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13/3/09

Un libro por cabeza


Debe ser por efecto de la anestesia. Estoy casi seguro.
Llevo desde ayer pensando qué libro me gustaría aprender de memoria si fuera uno de los personajes de Fahrenheit 451. Se me han pasado por la cabeza muchos títulos. He ido eliminando las obras más voluminosas por pura pereza, las más breves gracias a ese punto soberbio que me hacía pensar en el qué dirán viendo a un adulto aprendiendo quince paginitas de nada habiendo niños, otras han sido descartadas por miedo a que no soportaran una lectura después de pasar quince o veinte años desde la primera que tanto me gustó. Pensaba que la cosa estaría entre Faulkner y Vargas Llosa. Pero no. A última hora se ha colado entre las candidatas “El Origen” de Thomas Bernhard. Candidata y ganadora.
Ha bastado que leyese un par de páginas al azar para que comenzara desde el principio intentando aprender cada palabra, cada coma.
“La ciudad, poblada por dos clases de personas, los que hacen negocios y sus víctimas, sólo es habitable, para el que aprende o estudia, de forma dolorosa, una forma que turba a cualquier naturaleza, con el tiempo la disturba y perturba y, muy a menudo, sólo de forma alevosa y mortal…”
¿Qué libro aprendería de memoria si hubiera que salvarlo de las llamas?

17/12/07

En primera fila


Thomas Bernhard es un autor al que no se le puede dar la mano con el fin de seguirle hasta donde quiera llevarte. Si lo haces te puedes encontrar con serios problemas. Deja de gustarte el resto de literatura, te da por mirar con ironía todo lo que te rodea, tiendes a no tomar en serio casi nada, el sentido del humor se afina y no lo comparte nadie contigo, los textos de tono medio o bajo dejan de interesarte, y un aliento corto en las frases te termina pareciendo una baratija literaria. Todo esto estaría muy bien si fuera cierto, pero da la casualidad de que la literatura es Bernhard y lo demás. Peligroso autor, tanto como genial y divertido.
Descubrí su literatura leyendo “El origen”. Fue tal la conmoción que me causo que leí, de un tirón, su obra completa. Pasaron muchos meses hasta que logré curarme porque creí que después de “Tala” nada me gustaría. Cosas de jovencito.
Hace unos días buscaba en las estanterías algo para leer. Me encontré con Bernhard. Dudé, lo confieso. Allí estaba toda su obra y sabía lo que podía pasar si alargaba la mano, tocaba con la yema del dedo la parte superior de uno de los volúmenes, presionaba suavemente y tiraba de él. “El sobrino de Wittgenstein” fue el elegido (casi sin pensar). Está lleno de anotaciones. Una de ellas indica que este libro fue leído, por primera vez, el año mil novecientos ochenta y ocho. El resto son diversas entre sí. Desde la idea sobre la muerte que manejaba yo en aquella época hasta un número de teléfono que no sé a quien corresponde.
Ya tengo sobre la mesa el resto de libros. Todos sin excepción. Habrá que releer -sin dar la mano a nadie- para anotar al margen lo que la madurez dicte.
Gimena ya camina y se acerca a mí riendo con un trocito de pan en la mano derecha. Lo hace con cuidado, tan lentamente que parece retrasar el tiempo con cada pasito. Se detiene tratando de mantener el equilibrio. Si no lo ve claro prefiere sentarse y volver a empezar. Y si alguien intenta ayudar se queja. Ha descubierto que andar es mucho mejor que gatear. Un par de semanas más y logrará corretear. Llega hasta donde estoy, gira sobre sí misma, regresa para seguir practicando.
Hace tiempo que la falta de tiempo me impide leer todo lo que quisiera. Eso obliga a ser selectivo, es decir, los diez o doce libros de siempre más alguna recomendación que suele terminar en la segunda fila de las estantería. Y ahora Bernhard arrancándome sonrisas desde la tragedia. Sus libros nunca ocuparán la fila de atrás. Ni en la estantería, ni en la memoria. Un placer volver a encontrarme con él otra vez. Un peligro exquisito.

25/12/05

Préstamos


Prefiero regalar los libros que me piden prestados. Mis ejemplares suelen estar llenos de anotaciones personales que convierten ese libro en algo muy de uno. Si se pierden o se quedan en casa ajena también lo hace esa lectura que hice de joven y fue errónea, o aquella que me descubrió a un autor que me influiría decisivamente, o alguna frase que se me ocurrió escribir pensando en una mujer o en mí mismo. Lo que sea, es igual, pero siempre queda en peligro algo íntimo en cada préstamo. Mejor se compran, se regalan y se acaba el problema.
Sin embargo, como suele ocurrir en esta vida, un buen día descubres algo que has tenido cerca, que podrías haber hecho antes y que es inquietante, divertido.
Hace unos días regalé tres libros a la misma persona. Alumno capaz de agarrar una idea y convertirla en un buen relato. Con cuatro cositas arma un texto con sentido, expresivo, hondo. Muy despistado tengo que andar si me equivoco al afirmar que este hombre puede llegar a ser un buen escritor. Decía que regalé tres libros. Uno de ellos iba a ser “Tala” de Thomas Bernhard. Es una de mis obras favoritas. Y digo que iba a ser porque finalmente lo cambié por un ejemplar de “El origen” del mismo autor. “El halcón Maltés” de Samuel Dashiell Hammett y “La buena letra” de Rafael Chirbes eran los otros dos. Son muy diferentes entre sí. Excelentes los tres, pero mientras que leyendo a Hammett podemos ir observando la construcción de una trama soberbia, leyendo a Chirbes entendemos lo que significa la expresividad y lo profundo de la literatura. Bernhard, con esa escritura en espiral, hace que el que se acerca a su obra por primera vez quede fascinado por el uso de un registro determinado (uno aprende que la literatura no es contar una buena historia, que es el punto de vista unido a una técnica determinada lo que convierte esa historia en algo bien diferente).
Pues bien, fue “El origen” y no “Tala”. Lo que pasó es que abrí la novela de Bernhard y, sin darme cuenta, comencé a subrayar, a anotar algunas cosas que iban apareciendo. Es decir, estropeé el regalo. Había leído cerca de ochenta páginas y la cosa no tenía remedio. Al entregar el paquete expliqué lo sucedido y él me pidió “su” ejemplar de “Tala”. Le daba igual. Le encantaría tenerlo en esas condiciones. Así lo hice.
Hoy me dice que él también ha ido anotando en los márgenes. Que es curioso ver como un mismo libro va abriendo expectativas tan iguales y tan diferentes a la vez en un lector o en otro. Y es verdad. Estoy deseando mirar esas notas para compararlas, para aprender más de la novela, para descubrir aspectos de una lectura que quizás nunca hubiera realizado. Pero lo que a mí más me agrada es saber que, a pesar de las diferencias entre su lectura y la mía, ambos estamos dando vueltas en esa espiral que el personaje de Bernhard crea desde su sillón de orejas. Eso es literatura. Un mundo creado en el universo de la ficción en el que, paradójicamente, cada uno interpreta su papel de hacedor sobre lo que ya esta hecho, porque sin ese lector convertido en semi Dios todo está falto de vida y nada sería.
Estoy empezando a pensar seriamente si tengo que comenzar a prestar mis libros. Con anotaciones y todo. Desde luego a él sí se los pienso dejar.