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29/1/10

Ciao J.D.


- Don Dios, don Dios, hay un alma en la puerta discutiendo con don San Pedro. Dice que no quiere entrar de ninguna de las maneras.
- Hijo, ¿no será que está confundido? ¿Alguien le ha dicho que esto es el cielo?
- Claro que se le ha dicho. Del derecho y del revés. Pero grita que no soporta tanta alma alrededor. Yo no entiendo nada. ¿Qué podemos hacer, don Dios?
- Poca cosa, hijo. Seguro que se trata de Salinger. Prométele un espacio reservado por siempre jamás. Y la posibilidad de mirar desde un lugar alejado sin ser visto. No olvides entregarle papel y lápiz. Eso no lo olvides. Ah, que no se le ocurra a ningún alma de escritor acercarse a él. No quiero conflictos.
- Le mantendré informado, don Dios.
Dios se queda pensando. Ya tendré tiempo de pedir que me dedique un ejemplar del libro ese, el de Holden. Y sonríe.
© Del Texto: Gabriel Ramírez Lozano

16/1/10

Personas a medio camino


Del mismo modo que un personaje cualquiera puede sentir como una persona de carne y hueso, de esas que tenemos a nuestro lado, los personajes de novela crecen o desaparecen sin dejar rastro, mueren importándonos bien poco o se cruzan en nuestro camino dejándonos un poso importante. O no. Los personajes se hacen inmensos o una caricatura de sí mismos o nada de nada (es decir, están vacíos). Lo mismo que les pasa a nuestros padres, amigos o desconocidos. Lo mismo.
Esto, en literatura, sucede porque el escritor así lo quiere. En la vida real, por el contrario, es el azar o la necesidad (es lo mismo y cuando digo esto me refiero a que azar y necesidad son la misma cosa) lo que determina nuestro futuro. Y ahí es donde encontramos una de las grandes diferencias entre la ficción y la realidad. En la ficción nada queda en manos del azar, en la ficción el autor puede hacer o deshacer las cosas dependiendo de sus deseos sin que nadie le pueda criticar en el momento de tomar una decisión sobre el futuro de sus personajes. Construye el mundo como le apetece. A medida.
Para que esto ocurra, el autor tiene a su alcance una serie de recursos que le facilitan la labor. Por ejemplo, un personaje comienza a serlo sólo cuando le presentamos dialogando, enfrentando su logos a otro distinto, cuando se produce un choque del que el personaje saldrá modificado, el narrador (si es que es diferente) también y el lector conocerá lo necesario para entender ese mundo que se presenta. Sí, sólo después del diálogo. Un personaje puede aparecer en la primera página de una novela y no serlo (de forma absoluta) una vez acabada la obra. Podría ser un actante (estos son los que iluminan al personaje principal y actantes pueden ser los objetos también) y no un personaje. Es por eso que el diálogo es el recurso más importante en literatura y, por ello, el más difícil de manejar.
Salinger es un maestro. Hemingway lo fue. Faulkner es el mejor de todos, pero nadie se lo ha reconocido (seguramente porque no le leen o no le entienden). Entre los autores españoles destaca Gándara. Y alguno más domina la técnica de forma notable aunque son más bien pocos.
Lo que no parece que se pueda encontrar con facilidad es un tipo que maneje el lenguaje, que articule su discurso o dialogue con solvencia. En este mundo en el que el azar es el que manda, todos parecemos actantes. Actantes de medio pelo porque tampoco parece que nadie sepa al que ilumina o por quien es iluminado. Los personajes se quedan a medio hacer si no dialogan y los seres humanos nos quedamos a mitad de camino por la misma razón. El uso del lenguaje nos hace más personas. Sin duda. Evitar que nos quiten por ese lado lo poco que nos queda se nos antoja una idiotez y no hacemos caso. Hablamos y hablamos sin sentido hasta que toca decir algo importante y, en ese momento, nos quedamos sin palabras, sin argumentos para defender cualquier idea por pequeña y absurda que sea.
Maestros en el uso estúpido del lenguaje son los políticos, los presentadores de programas en televisión y locutores de emisoras radiofónicas. Frente a ellos pocos enemigos. Cuatro intelectuales que pasan calamidades para poder pagar el alquiler y un puñado de personas que son tachados de cursis, redichos, prepotentes o bobos. Los ancianos en su mayoría llegan a formar parte de este grupo cuanto más ancianos se hacen (cuando rozan la posibilidad se suelen morir de viejos). Vivimos el reinado de los que cuentan anécdotas, de los que presumen ser de lo más interesante porque se las saben todas (las anécdotas), de los que se enfrentan para discutir sin decir una sola palabra que aporte algo de luz al problema tratado. No podemos presumir de habitar en el país de los ciegos con el tuerto a la cabeza. Es una pena, pero no.
Los escritores hacen que sucedan las cosas a su gusto, corrigiendo todo aquello que la realidad no les permite regular. Aquí no hay nadie que haga nada ante el mal uso del lenguaje, ante tanta conversación superficial que se hace en público y que se traga la gente sin rechistar.
En un futuro no muy lejano no será necesario hablar porque ya nos lo dirán todo. Nuestros logos no podrán enfrentarse porque no habrá logos que puedan hacerlo. Ya nos lo dirán todo a través de la televisión. En los libros aparecerán los personajes conversando entre sí, soltando frases vacías a diestro y siniestro (como ahora, pero de forma salvaje y sin que nadie escriba una línea intentando arreglar el entuerto), sin saber que son actantes que pasarán por allí sin pena ni gloria. Como nosotros, como los seres humanos de carne y hueso. Como objetos oscuros sin posibilidad de iluminar a nadie.
© Del Texto: Gabriel Ramírez Lozano

14/3/09

Importancia del personaje en la narración (I)


En muchas ocasiones, trato de explicar a mis alumnos más jovencitos la importancia que tiene cada una de las piezas de la maquinaria en que acaba convirtiéndose una novela. Si rompemos una pieza no podemos acabar. Como mucho podremos fabricar otra que no encajará exactamente con las que toque, la puliremos como podamos sin llegar a conseguir el encaje perfecto, en definitiva, estaremos intentando disimular una chapuza. Me preguntan cómo es eso de escribir teniendo todo en la cabeza, qué es lo que hay que hacer para que no dejemos atrás lo que resultará importante, cómo podremos encajar las piezas sin equivocar su posición. Preguntan ese tipo de cosas. Y yo tengo aprendido con los años que ponerse sesudo con ellos es lo mismo que aburrirles, lo mismo que predicar en el desierto. Por eso siempre ando buscando alternativas a la charla espesa, altamente técnica.
Hace unos días estuvimos delante del televisor (ir con ellos al cine me parece excesivo) echando un vistazo a una película excelente. Cube. Tuve ocasión de verla hace ya algunos años y me dejó pegado a la butaca de la platea hasta pasados unos minutos después de acabar la proyección. Cada personaje representa una característica humana. Desde el primero que aparece (la ignorancia) hasta el último que vemos en pantalla (la bondad) vamos sumando o restando cualidades, virtudes o rasgos que terminan configurando a cualquier ser humano. Ninguno de los personajes podría sobrevivir sin rodearse del resto. El camino a seguir dentro de un laberinto hostil e inhumano lo descubrirán poco a poco, sin tiempo para saber que sólo la unión de lo mejor y de lo peor de todos (la persona) les procurará la solución para salir adelante. Creo que más de uno sigue dando vueltas a lo que vio.
Ellos saben que, al escribir, centro mis esfuerzos en el personaje. Sin él no hay relato. Y que uno con una sola cualidad no lo es. A eso lo llamamos actante. Y que un actante podría ser un jarrón o un vestido de comunión. Sin embargo, un personaje complejo debe acumular una serie de características, de rasgos, que le hagan crecer, que le den la autonomía necesaria para que pueda ejercer una mirada sobre el mundo con importancia narrativa. Si conseguimos que aparezca, la trama pasa a tener una importancia relativa. Lo que hay que tener en la cabeza sin una sola fisura es al personaje. El resto llega solo, sin grandes problemas. 
¿Alguien puede imaginar un Quijote sin Alonso Quijano o un Guardián entre el centeno sin Holden? 
El personaje es algo parecido al cuerpo principal del motor. El resto de piezas las podemos crear o comprar, incluso las podemos copiar. Pero lo haremos sabiendo cómo encajan, qué molde tenemos. Cuando aparezcan estarán al servicio de ese personaje que ya tiene alma. E irá modificando lo que sea necesario (no su esencia) para que aquello funcione. 
En el caso de Cube el personaje principal es la humanidad que es el resultado de la suma de lo que aportan los que parecen personajes sin serlo. Eso es lo que les descolocó desde el principio.
Lo que no puede ser es comenzar a escribir con el material sobre la mesa, con su forma, su color y su importancia. Todo rígido. Cada cosa de forma independiente y con su vida propia. Así es imposible encajar nada.
© Del Texto: Gabriel Ramírez Lozano

9/9/05

El eterno plagio


Soy de los que pienso que ya está todo escrito. Una y otra vez, cada novela que leo esconde otras anteriores. La influencia en los autores se deja ver en los nuevos textos aunque se afanen en ser originales, en conseguir un estilo propio y único. A mí me pasa lo mismo.
El escritor puede distanciarse de lo que escribe eligiendo una trama que no tenga nada que ver con él, un momento histórico que no haya vivido, es decir, despegándose vital e históricamente de lo que cuente. Puede regatear muchas cosas o disimularlas. Pero de la influencia de autores que dejaron huella no hay quien de deshaga. 
Mayor peligro corren los más jóvenes (como casi siempre). Hoy descubren a Salinger y tratan de escribir como Salinger, adoran a Salinger, parece que sea el único autor que merezca la pena. Mañana leen a Capote y se dejan llevar hasta que terminan creando personajes que se mueven y hablan como los que aparecen en las narraciones de Capote. Cada poeta descubierto se convierte en el único, en el más grande. La falta de experiencia y no haber leído lo suficiente tiene esas cosas. Y no es malo si se es consciente de ello, no se exagera y se va disminuyendo la intensidad en esos amores. Creo.
A Murakami, autor de “Tokio Blues”, también le pasa esto. Consigue una novela estupenda (estupenda de verdad) dibujada con los trazos de otros (Scott Fitzgerald, Salinger y Mann entre otros) y, sin embargo, nadie se lo puede reprochar. Es honesto y no oculta unas intenciones literarias unidas a su experiencia como lector y traductor de autores norteamericanos. Novela que incluye otras novelas. Propias y ajenas. Unas como referente para el lector (las ajenas, que salpican la narración desde el principio), otras como vehículo necesario para representar una realidad interesante y original (las propias, las que van apareciendo para que el personaje principal crezca sin fin).
Si Murakami se hubiera querido parecer a un escritor de tres al cuarto le saldrían mucho peor las novelas. Eligió a los grandes y consigue novelas de gran calidad. 
Ya que está escrito todo, lo mejor que podemos hacer los autores es asumirlo y leer lo que merezca la pena. De ese modo imitaremos a los mejores y no repetiremos lo que ya dijeron ellos. Y, sobre todo, no trataremos de imitarnos a nosotros mismos. Ese es el final de cualquiera que intente escribir.