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27/5/10

Tiempo


Los mapas crecen a medida que pasa el tiempo. Lo que fue distancia se ha convertido, sin saber cómo, en infinito. Una ciudad cualquiera es, ahora, un recuerdo de otros tiempos que, en el olvido, juguetea con aquello que nos dijimos antes de caminar por la playa. Todo es hace mucho tiempo. Hace mucho tiempo soy ahora. Lo que va quedando.
La línea roja que dibuja un trayecto perdió el sentido cuando acabó. Pero, hoy, llega en forma de rostros que reposan frente a una montaña entonces inmensa.
La vida se desmaya mirando retratos.
Un gesto sujetando la caída desde lo más alto del pasado pintado en un puñado de palabras que encuentro en el diccionario al escribir. Eres sagrada, perfecta, bondad o acuarela. Y, quizás, al pasar la página, las palabras oscurecen el papel hablando de aquella herida en el hombro o de un milagro imposible.
La vida se desmaya entre tus dedos.
© Del Texto: Gabriel Ramírez Lozano

grant green - God Bless the Child






24/5/10

Mi turno


Estoy cansado. Hoy nada de escribir, nada de pensar en nada que esté más allá del cigarro que me estoy fumando o la copa que me pienso tomar dentro de unos minutos. El día ha sido largo, intenso. Pero se acaba. Y quiero que sea de la forma más tranquila que sea posible.
Los niños descansan. Unos leen, otros ya duermen. Escucho la música que más me gusta. Una comedia de Jaime de Armiñán en la mesa. La que voy a leer tomando esa copa. El mundo muy quieto, muy donde debe. Y la única preocupación soy yo mismo. Es decir, no hay preocupación.
Les dejo con una de mis canciones preferidas. Si se animan y me acompañan con cigarro y copa serán bienvenidos. El día se acaba. Comienzo yo.
© Del Texto: Gabriel Ramírez Lozano


Stanley Turrentine - Manha de Carnaval






Sociedad ecológica


Las bombillas incandescentes se diferencian de las de bajo consumo en que iluminan más y más rápido. Consumen mucha energía (las incandescentes) y son mucho más contaminantes, pero alumbran de maravilla. Yo, que comienzo a tener problemas con la vista, agradezco mucho leer con una luz suficiente e instantánea. Eso de esperar a que la bombilla termine de dar luz y que sea una luz menor me gusta poco.
Lo mismo me pasó siempre con los profesores. A mí me gustaban los incandescentes. Desde el principio te envolvían en un discurso casi violento por su potencia. Faltar a una de sus clases era perder una oportunidad. Lo que no sabía nunca es qué me perdía, pero era algo seguro. Consumían mucha energía del alumno. Eran altamente contaminantes porque te marcaban la forma de pensar. Eran el antes y el después de un pensamiento desordenado o enano. Eran enormes. Una sola frase, una sola, era suficiente para salir de su aula con la mente acelerada. Eso era luz y no de las bombillas de bajo consumo.
Y, más de lo mismo, me pasó con los escritores mientras fui joven. Esos que alumbran menos aunque duran más (escritores de best sellers o los que encuentran un hueco en el que mantenerse durante años escribiendo libros y libros, mediocres y mediocres) no me interesaron nunca. Me gustaba abrir el volumen y deslumbrarme para siempre. Y cuando digo para siempre me refiero a para siempre. Hoy sigo estándolo con algunas novelas leídas hace ya muchos años.
No sé si las bombillas incandescentes son tan malas como dicen. No lo sé. Lo que sí puedo afirmar es que las de bajo consumo me impiden leer como quisiera. Los malos profesores (los de bajo consumo) me impidieron mirar las cosas como era preciso. Y los malos escritores hacen que la gente se convierta en bombillas de bajo consumo. Total, que al final, alguien se ha salido con la suya. Todos somos bombillas maluchas para que nadie vea las cosas con claridad. Qué cosas.
© Del Texto: Gabriel Ramírez Lozano

Dinah Washington - Come rain or come shine






21/5/10

Soledad deseada o no


No creo que exista algo más placentero que la soledad deseada. Eso que te protege del mundo cuando todo se hace hostil, incómodo o ajeno. Eso que te permite sentir que yo soy yo, que lo importante tiene que ver conmigo porque si falto el resto desaparece por siempre jamás.
Querer estar solo, ser solo Llega en el momento de asumir algunas cosas como lo que son, estafas que se convirtieron hace mucho tiempo en forma de vivir.
¿Qué es eso de amar sin límites, amar sin esperar nada a cambio? ¿Qué es eso de entrega total cuando se ama? Si no se ama de esa forma ¿no es amor lo que se maneja? ¿No será que el amor tiene más de nuestra propia vocación (el deseo de ser infinitos cuando somos todo lo contrario) que ese ser por otro o por cualquier otra cosa? El ser humano quiere ser por siempre, por eso se reproduce, por eso quiere a uno y no a otro, por eso desea ser más. Podemos disfrazarlo con amores enormes, con trabajos titánicos, pero lo que queremos es perdurar de forma constante.
Si alguien se plantea algo así necesita de la soledad. Cuando asaltan las dudas, cuando nos planteamos los porqués. ¿Qué pinto yo intentando tener importancia en este mundo? ¿Dónde me lleva semejante idiotez? La soledad es reflexión, es mirar al espejo en el que se puede ver el mismo cadáver de siempre, el mismo que adoramos con frenesí, ese que es (este sí que lo es) nuestro amor verdadero. La soledad es querer ver siempre un rostro en ese espejo. Cuando no sea el mío que sea el de mis genes ordenados de forma parecida, en un volumen leído por muchos, en un epitafio que resuma un esfuerzo.
La única forma de ser es estar solo. Preguntarse contestando con la siguiente cuestión que aparece obligada. Si llegamos al punto en que una contestación sirve y zanja, el camino fue el equivocado. Soledad es sentir que vives, que mueres, que nada quedará salvo un recuerdo en otro. Soledad es verdad. Es yo.
© Del Texto: Gabriel Ramírez Lozano

Elvis Costello and Burt Bacharach - Ill Never Fall In Love Again






20/5/10

Reflexión enana sobre el perdón


Todos pagamos el mismo precio por las mismas cosas. Y, casi siempre, es infinito. Eso del perdón no existe. Queda precioso el decirlo, el prometerlo, pero pierde lustre un instante después cuando se hace imposible. Nadie perdona nada. Es verdad que los más hábiles lo arrinconan y procuran no acercarse (se terminan arrimando para no olvidar lo que tienen guardado o para mostrarlo de vez en cuando). Es verdad que el tiempo hace todo un poco más llevadero. Todo eso es tan verdad como que basta nombrar el problema para que todo sea como antes de prometer el olvido.
Me encantaría decir otra cosa, pero es algo de lo que estoy convencido. Lo he catado y sé lo que digo. Veo lo que pasa a mi alrededor y compruebo que una cosa es la estampa y otra lo que sólo dos ven. El perdón no existe. Sólo la eterna expiación. Demoledora, pesada, destructora.
¿Por qué no puede ser? ¿Por qué? Quizás lo que ocurre es que el perdón a uno mismo nos lo negamos sujetos a esa culpa que nos enseñaron de niños, esa costra que te envuelve toda la vida, por siempre jamás. Quizás es que somos incapaces de ver más allá de nuestro yo, incapaces de aceptar algo que existe aunque no sabemos fabricar. Quizás es que el perdón es algo inventado que nos permite pensar que somos eso que llamamos humano. No lo sé. Lo único cierto es que el precio es alto, la vida entera que se queda atrás como un despojo del que nadie se acordará. La vida de todos.
© Del Texto: Gabriel Ramírez Lozano

Dexter Gordon - Until the real thing comes along






Lista de urgencias


Mientras le llenan de alambres la boca a Guillermo Ramírez he decidido que voy a anotar las cosas que me quedan por hacer de aquí al día que me muera. Lo haré empezando por lo más urgente o importante. Comienzo.
1. Convertirme en metrosexual.
2. Sacar el euro que hay entre el asiento del coche y la palanca de cambios.
3. Volverme completamente loco.
4. Seguir las flechas azules.
5. Volar hacia una nube de cenizas en un jet privado.
6. Confesar al tendero que fui yo el que desenchufó la máquina de helados.
7. Aceptar una oferta que no pueda rechazar.
8. Convocar un premio literario exclusivo para señoras que me llamen Grabié.
9. Ordenar el trastero.
10. Demostrar al mundo entero que el hombre nunca llegó a la luna.
Pues nada, manos a la obra.
© Del Texto: Gabriel Ramírez Lozano

nat king cole - unforgettable duet with natalie cole






6/5/10

Ilusionarse


Miras el objeto, a él, a ella; buscas detalles necesarios, urgentes; eliminas las aristas con una mirada que rastrilla para no ver esos minúsculos picos; todo el contorno aparece con la perfección de lo recién nacido.
Miras el objeto, a él, a ella, para construir una ilusión. Inventas una historia larga, toda una vida que se pega al objeto, a él, a ella. Fabulas.
Ilusionarse es inventar. Pero no inventar cualquier cosa, no, inventar el mundo que se soporta en un eje nuevo, en el que te transformas. Por arte de magia, de tu propia magia. Eres el eje que lo hace girar todo. Un todo teñido de un objeto, de él, de ella.
Pero un día eres tú el que da vueltas alrededor. La ilusión ha desaparecido del otro lado. Las aristas apuntan asesinas en todas las direcciones posibles, la mirada busca sin poder atrapar lo deseado, donde había picos minúsculos hay lanzas envenenadas. Porque sólo con la ilusión de dos es posible continuar. Dos ejes que hacen girar la misma ilusión compartida, miradas engañadas por el vértigo que producen las vueltas sobre otras vueltas. Un giro constante alimentado por la fabulación de ambos o la persistencia en el tiempo de las cosas. Uno deja de fabular, de existir, de ser único, y los círculos, hasta ese momento perfectos trazando las intersecciones exactas se convierten en elipsis, espirales o, si la fantasía cesa, en líneas rectas.
Ilusionarse es inventar, inventarse un objeto, a él, a ella. El mundo.
© Del Texto: Gabriel Ramírez Lozano

Al Jarreau - Rainbow in your eyes (Live)






5/5/10

Decidir


Hay que tomar una decisión. Por mucho que hayas pensado, por más vueltas que dieses durante horas o días, la decisión es cosa de un instante. Sí o no. Esto o aquello. Me quedo o continúo. Un instante y tu vida es otra, te quedas atrás para ser nuevo, el resto es ahora o tremendamente antiguo. No, sí, dudo. No te pegues un tiro que ya me lo pego yo por ti. Decidimos. Morimos. Nacemos. Nos convertimos en un recuerdo. Volvemos a ser. Desaparecemos. Matamos. Un instante. Una vida detrás. Lo incierto por delante.
Un gesto, un ataque de humildad, pura soberbia o ira. Da igual lo que te domine en ese momento. La decisión se toma igual. Y la vida cambia igual. Y morimos un poco igual, errando o acertando. Renunciamos sin saber porqué, pero lo hacemos. Señalamos el lugar equivocado intuyendo que nada tendrá solución, pero extendemos el dedo porque toca jugar a la vida.
Un instante. Una decisión. La espalda o un abrazo. Y así llegamos a ser.
© Del Texto: Gabriel Ramírez Lozano

blue mitchell - How Deep Is The Ocean






2/5/10

Caminando despacio


Vengo de dar una vuelta por el centro de Madrid. No me apetecía gran cosa, pero no quería cargar con el título de hijo que no regala nada (de nada) a la madre el dos de mayo. Mi edad me impide solucionar la papeleta con un dibujo lleno de colores y una frase adornándolo. Mamá, te quiero (o algo así). Así que tocaba caminar sin rumbo exacto.
El centro de la ciudad está lleno de gente. Me temo que muchos de los que andan por allí a estas horas piensan en lo cómodo que resultaba lo de agarrar papel y ceras de colores el día antes. Como la alergia me obliga a caminar despacio (la fatiga aparece diez metros después de comenzar el paseo) tardo el doble de tiempo en llegar de un sitio a otro. Aprovecho para mirar todo con mayor atención. El suelo, los edificios (¿cómo no miramos más y mejor las partes altas de los edificios cuando, sin duda, son un espectáculo maravilloso?), a un policía aburrido que mira su móvil por si alguien le dice algo, a una mujer que hace la calle y bosteza aburrida, a un anciano sentado en un banco de madera que dormita cansado de vivir, gente aburrida que mira a gente aburrida, que se cruza entre sí sin ton ni son.
Hoy regreso con la sensación de vivir en un mundo hastiado de sí mismo, que no se soporta, un mundo que se cae fatal. Dentro de una sociedad mostrenca que alimenta esa sensación suicida colocándonos frente a televisores, pantallas de ordenador o espejos convertidos en capillas en las que se idolatran imágenes de plástico (nuestro reflejo, al que adornamos a diario para poder continuar, piel muerta disfrazada de ego poderoso). Aburrido el mundo. Triste el mundo. Cansancio que rebosa por cada poro del cemento de la ciudad. O de la piel que cae sin vida al lavabo.
Me pregunto qué es lo que nos impide sonreír con verdad en el gesto, qué es lo que nos arrastra hacia atrás, siempre hacia atrás, qué dibuja la ciudad con brochazos toscos. Quizás sea la obsesión por avanzar. Me pregunto qué es eso de construir un futuro. Si hace diez años nos hubieran dicho que esto que vivimos era nuestro futuro ¿hubiéramos querido seguir o hubiéramos intentado cambiar las cosas? Construimos un presente aburrido y lleno de mugre entre grandes aspavientos, entre la proclamación de un futuro mejor que consiste en poder cambiar un dibujo de colores por un perfume caro. Eso es todo. Las cosas van bien si el monedero está lleno. Y el mundo, mientras, enferma de aburrimiento.
Al regresar, he ido hasta mi habitación para ver con detalle los regalos que los niños han hecho a su madre. Un libro precioso en el que cada página pertenece a una letra del abecedario, a un dibujo y a una frase escrita con una caligrafía dudosa en el trazo. Un corazón de plastilina con imán para la nevera, una tarjeta que afirma que la mejor madre del mundo anda por aquí. Y es lo único divertido y auténtico a lo que me puedo agarrar un día como hoy. Un día en el que, fatigado, he visto como la ciudad frunce el ceño y tuerce el gesto esperando que alguien haga algo que no sea pensar en que mañana será otro día.
Y ahora, con papel y ceras, voy a dibujar algo.
© Del Texto: Gabriel Ramírez Lozano

Coleman Howkins - I Remember You






26/4/10

Soy un replicante (2)


Ser un replicante es una bendición si los demás no lo saben (lo somos todos, pero casi nadie está enterado de ello porque no lo dicen en la televisión). Haces las cosas, te toman por loco y sigues tan feliz haciendo lo que te da la gana.
Una de las cosas que caracteriza la vida oculta de un Nexus 6 es su facilidad para descojonarse del mundo entero. Mientras los Nexus 6 ignorantes de su condición, es decir, casi todos, dedican buena parte del día a lamentarse por la vida que llevan, yo miro, por ejemplo, la fotografía del Papa mientras celebra la misa del gallo en navidad. ¿Alguien puede ver algo así sin sufrir un ataque de risa?
Seré sincero al reconocer que esta forma de ver las cosas con sonrisa incluida tiene más que ver con otra cosa (lo de las imágenes graciosas son anecdóticas incluso para un replicante que sabe que lo es). Es fácil poder sonreír a pesar de todo. El secreto es tatuarse, si es posible en los antebrazos, unas frases. Si esto es una mierda lo que venga será mucho peor; todo empeora si tienes cara de haba. Lo malo, si luces cara de pedo, se convierte en un asco. Mejor sonreír. Dado que las frases quedan algo largas, lo mejor es realizar el tatuaje comenzando en el codo y terminando en la muñeca. Las frases irán rodeando el brazo como si fueran las rayitas de un tornillo. Cualquier lector podría leer lo que dice dando vueltas a su alrededor por lo que se podría usted sentir muy idolatrado. Cabe la posibilidad de tatuarse la espalda y aprovechar los espacios libres con motivos diversos. Leer esa frase a diario (los tatuados en la espalda lo harán frente a un espejo y el cuello tirante), leer esa frase, decía, produce un efecto totalmente beneficioso en el individuo (replicante ignorante de serlo). Por ejemplo, está usted en la ruina más absoluta y vergonzante. Lee su tatuaje y piensa, joder, si podía estar vestido como el Papa en navidad y viéndome millones de personas con esas pintas. Y la cosa cambia. Siempre hay algo peor. Y un Nexus 6 lo sabe muy bien. Porque los replicantes saben (sabemos) que descubrir las cosas en su verdadera dimensión suele ser muy doloroso. Siendo persona te enseñan cosas como que el amor es maravilloso y limpio; que odiar es algo horrible, imperdonable; que la amistad es inquebrantable o que (sobre todo en occidente) todo lo que huele a pecado es un territorio prohibido, pase lo pase. Pero se suceden los años, los cimientos que eran robustos dejan de poder con tanta carga, con tanto tiempo pasado. Y te conviertes en un bonito y maravilloso replicante Nexus 6. Los pilares no pueden cambiarse así como así. De persona a replicante el cambio es más sencillo. Ya saben lo del tatuaje y eso. Las personas manejan los conceptos, los manejan a su antojo, los modifican. Y el amor se convierte en una auténtica mierda, por ejemplo. Los replicantes se limitan a mirar, a rebajar hasta donde pueden los efectos de esa manipulación, sin creerse nada. Y luego miran fotos del Papa. No hacen de nada una tragedia que supere la que significa existir. La flexibilidad de un replicante es grande. Lo que se viene conociendo como “tener manga ancha”. Por eso, el sentido del humor es fundamental. Y es lo que falta en el mundo. Es así de sencillo. Nos tomamos demasiado en serio la vida.
Todo esto lleva a que te tomen por loco o tarado o raro. Pero lo bien que me lo paso desde que soy un Nexus 6 no tiene precio.
Les mantendré informados sobre lo que suceda. Sigan atentos.
© Del Texto: Gabriel Ramírez Lozano

25/4/10

Soy un replicante (1)


Ya puedo afirmarlo sin miedo a equivocarme. Soy un Nexus 6. Algo especial, eso sí, pero un replicante al fin y al cabo. Supongo que recuerdan la película en la que Harrison Ford se dedicaba a eliminarlos. Se titulaba Blade Runner. Se sigue titulando, claro. Bueno, el caso es que los Nexus 6 eran creaciones de la ingeniería genética que imitaban casi a la perfección a las personas. Tanto que terminaban desarrollando capacidades propias del género humano. Finalmente, amaban, sufrían, odiaban y querían matar al que representara algún peligro para ellos. De hecho, si podían les mataban en el acto.
Reconozco que soy un Nexus 6 que va a menos. Es decir, amo, odio y sufro, cada día menos. Lo de querer matar a algunos lo llevo mejor. Me mantengo estable. Pero, vaya, no pasaría un casting para hacer de secundario. Me estoy quedando en nada.
A pesar de todo, conservo la capacidad de pensar. Y, como todo el que piensa (replicante o humano), termino haciéndome preguntas. Por ejemplo, ser un replicante en fase de regresión, lleva a formular preguntas como ¿por qué amo menos, odio menos o dejo de sufrir (cada vez más)? La sagacidad de un replicante es grande por lo que dar con la respuesta ha sido fácil. El mundo es un coñazo. Así de sencillo. No me apetece amar a cualquiera, odiar al primero que pasa por delante o sufrir por un quítame de aquí estas pajas. Casi nada merece la pena. Casi todo es estéril. Habrá quien piense que esto es cosa de amargado o tipo extraño. Pero no. Esto es cosa de replicante Nexus 6. A algunos les da por matar y a otros nos da por pasar.
Más preguntas. ¿Por qué soy yo un replicante si cuándo nací era una personita de carne y hueso? ¿Qué fue eso que me modificó en esencia? Oh, dioses del universo (ir de regreso genera en los replicantes una necesidad imperiosa de creer en todo tipo de dioses e invocarlos), oh, dioses del universo, ¿qué me pasa, qué terribles padecimientos me esperan?
Dado que los replicantes somos, además de sagaces, muy intuitivos, he dado con la respuesta en tiempo record. Visto y no visto. Y es que creer que el resto de personitas son eso, personitas, es un error. Porque, en realidad, todos son, somos (usted también, querido amigo) replicantes en potencia. Corran a decirlo, avisen al resto de la humanidad, lloren de alegría, griten mientras bailan y anuncian la verdad. El problema no es de cambios esenciales. El problema es que a todos, el mundo, nos parece un coñazo. Y el asunto de los terribles padecimientos se queda en anécdota si pensamos en que nos podíamos quedar siendo personas a secas. Ser un replicante mola. Sobre todo si vas a menos como yo.
Ahora sabemos, por fin, que ambos, usted y yo, somos Nexus 6. Y no vaya a decirme que no, que usted es una persona humana muy persona humana porque no cuela.
Encuadrados en los grandes descubrimientos que realizo al pensar, quedan asuntos como, por ejemplo, las razones por las que escribo, o por las que quisiera prejubilarme con cincuenta años, o estar inscrito en una red social pensando que es una estupidez absoluta. Son cuestiones que iré descubriendo en este blog. Pero será poco a poco, No quisiera que nadie se deprimiese o algo al saber estas cosas.
Les mantendré informados.
© Del Texto: Gabriel Ramírez Lozano

Sonny Rollins - In A Sentimental Mood






24/4/10

Cosas viejas


Escribir es, al fin y al cabo, aprender a bailar con una consciencia torpona con las cosas de cada día. Y escribir es, con seguridad, una forma como otra cualquiera de bailar sonriendo. Tarde de sábado. Un buen momento para recordar cosas escritas no recuerdo cuándo ni porqué. El que quiera compartir puede hacerlo en estos enlaces.
© Del Texto: Gabriel Ramírez Lozano

La Mañana del Revés

14/4/10

Al cuartelillo


Hoy ha sido un día extraño. Vuelve a llover, me siento agotado por la falta de tiempo y un inmenso trabajo que no parece disminuir por mucho esfuerzo que haga, he tenido que resolver un par de problemas después de cometer errores de principiante, he tenido que leer cuatro o cinco textos estúpidos escritos con una extravagante dosis de mala leche que ni siquiera me han irritado y, echando un vistazo alrededor, tengo la impresión de estar rodeado de gente ajena. Todo lejano.
Son los días que se me hacen extraños los que aprovecho para pensar en anécdotas, más o menos, amables. Viejas o recientes, eso da lo mismo, aunque debe ser cosa de la edad por lo que tengo tendencia (de un tiempo a esta parte) a deslizar el pensamiento hacia cosas que ocurrieron hace muchos años. Cosa de la edad o necesidad vital de pensar en cosas que me hicieron reír sin parar. Y esas cosas solo ocurren cuando uno es joven.
Mientras conducía intentando evitar el perpetuo atasco de Madrid (y sin razón aparente) me ha venido a la cabeza esa noche en la que cuatro jovencitos nos metimos entre pecho y espalda un jamón serrano y, entre medias, una caña de lomo. Dejamos el codillo y el cordón del lomo intactos, eso sí. Lo malo de todo esto no fue comerse un jamón serrano y una caña de lomo. Lo malo es que, después de amanecer, prontito, sin tiempo para reaccionar por la falta de tiempo y el estado en el que nos encontrábamos, llegaron los padres propietarios de la viandas, de la casa que habíamos dejado patas arriba y de la caja de botellines de cerveza vacíos (poco antes llenos, claro). La cara de aquella pareja no se me olvidará nunca. Para arreglar el asunto, el hijo de los propietarios de aquel desastre, se excusó diciendo (muy pomposo él) que aquello era producto de una urgencia, que hubo que intervenir (lo decía con el cuchillo jamonero en la mano derecha y el codillo en la izquierda), que creíamos que había sido una embolia. Las carcajadas se debieron oír en Moscú y la cara de la pareja se desencajaba por momentos ante ese panorama. Nos echaron. Hijo incluido. Pero aquello no fue más que una excusa para ir a desayunar al pueblo. Allí llegamos con nuestro Seat 850 especial. El conductor aparcó justo (sin errar un milímetro) en el único lugar que había una alcantarilla abierta. Rueda trasera derecha dentro. Unos cuantos paisanos nos ayudaron a sacar de allí el coche. Alguien decide tomar el café en otro sitio. Todos dentro. Marcha atrás para salir. Resultado: rueda delantera derecha dentro. Los paisanos de ríen, nosotros nos trochamos sin poder hablar, con dolor de barriga por tanta carcajada, y detrás de ellos aparecen dos miembros de la benemérita con tricornio y todo. Se acercan con una cara de mala leche miedosa. Nos piden la documentación de vehículo. El copiloto (ese era yo) busca en la guantera y encuentra unos papeles que entrega con sonrisa afectuosa. Resultan ser (los papeles) un tebeo. Resultado: al cuartelillo. Cinco horas hasta que mi padre nos rescató.
En fin, el recuerdo me parece muy simpático. La lectura no lo sé, pero hoy me da igual.
Ha sido un día extraño. Vuelve a llover y no sé qué más cosas absurdas y extravagantes han pasado. Y me he reído yo solo a carcajadas cuando intentaba evitar un atasco enorme porque he recordado que fui joven.
© Del Texto: Gabriel Ramírez Lozano

michael buble - Moondance






11/4/10

Pesadilla


G. ha salido a comprar el pan, un par de periódicos y una lata de pimiento morrón. Camina saludando a todos los conocidos, a los que no ha visto en su vida e, incluso, a los que no están. Siempre se ha considerado un tipo de lo más educado. No quiere que su reputación se venga abajo.
En la panadería compra media docena de palmeras cubiertas de chocolate. En el quiosco, diez bolsas de cromos. Cuando llega a la tienda de ultramarinos (en su barrio quedan abiertas treinta y seis mil) pide kilo y medio de habas, cuarto y mitad de bacalao sin espinas y un puñado de polvorones que pesa el tendero con la romana de toda la vida. Trescientos gramos bien pesados, dice. G. calcula que, como mucho, en el paquete hay cien gramos.
De regreso, G. decide pasar a un salón en el que se reúnen masones para discutir de sus cosas. Espera encontrar un gran número de ellos aunque es domingo y las reuniones están programadas los martes y jueves por la noche. Su decepción es grande. Cada domingo le sucede lo mismo. Pero no termina de acostumbrarse. Sale cabizbajo.
De buenas a primeras, se le aparece Dios. G. le invita a ir al cine. Sesión matinal. Dios le recuerda que él está en todas partes incluyendo los rodajes de películas, que ya la ha visto, que se sabe los castings y todo.
Decepcionado, se va a casa. Siente sed. Como dicen que el pescado la alivia, muerde y mastica el bacalao.
Piensa en lo que puede ser la felicidad. Y cuando le ha dado las vueltas suficientes decide dormir para poder soñar con un mundo perfecto. Cierra los ojos. Duerme.
G. camina por su calle. No saluda a nadie. Intenta que no le vean. Se siente anónimo y cualquier otra cosa le inquieta. Ha comprado una pizza precocinada en la tienda de la esquina, en la que te despachan unos señores orientales que sonríen sin ton ni son. El dinero no da para más. Corre para llegar a tiempo. La iglesia abarrotada de señoras envueltas en sus abrigos de piel. Busca a Dios desde siempre aunque no es capaz de adivinar dónde puede encontrarle.
Despierta. Le ha debido sentar mal el bacalao. Una pesadilla. Decide liarse con los polvorones. Siente cierta pesadez en el estómago. Nada mejor que los polvorones.
© Del Texto: Gabriel Ramírez Lozano

Al di Meola, Paco de Lucia, John McLaughlin - Spanish Guitar - Flamenco






8/4/10

En el tren


El día ha sido largo. En pie desde las cinco y media de la mañana. Cuando comienzo a escribir este texto parece que nunca hubiera dormido. Son las nueve y veinticinco de la noche. Viajo en tren. De Sevilla a Madrid. El día ha sido largo, muy largo.
Hace ya mucho tiempo que soy mayor para algunas cosas. Los viajes a causa del trabajo que tanto me divirtieron hace algunos años se han convertido en una tortura. Yo lo que quiero es estar en mi casa haciendo lo que más me gusta. Cuidar niños, poder coger mis libros y leer alguna página suelta por la razón que sea, sentarme a escribir o charlar tranquilamente sobre las pequeñas cosas que dibujan mi vida. Hace ya mucho tiempo que me siento mayor para fingir que soy otro más alto, más guapo y más listo. Incluso me siento mayor para ser mayor.
Hacerse viejo es incómodo. Más que nada porque sabes que te morirás más pronto que tarde. Y eso no mola. Pierdes reflejos, ganas en torpeza, la vista se cansa un poco más cada línea que lees, los niños te parecen muy niños (es insultante que alguien nacido en este siglo ya sepa hablar), envidias a los jóvenes; los de tu edad te parecen mucho más viejos, más torpes y más cegatos que tú mismo; y los ancianos te recuerdan que prontito serás eso que ves. Y eso tampoco mola.
Pero lo peor de todo es hacerse viejo en un vagón de tren. Nadie te conoce, nadie se percata de lo que está pasando realmente, nadie quiere saber nada de tu inminente vejez, ni de lo joven que fuiste alguna vez. No soy nadie y aquí no hay un alma. Quiero llegar a mi casa para hacerme mayor rodeado de niños gritando.
Y ahora lo que voy a hacer es envejecer durmiendo. Muchas horas sin dormir. Y el movimiento de tren invita a descabezar un sueño. Ya he tenido bastante por hoy.
© Del Texto: Gabriel Ramírez Lozano

4/4/10

De la importancia del escribir


Extracto de la entrevista al escritor indio Ranjiv Ojayit, publicada en el diario “The Observer” de su país.
Periodista: ¿Qué ha supuesto para usted la escritura?
Ranjiv Ojayit: Poca cosa. No he ganado mucho dinero, no me ha proporcionado gran fama ni he logrado nada del otro mundo con ella.
Periodista: Pero ¿escribir es eso, ganar dinero o fama?
Ranjiv Ojayit: No, en absoluto. Lo que quiero decir es que esas cosas que usted puede leer en mis novelas ya las tenía en la cabeza antes de escribir. Eso es mi pensamiento, mi mundo. Ya lo tenía. La literatura me lo había dado mucho antes leyendo a otros y pensando sobre ello. Pero, como a todos los escritores les pasa, me perdió la vanidad. Por eso publiqué, por eso publicamos. Queremos ser dioses. Y, al publicar, descubrimos que es una idiotez.
© Del Texto: Gabriel Ramírez Lozano

Henry Crolla - These Foolish Things






2/4/10

La ruta de la verdad


El hombre teme su propia ignorancia. Desconoce y siente miedo. Siempre ha ocurrido.
Debe ser por eso por lo que cualquier asunto que percibo fuera de mi control me inquieta. Me gusta afrontar cada problema sabiendo que existe una mínima posibilidad de éxito. Otra cosa distinta me parecería una locura. Incluso lo que es evidente lo reviso para comprobar que, efectivamente, lo es. Algo así como sonarme los mocos y mirar el pañuelo para quedarme tranquilo. Sé que veré algo repugnante aunque lo sigo haciendo una y otra vez. Intuyo que, un buen día, seré sorprendido por mis propios mocos. Tal vez aparezcan mezclados con un par de gotas de sangre. Ya veremos. Pasa lo mismo con las enfermedades. El que se muere quiere saber porqué. Si no hay diagnóstico claro el sufrimiento es mayor. Por el contrario, si te dicen que te mueres de cáncer ya lo puedes hacer tranquilo. Morirte, digo. Todos queremos saber de qué color son nuestros mocos.
Esto está muy bien, pero el problema es que sé que las certezas son esas cosas de las que siempre hay que dudar. Sí, es contradictorio, lo sé, pero es así. Al menos, eso creo. Suele ocurrirme que confundo las certezas con las convicciones personales. Como todo el mundo, por cierto. Convicciones personales que nos llevan a la ruina cada dos por tres. Por tanto, aun sabiendo hay que seguir temiendo a la propia ignorancia. Sentir miedo. Quizás más.
El ser humano desconoce y siente temor e inventa algo para hacerlo más llevadero. Algunos de esos inventos (convertidos en falsas certezas) son excepcionales. Dios existe, el hombre es bueno por naturaleza, los padres siempre quieren a sus hijos, puedo dejar de beber cuando quiera, después de la vida no hay nada, después de la vida hay todo, el amor es maravilloso. Pero a mí la que más me gusta de todas es esa tan universal que dice “lo único cierto es que nacemos para morir”. Frase tramposa hasta límites desconocidos porque también es cierto que nacemos para saber que lo cierto es que moriremos. Y tirando de ahí podemos llegar hasta Dios, por ejemplo. Saber, conocer, es la ruta necesaria para ser conscientes de lo poco que, realmente, sabemos. Terror. Miedo. Irremediable.
Construimos enormes mentiras desde el lenguaje intentando llegar a una verdad inexistente. Al menos oculta. Porque, ni siquiera, nuestros mocos son fiables. Nunca lo fueron. Nada lo es.
© Del Texto: Gabriel Ramírez Lozano

Henry Crolla - These Foolish Things






31/3/10

Giros descomunales


Esperamos un giro descomunal en nuestras vidas. Cada día. Nuestros deseos viajan de aquí para allá, muchas veces sin ton ni son, hasta lugares donde nunca serán escuchados. Lejanía. Esperamos que aparezca alguien capaz de modificar nuestro entorno y, sobre todo, nuestro territorio más íntimo; alguien que diga o haga algo suficiente como para que reposen en ello nuestros miedos, nuestras inquietudes, esos deseos que sin cumplirse nos permiten imaginar. La vida se consume así.
¿Es necesario que existan los príncipes azules para que una mujer se enamore y sea feliz? ¿Nos falta un pilar fundamental si descubrimos nuestras imperfecciones u otras distintas en un amigo? ¿Es capaz de vivir un ser humano teniendo comida, gente alrededor que le aprecie y un techo bajo el que pasar las noches?
Cada mañana, sin excepción, nuestra vida da un giro grandioso. Lo veamos o no. Porque podemos abrir los ojos; porque, a pesar de todo, unos escriben y otros leen; porque (todo hay que decirlo) seguimos pudendo odiar y criticar más y mejor (amar también, pero menos). Cada mañana, sin excepción, nos reconocemos en una vuelta a empezar. En un nuevo giro grandioso y descomunal.
Escucho el llanto de un bebé. Los nuevos vecinos ya son padres. Es su primer hijo. Alguien les ha debido decir que si cogen al niño se acostumbrará. Y el llanto del bebé es interminable. Si mañana el padre o la madre deciden que deje de llorar acostumbrando al niño y a ellos mismos a eso (es lo suyo digan lo que digan las revistas), si le cogen de la cuna para mecerle, el gran cambio se producirá. Así de sencillo. Lo demás (grandes riquezas, el hombre o la mujer de tu vida y esas cosas) son piruetas. Y para hacerlas es necesario salir de ellas y caer de pie. ¿Quién es capaz de hacer un doble mortal carpado con tirabuzón y movimientos compulsivos de cadera cayendo de pie una vez realizado? Pues mejor dedicarse a mecer bebés, a trabajar disfrutando lo que se pueda, reír con los amigos, degustar con pasión unas lentejas con chorizo o fumar un cigarro mirando el atardecer. Mejor.
© Del Texto: Gabriel Ramírez Lozano

Omara Portuondo - 05 Lo que me queda por vivir






30/3/10

Diferencias de pareja


Con cada grano de arena que cae, la parte baja del reloj se completa. Con arena. Y con la memoria que ahora falta. Todo se desliza despacio. Rozando grano con grano. Recuerdo con recuerdo. Lo poseído ya no está. Nada aguanta el roce del tiempo. Ni siquiera él mismo.
Remuevo lo que queda de arena intentando que algunos de los recuerdos se muevan más lentos, con descuido, hasta el conducto de los segundos. Pero siempre se escapa este o aquel. El nombre de alguien, algún lugar visitado, lo que pasó aquel día que tú sí reconoces en algún hueco intacto. Y eso nos distancia. Ahorramos recuerdos sabiendo (cada cual los que puede) que todo debe caer junto a la arena de un reloj que nadie podrá voltear por siempre jamás. La única forma posible de ser de nuevo uno, mezclados recuerdos, arena y cenizas. La única forma de recuperar lo que fuimos, sin pérdidas que hagan inexacta nuestra existencia.
© Del Texto: Gabriel Ramírez Lozano

blue mitchell - I Should Care






24/3/10

Sobre vidas rotas


Sartre dijo que la guerra había partido su vida por la mitad. Con ello hacía referencia a la modificación que sufrió al ser consciente de que formaba parte de un sistema social, que dependía de otros y esos otros de él.
A Sartre se le quebró la vida cuando sintió que era un hombre y que eso significaba muchas cosas.
A cualquiera de nosotros nos puede pasar lo mismo en un momento determinado de la vida. De pronto, pasa algo y el mundo toma forma. Lo cotidiano es extraordinario, lo inútil toma sentido por pequeño que sea. Todo importa, todo es yo.
Pero ¿qué puede ser tan importante como para que ocurra algo así?
Las primeras ideas que llegan cuando alguien se plantea algo parecido a esto tienen que ver con la amistad, con el amor, con un acto heroico o tan enorme como para transformar la existencia entera. La fantasía coloca al protagonista en situaciones colosales, de éxito y gran fama. Esas son las primeras ideas. Prueben con algún conocido. Ya verán como tener un hijo, conseguir un premio millonario en la lotería o descubrir un nuevo elemento químico aparecen como posibles razones de cambio radical. Cosas así y no otras.
Pero lo malo de plantearse con seriedad los asuntos (y en este blog, autor y lectores lo hacen siempre) es que esas primeras fantasías se apartan del camino por ser eso, fantasías. Y con paciencia uno se va acercando a la verdad tanto como es posible. A eso que suele ser (tantas veces) tan espinoso, tan molesto.
¿Qué puede quebrar la vida de uno de nosotros? El amor la decora, la amistad la hace más llevadera, un hijo la completa, el dinero la ensancha, un descubrimiento la hace universal. Pero ninguna de estas cosas la troncha de tal modo que el mundo se desplome para volver a empezar de nuevo, como para que nos hagamos conscientes de lo que somos en realidad.
¿Qué la puede partir por medio? ¿Qué es eso que busco? Hay que mirar ese lugar que aterroriza para encontrar, ese lugar que tanto evitamos. La muerte de un padre, de un hijo; la indigencia, la guerra que se lleva por delante a los compañeros y amigos, la traición, un divorcio, la infidelidad. No seguiré para ahorrar un mal rato al lector.
El universo personal se compone de todas sus excelencias y de todas sus miserias. De los miedos, de la belleza, del sufrimiento y de cientos de cosas con las que el ser humano disfruta.
Es absurdo, además de poco práctico, no querer asumir algo tan sencillo. Entre otras cosas, para explicar qué nos pasa y porqué.
Tener una fotografía del todo es una forma de crecer y enfrentar lo que va llegando, una forma de sentirse más humano, de saber que lo que hacemos es cosa de todos y que lo que el mundo logra o resta hará de mí cualquier cosa distinta a la actual. Y, así, cuando llegue esa ruptura seremos capaces de salir adelante. A base de cuentos de hadas no. Eso sólo funciona cuando el individuo cree que es feliz o que alguna vez puede llegar a serlo. Fantasías.
© Del Texto: Gabriel Ramírez Lozano

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