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27/5/10

Tiempo


Los mapas crecen a medida que pasa el tiempo. Lo que fue distancia se ha convertido, sin saber cómo, en infinito. Una ciudad cualquiera es, ahora, un recuerdo de otros tiempos que, en el olvido, juguetea con aquello que nos dijimos antes de caminar por la playa. Todo es hace mucho tiempo. Hace mucho tiempo soy ahora. Lo que va quedando.
La línea roja que dibuja un trayecto perdió el sentido cuando acabó. Pero, hoy, llega en forma de rostros que reposan frente a una montaña entonces inmensa.
La vida se desmaya mirando retratos.
Un gesto sujetando la caída desde lo más alto del pasado pintado en un puñado de palabras que encuentro en el diccionario al escribir. Eres sagrada, perfecta, bondad o acuarela. Y, quizás, al pasar la página, las palabras oscurecen el papel hablando de aquella herida en el hombro o de un milagro imposible.
La vida se desmaya entre tus dedos.
© Del Texto: Gabriel Ramírez Lozano

grant green - God Bless the Child






14/11/09

Lo efímero de lo ajeno


- La vida continúa. Nada cambió. Todo era un espejismo.
- La de mucha gente dejó de ser la misma. ¿Por qué te empeñas en hacerte de menos? Sabes que eres importante para otros. Al menos deberías ser consciente de ello.
- Espejismos. Unos y otros. Procuro parecer algo que no soy, pero sé lo que escondo. El resto quisiera ser como se muestra y no tiene ni puta idea de lo que les ha llevado hasta donde están. Espejismos.
- Ver la vida desde ahí es un sufrimiento constante.
- No verla desde ningún sitio es una tristeza. Y una condena cruel a no ser nada, a no poder recordar ni como te llamas.
- Estás fatal. Deberías dejar que te ayude alguien.
- No, no estoy fatal. El problema lo tienes tú. A nadie le gusta tener al lado sufrimiento o tristeza. Sólo resistes tu propia mierda. Como todos los demás. Los que negáis que el mundo es como es sois los que necesitáis ayuda. Yo me sé el camino. Y asumo el final. Lo demás es cosmética. El mundo es cosmética. Enmascara un tiempo que sólo se traduce en muerte.
- Por favor, deja que hable con un profesional. Seguro que sabe cómo enfocar todo esto. Me preocupa mucho lo que dices.
- Te inquieta tener que ocuparte de mí. Hace mucho tiempo que dejaste de saber lo que significa amar. Quieres tranquilidad. Yo la he encontrado, Busca la tuya.
Se levanta. Mira la tela del sillón arrugada. Se inclina para estirarla con cuidado, como si fuera una cuna, piensa. Sale a la terraza. Suena el teléfono y ella contesta. Eso es la frontera entre una cosa y otra, todo vuelve a ser lo que era, lo que siempre fue, el mundo son muchos si no estás solo, murmura.
© Del Texto: Gabriel Ramírez Lozano

31/8/07

Convivencia


Los niños son felices porque el tiempo no existe. No poseen apenas la rémora de un pasado que incomode. No sienten la necesidad de un futuro y por eso no les preocupa lo más mínimo todo aquello que se encuentre a más de treinta segundos de distancia. Sin tiempo la felicidad es posible, todo se hace efímero, insignificante. Aparece el yo, lo que un adulto ha perdido entre horas de trabajo, disgustos, la muerte de otros y las preocupaciones económicas. Aparece el yo como único, de forma violenta para ser descubierto. La mirada de un crío no esconde reproches porque lo pasado desaparece por siempre jamás, porque lo que está por venir no existe, no tiene espacio en el pensamiento dedicado a disfrutar o sufrir de tan solo un instante. El niño se mueve entre la ilusión y él mismo. El resto es accesorio. Eso es lo que añoro de la niñez, es la razón por la que no soy capaz de aceptar la fealdad del viejo al saber que ya no existe ilusión. Ni un yo. Sólo cabe la desaparición, la ilusión de tener la muerte cercana. Limpiar a un bebé produce un placer enorme. Crees estar tocando la vida. Limpiar a un viejo enfermo te hace pensar en lo que serás tarde o temprano. Crees estar tocando una estampa del futuro que llega antes de la cuenta. Injusto, cruel, aunque una realidad.Escribo escuchando la música de Grant Green. Moon River. No suelo prestar atención a los guitarristas que no son españoles aunque con este hombre hago alguna excepción.A veces me preguntan. ¿Por qué cuatro hijos? ¿Por qué no? Suelo contestar. Gastos, preocupaciones, pérdida de identidad, falta de tiempo para uno mismo, tranquilidad que desaparece. Es una locura, replican. Me hace pensar que ya no aceptamos ni lo uno ni lo otro. Niñez y vejez estorban. El mundo se mueve desde un yo rácano que no se deja acompañar por nada que produzca interferencias en una felicidad inventada a base de cheques o de soledades que terminan siendo una tortura. ¿Es perder el tiempo leer un libro a un niño? ¿Es mejor gastar un puñado de euros pagando la factura del restaurante o comprar un vestido para un bebé? ¿Estamos más tranquilos mirando la televisión o escuchando música mientras los niños duermen? Podría contestar a cada una de estas preguntas de forma instantánea sin miedo a cometer un error.Tengo cuatro hijos. Y ahora se suma la abuela Sagrario. Tendré que aprender a convivir con niñez y con vejez de forma simultanea. Lo que fui y perdí. Lo que seré y comienzo a conseguir. Aprender a ceder frente a lo feo de la vejez. Como si fuera un guitarrista al que no presto atención y el día que le miro me enseña algo que me agrada. Buscando la parte bella de las cosas. Quizás una salvación que sólo nos puede proporcionar el sentirnos niños sabiendo que moriremos siendo viejos. Son las reglas del juego. O buscas la belleza o estás perdido.