Algunos de mis lectores me han comentado en alguna ocasión que mientras leen escuchan la música que elijo para cada texto, otros que primero leen y luego escuchan. Los hay que sólo visitan esta página para escuchar algo. En cualquier caso, la música ha sido tan importante en este blog como la propia literatura o las reflexiones personales de su autor. Esto es algo que me agrada especialmente. Era la idea principal cuando grabe los textos que estuvieron tanto tiempo en el blog de la Escuela de Letras y el primero aquí en La vida del Revés.
Cada canción fue escuchada en el momento de escribir. De forma obsesiva (como cada cosa que hago, ya conocen mi bipolaridad y mi frágil estado emocional). Muchas de las ideas que aquí he dejado escritas no hubieran madurado lo suficiente sin esa música.
Tiendo a exagerar casi todo lo que hago. Hoy comienzo a celebrar el cumpleaños de mi blog y el mío propio. Antes de tiempo. Y no pienso dejar sin su parte a los que me han ayudado tanto desde que La Vida del Revés comenzó a ser lo que es.
Tenía pensado publicar una serie de canciones que me gustan de forma especial. Sólo. Pero me parecería injusto que no las acompañasen los nombres de las personas a las que dedico cada día mi escritura. Sé que olvidaré algún nombre. Pero también sé que me sabrán perdonar los ignorados.
Pepito Grillo, Rosalía García, Alix Rosales, Ana María Aguayo, Ana María Lozano, Marian León, Merche Polo, Alejandra Moglia, Enza Bellorín Bird york - In the deep
Carmen García Vega, Inés Chaochun, Fanny Gallardo, Paula María Vila, San y Marta Bouza Paadín, Susana Muñoz, Marga Orri, Carlota Montemayor Richard Galliano - Waltz for Debbie
Cada segundo sumado se hace hatillo. Cuelga de una vara de olivo que se tensa, que llegará al suelo cuando hayan quedado atrás juegos y sonrisas verdaderas. Arará el camino que antes se llenaba de mercurio para orear tierra nueva. Mientras, la vida entera expectante tras retratos futuros.
Cada segundo sumado crece. Crecen los ojos negros, el pensamiento se hace grande y abarca, la misteriosa sensatez llega gateando.
Cada segundo sumado te abandona un poco en el camino para ser tú.
Hemos celebrado el cumpleaños de Guzmán Ramírez. Cumplirá cinco años el próximo día veintisiete, pero hemos adelantado la fiesta con sus amigos del colegio. Dieciséis niños. Varios adultos. Cuatro equipos. Ordenados por colores y agarrados de la mano. Entre adultos y pequeños aquello parecía una invasión. En la sala del cine hemos ocupado buena parte de dos filas. Después hemos merendado y, a pesar de hacer lo que hemos podido, hemos dejado arrasado el lugar. Aunque ha merecido la pena el esfuerzo. Ver la cara de Guzmán recibiendo amigos, los regalos, jugando y escapando del control de los mayores, es de esas cosas que uno no cambia por nada. Ya lo he dicho muchas veces: este niño me puede porque es, sencillamente, adorable.
Los más pequeños duermen. Silvia descansa. Gonzalo va y viene con libros en la mano, busca aquí, allá, me mira para decir algo y no lo hace. Supongo que terminará pidiendo eso que no sabe si conseguirá. Yo aprovecho para ordenar la cartera, escribir unas líneas y, de paso, para hacerme el muerto con el mayor. Prefiero que aprenda a decir sin ayuda.
Una novela gráfica sobre la mesa. Excelente. Píldoras azules de Frederik Peeters. Desde que leí Constellation hace cuatro o cinco años sigo con mucho interés la obra de este hombre. Un volumen del Misterium Salutis con el que trabajo sobre una idea que me ronda la cabeza y no termino de ver clara. Lo tengo al alcance de la mano y no lo sé expresar de una forma que me deje satisfecho. Todo encaja excepto Dios. Cuando dejamos que la razón (en exclusiva) ordene las cosas suele pasar. Sé que falta algún ingrediente y no lo encuentro.
Gonzalo se acerca. Papá, me podrías dar un par de euros. Verás, es que una compañera siempre me pide un trocito de mi bocata durante el recreo y prefiero comprar dos. Así no me quedo con hambre. Lo dice rápido y moviendo las manos sin ton ni son. Claro, claro, le contesto. ¿Te pide parte de tu refresco? Lo digo porque supongo que te morirás de sed durante las clases. Le entrego un par de euros. Antes de irse le digo que espere. Me mira preocupado. ¿Has pensado que quizás lo que quiere es eso y no otra cosa, un trocito de tu bocadillo y no uno entero? Venga ya, papá. Rojo como un tomate. Piensa sobre ello, anda, seguro que le interesa más lo que piensas que el jamón de York. Comienza a girar sobre sí mismo y se detiene. Alarga el brazo, deja un euro sobre la mesa. Se va sin decir una palabra.
¿Y si Dios no tiene que encajar? Abro el volumen y leo con detenimiento. El recuerdo llega. Siendo estudiante de primero, mi profesor de Antiguo Testamento me dijo algo que cambió mi forma de entender muchas cosas. Le dije que por más que estudiaba, leía e investigaba sobre un asunto, no había forma de encajar aquello en el pensamiento sin que desbaratase otra cosa que ya estaba asentada. Me miró sonriendo y me dijo que eso no había que estudiarlo ni investigarlo. Lo que había que hacer era creerlo. Otra cosa era perder el tiempo.
La razón cuando campa a sus anchas no nos deja ver con claridad algunas cosas. Puede parecer mentira, pero es así. Si añadimos una pequeña dosis de intuición a lo que hacemos puede que lleguemos a un lugar en el que nos podamos sentir más cómodos.
Quizás Dios no deba estar en eso. Quizás la amiga de Gonzalo quiere beber de su misma botella. Ambos deberíamos dejarnos llevar por la intuición. Demos espacio a lo que creemos inútil. A ver si hay suerte y mañana hemos triunfado los dos.
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