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31/1/10

Nombres (13)


Guzmán

Levanta las cejas. Apretando los labios, abriendo ligeramente los ojos. Un movimiento rápido. Sencillo. Algo ha descolocado un orden que él reconstruye en ese instante. Porque sabe que eso, el orden, es lo que uno puede imaginar.
Mientras, millones de personas corren en dirección al sonido que una vida mentirosa obliga. Él aguarda a que regresen llenos de polvo, sudorosos. Con las manos vacías. Se sienta frente a su cuaderno de piel negra. Papel rayado. Escribe. La letra pulcra, acompasa el ritmo de la respiración con el movimiento de la muñeca. Duda un instante. Es entonces, como cada vez que eso ocurre, cuando alarga la mano izquierda para acariciar un libro heredado mucho tiempo atrás. Le tranquiliza. El tacto le hace recordar que, si hace las cosas convencido de que así han de ser, todo está en su sitio. No hay otro camino posible, piensa. Continúa con la escritura. Millones de manos vacías podrán agarrar algo para no caer más. Un orden construido en soledad mientras corren hacia el sonido que produce una mentira enorme, sigue pensando hasta que levanta la mano y sujeta el cuaderno.
© Del Texto: Gabriel Ramírez Lozano

Nombres (12)


Gustavo

En el bar apenas hay clientes. Toman café. Charla tranquilamente con su buen amigo. Otra taza.
- Y tú ¿tienes algo de lo que arrepentirte?
- Jamás me arrepentiría de nada. Lo hecho, hecho está. Vaya, he tirado todo el azúcar. ¿Me pasas otro sobre?
- Te envidio, de verdad. Me gustaría mucho ser así, dice mientras observa el temblor en la mano. Agarra el asa de la taza. Antes de llevársela a la boca, levanta la vista moviendo los ojos. Sólo los ojos. No dice nada mientras comprueba que ese gesto es nuevo para él.
Se despide. Toma el autobús. Hace el trayecto de pie apoyando la espalda en la ventanilla de emergencia.
Abre la puerta de casa. Al cerrar se queda inmóvil. Las llaves en la mano, respirando con la boca entreabierta, mirando al frente. No le gusta su casa. Todos los recuerdos que rezuman las paredes le parecen odiosos. Nunca debió dejar que eso ocurriera, piensa. Gira de modo imperceptible la cabeza para escuchar un sonido inventado. Un saludo. Cualquier cosa. Cierra los ojos. No puede más. Se arrodilla apoyando las nalgas en los pies, las manos en los muslos. Comienza a reír. Hay que joderse, cómo nadie quisiera ser así, cómo nadie puede envidiar esto. Hay que joderse.
© Del Texto: Gabriel Ramírez Lozano

4/1/10

Madurar


Fue cuando tenía siete años. Un vecino me lo dijo. Los Reyes Magos de Oriente desaparecieron del mapa para siempre. Todo se convirtió en lo que ahora es. Lo real. Fue como recibir un gancho en el hígado. Pero un crío con siete años tiene capacidad suficiente para convertir una gran decepción en una gran ventaja frente a los adultos. Fingir aquí y allí, poner cara de no saber nada de nada, disfrutar de unos mayores empeñados en hacerte feliz a base de regalos. Fue fácil superar aquello.
Durante algunos años pensé que los Reyes Magos habían desaparecido para siempre sin saber que la vida está llena de ellos que terminan, como los “auténticos”, siendo un engaño terrible.
Las decepciones, cuanto más inesperadas, más se parecen a aquel primer descubrimiento de la mentira. A esto se le llama perder la inocencia, o hacerse mayor, o cagarla. Incluso algunos lo llaman madurar.
La vida está llena de baches que la convierten en una especie de carrera de locos en la que puedes encontrar a Pierre Nodoyuna y su lindo pulgoso, Pedro bello, Penélope glamour, tú mismo convertido en el villano que deja pedruscos en el camino o un buen montón de TNT marca Acme. Madurar es descubrir que tu padre no es ese héroe invencible ni tu madre la dama de las camelias, que el matrimonio es la más difícil de todas las pruebas posibles, que un amigo puede “hacer dedo” en la carretera y subir en el coche del enemigo para saludarte en la primera curva peligrosa con cara de angelito. Cada día descubres que no existen las hadas, ni sus majestades, ni Santa Claus. Ni tú mismo que acabas de echar a la cuneta a otro que te adelantaba por la derecha. Esto es más complicado de superar.
La buena noticia es que, con el paso del tiempo, aprendes que lo único importante es que los Reyes Magos que negaste son los que están en su sitio cada año, que dejan regalos debajo del árbol engalanado, rodeado de pares de zapatos brillantes, llueva, nieve o caiga la mundial. Es lo único verdadero porque es en lo único que creíste sin límites. Con toda la inocencia del mundo. Cuando tus padres eran invencibles y maravillosos. Cuando el universo se movía con tranquilidad para que cada cosa estuviera en el lugar justo.
Mañana dejaré los zapatos recién cepillados donde toca. Pensaré al acostarme que todo es verdad, pediré lo imposible por si las moscas. Una noche así puede ser mágica. Es la única del año en que la verdad se apodera del cosmos. Seré obediente desde la inocencia y me obligaré a dormir pronto para no ver a los magos. Total es un día de trescientos sesenta y cinco.
© Del Texto: Gabriel Ramírez Lozano

6/5/09

Haciendo amigos


G. llegó a la tierra a bordo de un artefacto de última generación, modelo Ovlov. Después de arrasar un par de pueblos por completo (quería saber si de un solo disparo podría hacerse), abandono la nave y comenzó a reptar por la carretera que llevaba a la primera y última gran ciudad que vería en su vida.
Al llegar, se transfiguró adoptando el aspecto humano. Eran instrucciones precisas de su comandante en jefe. Pelo claro y largo, dos pechos excesivos para la altura de G. (1,22 metros), el cutis picado de viruela y un pene erecto que movía exageradamente al contonear exageradamente unas grandes caderas.
Entró en el bar. Un lugareño comenzó a reírse de su aspecto. Iba desnudo, todo hay que decirlo. Otro de los lugareños, el más corpulento, le golpeo en repetidas ocasiones mientras gritaba que el zoo estaba en el otro lado de la ciudad. Un tercero se apiadó. Le agarró del brazo, tiró de él y le llevó a una esquina del establecimiento. Pidió un refresco, se lo entregó y miró atónito como G. comenzaba a hincharse hasta explotar.
En el bar toman, desde entonces, las bebidas carbonatadas después de moverlas con un palillo. Dicen que  por miedo a no poder dormir a causa de los gases. 
© Del Texto: Gabriel Ramírez Lozano