22/11/09

Antropología moderna


Hace un millón y medio de años un homínido (probablemente una) comenzó la carrera de la evolución más impresionante que conozcamos hasta hoy. Golpeando un objeto contra otro logró una primera herramienta. El hacha con forma de lágrima. Al rato estaba sacudiendo con este objeto al de al lado.
Hace unos segundos, un perturbado ha golpeado con un hacha metálica en el cráneo de su esposa. Ese mismo tipo ha pensado más y mejor en el último minuto que todos los homínidos juntos en un año. Aunque de poco le ha servido. No ha inventado nada. Sólo es un relevista más en la carrera hacia declive de occidente.
© Del Texto: Gabriel Ramírez Lozano

Arrivederci, Fulano


Un peso casi insoportable de aguantar es ese que tiene que ver con la forma de hacer las cosas bien y que el resto de la humanidad parece ver como algo ridículo que roza la idiotez.
Por ejemplo, yo apuesto por un proyecto y me comprometo a estar para lo bueno y lo malo. Y como yo muchos entusiastas individuos. Llega un bache profundo. Para la mitad de los que están por allí se acaba el entusiasmo. Salen pitando. Miran para atrás intentando comprobar que, efectivamente, los que se quedan son sólo insensatos e ignorantes, un grupo de probrecitos que no saben lo que hacen. En realidad, creo que se obligan a pensar de ese modo para, más tarde, cacarearlo justificando su huída. Eso nunca lo reconocen en público, claro. Viste mucho más mofarse del que se queda.
Si el bache se supera algunos tienen la desfachatez de regresar disfrazando lo hecho con recibos por pagar, presiones de no sé quién y cosas así. Si el bache sigue donde estaba, todos se limitan a mirar cómo te vas hundiendo, disfrutando de la estampa.
No es la primera vez que he tenido que ver algo parecido. Ni será la última. Generalmente, no me preocupa. Si alguien capaz de hacer eso se te cruza por el camino lo mejor es alejarse de él. Suelo estar calladito. Sólo cuando alguien me pregunta o se acerca para algo que tiene que ver con el asunto. Aguanto hasta donde puedo porque creo que hago lo que debo. Al menos duermo tranquilo. Junto a un fracaso inminente que me puede arrastrar, pero tranquilo.
Sin embargo, hoy he decidido que eso no tiene porqué ser así. Eso de estar callado, esa especie de altruismo anónimo que no sirve para nada, se acabó. Queda para los jóvenes que aún conservan intactas las ilusiones y su romanticismo. Como ya ni soy joven, ni conservo ilusiones, ni soy mínimamente romántico, voy a decir lo que me dé la gana. Es mejor.
El que no está conmigo no está. Fácil. Eso de buscar alternativas diciendo “te quiero mucho, pero…” no me sirve. Nunca me sirvió a pesar de sonreír al escucharlo tantas veces. Hay cosas que no permiten matices, ni medias tintas. A tu lado o lejos. No hay otra posibilidad. Si te entrego buena parte de lo que soy, de lo que sé, si te abro una puerta de par en par, no cabe salir corriendo para llamar enfrente porque todo lo que hagas allí lo estás dejando de hacer aquí. Aunque me quieras mucho y esas cosas tan vacías.
Puede parecer que esta postura es extremista. Sin embargo es la reacción ante otra muy lesiva, ventajista y, sobre todo, mezquina.
Cuando he afirmado que me alegraba si a fulano le iba muy bien después de hacer una faena, estaba mintiendo. Ni me alegra ni me deja de alegrar. Mi relación duró hasta el momento en que me sentí traicionado. Ni más ni menos. Por tanto, le tengo (a fulano) por persona de poco fiar. Y el que se junta a él pasa a ser sospechoso con razones de peso o sin ellas con las que justificar lo que hace.
Como estoy harto de hipócritas disfrazados de gente con problemas, necesitados de seguridad, hasta aquí he llegado. Ni un paso más. Aquí estoy y el que quiera que se arrime. El resto a desfilar.
© Del Texto: Gabriel Ramírez Lozano

21/11/09

Asesinato. O muerte natural. Es igual.


El viaje de vuelta es siempre triste. Sea cual sea la causa, sea cual sea el momento. Pero uno de esos regresos es la experiencia más cruel para el ser humano. Desde ese lugar donde la imaginación te llevó alguna vez. El más duro de todos.
Acampas en un espacio hecho a medida, repleto de esas cosas que siempre quisiste, acompañado por los elegidos. El lugar que te corresponde en cada sueño por cumplir. Te mueves por allí sin preocupaciones, sin más pretensión que la de disfrutar de lo que eres, escuchando los murmullos que faltaron cualquier otro día. Y alguien te toca en el hombro; despierta, dice, parece que estás atontado, hay cosas que hacer. Miras alrededor, compruebas que nada es posible si mantienes los ojos abiertos. Y en un último intento tratas de entornar los ojos para que se alargue de nuevo una imaginación muerta, asesinada casi siempre. Pero nada que hacer. La realidad se impone. Hasta que un día tomas la decisión. Nada de sufrimientos estúpidos. La imaginación muerta, asesinada. Y tú mismo con el cañón apuntando a la sien.

Queremos lo nuestro a toda costa. Somos celosos de lo que creemos es parte de nosotros. Aunque, finalmente, terminamos cediendo todo lo que antes no hubiéramos soltado por nada del mundo. Por eso, cuando la persona a la que siempre amamos termina descansando en lugares inaccesibles, a la sombra de otro cetro, comenzamos la espera lamentándonos y la terminamos asumiendo que no poseemos nada, ni lo queremos tanto como para sufrir. En este mundo lo nuestro es lo que podemos pensar. La ficción que nos recoge para que podamos sobrevivir un par de minutos más aunque con el terror en la palma de la mano.

La vida tampoco es tan horrible vista desde la nueva butaca que ocupo. Lo único que me falta es el espejo de siempre en la esquina de siempre. El resto es igual.
© Del Texto: Gabriel Raírez Lozano

20/11/09

Otra ilusión


El tren se detuvo a la hora prevista. Bajó del vagón con las gafas oscuras ya puestas. La chaqueta de cuero negro sobre los hombros y un cigarrillo en la mano derecha. Caminó por el andén intentando encontrar su rostro entre los cientos de personas que esperaban impacientes tras las cintas que marcaban la zona de seguridad. No era capaz de distinguir nada.
El cigarro encendido, los pasos nerviosos, alguien le llama, aquí, aquí, las manos agitándose, una sonrisa verdadera.
- Vayamos a la playa. Me apetece mucho pasear.
La brisa sopla con cierta fuerza. Insistente. La conversación tranquila. Parecen saber que la suerte está echada desde mucho antes y, por eso, juegan a ser lo que todo el mundo espera de ellos. Hablan omitiendo lo que puede herir al otro. Eso sí está permitido. Lo que no cabe es la mentira.
- ¿Por qué nos queremos tanto?
- Si no lo hiciéramos nos moriríamos de pena. Los dos, dice ella.
- No, no creo que sea por eso. Me temo que tiene más que ver con la vida que con la muerte. Nosotros no podemos faltar ahora. Lo que nos pasa es que queremos vivir ilusionados.
- La ilusión puede encontrarse en cualquier sitio, replica la mujer. Eso es poca cosa.
- Una ilusión se encuentra allá donde se busque. Eso es verdad. Pero hablamos de cosas diferentes. Esta carece de la más mínima esperanza y, por eso, no puede destruirnos.
- Qué cosas tan raras piensas, dice sonriendo.
- Por eso te encanto, dice el hombre mientras levanta las cejas un par de veces.
Regresan a la estación. Se despiden con un solo beso en la mejilla. Camina hacia el vagón sin mirar atrás. Dolor casi físico.
Cuando se sentó, apoyó la cabeza en el respaldo de la butaca, cerró los ojos, trató de relajar cada músculo que podía sentir. A los pocos minutos, recibió un mensaje en su teléfono móvil. El último. Sí, hay esperanza. Lo sé. Sin pensarlo contestó. Sabía que tarde o temprano se enfrentaría a algo parecido. Sí, lo sé, fue la respuesta. Entonces, en ese preciso instante, supo que se dejaba atrás toda una vida. Allí en la estación. Por siempre jamás.
© Del Texto: Gabriel Ramírez Lozano

19/11/09

Tatamis y colmillos retorcidos


No hace mucho que Guzmán Ramírez se ha estrenado con el judo. Sigue los pasos de su padre y de sus hermanos (Gonzalo será cinturón negro dentro de muy poco tiempo y Guillermo abandonó hace algunos meses). Aún habiendo pasado por estas cosas ya dos veces, me sigue haciendo gracia ver al jovencito andar por encima del tatami. Ya veremos cómo evoluciona y si termina teniendo la suficiente afición como para llegar lejos. Primeras caídas de costado, de espaldas, primeras técnicas y, de momento, poca leña. Sus compañeros son todos parecidos. Pequeñitos, cándidos y, más que nada, juguetones. Otra cosa bien distinta es lo de Gonzalo. Cada combate en competición es una pelea en la que dos tíos hechos y derechos tratan de derribar al contrario sea cual sea el precio. El último que ha tenido que pagar es una lesión de clavícula que no mejora y que le terminará haciendo perder buena parte de la temporada. Ya paso algo de miedo cuando le veo competir. Ante algo tan parecido las sensaciones son completamente diferentes. Más de todo en el caso de Gonzalo. Más fuerza, más músculos, más picardía en la pelea porque triplica en edad a su hermano. Eso es algo que anotamos en el haber con el paso del tiempo. Más mala leche.
Las empresas están llenas de personas con el colmillo retorcido, los políticos saben más por viejos que por políticos, los que siempre fueron malos son (pasados los años) lo peor. Cuando escucho eso de que los viejos son como niños me da la risa. Serán igual de caprichosos y sus ideas serán de lo más surrealista, pero a mala leche no hay quien les gane si es que la sacan a relucir.
Observar cómo dos críos de cinco años practican judo es, incluso, relajante. Intentan aprender a colocar los pies en su sitio, a tensar los músculos del cuello para no dañarse al caer, se ponen enfrente del contrario para mejorar y conseguir que su profesor les felicite. Para pasar un buen rato, para hacer la vida amable.
Observar cómo dos adolescentes tan altos como torres y músculos duros como piedras es inquietante. Salen del vestuario con el rostro serio, el pensamiento fijo en un combate que llega poco después (el que ha competido sabe que un deportista es capaz de visualizar lo que tiene que hacer con una exactitud impresionante). Miradas serias, casi amenazantes. Todo lo que se mueve en el mundo no cuenta. Las peleas son duras. Sudor, caras de desesperación cuando las cosas van mal, de sufrimiento siempre. El trabajo de meses se puede quedar en nada después de un mal gesto.
Observar cómo dos adultos gastan toda su mala leche entre ellos es patético. Todo lo sucio acumulado durante años adorna un momento lamentable.
Sólo luce el genio si viste ropa deportiva. Sólo si hay reglas iguales para todos la pelea es digna de ser vista. Sólo así carece de peligro.
Guzmán acaba de descubrir lo que significa compartir un tatami y un vestuario. Gonzalo lo sabe de sobra y, cada día que entrena, crece como persona alrededor del deporte. Yo tengo que andar esquivando guantazos allá donde voy y encuentro a un tío que quiere enseñar lo que es capaz de hacer cuando se acuerda de lo malo que puede llegar a ser. Y también reparto lo mío. Supongo. Triste.
Da gusto ver a los muchachos progresar. Da pena ver lo demás como se descompone cuanto más extenso es el haber que confundimos con el debe.
© Del Texto: Gabriel Ramírez Lozano

Desde mi atalaya


Hoy no haré uso de esa fina ironía que caracteriza mis textos. Hoy escribo para el común de los mortales en vez de para el lector de altura que visita este blog a diario. Hoy es todo diferente y mi exquisito discurso ha de ir en otra dirección. Hoy estoy hasta los huevos. Qué fácil decir algo así. Lo entiende todo el mundo, no genera una sola duda entre los lectores. Hasta los huevos, señoras y señores. Están leyendo un texto escrito por alguien que reduce su vida a muy poco. A estar hasta los mismísimos huevos.
Las razones son muchas. Sería largo y aburrido enumerar aquí cada una de ellas. Como sé que estas cosas hacen seguir leyendo a casi todo el mundo, voy a confesar algunas de ellas. Por ejemplo, estoy hasta los huevos de que los lectores de este blog se asomen para saber cómo me va en la vida. Aquí se puede saber poco. Es mejor llamar por teléfono o escribir un correo electrónico si es verdad que el interés es ese. La única explicación que se me ocurre es que, en realidad, el que se asoma con esa excusa (y, de paso, me pone de mala leche) lo hace para saber lo mal que va en la vida. Otra causa de mi lamentable situación emocional es que mis lectores se quejen de no entender nada de lo que escribo. No hace mucho alguien me decía “joder, te dedicas a escribir cosas que nadie entiende, baja ya de esa nube, eres humano como los demás, no eres un dios…”. No me digan que no es como para estar hasta los mismísimos huevos. Y la pregunta es ¿por qué coño lee nadie algo que no entiende? Supongo que le facilita la forma de llegar a una conclusión muy concreta. Este tío está fatal. Algo así. Más razones. Reírse del mundo cada día y que otros crean que te pasas el día atormentado, buscando salidas a una existencia vacía de sentido, queriendo morir joven para pasar a la posteridad como un hombre atormentado que no consiguió ser entendido. Eso si que me pone enfermo. Que no hombre, que no, que no estoy atormentado, ni soy un tipo gris ni nada que se le parezca. Lo que pasa es que decidí hace muchos años escribir como me saliera de los huevos y decir lo que me diera la gana y explorar la zona menos simpática de vivir. Y ya ven ustedes, queridos lectores, a mí eso me divierte, me parece de lo más cómico. Y, además, cuando me da la gana, digo que me gusto, que soy una persona muy inteligente y busco cosas que otros ni saben que existen y que puedo presumir de un motón de cosas. Más ancho que largo me quedo al hacerlo. Me gusta cómo escribo, cómo pienso y cómo vivo. Y me gusta, todavía más, que algunos me critiquen por ello y que se sientan como el culo después de leer mis cosas y verse reflejados en ese montón de mierda que suelto cada día en mis textos.
¿A que mola? A mí sí. Será que estoy hasta los huevos.
Lo que me deja más estupefacto es saber que alguien está leyendo esto, un texto lejos de la ironía y de la belleza estilística que me caracteriza, y que sigue haciéndolo cuando sabe que está a punto de echar espuma por la boca por el ataque de rabia. Pues sepa usted, señor o señora rabiosa, que ni me voy a bajar del caballo, si me voy a dejar de gustar, ni voy a pensar que soy un mierda. No, no lo pienso hacer. Ni usted va a dejar de leer mis textos en este blog. Le gustan porque cree ver en ellos un gran sufrimiento del autor o quiere tener alguien cerca del que poder apiadarse para sentirse bondadoso a más no poder.
Y ahora, después e descargar mi ira, voy a buscar el tono para escribir un texto difícil, de esos que nadie entiende, lleno de finura literaria. Después de esto ya no puedo decir que esté hasta los huevos. Ahora, lo que estoy es en paz conmigo mismo. Soy de fácil contentar.
© Del Texto: Gabriel Ramírez Lozano

16/11/09

Edad


La suma de años te ofrece la posibilidad de elegir. Las decisiones anteriores se quedan pequeñas y casi no sirven. Más materia en forma de dietas, implantes de todo tipo, ropa cara y ortodoncias a destiempo o, por el contrario, más yo que piensa y se busca antes de perderse para siempre.
La única forma de sentirse con plenitud es conociendo tu identidad, que nadie tenga que decirte lo que necesitas, por dónde ir o lo que tienes que hacer. Y ese es el camino hacia una libertad verdadera que sólo se consigue abandonando todo excepto lo que eres. Tu suma de años.
Lo valioso de la vida propia hay que buscarla sintiendo que eres un símbolo más de los que llenan el universo. Todo es simbólico, todo está por descubrir más allá de su cascarón. Más allá de la suma de años.
© Del Texto: Gabriel Ramírez Lozano

15/11/09

Feliz no cumpleaños de 1980


Recuerdo muy bien lo que pasó en cada uno de mis cumpleaños. Es una de las pocas ventajas de haber nacido un veintinueve de febrero. Son pocos aunque la suma de años sea considerable.
El año mil novecientos ochenta cumplí dieciséis años. Por aquel entonces dedicaba buena parte de mi tiempo a practicar el remo y el judo. Mucho más y mejor el primero que el segundo.
Era viernes. No es necesario que busque en un calendario porque recuerdo que estaba deseando terminar mis clases para agarrar la bolsa deportiva (no se estilaban las mochilas en ese tiempo) y salir corriendo hasta el club de remo. Allí estaba previsto que nos juntáramos todos los compañeros para celebrar el cumpleaños subidos en los botes de entrenamiento.
Es el día que mejor lo he pasado celebrando un cumpleaños. Habían preparado una buena cantidad de sorpresas que me hicieron sentir que sería posible repetir aquello cada cuatro años el resto de mi vida. Con ellos. Terminamos en el agua. Todos. Riendo. Todos.
Con dieciséis años crees que el mundo está rendido a tus pies, a los de tus amigos. Con el paso del tiempo lo único que queda es el recuerdo de un grupo de muchachos dispuestos a hacer cualquier cosa para pasarlo bien, queda la certeza de un futuro que era imaginado como perfecto, los camaradas en el agua muertos de risa después de sorprender a su amigo en un día que le llegaba cada cuatro años.
Yo aún no podía imaginar que un par de años después nunca más volvería a dar una palada, que dos de aquellos chicos morirían subidos en una motocicleta, que otro de ellos se volaría la tapa de los sesos sin dar una mínima explicación, que todos acabaríamos olvidando lo importante que es vivir sin preocuparse por el futuro. A pesar de todo, fue el cumpleaños más divertido de los pocos que he tenido.
Al regresar a casa me encontré con mis padres y mis hermanos alrededor de una tarta casera. Cantaban a gritos, desafinando como corresponde a una ocasión así. Me felicitaron y poco más. Suficiente si se trata de tu gente.
Yo estaba cansado y tampoco tenía muchas ganas de seguir con la celebración. Justo antes de acostarme, mi padre entró en mi habitación con un pequeño paquete en la mano. Me lo entregó sin ninguna solemnidad esperando que lo abriera. Dentro me encontré un viejo lapicero con la punta recién sacada. Por su aspecto calculé que tenía veinte o treinta años. Luego supe que era el que mi padre llevaba cuando ingresó en el ejército, con el que escribió las primeras cartas a mi madre. Cuando te acuerdes de este lapicero sabrás que los días como hoy no tienen la más mínima importancia si no llegan los demás. La vida es un montón enorme de momentos que sólo tienen sentido si se acumulan. Vivir uno de ellos es vivir la vida entera porque anuncia lo que está por venir, dijo sin solemnidad tampoco esta vez.
Hoy me he acordado de ese veintinueve de febrero, de las palabras de mi padre, de aquel lapicero que se perdió hace muchos años. Ahora, quien me quiere se ocupa de que no falte tinta para la estilográfica. Y los hay que me hacen gastarla sin ton ni son. Pero esos no cuentan en absoluto. Ni se acuerdan de la fecha de mi cumpleaños, ni nada de nada.
© Del Texto: Gabriel Ramírez Lozano