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2/5/10

Nombres (23)


Raquel.

- No pareces muy contenta. Acabas de hacer uno de los mayores descubrimientos arqueológicos de la historia. ¿No te parece suficiente?
- He descubierto los restos de alguien, sí, pero no soy capaz de saber quién fue, a qué se dedicó durante los años que vivió, si fue capaz de entender algo del mundo.
- Eso no importa. Sabemos que el hombre apareció mucho antes de lo que pensábamos gracias a ti. Eso es lo gigantesco de todo esto. Ahora podemos entender el mundo.
- Pero no sabemos qué pintamos en todo esto y así es imposible. Siempre estaremos bordeando la verdad. Eso es lo gigantesco del asunto. Una enorme y pesada carga.
Se levanta con agilidad. Sacude los pantalones llenos de polvo y se despide moviendo la mano levemente. Camina hasta que no escucha las voces, hasta que la luz a su espalda apenas ilumina. Flexiona las piernas despacio quedando en cuclillas. Agarra un puñado de tierra y piensa. Cree ver el contorno de una sombra. Una pequeña mujer en cuclillas mira la oscuridad. Lo único que puede hacer para descubrir la gigantesca carga que nadie quiere arrastrar.
© Del Texto: Gabriel Ramírez Lozano

Cole Porter - Begin the Beguine






22/4/09

Asuntos cotidianos (y III)


Mi hermano Antonio leía a León Felipe. Yo que, siendo un niño, le copiaba casi todo, leía a León Felipe. Aún conservo los viejos ejemplares de la colección Visor.
Un par de versos que me apunté en la carpeta con la que iba y venía al colegio decían “Las batallas se pierden con el mismo espíritu que se / ganan”. Leerlos me hizo reflexionar. Desde aquel día miraba los conflictos de otro modo bien distinto. Todo se había convertido en una gran anécdota. ¿Qué más daba esto o aquello? León Felipe fue el primer poeta que me conmocionó seriamente.
No hace falta decir que perdí aquella carpeta, o la tiré o la metieron en una caja que desapareció. Y durante muchos años no me acordé de esos versos.
Sumar años te hace ser más miedoso, la inocencia que dejaste mucho tiempo atrás te parece cosa de niñatos, los problemas son tortura, ya no eres inmortal, sabes que todo tiene un final sin poder disfrutar de eso precisamente, los fantasmas acompañan de fiesta, atrasamos el reloj sabiendo que nunca marcó la hora exacta y no reconocemos un momento exacto hace años. Quieres ganar las batallas pensando que es el único camino. Reniegas de una derrota porque el miedo bloquea. El vértigo tira de ti.
Cada día perdemos un buen número de batallas que nos hacen pequeños. Gritamos a un hijo, miramos hacia otra parte si nos cruzamos con alguien que nos pide unas monedas (para beber un vaso de vino, sí, porque también tiene derecho, y a fumar. A todo), despreciamos a otro porque viste ropa anticuada, gastamos más de la cuenta para ingresar en un club estúpido que muestra automóviles o chalets como forma de triunfo o miramos el televisor para saber cómo no sé quien hizo fortuna robando en no sé donde. Se nos mueren los padres, enferman amigos, nosotros mismos nos arrancamos los cabellos con desesperación al enterarnos de una enfermedad propia que nos llevará a rastras. No nos gusta el trabajo que hacemos, no nos gusta cómo lo hacen otros, el sueldo debería ser mayor y nuestro tiempo es escaso. Todo son batallas perdidas en lo cotidiano.
Y somos incapaces de cambiarlas por la que ganamos al amanecer. Podemos contarlo de nuevo. No dejamos que sea lo que tenga que ser sabiendo que lo mismo da, que el universo sigue su camino. Desconocido y magnífico.
Jonás (sí, el de la Biblia) aprendió eso. Lean ese maravilloso librito y comprueben como si el hombre pierde gana y si gana, pues eso, gana. Y yo me apunto. A Jonás y a León Felipe. Prometo anotar en mis cuadernos esos versos. En todos, por si acaso alguno se extravía.
© Del Texto: Gabriel Ramírez Lozano