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29/1/10

Ciao J.D.


- Don Dios, don Dios, hay un alma en la puerta discutiendo con don San Pedro. Dice que no quiere entrar de ninguna de las maneras.
- Hijo, ¿no será que está confundido? ¿Alguien le ha dicho que esto es el cielo?
- Claro que se le ha dicho. Del derecho y del revés. Pero grita que no soporta tanta alma alrededor. Yo no entiendo nada. ¿Qué podemos hacer, don Dios?
- Poca cosa, hijo. Seguro que se trata de Salinger. Prométele un espacio reservado por siempre jamás. Y la posibilidad de mirar desde un lugar alejado sin ser visto. No olvides entregarle papel y lápiz. Eso no lo olvides. Ah, que no se le ocurra a ningún alma de escritor acercarse a él. No quiero conflictos.
- Le mantendré informado, don Dios.
Dios se queda pensando. Ya tendré tiempo de pedir que me dedique un ejemplar del libro ese, el de Holden. Y sonríe.
© Del Texto: Gabriel Ramírez Lozano

18/4/09

Al compás


Salgo de casa. Debería hacer más calor.
La madera de los columpios rezuma agua de lluvia. Un par de niños juguetean alrededor del tobogán. La mujer que cuida de ellos camina en línea recta. Llega hasta el borde del suelo empedrado. No pisa la arena mojada. Vuelve sobre sus pasos. Otro borde. Vuelta a empezar. Habla por teléfono. A punto de llorar. Los críos se tiran bolas de arena mimetizándose con el parque.
El aire es frío. Caen algunas gotas que resistían sobre las hojas de un plátano de sombra. Oigo mis pisadas. La tierra rechina en las plantas.
Un muchacho cede su cazadora a la chica. Le agarra por el hombro y caminan. Ella apoya la cabeza en el hombro y cruza los brazos sobre el pecho. Son más lentos que yo. Al superarles llego a escuchar una frase. Tienes que comprenderlo, esto no puede funcionar. Acelero el paso.
Las nubes parecen resquebrajarse. Algunas hojas comienzan a caer. Debería hacer más calor y las hojas deberían estar en su sitio.
Escucho mi nombre. Es mi mujer. Hace un gesto con la mano para que pare. Me besa. Abre el bolso y saca un pequeño paraguas. Me lo entrega para que lo abra. Comenzamos a caminar. He pensado que te ibas a empapar, dice. ¿Dónde has dejado a los niños? Bajo techo, tranquilo. Enciende un cigarro. La lluvia arrecia.
Debería hacer más calor, susurra. ¿Por qué dices eso? Tira de mí ligeramente que casi he dejado de andar. Porque si no estás atento y el mundo cambia su ritmo puedes perder el paso. Asiento con la cabeza. Pensaré sobre ello, digo. Lo sé, contesta.
© Del Texto: Gabriel Ramírez Lozano