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24/7/08

Falsas apariencias


Un buen amigo, Paco, me recomienda libros cada dos por tres. Yo a él también. Y, en ambas direcciones, las sugerencias tienen una característica en común: a menudo no hay quien las encuentre por estar agotadas hace un siglo en las editoriales. Tenemos que buscar alternativas para poder echar un vistazo a esas obras de las que contamos maravillas. Lo más práctico sería prestarnos el ejemplar que tocara, pero nos vemos poco y eso retrasa la lectura. Paco ha encontrado la fórmula que nos permite acceder a los libros con rapidez. Ya sé que no descubro nada cuando les digo que esa solución está disponible en internet. Todo se puede encontrar convertido en ceros y unos. Sin embargo, para mí sí que es un hallazgo. Suelo comprar libros, evitando así préstamos que me hurtan con el tiempo la obra de la estantería al devolverlos, y los discos originales, nunca copias que hay que escuchar en plena Gran Vía antes de pagar por si aquello no funciona. Además, tengo prohibido a mis hijos bajar música o vídeos a través de los programas de descarga (lo hacen a escondidas, supongo).
No crean que es una actitud romántica o que pienso en los ingresos de los artistas porque soy consciente de que estos seguirán siendo millonarios (los que lo son) y que el romanticismo tiene mucho de absurdo. Ni pienso en mí como autor (una fotocopia suelta por el mundo de alguna página de mis libros es algo remoto, casi impensable). Sí me preocupan los empleados de las multinacionales. Despiden a cientos de ellos cada año para poder seguir ganando una millonada y para que los artistas sigan teniendo unas mansiones de impresión. Cobrando –las multinacionales- por un disco un precio razonable, y no una cifra prohibitiva para muchos jóvenes, otro gallo cantaría. Venderían muchos miles de copias más, los beneficios serían parecidos y no pagarían el pato los de siempre. Pienso en los pequeños editores para los que editar un libro es una aventura, vender más de cien ejemplares un tormento y sacar adelante su negocio otro (tormento).
Hoy nos hemos recomendado Cyteen (Paco a mí) y Flores para Algernon (al revés). Ya tengo la trilogía en formato digital. Debe ser que Paco se apaña bien en la red. He podido leer las primeras quince páginas del primer volumen y la cosa tiene una pinta estupenda.
Poder leer libros que no he sido capaz de encontrar ni en bibliotecas ni en librerías es un placer como otro cualquiera. Aunque lo proporcione internet. Aunque tengo decidido comprar un ejemplar el día que alguien decida volver a publicar estas obras. Releer cualquiera de las recomendaciones de Paco convertidas, de nuevo, en un libro, será un placer no como otro cualquiera sino ese que produce tener en las manos un buen libro. Y no tanto cero y tanto uno que quieren dar el pego y parecer una novela.

11/7/07

Zona de recreo


Flores para Algernon. Es el título de una novela de Daniel Keyes. Ciencia ficción. Lo leí, por primera vez, hace nueve o diez años. Me lo recomendó un hombre muy aficionado a este tipo de literatura. Recuerdo que entró en mi despacho y dejó el ejemplar sobre mi mesa sin decir nada. Tengo mucha lectura atrasada, le dije. Seguro que inventas un rato entre biberón y biberón, contestó. Charlamos de algunas cosas antes de irse. Fumábamos porque aún no se había producido el efecto histeria contra el humo (el de los cigarros porque el de los camiones no puede dejar estéril a nadie, supongo). No sabría decir qué fue lo que nos hizo reír, pero recuerdo las carcajadas de ambos. Un rato divertido. Al llegar a casa, abrí aquel viejo ejemplar. Las esquinas de las páginas desgastadas por el uso, la cubierta amarillenta, el lomo dibujado por pliegues profundos. En las primeras páginas, anotados en los márgenes, símbolos que no podía entender. Inventé un rato largo, tanto que pude leer la mitad de la novela. Me interesó desde el comienzo. Una trama original, un personaje narrativamente muy limitado que va creciendo hasta perfilarse con solidez, un ratón de laboratorio que apunta hacia la tragedia inevitable. El ser humano convertido en el producto de un experimento, el ratón fabricando un fututo que no se puede evitar.
Charlie Gordon se convierte en un ser inteligente. Le convierten con un bisturí. Las primeras pruebas ya las pasó el ratón Algernon. Ambos progresan y ambos retroceden.
Devolví aquel libro sabiendo que ya no se encontraba en las librerías. Año tras año he ido preguntando por aquí, por allí, y lo encontré en una caseta de la pasada feria del libro. Lo han vuelto a editar. Me ha vuelto a interesar.
Mientras leo las últimas páginas escucho a DeFranco acompañado por el trío de Peterson. O al trío de Peterson acompañado por DeFranco. Da igual. Suena igual de bien. Sweet and Lovely.
¿Hasta dónde puede llegar el hombre en su intento por mejorase a sí mismo? ¿Hasta dónde debe intentarlo?
Siempre que pienso en este tipo de cosas recuerdo alguna de las tragedias que se producen en los territorios robados a ríos o mares. Decenas de muertos que descansaban en sus tiendas de campaña invadiendo lo que fue el cauce de un río que un buen día protesta y arrasa lo que encuentra a su paso por el camino natural que alguien convirtió en zona de recreo.
Podemos ser listos, tontos, gays, machos, hembras, morenos, negros, relistos o tontos como cubos. Incluso podemos ser lo que entendemos por normales, por personas del montón. Es más, algunos son suizos o belgas. Nos toca interpretar un papel y lo hacemos lo mejor que podemos. Y eso no causa mayor problema. El conflicto aparece cuando le robamos parte del cauce a nuestro propio destino, cuando siendo tal cosa queremos ser tal otra.
La ciencia avanza a buen ritmo. La técnica a un ritmo asombroso. Y nosotros siempre estamos un poco más allá. Más atrás. Intentando ganarle terreno a una existencia efímera y confusa de la que no sabemos apenas nada hasta que nos morimos.
Quizás Platón fue el Algernon de nuestra civilización. Quizás nosotros seamos ratoncillos intentando descubrir caminos que nos lleven al final del laberinto que servirá para que otras generaciones crean ser los más relistos de la historia de la humanidad. Quizás. Lo único seguro es que, sea como sea, el hombre estará un poco más allá, más atrás, siempre a punto de ser arrasado por la fuerza de la naturaleza a la que intentamos afanar su condición.
La pregunta es: ahora ¿progresamos o retrocedemos, somos Platón o Algernon?