Mostrando entradas con la etiqueta Gino Paoli. Mostrar todas las entradas
Mostrando entradas con la etiqueta Gino Paoli. Mostrar todas las entradas

29/12/09

El peor texto del año. Para celebrar que se acaba y eso.


Había pensado escribir sobre cómo ha sido este año que acaba. La mierda de año, lo desolador que resultó ser, la fatiga de otros doce meses que ya no sé si suman o restan. Pero no. No lo voy a hacer.
Los doce meses los he preferido convertir en doce amistades. Todas ellas importantes. Fuera de la familia más cercana porque ellos ya han sido descritos, queridos, nombrados y expuestos en un buen número de textos durante este año.
Me temo que, ni tengo la distancia precisa para escribir este texto, ni quiero tomarla. Hoy no me da la gana. Hoy toca escribir con el estómago. Tal vez me tenga que arrepentir de lo que diga a partir de este momento. Aunque una licencia no viene mal de vez en cuando.
Araceli. Mi gran amiga, Araceli. No creo que sea consciente nunca de lo mucho que puedo llegar a quererla. Ha dejado este año lleno hasta los topes de sensatez, de ternura y generosidad. Nos emparejó un destino negro como la pez que terminó siendo escape para un poco de amargura. Ella sabe que no exagero.
Carmen. O, si prefieren, Neke. Entrañable, inteligente, intuitiva, justa y sincera. Uno de los encuentros más emocionantes que he tenido en los últimos años. Tenerte cerca es un alivio.
Susana y Marga. Compañeras de trabajo. Es mi secretaría (eso dice el contrato que firmó un buen día), pero es todo mentira. Eso una. La otra compañera en la distancia, pero siempre cercana. Se han convertido en el soporte más importante cuando se trata de trabajar. Si me hicieran un poco (sólo un poquito) de caso serían perfectas. Pues ya lo saben.
Núria. Mi colega. La mejor de las amigas que he encontrado en toda mi vida. Siempre pendiente, sujetando lo imposible. Ni un minuto de descanso en esto de la amistad. Te quiero mucho, Núria.
Ginebra. Como va de super escurridiza no diré su nombre real. Aunque todo el mundo sabe que se llama Carmen. Si yo naciera otra vez y fuese mujer me gustaría ser como ella. Eso sí, con un poco más de suerte al elegir amistades Por ejemplo, nunca quisiera encontrarme con un amigo como yo. Es la paciencia con melena rizada.
Pilar. Los seguidores de este blog la conocen como Edda. Nunca jamás imaginé encontrarme con una mujer tan dulce y buena. Pero esta no es buena así a secas. No. Esta mujer es buena gente de verdad.
Pepito Grillo. De este no digo el nombre (en serio) porque me tiene amenazado de muerte (dolorosa y cruel). Mi amigo del alma. Compañero de fechorías cuando fuimos jóvenes. Los mejores amigos nunca dejan de serlo.
Isabel, Teresa, María, Irma y Michela (todas en el mismo paquete). Un café diario con ellas. El desahogo necesario para que no haya muerto antes de tiempo a causa de un infarto o algo así. Y encima cuidan de mis hijos sin rechistar. Un tesoro.
Sandra. La encontré más allá de lo que se ve. Y todo lo que se encuentra en un lugar tan difícil es grande.
Andrés. Mi hermano pequeño. Es el anclaje perfecto a esta mierda de mundo. Tiene cuarenta y cuatro años y aún no he podido escuchar una sola palabra que pueda hacer daño a otros. Qué tipo tan estupendo.
Mis muertos. Me hacen pensar, llorar, escribir. Ah, papá, que me pongo ya mismo con el final de la novela. No me des más el coñazo.
G. Por fin sé quién coño soy. Me gusto poco, pero terminaré soportándome. Y por fin me he perdonado las deudas. Ya iba siendo hora.
A todos, incluso a los muertos en su eternidad y a mí mismo en mi locura, les deseo una felicidad razonable. Y ya saben donde encontrar mis mejores ojalás. Eso sí, sin abusar.
P.D.: Efectivamente, es un texto lamentable. Pero me importa un huevo. De verdad. Incluso, repito canción. También me trae al pairo. Y los que faltan que no se enfaden. Quedan años por un tubo.
© Del Texto: Gabriel Ramírez Lozano

11/7/09

Abierto por descanso del personal


Han sido unas horas. Ya han ordenado por mí esa realidad que se dibuja, siempre, con el trazo que corresponde a un estado de ánimo determinado. No es que ese orden buscado sea el que más me apetezca, pero es el que hay. Toca acomodarse para, de nuevo, saber el número de fila y butaca que te han dejado libre. Supongo que será una cuestión de paciencia el poder adaptarse a la nueva situación. Las alegrías y las catástrofes se resuelven con el paso del tiempo.
Por el camino tuve que abandonar un buen montón de cosas. La inocencia. Eso es lo que más duele. Que envidia me dan esos adolescentes que aún la conservan y que la llevan bien pegada a la espalda. Quizás sea eso por lo que no les llegamos a entender los adultos. Por puro resquemor, esgrimiendo eso de prepararles para lo que les viene encima, procurando protegerles de lo que nos pasó a nosotros. La perdimos y sabemos lo que cuesta recuperarse de eso. Perdí la inocencia respecto al mundo hace muchos años, demasiado pronto. Perdí un puñado de seres queridos. Un dolor que amarga un poco más cada día que pasa. Acabo de perder otro. Perdí buena parte de mis creencias religiosas. Ahora, sin ellas, sé que cuelgo de algo efímero, inestable y frágil. Cuando me suelte no habrá remedio. Perdí un tiempo precioso que, ahora, por más que corra no alcanzo a recuperar. Y, hoy, lo que creía que era eterno y fundamental salta hecho añicos.
Me encuentro en mitad de la nada. Y tengo la certeza de que cualquier camino es el equivocado.
Lo más lejos que quiero llegar es a plantearme qué cenaré esta noche. El horizonte se convierte en la línea que separa la vida de la muerte, el presente del futuro, el poder continuar o dejar que te arrastren hasta donde otros quieren. Es la línea que tienes tocando la puntera de los zapatos. Pegada. Un paso en falso siempre se paga caro.
Me imagino en el centro de un espacio enorme, acuclillado, mirando al frente mientras jugueteo con la estilográfica entre las manos. Pensando en todo y sin pararme en nada al mismo tiempo, aturdido. Esperando que llegue el momento en que el dolor se soporte, que la mirada llegue más allá de mí mismo.
Es tiempo para asumir mientras decides si tomar un tostada con queso, un café con galletas o un plato de arroz. Porque un centímetro más allá me volvería a perder.
Atrás queda el proyecto de una vida entera. Buena parte de lo que fui, de lo que quise ser. Atrás quedo yo. Inocente, lleno de ilusiones y de arrojo frente a las situaciones más desesperadas, un yo que llegó a pensar que todo se podía solucionar porque creía en sí mismo.
Ahora, en cuclillas, mirando al frente mientras jugueteo con la estilográfica, en mitad de ninguna parte, pienso si queda algo que merezca la pena para poder continuar. Miro ansioso sabiendo que en algún lugar está la solución, que esta lo que queda de mí. Esperando. Sabiendo que nada tiene final mientras quieras. Mientras tengas fuerzas para continuar.
© Del Texto: Gabriel Ramírez Lozano