Los mapas crecen a medida que pasa el tiempo. Lo que fue distancia se ha convertido, sin saber cómo, en infinito. Una ciudad cualquiera es, ahora, un recuerdo de otros tiempos que, en el olvido, juguetea con aquello que nos dijimos antes de caminar por la playa. Todo es hace mucho tiempo. Hace mucho tiempo soy ahora. Lo que va quedando.
La línea roja que dibuja un trayecto perdió el sentido cuando acabó. Pero, hoy, llega en forma de rostros que reposan frente a una montaña entonces inmensa.
La vida se desmaya mirando retratos.
Un gesto sujetando la caída desde lo más alto del pasado pintado en un puñado de palabras que encuentro en el diccionario al escribir. Eres sagrada, perfecta, bondad o acuarela. Y, quizás, al pasar la página, las palabras oscurecen el papel hablando de aquella herida en el hombro o de un milagro imposible.
Estoy cansado. Hoy nada de escribir, nada de pensar en nada que esté más allá del cigarro que me estoy fumando o la copa que me pienso tomar dentro de unos minutos. El día ha sido largo, intenso. Pero se acaba. Y quiero que sea de la forma más tranquila que sea posible.
Los niños descansan. Unos leen, otros ya duermen. Escucho la música que más me gusta. Una comedia de Jaime de Armiñán en la mesa. La que voy a leer tomando esa copa. El mundo muy quieto, muy donde debe. Y la única preocupación soy yo mismo. Es decir, no hay preocupación.
Les dejo con una de mis canciones preferidas. Si se animan y me acompañan con cigarro y copa serán bienvenidos. El día se acaba. Comienzo yo.
Todos pagamos el mismo precio por las mismas cosas. Y, casi siempre, es infinito. Eso del perdón no existe. Queda precioso el decirlo, el prometerlo, pero pierde lustre un instante después cuando se hace imposible. Nadie perdona nada. Es verdad que los más hábiles lo arrinconan y procuran no acercarse (se terminan arrimando para no olvidar lo que tienen guardado o para mostrarlo de vez en cuando). Es verdad que el tiempo hace todo un poco más llevadero. Todo eso es tan verdad como que basta nombrar el problema para que todo sea como antes de prometer el olvido.
Me encantaría decir otra cosa, pero es algo de lo que estoy convencido. Lo he catado y sé lo que digo. Veo lo que pasa a mi alrededor y compruebo que una cosa es la estampa y otra lo que sólo dos ven. El perdón no existe. Sólo la eterna expiación. Demoledora, pesada, destructora.
¿Por qué no puede ser? ¿Por qué? Quizás lo que ocurre es que el perdón a uno mismo nos lo negamos sujetos a esa culpa que nos enseñaron de niños, esa costra que te envuelve toda la vida, por siempre jamás. Quizás es que somos incapaces de ver más allá de nuestro yo, incapaces de aceptar algo que existe aunque no sabemos fabricar. Quizás es que el perdón es algo inventado que nos permite pensar que somos eso que llamamos humano. No lo sé. Lo único cierto es que el precio es alto, la vida entera que se queda atrás como un despojo del que nadie se acordará. La vida de todos.
Mientras le llenan de alambres la boca a Guillermo Ramírez he decidido que voy a anotar las cosas que me quedan por hacer de aquí al día que me muera. Lo haré empezando por lo más urgente o importante. Comienzo.
1. Convertirme en metrosexual.
2. Sacar el euro que hay entre el asiento del coche y la palanca de cambios.
3. Volverme completamente loco.
4. Seguir las flechas azules.
5. Volar hacia una nube de cenizas en un jet privado.
6. Confesar al tendero que fui yo el que desenchufó la máquina de helados.
7. Aceptar una oferta que no pueda rechazar.
8. Convocar un premio literario exclusivo para señoras que me llamen Grabié.
9. Ordenar el trastero.
10. Demostrar al mundo entero que el hombre nunca llegó a la luna.
Miras el objeto, a él, a ella; buscas detalles necesarios, urgentes; eliminas las aristas con una mirada que rastrilla para no ver esos minúsculos picos; todo el contorno aparece con la perfección de lo recién nacido.
Miras el objeto, a él, a ella, para construir una ilusión. Inventas una historia larga, toda una vida que se pega al objeto, a él, a ella. Fabulas.
Ilusionarse es inventar. Pero no inventar cualquier cosa, no, inventar el mundo que se soporta en un eje nuevo, en el que te transformas. Por arte de magia, de tu propia magia. Eres el eje que lo hace girar todo. Un todo teñido de un objeto, de él, de ella.
Pero un día eres tú el que da vueltas alrededor. La ilusión ha desaparecido del otro lado. Las aristas apuntan asesinas en todas las direcciones posibles, la mirada busca sin poder atrapar lo deseado, donde había picos minúsculos hay lanzas envenenadas. Porque sólo con la ilusión de dos es posible continuar. Dos ejes que hacen girar la misma ilusión compartida, miradas engañadas por el vértigo que producen las vueltas sobre otras vueltas. Un giro constante alimentado por la fabulación de ambos o la persistencia en el tiempo de las cosas. Uno deja de fabular, de existir, de ser único, y los círculos, hasta ese momento perfectos trazando las intersecciones exactas se convierten en elipsis, espirales o, si la fantasía cesa, en líneas rectas.
Ilusionarse es inventar, inventarse un objeto, a él, a ella. El mundo.
Hay que tomar una decisión. Por mucho que hayas pensado, por más vueltas que dieses durante horas o días, la decisión es cosa de un instante. Sí o no. Esto o aquello. Me quedo o continúo. Un instante y tu vida es otra, te quedas atrás para ser nuevo, el resto es ahora o tremendamente antiguo. No, sí, dudo. No te pegues un tiro que ya me lo pego yo por ti. Decidimos. Morimos. Nacemos. Nos convertimos en un recuerdo. Volvemos a ser. Desaparecemos. Matamos. Un instante. Una vida detrás. Lo incierto por delante.
Un gesto, un ataque de humildad, pura soberbia o ira. Da igual lo que te domine en ese momento. La decisión se toma igual. Y la vida cambia igual. Y morimos un poco igual, errando o acertando. Renunciamos sin saber porqué, pero lo hacemos. Señalamos el lugar equivocado intuyendo que nada tendrá solución, pero extendemos el dedo porque toca jugar a la vida.
Un instante. Una decisión. La espalda o un abrazo. Y así llegamos a ser.
Vengo de dar una vuelta por el centro de Madrid. No me apetecía gran cosa, pero no quería cargar con el título de hijo que no regala nada (de nada) a la madre el dos de mayo. Mi edad me impide solucionar la papeleta con un dibujo lleno de colores y una frase adornándolo. Mamá, te quiero (o algo así). Así que tocaba caminar sin rumbo exacto.
El centro de la ciudad está lleno de gente. Me temo que muchos de los que andan por allí a estas horas piensan en lo cómodo que resultaba lo de agarrar papel y ceras de colores el día antes. Como la alergia me obliga a caminar despacio (la fatiga aparece diez metros después de comenzar el paseo) tardo el doble de tiempo en llegar de un sitio a otro. Aprovecho para mirar todo con mayor atención. El suelo, los edificios (¿cómo no miramos más y mejor las partes altas de los edificios cuando, sin duda, son un espectáculo maravilloso?), a un policía aburrido que mira su móvil por si alguien le dice algo, a una mujer que hace la calle y bosteza aburrida, a un anciano sentado en un banco de madera que dormita cansado de vivir, gente aburrida que mira a gente aburrida, que se cruza entre sí sin ton ni son.
Hoy regreso con la sensación de vivir en un mundo hastiado de sí mismo, que no se soporta, un mundo que se cae fatal. Dentro de una sociedad mostrenca que alimenta esa sensación suicida colocándonos frente a televisores, pantallas de ordenador o espejos convertidos en capillas en las que se idolatran imágenes de plástico (nuestro reflejo, al que adornamos a diario para poder continuar, piel muerta disfrazada de ego poderoso). Aburrido el mundo. Triste el mundo. Cansancio que rebosa por cada poro del cemento de la ciudad. O de la piel que cae sin vida al lavabo.
Me pregunto qué es lo que nos impide sonreír con verdad en el gesto, qué es lo que nos arrastra hacia atrás, siempre hacia atrás, qué dibuja la ciudad con brochazos toscos. Quizás sea la obsesión por avanzar. Me pregunto qué es eso de construir un futuro. Si hace diez años nos hubieran dicho que esto que vivimos era nuestro futuro ¿hubiéramos querido seguir o hubiéramos intentado cambiar las cosas? Construimos un presente aburrido y lleno de mugre entre grandes aspavientos, entre la proclamación de un futuro mejor que consiste en poder cambiar un dibujo de colores por un perfume caro. Eso es todo. Las cosas van bien si el monedero está lleno. Y el mundo, mientras, enferma de aburrimiento.
Al regresar, he ido hasta mi habitación para ver con detalle los regalos que los niños han hecho a su madre. Un libro precioso en el que cada página pertenece a una letra del abecedario, a un dibujo y a una frase escrita con una caligrafía dudosa en el trazo. Un corazón de plastilina con imán para la nevera, una tarjeta que afirma que la mejor madre del mundo anda por aquí. Y es lo único divertido y auténtico a lo que me puedo agarrar un día como hoy. Un día en el que, fatigado, he visto como la ciudad frunce el ceño y tuerce el gesto esperando que alguien haga algo que no sea pensar en que mañana será otro día.
Ya puedo afirmarlo sin miedo a equivocarme. Soy un Nexus 6. Algo especial, eso sí, pero un replicante al fin y al cabo. Supongo que recuerdan la película en la que Harrison Ford se dedicaba a eliminarlos. Se titulaba Blade Runner. Se sigue titulando, claro. Bueno, el caso es que los Nexus 6 eran creaciones de la ingeniería genética que imitaban casi a la perfección a las personas. Tanto que terminaban desarrollando capacidades propias del género humano. Finalmente, amaban, sufrían, odiaban y querían matar al que representara algún peligro para ellos. De hecho, si podían les mataban en el acto.
Reconozco que soy un Nexus 6 que va a menos. Es decir, amo, odio y sufro, cada día menos. Lo de querer matar a algunos lo llevo mejor. Me mantengo estable. Pero, vaya, no pasaría un casting para hacer de secundario. Me estoy quedando en nada.
A pesar de todo, conservo la capacidad de pensar. Y, como todo el que piensa (replicante o humano), termino haciéndome preguntas. Por ejemplo, ser un replicante en fase de regresión, lleva a formular preguntas como ¿por qué amo menos, odio menos o dejo de sufrir (cada vez más)? La sagacidad de un replicante es grande por lo que dar con la respuesta ha sido fácil. El mundo es un coñazo. Así de sencillo. No me apetece amar a cualquiera, odiar al primero que pasa por delante o sufrir por un quítame de aquí estas pajas. Casi nada merece la pena. Casi todo es estéril. Habrá quien piense que esto es cosa de amargado o tipo extraño. Pero no. Esto es cosa de replicante Nexus 6. A algunos les da por matar y a otros nos da por pasar.
Más preguntas. ¿Por qué soy yo un replicante si cuándo nací era una personita de carne y hueso? ¿Qué fue eso que me modificó en esencia? Oh, dioses del universo (ir de regreso genera en los replicantes una necesidad imperiosa de creer en todo tipo de dioses e invocarlos), oh, dioses del universo, ¿qué me pasa, qué terribles padecimientos me esperan?
Dado que los replicantes somos, además de sagaces, muy intuitivos, he dado con la respuesta en tiempo record. Visto y no visto. Y es que creer que el resto de personitas son eso, personitas, es un error. Porque, en realidad, todos son, somos (usted también, querido amigo) replicantes en potencia. Corran a decirlo, avisen al resto de la humanidad, lloren de alegría, griten mientras bailan y anuncian la verdad. El problema no es de cambios esenciales. El problema es que a todos, el mundo, nos parece un coñazo. Y el asunto de los terribles padecimientos se queda en anécdota si pensamos en que nos podíamos quedar siendo personas a secas. Ser un replicante mola. Sobre todo si vas a menos como yo.
Ahora sabemos, por fin, que ambos, usted y yo, somos Nexus 6. Y no vaya a decirme que no, que usted es una persona humana muy persona humana porque no cuela.
Encuadrados en los grandes descubrimientos que realizo al pensar, quedan asuntos como, por ejemplo, las razones por las que escribo, o por las que quisiera prejubilarme con cincuenta años, o estar inscrito en una red social pensando que es una estupidez absoluta. Son cuestiones que iré descubriendo en este blog. Pero será poco a poco, No quisiera que nadie se deprimiese o algo al saber estas cosas.
Escribir es, al fin y al cabo, aprender a bailar con una consciencia torpona con las cosas de cada día. Y escribir es, con seguridad, una forma como otra cualquiera de bailar sonriendo. Tarde de sábado. Un buen momento para recordar cosas escritas no recuerdo cuándo ni porqué. El que quiera compartir puede hacerlo en estos enlaces.
Hoy ha sido un día extraño. Vuelve a llover, me siento agotado por la falta de tiempo y un inmenso trabajo que no parece disminuir por mucho esfuerzo que haga, he tenido que resolver un par de problemas después de cometer errores de principiante, he tenido que leer cuatro o cinco textos estúpidos escritos con una extravagante dosis de mala leche que ni siquiera me han irritado y, echando un vistazo alrededor, tengo la impresión de estar rodeado de gente ajena. Todo lejano.
Son los días que se me hacen extraños los que aprovecho para pensar en anécdotas, más o menos, amables. Viejas o recientes, eso da lo mismo, aunque debe ser cosa de la edad por lo que tengo tendencia (de un tiempo a esta parte) a deslizar el pensamiento hacia cosas que ocurrieron hace muchos años. Cosa de la edad o necesidad vital de pensar en cosas que me hicieron reír sin parar. Y esas cosas solo ocurren cuando uno es joven.
Mientras conducía intentando evitar el perpetuo atasco de Madrid (y sin razón aparente) me ha venido a la cabeza esa noche en la que cuatro jovencitos nos metimos entre pecho y espalda un jamón serrano y, entre medias, una caña de lomo. Dejamos el codillo y el cordón del lomo intactos, eso sí. Lo malo de todo esto no fue comerse un jamón serrano y una caña de lomo. Lo malo es que, después de amanecer, prontito, sin tiempo para reaccionar por la falta de tiempo y el estado en el que nos encontrábamos, llegaron los padres propietarios de la viandas, de la casa que habíamos dejado patas arriba y de la caja de botellines de cerveza vacíos (poco antes llenos, claro). La cara de aquella pareja no se me olvidará nunca. Para arreglar el asunto, el hijo de los propietarios de aquel desastre, se excusó diciendo (muy pomposo él) que aquello era producto de una urgencia, que hubo que intervenir (lo decía con el cuchillo jamonero en la mano derecha y el codillo en la izquierda), que creíamos que había sido una embolia. Las carcajadas se debieron oír en Moscú y la cara de la pareja se desencajaba por momentos ante ese panorama. Nos echaron. Hijo incluido. Pero aquello no fue más que una excusa para ir a desayunar al pueblo. Allí llegamos con nuestro Seat 850 especial. El conductor aparcó justo (sin errar un milímetro) en el único lugar que había una alcantarilla abierta. Rueda trasera derecha dentro. Unos cuantos paisanos nos ayudaron a sacar de allí el coche. Alguien decide tomar el café en otro sitio. Todos dentro. Marcha atrás para salir. Resultado: rueda delantera derecha dentro. Los paisanos de ríen, nosotros nos trochamos sin poder hablar, con dolor de barriga por tanta carcajada, y detrás de ellos aparecen dos miembros de la benemérita con tricornio y todo. Se acercan con una cara de mala leche miedosa. Nos piden la documentación de vehículo. El copiloto (ese era yo) busca en la guantera y encuentra unos papeles que entrega con sonrisa afectuosa. Resultan ser (los papeles) un tebeo. Resultado: al cuartelillo. Cinco horas hasta que mi padre nos rescató.
En fin, el recuerdo me parece muy simpático. La lectura no lo sé, pero hoy me da igual.
Ha sido un día extraño. Vuelve a llover y no sé qué más cosas absurdas y extravagantes han pasado. Y me he reído yo solo a carcajadas cuando intentaba evitar un atasco enorme porque he recordado que fui joven.
G. ha salido a comprar el pan, un par de periódicos y una lata de pimiento morrón. Camina saludando a todos los conocidos, a los que no ha visto en su vida e, incluso, a los que no están. Siempre se ha considerado un tipo de lo más educado. No quiere que su reputación se venga abajo.
En la panadería compra media docena de palmeras cubiertas de chocolate. En el quiosco, diez bolsas de cromos. Cuando llega a la tienda de ultramarinos (en su barrio quedan abiertas treinta y seis mil) pide kilo y medio de habas, cuarto y mitad de bacalao sin espinas y un puñado de polvorones que pesa el tendero con la romana de toda la vida. Trescientos gramos bien pesados, dice. G. calcula que, como mucho, en el paquete hay cien gramos.
De regreso, G. decide pasar a un salón en el que se reúnen masones para discutir de sus cosas. Espera encontrar un gran número de ellos aunque es domingo y las reuniones están programadas los martes y jueves por la noche. Su decepción es grande. Cada domingo le sucede lo mismo. Pero no termina de acostumbrarse. Sale cabizbajo.
De buenas a primeras, se le aparece Dios. G. le invita a ir al cine. Sesión matinal. Dios le recuerda que él está en todas partes incluyendo los rodajes de películas, que ya la ha visto, que se sabe los castings y todo.
Decepcionado, se va a casa. Siente sed. Como dicen que el pescado la alivia, muerde y mastica el bacalao.
Piensa en lo que puede ser la felicidad. Y cuando le ha dado las vueltas suficientes decide dormir para poder soñar con un mundo perfecto. Cierra los ojos. Duerme.
G. camina por su calle. No saluda a nadie. Intenta que no le vean. Se siente anónimo y cualquier otra cosa le inquieta. Ha comprado una pizza precocinada en la tienda de la esquina, en la que te despachan unos señores orientales que sonríen sin ton ni son. El dinero no da para más. Corre para llegar a tiempo. La iglesia abarrotada de señoras envueltas en sus abrigos de piel. Busca a Dios desde siempre aunque no es capaz de adivinar dónde puede encontrarle.
Despierta. Le ha debido sentar mal el bacalao. Una pesadilla. Decide liarse con los polvorones. Siente cierta pesadez en el estómago. Nada mejor que los polvorones.
Extracto de la entrevista al escritor indio Ranjiv Ojayit, publicada en el diario “The Observer” de su país.
Periodista: ¿Qué ha supuesto para usted la escritura?
Ranjiv Ojayit: Poca cosa. No he ganado mucho dinero, no me ha proporcionado gran fama ni he logrado nada del otro mundo con ella.
Periodista: Pero ¿escribir es eso, ganar dinero o fama?
Ranjiv Ojayit: No, en absoluto. Lo que quiero decir es que esas cosas que usted puede leer en mis novelas ya las tenía en la cabeza antes de escribir. Eso es mi pensamiento, mi mundo. Ya lo tenía. La literatura me lo había dado mucho antes leyendo a otros y pensando sobre ello. Pero, como a todos los escritores les pasa, me perdió la vanidad. Por eso publiqué, por eso publicamos. Queremos ser dioses. Y, al publicar, descubrimos que es una idiotez.
El hombre teme su propia ignorancia. Desconoce y siente miedo. Siempre ha ocurrido.
Debe ser por eso por lo que cualquier asunto que percibo fuera de mi control me inquieta. Me gusta afrontar cada problema sabiendo que existe una mínima posibilidad de éxito. Otra cosa distinta me parecería una locura. Incluso lo que es evidente lo reviso para comprobar que, efectivamente, lo es. Algo así como sonarme los mocos y mirar el pañuelo para quedarme tranquilo. Sé que veré algo repugnante aunque lo sigo haciendo una y otra vez. Intuyo que, un buen día, seré sorprendido por mis propios mocos. Tal vez aparezcan mezclados con un par de gotas de sangre. Ya veremos. Pasa lo mismo con las enfermedades. El que se muere quiere saber porqué. Si no hay diagnóstico claro el sufrimiento es mayor. Por el contrario, si te dicen que te mueres de cáncer ya lo puedes hacer tranquilo. Morirte, digo. Todos queremos saber de qué color son nuestros mocos.
Esto está muy bien, pero el problema es que sé que las certezas son esas cosas de las que siempre hay que dudar. Sí, es contradictorio, lo sé, pero es así. Al menos, eso creo. Suele ocurrirme que confundo las certezas con las convicciones personales. Como todo el mundo, por cierto. Convicciones personales que nos llevan a la ruina cada dos por tres. Por tanto, aun sabiendo hay que seguir temiendo a la propia ignorancia. Sentir miedo. Quizás más.
El ser humano desconoce y siente temor e inventa algo para hacerlo más llevadero. Algunos de esos inventos (convertidos en falsas certezas) son excepcionales. Dios existe, el hombre es bueno por naturaleza, los padres siempre quieren a sus hijos, puedo dejar de beber cuando quiera, después de la vida no hay nada, después de la vida hay todo, el amor es maravilloso. Pero a mí la que más me gusta de todas es esa tan universal que dice “lo único cierto es que nacemos para morir”. Frase tramposa hasta límites desconocidos porque también es cierto que nacemos para saber que lo cierto es que moriremos. Y tirando de ahí podemos llegar hasta Dios, por ejemplo. Saber, conocer, es la ruta necesaria para ser conscientes de lo poco que, realmente, sabemos. Terror. Miedo. Irremediable.
Construimos enormes mentiras desde el lenguaje intentando llegar a una verdad inexistente. Al menos oculta. Porque, ni siquiera, nuestros mocos son fiables. Nunca lo fueron. Nada lo es.
Esperamos un giro descomunal en nuestras vidas. Cada día. Nuestros deseos viajan de aquí para allá, muchas veces sin ton ni son, hasta lugares donde nunca serán escuchados. Lejanía. Esperamos que aparezca alguien capaz de modificar nuestro entorno y, sobre todo, nuestro territorio más íntimo; alguien que diga o haga algo suficiente como para que reposen en ello nuestros miedos, nuestras inquietudes, esos deseos que sin cumplirse nos permiten imaginar. La vida se consume así.
¿Es necesario que existan los príncipes azules para que una mujer se enamore y sea feliz? ¿Nos falta un pilar fundamental si descubrimos nuestras imperfecciones u otras distintas en un amigo? ¿Es capaz de vivir un ser humano teniendo comida, gente alrededor que le aprecie y un techo bajo el que pasar las noches?
Cada mañana, sin excepción, nuestra vida da un giro grandioso. Lo veamos o no. Porque podemos abrir los ojos; porque, a pesar de todo, unos escriben y otros leen; porque (todo hay que decirlo) seguimos pudendo odiar y criticar más y mejor (amar también, pero menos). Cada mañana, sin excepción, nos reconocemos en una vuelta a empezar. En un nuevo giro grandioso y descomunal.
Escucho el llanto de un bebé. Los nuevos vecinos ya son padres. Es su primer hijo. Alguien les ha debido decir que si cogen al niño se acostumbrará. Y el llanto del bebé es interminable. Si mañana el padre o la madre deciden que deje de llorar acostumbrando al niño y a ellos mismos a eso (es lo suyo digan lo que digan las revistas), si le cogen de la cuna para mecerle, el gran cambio se producirá. Así de sencillo. Lo demás (grandes riquezas, el hombre o la mujer de tu vida y esas cosas) son piruetas. Y para hacerlas es necesario salir de ellas y caer de pie. ¿Quién es capaz de hacer un doble mortal carpado con tirabuzón y movimientos compulsivos de cadera cayendo de pie una vez realizado? Pues mejor dedicarse a mecer bebés, a trabajar disfrutando lo que se pueda, reír con los amigos, degustar con pasión unas lentejas con chorizo o fumar un cigarro mirando el atardecer. Mejor.
Con cada grano de arena que cae, la parte baja del reloj se completa. Con arena. Y con la memoria que ahora falta. Todo se desliza despacio. Rozando grano con grano. Recuerdo con recuerdo. Lo poseído ya no está. Nada aguanta el roce del tiempo. Ni siquiera él mismo.
Remuevo lo que queda de arena intentando que algunos de los recuerdos se muevan más lentos, con descuido, hasta el conducto de los segundos. Pero siempre se escapa este o aquel. El nombre de alguien, algún lugar visitado, lo que pasó aquel día que tú sí reconoces en algún hueco intacto. Y eso nos distancia. Ahorramos recuerdos sabiendo (cada cual los que puede) que todo debe caer junto a la arena de un reloj que nadie podrá voltear por siempre jamás. La única forma posible de ser de nuevo uno, mezclados recuerdos, arena y cenizas. La única forma de recuperar lo que fuimos, sin pérdidas que hagan inexacta nuestra existencia.
Sartre dijo que la guerra había partido su vida por la mitad. Con ello hacía referencia a la modificación que sufrió al ser consciente de que formaba parte de un sistema social, que dependía de otros y esos otros de él.
A Sartre se le quebró la vida cuando sintió que era un hombre y que eso significaba muchas cosas.
A cualquiera de nosotros nos puede pasar lo mismo en un momento determinado de la vida. De pronto, pasa algo y el mundo toma forma. Lo cotidiano es extraordinario, lo inútil toma sentido por pequeño que sea. Todo importa, todo es yo.
Pero ¿qué puede ser tan importante como para que ocurra algo así?
Las primeras ideas que llegan cuando alguien se plantea algo parecido a esto tienen que ver con la amistad, con el amor, con un acto heroico o tan enorme como para transformar la existencia entera. La fantasía coloca al protagonista en situaciones colosales, de éxito y gran fama. Esas son las primeras ideas. Prueben con algún conocido. Ya verán como tener un hijo, conseguir un premio millonario en la lotería o descubrir un nuevo elemento químico aparecen como posibles razones de cambio radical. Cosas así y no otras.
Pero lo malo de plantearse con seriedad los asuntos (y en este blog, autor y lectores lo hacen siempre) es que esas primeras fantasías se apartan del camino por ser eso, fantasías. Y con paciencia uno se va acercando a la verdad tanto como es posible. A eso que suele ser (tantas veces) tan espinoso, tan molesto.
¿Qué puede quebrar la vida de uno de nosotros? El amor la decora, la amistad la hace más llevadera, un hijo la completa, el dinero la ensancha, un descubrimiento la hace universal. Pero ninguna de estas cosas la troncha de tal modo que el mundo se desplome para volver a empezar de nuevo, como para que nos hagamos conscientes de lo que somos en realidad.
¿Qué la puede partir por medio? ¿Qué es eso que busco? Hay que mirar ese lugar que aterroriza para encontrar, ese lugar que tanto evitamos. La muerte de un padre, de un hijo; la indigencia, la guerra que se lleva por delante a los compañeros y amigos, la traición, un divorcio, la infidelidad. No seguiré para ahorrar un mal rato al lector.
El universo personal se compone de todas sus excelencias y de todas sus miserias. De los miedos, de la belleza, del sufrimiento y de cientos de cosas con las que el ser humano disfruta.
Es absurdo, además de poco práctico, no querer asumir algo tan sencillo. Entre otras cosas, para explicar qué nos pasa y porqué.
Tener una fotografía del todo es una forma de crecer y enfrentar lo que va llegando, una forma de sentirse más humano, de saber que lo que hacemos es cosa de todos y que lo que el mundo logra o resta hará de mí cualquier cosa distinta a la actual. Y, así, cuando llegue esa ruptura seremos capaces de salir adelante. A base de cuentos de hadas no. Eso sólo funciona cuando el individuo cree que es feliz o que alguna vez puede llegar a serlo. Fantasías.
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