.
Eso es lo que dijo en su momento un ciclista muy famoso. Y tenía razón. Nadie puede hacer un esfuerzo como el que hacen estos hombres si no se meten esteroides, la sangre de otros, sustancias de todos los colores que sirven para soportar lo inimaginable o un café solo de los que se pueden untar en el desayuno. Sencillamente, sin esas sustancias, no podrían recorrer esa cantidad de metros en tan poco tiempo.
El problema no son ni las drogas ni las transfusiones. Que no, que no. El problema es el grado de exigencia al que se ven sometidos los deportistas. No queremos comprender que la velocidad del ser humano al correr tiene un límite. Y sobre una bicicleta lo mismo. ¿No podrían ser las etapas de las vueltas ciclistas más cortas? En vez de subir siete puertos en los que la junta de culata de un coche apañadito revienta ¿no podrían subir uno? Queremos espectáculo, batir marcas cada día, tener como referencia a superhombres y mujeres. Y lo que tenemos es un espejismo. Hay que elegir: o un plato de macarrones y ver a cien tíos que no pueden con su alma cuando llevan subidos en la bicicleta cien kilómetros, o tipos haciendo cosas imposibles (hasta las cejas de sustancias prohibidas que les harán reventar cualquier día de estos).
Escucho a mi alrededor que se están cargando el deporte con tanta mierda. Y no creo que sea muy diferente una etapa ciclista a una noche de juerga de cualquier jovencito. Unos suben puertos de montaña y otros aguantan tres días sin dormir. Lo único que les separa es que unos cobran por ponerse ciegos de pastillas de colores y otros pagan un dineral por lo mismo. Eso sí, todos súper, súper, súper.