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16/5/10

Los olores de Greta Y.


(Del diario de Greta Y.)
25 de septiembre de 1962
Escribo este diario para que todo el mundo sepa. Me llamo Greta, soy enfermera y tengo treinta años. Cuido de este hombre desde hace seis. El diagnóstico es rotundo. Coma cerebral irreversible. Ni siente ni padece. Eso dice el informe médico que está guardado en la mesilla de noche. Al principio, su familia probó todo lo que estaba a mano. Poco a poco, se dejaron llevar por la desesperación. Y, cuando el dinero no llegaba para más ni las fuerzas eran suficientes, me llamaron para que le cuidase hasta el momento de su muerte. Seis años. Siempre creen que ese día será el último, se agarran a eso de que para estar así mejor morirse. Lo que no saben es que todo es distinto a lo que ven.
De niña, me enseñaron algo sencillo y que cualquiera puede comprobar. El olor es lo que las personas mejor recordamos. Si nos pasa algo y, en ese momento, huele a perfume, a sudor o a chimenea, cada vez que pensemos en ello podremos oler ese perfume, ese sudor o esa chimenea. No invento nada. Le pasa a todo el mundo. Cada cosa desprende un aroma. Sea cual sea. Incluso las ideas tienen su propio olor. Dios desprende un fuerte olor a hielo que te traspasa con el dolor de los cuchillos, con insistencia. El odio suelta un tufo asqueroso, como el del cieno, aunque, a veces, cuando eres tú el que odias huele a cera quemada. La cera que se va quedando seca sobre ti, anquilosando. La inteligencia a viento, la tristeza a trueno, el calor a trigo. Todo huele.
Cuido de él desde hace seis años. No ha muerto porque aunque no se mueve, aunque las pruebas dicen que su actividad cerebral es nula, puede oler. Lo sé porque cuando recibe el estímulo mueve ligeramente un dedo. El índice de la mano derecha. Apenas se nota. La primera vez que lo vi, creí que eran cosas mías. Pero lo comprobé una y otra vez para estar segura. No se lo he dicho a nadie. Podrían comenzar con las pruebas de nuevo. Y, además, necesito trabajar.
Meto en frascos las cosas que se me ocurren. Un poco de arena para que vaya al parque; en primavera un puñado de polen; recojo aire de la ciudad para que pueda dar un paseo; queso, mantequilla o embutido para que le sepa a algo la alimentación que le proporcionamos a través de la vía. Y mueve su dedo, cada día lo hace e intuyo que es feliz.
Lo único que no he traído nunca más son unas gotas del perfume que encontré en su cuarto de baño. Nadie sabe a quién perteneció. Era un perfume de mujer. Había un frasco, pero no había ni rastro de ella. Ese día movió el dedo con tristeza, con la cadencia de la ausencia. No quiero que sufra, así que no he repetido. El olor de la ausencia es el peor de todos, el que hace más daño.

6 de mayo de 1966
Huele a muerto. Está vivo aunque huele a muerto. El que ha estado cerca de uno sabe que no se puede olvidar. Solo queda esperar. Es un hedor insoportable.

(Extracto del atestado de la policía judicial)
El cadáver fue encontrado por la hermana del propietario del piso, enfermo crónico que se encuentra en estado de coma cerebral desde hace más de diez años. La mujer no mostraba signos de violencia. Entre sus objetos personales se encontraron un pañuelo, un lápiz de labios, un par de tarros vacíos con etiquetas que decían “primavera” y “tormenta”, así como un diario que no parece tener la menor importancia para el juez que instruye el caso.
© Del Texto: Gabriel Ramírez Lozano

Astor Piazolla - Balada para un loco






8/1/10


Otra vez. Aún no sabes si lo haces por una razón o por otra. Te descubres leyendo, intentando descubrir qué es cierto de todo esto, cómo se me habrá ocurrido escribir algo así, cómo lo hubieras hecho tú si hubieras pensado lo mismo, si me conoces algo mejor después de terminar el texto o si todo es una fantasía. Intentas descubrirte en alguna frase en la que buscas una intención que quizás no existe. Alguna vez te has visto entre líneas haciendo del texto algo tuyo, en alguna ocasión algo de lo leído te obligó a recordar lo que no te gusta de ti, de otros. Has llegado a pensar que un autor es, sobre todo despreciable, al ser capaz de relatar algo que le acaba de pasar, pero lo vuelves a leer y descubres con cierto enfado que no, que lo que dice es algo remotamente parecido. Sólo parecido. Yo no dije eso, piensas. Y, más tarde, recuerdas que nunca estuviste allí. Te ves reflejado. Nada más. Sin saber porqué.
Mientras lees, reflexionas llegando a la misma conclusión cada día, que si lo que cuento es verdad no te interesa y sientes pudor porque leer esto es lo mismo que mirar por el ojo de una cerradura. De la mía. Dibujas escenarios que sólo tú conoces creyendo que el autor pensó en ellos para hacer vivir a sus personajes. ¿Son personajes? ¿Es Guzmán el niño que represento en los textos? No lo sabes aunque alguna vez te lo preguntas. Y lo haces pensando en el fastidio que supone hacer algo tuyo sabiendo que es de otro. Mío.
Un gesto mecánico te coloca frente a unas líneas. Casi siempre a la misma hora. Más o menos. Miras el título y la imagen intentando adivinar lo que viene después. Lees despacio. Hubieras comentado lo dicho alguna vez aunque, no sabes si por un miedo absurdo o porque no tenías del todo claro lo que querías decir, no lo haces. Incluso lo tuviste escrito y no llegaste al final.
¿Qué buscas aquí? Entretenerme, piensas. Pero sabes que eso no es todo. Leer es un acto voluntario que lleva más allá. Lo que quieres es participar de un mundo ajeno en el que unas veces estás, otras no, en el que puedes intervenir porque eres dueño de hacer lo que quieras con él. Creer, pensar que es una idiotez, imaginar que existe tal y como lo dibujo o negarlo cuando deja de gustarte.
El texto se acaba. Hoy más que otras veces te sientes obligado a saber algo de ti. Es posible que seas un personaje más, tan real o tan falso como los que acostumbras a ver por aquí. Aunque sólo sea durante unos minutos te transformas en uno más, en ese que se sienta detrás de mí para poder mirar sin decir ni una palabra. El único que es fijo en cada texto. Y lo sabes.
El texto se acaba. Ahora es el momento de reflexionar.
© Del Texto: Gabriel Ramírez Lozano