Los seres extraterrestres se caracterizan, entre otras cosas, por la mala leche que pueden llegar a gastar cuando no les salen las cosas bien. G., siendo un ser amorfo y enano, ya mostró un carácter difícil. Al poco de llegar a la escuela de telepatía audisupraemocinal fue expulsado por trescientos veintidós años. Nunca se supo la verdadera razón por la que esa expulsión fue fulminante aunque la sospecha de los seis millones de alumnos que asistían a las clases preparatorias del nivel gamma se apoyaba en la cantidad problemas que G. ocasionaba a las hembras. Cuando no eran mensajes telepáticos guarros eran tocamientos (físicos, nada de chorradas mentales) y si no eran mensajes telepáticos cochinos o tocamientos eran gestos obscenos a las profesoras (hipermasturbaciones aceleradas, orgasmos multitudinarios y esas cosas tan incómodas). G. demostró en su más tierna infancia una gran inadaptación (como todo el mundo sabe es el período comprendido entre el año cero y los mil cuatrocientos quince posteriores). Siendo adulto las hembras le huían sistemáticamente. Lo que en términos coloquiales (en las diecinueve galaxias exploradas) se viene llamando amargado.
Es esta la razón por la que G. se sentía atraído enormemente por el planeta tierra. Humanas que se alzaban la falda sin grandes problemas, cabreros que no hacían ascos a nada, curas que se dejaban embaucar a poco que uno se arrodillara o romeros necesitados de amor.
El plan primoroso de G. era sencillo. Después de enamorar a buena parte de la población, G. iría enjaulando a los más sanos (luego confesaría que quiso hacer alguna excepción dependiendo del tamaño del órgano reproductor masculino sin atender a la salud de la pieza) y, una vez enjaulados, los llevaría a la nave Tluaner, los congelaría y los trasladaría a su planeta.
Después de pasar cinco días y cinco noches con aquel gentío, el cura le pidió que le acompañara. Le dijo que tomara asiento a su derecha. Una multitud de hombres y mujeres se sentó enfrente de ellos. Si el cura movía el brazo hacia arriba todos se levantaban, si el cura cantaba todos cantaban. Hubo un momento en el que G. sufrió un ataque de pánico. El cura ordenó arrodillarse a todos. Todos a la vez, qué depravado, pensó recordando los cinco días que le habían dado en la carreta, aunque se quedaron en su sitio con cara de pena. Unos miraban hacia arriba, otros cerraban los ojos, pero nadie se movió de su sitio. Sonó una campanilla y se levantaron como un solo hombre. Comenzaron a caminar en dirección a donde estaban el cura y G. Llegaban, el cura les introducía en la boca un trocito de algo redondo y se volvían a su sitio. El último fue él. Aquello no sabía a nada. Se deshizo y, de forma fulminante, G. se convirtió en cientos de millones de partículas tras la explosión. Como siempre, se buscaron unas a otras. Primero se alzaban con las manitas juntas (las partículas tienen manitas) y carita bondadosa (también tienen carita). Parecía que llevaran en la parte alta una lucecilla. Más tarde bajaban cantando de modo angelical. Cuando estuvieron todas en el suelo se constituyeron en G. La muchedumbre gritaba “milagro, milagro” y el cura lloraba diciendo “Dios habla en los lugares más insospechados”. G. supo que debía retrasar el final de su plan primoroso algo más de lo previsto. Y supo que, dadas las circunstancias, esa noche se lo iba a pasar bomba.
G. decidió hacer sus propios planes. Nada de aspectos impuestos por otros, nada de órdenes absurdas y descerebradas.
Lanzó una sonda de reconocimiento programada para captar imágenes perfectas a una distancia de seis mil metros y con capacidad para recorrer trescientos mil metros a la hora. Tuvo que elegir entre medio millón de posibilidades. Descartó, con rapidez, todas excepto tres. Miró detenidamente la imágenes y, valorando con astucia cada una de las opciones, se inclinó por la que más adecuada le pareció para llevar a cabo lo que llamó “plan primoroso”. Se transfiguró y pensó que esta vez no fallaría. El futuro de la raza estaba en sus manos. Un gran número de personas caminaba en fila. Carros arrastrados por bueyes, hombres y mujeres cantado, una mezcla de colores que le resultó muy atractiva. Un niño que correteaba de aquí para allá se paró y le señaló. “Mamaaaaaa, mamaaaaaaa, mira a ese. Está en cueros. Llama al papa. Tengo miedooooooooo”, (a G. le resultó chocante que el acento hubiera cambiado en las palabras papá y mamá por lo que revisó su diccionario y, al no encontrar esas posibilidades, las catalogó como palabras propias de chiquillos que corretean de aquí para allá). Poco a poco, todos fueron parando, señalando. Los niños se agarraban a sus madres, las madres a los padres, los padres a garrotes de madera tosca. De uno de los carros bajó un tipo vestido de negro. Un librito en las manos y un collar del que colgaba una cruz. “¿No te da vergüenza? Arrodíllate, pecador. Y que alguien le ponga algo por encima. Delante de la virgen, por el amor de Dios, dónde vamos a llegar”. Un hombre joven echó una manta a G. por encima de los hombros. G. obediente para no llamar la atención más de la cuenta había hincado las dos rodillas en la tierra. El joven le ayudó a levantarse y le llevó hasta el carro del hombre de negro. Por el camino, los niños le escupieron, le lanzaron piedras, y algún adulto le sacudió con la mano abierta en el cuello. La carroza estaba cubierta. A un lado el hombre de negro leía su librito. “Ponte aquí delante, de rodillas. Vamos a ver que puedo hacer por ti”. G. no lo dudo y sabiendo que las debilidades del terrícola llegan siempre por el mismo sitio, en cuanto notó la mano del hombre su cabeza (sin pensarlo dos veces) le bajó la cremallera. El cura (luego supo que se llamaba así) estaba diciendo algo sobre el pecado o algo así. Pareció sorprenderse en un primer momento aunque se limitó a seguir diciendo cosas con un tono algo nervioso. ¿Quieres ser mi monaguillo, hijo? G. dijo sí. La cosa estaba encarrilada. La misión primorosa era un éxito. Por la noche, mientras G. se masturbaba con los pies, tuvo una extraña visión. Un hombre con túnica blanca hasta los pies, barba y pelo largo, entró en la carroza. Parecía brillar en la oscuridad. A punto de entran en éxtasis (nunca se explicó muy bien el por qué) descubrió que era Nicasio, el marido de Dolores, matrimonio que acompañaba al cura en la carroza. Cuando salió Nicasio, entro Edelmiro y así sucesivamente hasta que llegó el turno de las mujeres. A G. no le causó gran problema. Como todo el mundo sabe, los seres extraterrestres pueden conectarse a un piloto automático que se les implanta doce segundos después de ser creados. El plan primoroso era un gran éxito. G. se masturbó de nuevo (con los pies, sí) y dejó que todos durmieran. Había llegado el momento. (continuará)
Por todos es sabido que las formas de vida extraterrestres carecen de órganos genitales. Así, G. se transfiguraba para poder decir “estoy hasta los cojones”, gozar de un buen rato a solas sin tanto poder mental (le había tomado el gusto al placer puramente físico), o mirarse en la pantalla del descodificador que le permitía ensayar diferentes gestos o peinados con los que parecer más atractivo. Una última vez apreció el color negro de su pelo (lo había modificado al pensar que el color amarillento provocaba reacciones inexplicables en los humanos). Creyó que le favorecía mucho. Y recordó al cabrero. Qué rato tan bueno. “Tanta telepatía, tanta telepatía”, pensó entristecido.
Comenzó su tercer intento. Órdenes estrictas: capturar formas de vida con capacidad para reproducirse. Había caminado doscientos metros aproximadamente por la carretera cuando algo sorprendente ocurrió. Un ser humano se acercaba aunque le resultaba difícil reconocer en esa figura lo que ya sabía gracias a la observación. Se acercaba. Pelo negro, grandes caderas, dos pechos enormes, traje negro que no dejaba distinguir las piernas (luego descubrió que iban dentro), una pieza de barro sobre la cabeza y ni rastro del pene característico entre los humanos. El ser humano paró al ver a G. “Pelandrusca” le pareció escuchar. Pudo comprobar que la mujer (G. descubrió más adelante que es así como llaman a estas extrañas formas de vida en la Tierra) miraba su pene erecto primero, sus pechos después, otra vez el pene. “Asqueroso” gritó. La mujer se llevó una mano a cada lado de la cintura. La notó algo contrariada. Se acercó a ella contoneándose al caminar con lo que todo se contoneaba al mismo ritmo. “Si te acercas te atizo un guantazo que te avío, so guarra, so mariconazo”. G., que ya se las sabía todas, decidió adoptar una estrategia muy ensayada durante los últimos meses. Levantó los dos brazos y dijo “me rindo”, me rindo”. Paró a metro y medio de la mujer pensando en el mejor momento para capturarla. La mujer miró de arriba a abajo el cuerpo de G. “La ocasión la pintan calva, que coño”, dijo dejando la pieza de barro en el suelo. Y fue dicho y hecho. Durante un par de horas, dejándose de poderes telepáticos y de gaitas, disfrutaron de lo lindo. Al acabar, la mujer decía cosas tan interesantes como extrañas. Estar juntos, cuidaré de ti, familia, amor y algunas cosas más que G. no pudo recordar debido a los nervios del momento.
La mujer agarró la pieza de barro y sacó unos garbanzos y un trozo de tocino (con las manos porque, a pesar de todo, otra cosa no sería pero relimpia a más no poder). G. creyó estar a punto de desmayarse cuando cató aquella delicia. No había pasado ni un minuto cuando se empezaron a producir pequeñas explosiones dentro de G.
“No te aguantes que eso es muy malo”, dijo la mujer acariciando el cutis desastroso de G. “Puedes peerte tanto como quieras porque el amor lo supera todo”.
G. enrojeció y una enorme explosión le hizo desintegrarse de nuevo. Las partículas se esparcieron en un radio enorme puesto que se movían como propulsadas a reacción. Dejaban una estela blanquecina a su paso y un aroma extraño. Como de cocido caducado.
G. regresó a su nave cuando las partículas se integraron de nuevo. Notó que su volumen era algo mayor que antes.
Descansaba. Un ser vivo (en la tierra se le conocía como mula) estaba parada frente a la nave. G. pensó en el cabrero, en la mujer. Y decidió tener nuevas experiencias.
Una de las características más importantes de la vida extraterrestre es que es extraterrestre. Esto quiere decir que los humanos no llegan a imaginar qué es lo que tienen enfrente.
G. explotó violentamente y sus pedacitos quedaron esparcidos por aquí y por allí. Pero los trozos se fueron buscando con rapidez, unos a otros, para completar a G. otra vez. Luciendo su forma humana, caminó hasta donde había dejado su nave dotada con tecnología y armamento de última generación. Envió un mensaje de protesta a su comandante en jefe por la falta de información veraz y se introdujo en la cápsula de recomposición molecular y limpieza mental urgente. Aún no había terminado la sesión cuando recibió contestación. El mensaje llegó cifrado y con la categoría de secreto nivel uno. YaAv. Pulsó la tecla para descodificar aquello. Diez segundos. No más. Vaya. Ese era el mensaje. Gruñó, volvió a su aspecto humano, salió de su nave y comenzó a caminar. Doscientos metros más allá se encontró con un ser humano. Llevaba un palo en la mano y se rodeaba de animaluchos que según el manual de asalto eran inofensivos. Por lo visto, se llamaban cabras. El hombre del palo y gorrilla negra le miró. Dijo: “A ti te daba yo lo tuyo, rubia”. Sin mediar una sola palabra más se abalanzó a G. Su intención era violarle sin ningún tipo de miramientos, pero, dadas las circunstancias le violó, luego se dejó violar y, por último, se procuraron placeres mutuos. Las cabras miraban.
El hombre, una vez terminadas las violaciones mutuas y la sesión de placeres impensables para ambos, le invitó a fumar. G. imitó cada gesto del hombre. No le pareció peligroso. ¿Quieres un trago? dijo el cabrero ofreciéndole la bota de vino. Confiado, G. aceptó. Su desintegración fue tan rápida que el cabrero pensó que todo había sido un sueño.
Las partículas se agruparon como pudieron aunque la labor fue difícil. Las más perjudicadas se movían sin rumbo fijo, algunas de dos en dos riendo y cantando, otras fueron encontradas bajo las piedras descansando y sin sentido.
Cuando G. logró ser G. envió otro mensaje a su comandante en jefe. Su queja era insolente y tajante. La contestación no llegó cifrada. “Cuando dije vaya quise decir “oh, lo siento, vaya por jus (dios local)”, imbécil. Quédese quieto y espere instrucciones”.
G. aprovechó ese tiempo para recomponer cuerpo y mente. Empezaba a sentir cierto cariño por los terrícolas. El cabrero, oh, el cabrero, dijo antes de cerrar su único ojo.
G. llegó a la tierra a bordo de un artefacto de última generación, modelo Ovlov. Después de arrasar un par de pueblos por completo (quería saber si de un solo disparo podría hacerse), abandono la nave y comenzó a reptar por la carretera que llevaba a la primera y última gran ciudad que vería en su vida.
Al llegar, se transfiguró adoptando el aspecto humano. Eran instrucciones precisas de su comandante en jefe. Pelo claro y largo, dos pechos excesivos para la altura de G. (1,22 metros), el cutis picado de viruela y un pene erecto que movía exageradamente al contonear exageradamente unas grandes caderas.
Entró en el bar. Un lugareño comenzó a reírse de su aspecto. Iba desnudo, todo hay que decirlo. Otro de los lugareños, el más corpulento, le golpeo en repetidas ocasiones mientras gritaba que el zoo estaba en el otro lado de la ciudad. Un tercero se apiadó. Le agarró del brazo, tiró de él y le llevó a una esquina del establecimiento. Pidió un refresco, se lo entregó y miró atónito como G. comenzaba a hincharse hasta explotar.
En el bar toman, desde entonces, las bebidas carbonatadas después de moverlas con un palillo. Dicen que por miedo a no poder dormir a causa de los gases.
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