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7/3/10

Siniestra


Una de las cosas que diferencian a los autores con cierto oficio de los que no lo tienen es que, estos últimos, sienten una necesidad casi irracional de contar todo lo que les viene a la cabeza. No sería ningún problema si lo hicieran en diferentes cuentos y novelas en lugar de en una sola (generalmente la primera). Aunque se empeñan en hacerlo.
Uno de los grandes problemas de la literatura actual es que se construye (se destruye, tal vez, ya lo veremos con el tiempo) por autores que no tienen claro cómo construir el punto de vista de la narración. Sospecho que, con frecuencia, no saben ni lo que es. Lo intuyen en el mejor de los casos, pero sólo eso.
Otro problema colosal que presenta la literatura moderna es que se escribe para publicar, para vender ejemplares. Los autores quieren integrarse en un circuito absurdo y vergonzoso escribiendo novelas que se sujetan en tramas absurdas y vergonzosas. Un desastre absoluto que ya veremos cómo acaba.
Siniestra (Editorial Plataforma, 2010) es la tercera novela publicada por Javier Arriero. Las anteriores pasaron desapercibidas, penosamente desapercibidas puesto que eran buenas novelas. Espero que esta Siniestra sea la que le construya un hueco duradero en las mesas de novedades editoriales. Porque Arriero enseña oficio desde la primera a la última línea de su nuevo trabajo, contando lo necesario, creando un clima coherente y verosímil. Porque, técnicamente, la novela es impecable. Y porque consigue una obra que, sin ser facilona, nos arrastra suavemente hasta donde la voz narrativa (perfectamente diseñada) desea. Siniestra es una novela histórica bien construida, bien documentada, bien rematada y en la que se aprecia un intento de hacer literatura auténtica, cosa muy de agradecer tal y como están las cosas.
La religión y cómo la recibe cada ser humano (un solo Dios construye millones de religiones) es la columna vertebral de la narración. Una trama salpicada de asesinatos es el vehículo que el narrador utiliza para ir dejando su tesis clara desde el primer instante. Un momento histórico crucial para el cristianismo, con Arrio y su herejía en pleno apogeo. Una novela de trama en la que las ideas no se convierten en anécdota, en la que las zonas expositivas de riesgo son elegidas con cuidado y explotadas al límite. Y sin catequesis de por medio. El autor es especialmente hábil en este sentido y no pisa zonas que pudieran convertir su obra en un mal catecismo. Se trata de una novela sin pretensiones teológicas. Se trata de una excelente novela, de una excelente forma de demostrar que no es necesario decir tonterías para escribir algo atractivo y con cierto calado al mismo tiempo.
Es verdad que, de forma, puntual, el tono que aparece en algunos diálogos resulta algo inverosímil. Pero el lenguaje actual hace muy difícil que ese efecto desaparezca. Y es verdad que , en algún momento, puede parecer que la voz se desliza ligeramente hacia la injerencia autoral. Pero son cosas muy localizadas que no enturbian el trabajo en su conjunto.
No quisiera desvelar ni una línea de lo que en Siniestra se cuenta. Ya está dicho lo fundamental. Ahora es el lector el que tiene la última palabra. Y muy confundido tengo que estar si no es esta una novela que terminará haciendo ruido. Un ruido que, por otra parte, Arriero debería haber escuchado hace mucho tiempo.
© Del Texto: Gabriel Ramírez Lozano

Charlie Haden - El ciego






20/1/10

¿Por qué leemos? (II)


La lectura de algunos libros marcan definitivamente, orientan el pensamiento y la mirada del lector hacia territorios poco frecuentados antes de producirse esa lectura.
Una de mis alumnas más jovencitas acaba de terminar la novela “Mientras agonizo” de William Faulkner. Me decía: ¿Cómo es posible que un mundo tan repugnante como el que se pinta en la novela pueda parecerte reconocible? Es como si ya hubiera estado allí, muchas veces. Y, sin embargo, no tiene nada que ver con mi vida. Es lo mismo que sufrir de vértigo. La caída parece arrastrarte, es como si te llamara y tú no pudieras resistirte a acudir sabiendo lo que te espera. Y lo que te espera es el horror y la muerte.
Siempre he pensado que el lector lo que quiere es conocer y reconocer su propio horror y su propia muerte en la de otros. Sería más exacto decir “en otros”. Es verdad que puede ocurrir lo mismo con la diversión y el amor. La diferencia es que eso podemos conocerlo y reconocerlo en una sala de fiestas. Hay más opciones.
Una lectura que se limite a una opinión sobre lo bien escrita que está la novela es una lectura estéril porque el que nos cuenta pone a nuestro alcance mucho más que un alarde retórico o estilístico, mucho más que una sucesión de divertidas o espantosas anécdotas que sirven para entretener el pensamiento con milongas. Lo que se pone enfrente del lector al escribir ha de ser una representación de la realidad que se incorpore a la del individuo. Eso se toma o se deja. No caben opiniones. Otra cosa es que, más tarde, las personas que necesitan vivir de ello, analicen las obras y nos lo cuenten en un ensayo que puede ser de lo más interesante aunque no podrá aportar ni un ápice a la experiencia que produjo esa lectura y que nos conmocionó.
¿Hay algo más divertido que tener una experiencia que nos modifique la forma de pensar aunque sea sobre la muerte propia? Desde luego leer una patraña sobre Leonardo y la Iglesia no lo es. Mirar la televisión tampoco.
Cuando abrimos una novela vivimos en otros nuestra propia experiencia (si no la hemos tenido la descubrimos y la sumamos de forma vicaria). Sea cual sea. Y esa es una de las razones por la que una persona dedica buena parte de su tiempo a leer.
Y debe ser este uno de los motivos por los que desconfío de la crítica que se viene realizando en los últimos tiempos. Mucho tecnicismo, mucho lenguaje por aquí y por allá aunque poca experiencia vital. Es más, son pocos, poquísimos, los críticos que hacen referencia al tema de la novela por incapaces. Sí se manejan bien con los vehículos que se utilizan en la narración para llegar a ese lugar que nunca aparece, me temo que por desconocerlo. Pero del “cogollo”, de la esencia de la narración casi nada. Sin embargo, el lector (sin reconocer la razón y ni falta que hace porque no le pagan un solo céntimo por ello), el lector, decía, sí llega a esos territorios porque modifican parte de su ser. Sin tecnicismos, sin grandes habilidades para la escritura. Pero con toda la vida por delante para experimentar lo que nunca ha conocido.
© Del Texto: Gabriel Ramírez Lozano

19/1/10

¿Por qué leemos? (I)


La vida, la de cada uno de nosotros, no suele corresponder con la que deseamos. No quiero decir con esto que nuestra existencia se convierta en una especie de tortura continua o que una vida sea la lacra que nos tocó en un reparto estúpido para que cargáramos con ella nos gustase o no. No. Lo que digo es que el hombre tiende a buscar mejoras en su existir, lo que él cree que puede ser una tendencia a la perfección lejana e inaccesible. Si cualquiera de nosotros tuviéramos la posibilidad de accionar un mando que modificase el mundo a nuestro gusto lo haríamos sin pensar dos veces. Queremos un mundo que se parezca al nuestro soñado, queremos una existencia en la que seamos importantes, necesitamos ejercer cierto control sobre la realidad que conocemos. Y necesitamos creer en algo. Sea lo que sea. Si la religión falla, el movimiento normal del hombre es buscar alternativas que sirvan de explicación propia. Agarrarse a una religión, a una ideología o a la literatura, tienen, finalmente, un efecto parecido.
La única forma de dominar un mundo como el nuestro es convertirlo en un objeto manejable, en una representación a la que puedan tener acceso las personas sin llevar por delante el poder político o religioso, la única forma de dominar el cosmos es ordenarlo, elegir un pequeño trozo del caos y convertirlo en existencia ordenada.
En cada libro encontramos un mundo a la medida del autor y a la de sus lectores. El tiempo tiene un principio y un final, los personajes tienen una vida que deseamos para nosotros mismos o que detestamos y que ¿la quisiéramos para otros?, espacios que nunca conoceríamos de otra forma. Pero mundos, tiempos, espacios y personajes mentirosos porque nos enseñan lo que no ha sido ni será, lo que deseamos y nunca tendremos en nuestra realidad. Tan sólo lo incorporamos en nuestra experiencia sabiendo que es una gran mentira anhelada.
Necesitamos creer en algo. Y con la literatura nos vemos capaces de hacerlo en nosotros mismos, en los fantasmas propios y en los que compartimos, en los recuerdos de nuestro pasado y los que nos ofrece la ficción. La mentira que es la ficción nos abre sus puertas para que podamos creer que una vida deseada es posible.
La lectura de una novela no puede pasar por el entretenimiento como sustento único de la acción de leer. Si alguien intenta defender esa postura se está engañando y negando su propia insatisfacción con la vida. Abrir un libro significa abrir un mundo que nos puede entusiasmar o hacer estragos en la conciencia, pero un mundo que buscamos como posibilidad de vida, como alternativa a lo que somos.
La literatura siempre fue ese mando que accionado dibuja una realidad parecida a la buscada, o la que odiamos y nos recuerda que el movimiento es hacia el lado opuesto de lo representado, o una parecida a la nuestra en la que ventilamos un ejército de fantasmas y miserias. Al fin y al cabo un mando que accionado nos traslada lejos de lo que somos e inunda de mentiras un día cualquiera convertido en palabras que no significan lo mismo que en la oficina o en casa.
© Del Texto: Gabriel Ramírez Lozano

9/12/09

Dioses del inframundo


Ayer pasé miedo. Hacía muchos años que no me encontraba tan angustiado y tan asustado mientras leía. Son muchos miles de páginas a la espalda como para conmocionarme al leer. Y menos con una novela escrita en la actualidad. Y, sin embargo, ayer ocurrió. Aún ahora sigo viendo imágenes tristes, desoladoras, traumáticas y horribles. Dicho así, cualquiera huiría de una lectura tan agobiante. De una lectura sobre la muerte. Parecería lo más lógico porque nadie quiere que le recuerden de forma tan abrumadora lo que le espera pasado un ratito. Pero para resolver estas cosas existen los buenos escritores, para acercarnos a lo más bajo de la existencia después de tendernos la mano sin querer obligarnos (a los lectores), añadiendo una pizca de luz, unos personajes entrañables, ternura y oficio. Y un tema (¡qué pena que muchos autores olviden algo tan importante a costa de una buena trama!). Un tema, sí. En este caso la relación entre los padres y los hijos, en definitiva, la familia.
La novela se titula “La Puerta de los Infiernos”. La firma un tal Laurent Gaudé. Y se trata de una obra, sencillamente, impresionante.
Es posible que yo, padre de cuatro hijos, hermano de tres, hijo, marido y amigo de mis amigos, es posible, decía, que sea especialmente sensible cuando estoy frente a una narración de estas características. Es posible que sólo se tratara de un estado de ánimo determinado que me hiciera más vulnerable ante el relato. Pero es seguro que soy novelista y sé lo que tengo entre manos. Hace muchos años que perdí la inocencia al leer. Ayer pasé miedo y me encontré leyendo una novela de doscientas cincuenta páginas de un tirón. No pude dejar de hacerlo desde que abrí el libro.


Se acerca Gaudé a la tragedia griega en las formas y en el fondo. Incluso lo hace cuando se asoma a la teología. Perfila los personajes como lo harían los clásicos (no como un todo sino como si fueran trocitos pegados unos a otros y de los que pudiera desprenderse el individuo sin causar más que un daño “local”). Y lo hace con una solvencia extraña en los tiempos que corren. Creo que pasarán años hasta que pierda la nitidez en mi consciencia la descripción que me encontré ayer del infierno en esas páginas. Pero, del mismo modo, será difícil olvidar la relación del matrimonio protagonista, las escenas violentas y crueles que definen el mundo que nos presenta este autor francés.
Después de leer un par de páginas o tres, decidí quitarme el disfraz de escritor y disfrutar la novela como si no supiera ni una palabra de literatura. Y no me arrepiento.
Hacía muchos años que no disfrutaba tanto con una lectura. Por ello no quiero desvelar nada de la trama, nada de lo fundamental. Sólo quiero que otros agarren ese libro, se sienten con un café humeante sobre la mesa; el paquete de tabaco, si es que fuman, a mano; un lápiz para subrayar y cierta dosis de valor para enfrentarse a los miedos que compartimos millones de seres humanos.
Eso sí, no lo hagan si piensan morir pronto. Mejor que sea sorpresa lo que les espera. Quedan advertidos.
© Del Texto: Gabriel Ramírez Lozano

8/12/09

Bienvenido


Cualquiera que se ponga frente a un papel en blanco puede escribir una novela. Cualquier novela, claro (tome el lector esta expresión como algo absolutamente despectivo). La correlación en literatura suele ser perfecta. Si uno es cualquiera, la novela escrita por él es una más, del montón. Por el contrario, si el autor se diferencia de los demás por alguna razón, su novela conservará esa característica frente al resto de obras.
Dicho de otra forma, el que no tiene las capacidades propias de un escritor no puede conseguir una novela solvente.
He leído la novela de Luis Montero, “Artrópodos” (Grupo Ajec, 152 páginas, 10 €), aprovechando estos días de fiesta. No sabía a lo que me enfrentaba. Tan sólo conocía los textos que el autor publica en su blog “0,23”. Eso lo hago a diario. Pues bien, me he encontrado con una obra gamberra, muy divertida, fácil de leer y, por tanto, accesible a cualquier tipo de lector. No es la mejor novela de este siglo. Si dijera algo así estaría exagerando. Pero creo que tampoco trata de serlo y es esto una de las grandes virtudes de “Artrópodos”. Montero sabe lo que tiene entre manos y el objetivo más que claro. No es la mejor novela del siglo, pero alborota, como otras nuevas voces, el panorama editorial, desordenando ese “mar de fondo” que se impuso hace ya demasiado tiempo en la narrativa española. Parece que uno lee una novela y ya ha leído todas.
Pero, también, me he encontrado con una novela extraordinariamente inteligente y, en algunas zonas expositivas (escasas para mi gusto) una filosofía más que interesante. Una pena que montero no explorase más ese territorio.
Otra pena es que la edición no esté lo cuidada que debería estar. Excesivas erratas (algunas de bulto). Incomprensible.
Tenía muchas ganas de leer esta novela. Ahora tengo muchas ganas de que la lean los demás. Un libro del siglo XXI que dice mucho y bien, pero que "no dice" más y mejor. Sería un error del lector quedarse en el cascarón, en la parte simpática y divertida de la obra, sin traspasar la línea que lleva a lo importante, al mundo que el autor nos presenta. Eso sí, lleno de bichitos repugnantes.
Si son capaces de encontrarlo en una librería (misión imposible dado que la distribución parece que haya sido un auténtico desastre) no dejen de llevarse un ejemplar a casa. Porque Montero ha resultado ser un autor diferente y no ha contado cualquier cosa. Y eso sí que es casi un sueño tal y como están las cosas.
© Del Texto: Gabriel Ramírez Lozano

30/11/09

La luz de las tinieblas


A veces nos encontramos con libros que cuentan muy poca cosa. O que lo parece sin ser verdad. Y, casi siempre, nos deja un regusto amargo la lectura de una obra de esas características. No sé si este mal gusto tiene que ver con el precio de los libros (en la sociedad actual tendemos a rentabilizar todo desembolso) o si lo que sucede es que el lector siempre espera que le cuenten mucho creyendo que tendrá que entender mucho, también. El caso es que algunos libros cuentan poquita cosa. Además de eso, no sabemos bien lo que cuentan. No nos enteramos.
Una de esas obras es “El corazón de las tinieblas” de J. Conrad. Se narra un viaje. Un viaje que no es al infierno como tantas veces he oído decir. Ese trayecto hasta el infierno lo sería si estuviera salpicado de peligros y la progresión en la tensión narrativa tendría que ir de menos a más. El viaje a través del río es lento y mantiene una línea continua de principio a fin. (Se trata del río Congo aunque su nombre no aparece. Casi ningún nombre aparece. Ni de lugares ni de personas). Todo en ese viaje es lento. La desintegración (quizás sea el final de la ruta) aparece poco a poco. Y lo hace desde una rutina apática y perezosa.
Lo cuenta Marlow (un primer narrador desaparece muy pronto y le da paso). Hace entrada en el relato comparando hombres con hombres, tiempos con tiempos. Iguala mil novecientos años con un breve momento. Ni tiempo ni escenario modifica las actitudes del ser humano, todo se repite. Quizás por eso el viaje hacia la degradación es lento, quizás es volver a vivir lo ya vivido.
Testigo silencioso de todo lo que pasa es la selva. El escenario adquiere una importancia que al lector no puede parecerle poca cosa. Silencio y misterio. Se dispara o se lanzan flechas sin saber de dónde vienen sin saber qué es lo que se quiere destruir.
En contraposición a este silencio, nos presentan a Kurtz desde su voz. Parece que puede reducirse a eso, a su voz. Cuando todos los personajes que van apareciendo tienen un discurso fragmentario (algunas conversaciones se presentan mutiladas por la falta de audición del testigo), kurtz es presentado como una voz, como alguien que dice lo que nadie es capaz de decir. Lo más curioso es que, llegado el momento de conocer al personaje, no podemos oír casi nada de lo que dice. “El horror, el horror…” es la frase más famosa de la novela (gracias al cine y no a la propia narración) y dice más bien poco. Críptica. Nos obliga a especular sobre su verdadero sentido y significado.
En este asunto tiene que ver (siempre es así) el narrador. Porque durante el relato todo parece quedar dicho a medias. Por ejemplo, nos dice que Kurtz asume las costumbres indígenas, nos lo muestra durante la celebración de un rito que nos puede llevar a pensar en excesos, pero ahí deja la cosa. Y es que el narrador elige meticulosamente lo que quiere decir. Tiene una intención muy concreta que si el lector no detecta se puede perder en lecturas vagas o estériles. ¿Cuál es esa intención?
Vayamos por partes.
Marlow afirma detestar la mentira y, sin embargo, miente. Elimina una nota de Kurtz que este incluyó en un informe y que podría poner en entredicho lo que Maslow cree que es Kurtz, lo que representa. Y engaña a la prometida de Kurtz cuando esta le pregunta sobre sus últimas palabras. Por tanto, una lectura correcta de la novela exige que estemos muy atentos a estas afirmaciones y las contradicciones que se detectan en la voz narrativa.
Como me estoy extendiendo más de lo que quisiera, hago un inciso. Desde un punto de vista descriptivo, la novela presenta un aspecto muy interesante. Todo aparece aunque no se dice qué es. Los palitos que caen en el barco se convierten en flechas un poco después. La narración se va llenando así. A esto se le llama “descodificación demorada”. Digo esto porque, hace unos días, mientras charlaba de esta obra en la Escuela de Letras con mis alumnos, no fui capaz de recordar el nombre exacto del recurso. Creo que lo convertí en “no sé qué tardía”. Algo así. La edad no perdona. Sigamos.
Conrad creó con Maslow una voz que entiende la necesidad de omitir al narrar, pero (esto es muy importante) no para jugar una mala pasada al lector. No. Lo hace para generar símbolos. Quiere que Kurtz se convierta en un mito, lo quiere mostrar así porque así le ve y la única forma de llegar al mito es a través de un mundo simbólico. Sin lo trascendente del personaje, eso que en literatura suele quedar solo en esencia por debajo del texto, no hay símbolo y, por tanto, no hay mito.
Esa es la intención de Maslow. Y no otra. Para ello evita cualquier obstáculo que lleve a una idea distinta.
Volvamos a la mentira de Maslow. Frente a la prometida de Kurtz dice que este dijo antes de morir su nombre (el de la dama) cuando en realidad dijo “El horror, el horror…” ¿Por qué alguien que se interesa por asuntos serios y profundos utiliza una fórmula tan gastada y superficial, un estereotipo, para contestar esa pregunta? Llegamos al cogollo de la novela. Maslow dice “la vida es una bufonada (…) lo más que se puede esperar de ella es un cierto conocimiento de uno mismo (…) la vida es un enigma mayor de lo que la mayoría de nosotros cree”. Afirma, también, que Kurtz es un ser fuera de normal porque tiene cosas que decir sobre el mundo.
En resumen, no hay que saber nada de este mundo. Es un misterio. Nos tenemos que conformar con conocernos levemente (por eso opta por una frase así al contestar a la prometida). Nihilismo puro. Sin embargo, Kurtz si sabe, ha pasado la frontera y eso le hace inmenso. El ser humano puede retorcer el corazón al mundo para conocer tal y como hizo Kurtz con la selva. Esta es la luz de la novela. La obra no es tan oscura como se afirma tantas veces. La luz está y está para que sepamos, y está porque el hombre necesita de ella. La luz es el corazón de las tinieblas. A pesar de ese párrafo del primer narrador (el que desaparece) en el que se viene a decir que un paseo es suficiente para conocer un continente entero porque todo es lo mismo y se reduce a nada, a pesar de tanto nihilismo, nos dejó el todo. La luz que alumbra las tinieblas.
© Del Texto: Gabriel Ramírez Lozano

6/4/09

Breve reflexión sobre la libertad al escribir


Supe que había superado la muerte de mi padre y de mi hermano Antonio el día que me atreví a recordar las cosas que no me gustaban de ellos. Lo supe porque fui capaz de recordar y decir.
Parece que la ausencia impide que podamos expresar. Es como si faltáramos el respeto de forma grotesca al muerto cuando, en realidad, lo que hacemos es seguir pensando lo mismo que antes de la falta. Sabíamos qué cosas no nos gustaban. Y seguimos teniéndolas muy claras. Y muy ocultas. Es parte de lo absurdo que tiene la muerte. Nos hace enanos, miedosos.
Un escritor ha de tener muy claro que, a través del relato, pone en juego gran parte de lo que es, de sí mismo. Es verdad que la ficción maquilla mucho todo lo que de autobiográfico pueda tener una novela, pero el autor conoce perfectamente donde ha dejado la parte que arriesga. Al escribir, aparecen las experiencias que dejaron buen poso y las que fueron o están siendo horribles. Todas. Y para eso hay que estar preparado.
Sin riesgo no puede haber literatura. La falta de libertad al escribir es la ruina de cualquiera que quiera hacerlo.
Un excelente ejemplo de todo esto se encuentra en la novela gráfica “Maus” de Art Spiegelman.
Con el holocausto judío de fondo (no deja de ser un vehículo narrativo y mucho menos importante de lo que puede parecer), Spiegelman habla de la relación de un padre con su hijo, de cómo puede odiar ese hijo a la vez que adora a su padre, de cómo el peso de una narración puede hacer que te difumines llegando a tener problemas mentales graves, de la intención de un autor y de cómo recibe el mensaje el lector, de los fantasmas familiares, del suicidio, de la muerte, de los tópicos que existen aunque lo sean y, sobre todo, de cómo puede escribir un hombre sabiendo que aquello sucedió y de las consecuencias que tendrá en su entorno.
Nadie que quiera dedicarse a la escritura debería prescindir de esta lectura. Nadie que quiera dedicarse a la escritura debería negar ni un ápice de su existencia. Porque es, de eso y no de otra cosa, de lo que se trata.
© Del Texto: Gabriel Ramírez Lozano

1/4/09

El libro sobre la mesa


Acabo de releer un cuento de Ryunosuhe Akutagawa. Rashomón. El libro sigue sobre la mesa. Tengo la costumbre de mirar el ejemplar mientras pienso en lo que acabo de leer.
Bien. Mal. Bondad. Maldad. Luz. Oscuridad. Esperanza. La nada. Vida. Muerte. Separadas, sin posibilidad de conexión. Una cosa o la otra.
En el mundo del autor no cabe otra posibilidad. O se viaja por los extremos o no existe alternativa para un mínimo movimiento. Porque la zona central del camino, la que inventamos los humanos para poder sobrevivir, sencillamente, ha desaparecido en un mundo dibujado por la autodestrucción.
Una anciana arranca el cabello del cadáver de una mujer muerta. Desea ese pelo para poderlo vender en forma de peluca. Quiere tener una pequeña esperanza. Es la muerte la que se lo permite. No su propia existencia. Esa no vale nada. La vida, el mundo que encontrará fuera, Rashomón, es inaccesible. Extraño.
Un hombre. Desesperado. Ha decidido que esa zona muerta puede dar de sí. No encuentra otro camino. Transita el mismo territorio que la anciana.
El hombre arrebata el cabello robado poco antes (el instante ganado desaparece). La ropa de la anciana abre al hombre una puerta que se cruza en un solo sentido.
Rashomón se dibuja como el reino de hombres y mujeres carentes de futuro. Porque el mal siempre fue la guarida de los que llegan para no regresar jamás.
Un cuento breve, inquietante, demoledor.
Me pregunto: ¿Hasta dónde llegaríamos en caso de necesidad? Y una sola respuesta. La oscuridad espera paciente hasta que llegue nuestro turno.
El libro sigue sobre la mesa. Dejo de mirar. A veces, prefiero evitar algunas cosas.
© Del Texto: Gabriel Ramírez Lozano

2/1/08

El primer libro del año


Nunca he comprendido bien la razón por la que alguien compra un libro, lo deja en la estantería y no lo vuelve a coger nunca jamás. ¿Pereza, compra compulsiva o impulsiva (dependerá de cada caso), falta de tiempo para leer “ese” libro? Supongo que sucede como con los papeles en la oficina: cuanto más tiempo en la mesa mayores posibilidades de ser destruido sin que se resuelva el asunto del que trataba (si el que comete el delito es preguntado por ese documento dirá que no sabe nada, negará su existencia y cosas así). A mí me pasa alguna vez que otra. Y me pasa, alguna vez que otra, que un buen día (sin pensarlo mucho) agarro uno de esos ejemplares destinados a ocupar su plaza en la biblioteca aunque sin derecho a ser leído.
Esta vez le ha tocado el turno a un librito que compré no sé donde, ni recuerdo porqué, ni recuerdo en qué momento. Confesión de un asesino de Joseph Roth. De este mismo autor leí hace ya muchos años otra de sus novelas: La leyenda del Santo Bebedor. Me dejó muy buen sabor de boca. Seguramente por eso le he dado una oportunidad a su criminal. Bastante accesible a cualquier tipo de lector, una trama muy entretenida y elementos técnicos de lo más interesantes (narrador apoyado, elipsis que dejan en el relato momentos inquietantes y dibujan los perfiles de los personajes con rotundidad desde el silencio del narrador o una elección del campo semántico acertada y sin fisuras). Mi ejemplar llega hasta la página doscientos siete. Acabo de cerrar el libro para hacer un descanso (la vista cansada propia de la edad que no perdona) y he dejado el marcapáginas en la número ciento treinta y seis. Comencé su lectura en la mañana de ayer. Es decir, me lo estoy tragando sin rechistar.
No siempre ocurre lo mismo. La mala suerte te hace topar con novelas lamentables, pero esta vez hubo suerte. Lean al señor Roth. Merece la pena.

31/8/06

Tolstói y las croquetas de jamón


Ha tenido que esperar en la estantería durante mucho tiempo. Me daba pereza. Casi dos mil páginas suponen algunas horas de lectura de las que no dispongo. Entre unas cosas y otras, los ratos libres que puedo dedicar a leer o escribir se achican o desaparecen. Tengo la mala costumbre de no abandonar una novela antes de acabar con ella, lo que significa malgastar muchos minutos si no me convence. Pero no. He disfrutado cada página de “Guerra y paz”, cada personaje, con un narrador espléndido que nadie se atrevería a utilizar hoy (cosa normal por otra parte), con una técnica añeja de la que bebemos todos los escritores nos guste o no, con una trama folletinesca construida desde la ironía más elegante que puedo recordar, una trama llena de injerencias que he tenido que perdonar sin excepción por el descaro con el que Tolstói las dejaba caer. Por ese descaro y porque he llegado a tener la sensación de oír al autor contándome al oído alguna impresión sobre lo que estaba escribiendo en ese momento. Eso o alguna inseguridad al pensar que su lectores podrían desvirtuar lo que quería decir. “Si no meto esto aquí cualquiera sabe lo que pueden entender los escritores del siglo XXI”. Algo así creí escuchar que me decía. Cosas impensables en la literatura actual que perdono a un escritor de esa categoría porque de sus aciertos hemos aprendido todos, pero de sus errores también. Un novelón.
Entre amores desdichados, bodas arregladas por las buenas dotes de las novias, batallas encarnizadas, cobardías odiosas, deudas delirantes, duelos estúpidos y días de cacería (impresionante la caza de un lobo viejo), he pasado estos últimos días de vacaciones. Más de una noche, ya de madrugada, he cerrado el libro sin tener sueño obligándome a dormir. Guzmán toca diana hacia las ocho de la mañana y no entiende de tramas ni de personajes bien perfilados. He inventado ratos para poder leer un par de páginas que se convertían en un capítulo entero entre las protestas de los chavales que querían bajar a la playa. Una lectura intensa, apasionada y apasionante.
Hoy, mientras preparaba la masa de las croquetas (además del jamón, con un poquito de cebolla, huevo duro y una pizca de nuez moscada para que no sepan igual que las congeladas) pensaba en las diferencias entre una buena novela y un tostón. Las he ido anotando en un papel que está pegado a la nevera con un imán. No son muchas. Una pizca de esto, una cucharadita de lo otro. Poca cosa. Pero sólo los buenos escritores conocen las recetas. Tolstoi se las sabía tan, tan bien, que escribió una novela de casi dos mil paginas y ni te indigestas, ni nada. Incluso no te importa repetir. Son las cosas que tienen los genios.

9/6/05

El enfado del lector


Mi amiga Pilar, mi buena amiga Pilar, dice que lo tiene claro. Una buena novela, afirma, es aquella que no requiere ser leída, analizada, releída, comentada, analizada otra vez, desmenuzada y releída un poco más, antes de conocer lo que el autor quiere decir. Es una opinión como otra cualquiera. Sin embargo, mi amiga Pilar, mi buena amiga Pilar, dice esto después de cerrar dos novelas (que yo sepa) algo irritada porque los textos le han parecido superficiales, los diálogos le han parecido un desastre, las tramas muy predecibles y con la extraña sensación de ser una lectora a la que no le gusta nada. No había nada que analizar, desmenuzar, comentar e, incluso, nada que leer. Es una contradicción como otra cualquiera.
A veces intentamos definir alguna cosa cuando, en realidad, estamos intentando definir otra bien distinta. A Pilar, lo que le pasa es que sabe distinguir una novela honesta de otra que no lo es. Honesta (si es que puede llamarse así) es la novela en la que el autor no intenta jugar con el lector (ocultando información, por ejemplo) ni le “suelta” cualquier cosa para que se entretenga. Honesta es la novela en la que el autor abre puertas y deja el camino libre al que lee para que llegue hasta donde quiera o hasta donde sea capaz. Son las novelas en las que la responsabilidad cae de ese lado, del lado en el que hay alguien con un libro entre las manos. Honesta es la novela en la que los alardes estilísticos dejan paso a una exposición clara de lo que se quiere transmitir, que no es lo mismo que una exposición falta de expresividad. Esa expresividad siempre está ligada al vínculo que se establece entre el lector y el texto, por tanto no puede faltar. Honesta es una novela en la que el autor no vuelca medio diccionario para demostrar su erudición, demostrando, de paso, su superioridad respecto al pobre hombre que ha comprado su libro.
Lo que quería decir mi amiga Pilar, es que le molesta mucho que le traten como si fuera tontita. Que le molesta que algunos autores presenten sus trabajos disfrazados de literatura cuando no lo son. Eso es diferente a definir lo que es una buena novela. Y es harina de otro costal.

31/5/05

Más sola que la una


El pasado domingo estuve caminando por el Retiro y, de paso, echando un vistazo a las casetas de la Feria del Libro. Mi hijo pequeño y yo mismo habíamos sido abandonados por el resto de la familia. Ver como se desarrollan las batallas interestelares mientras comes palomitas tiene mucho tirón. Nos cambiaron por un tío vestido de negro que respira haciendo mucho ruido y que agarra una espada de luz con una mano ortopédica. Qué cosas. Saludé a las gentes de la profesión que estaban por allí (unos firmando libros, otros gastando el tiempo; los menos abandonados del mismo modo que nosotros). Me fui al poco tiempo. Demasiada gente, un bochorno incómodo. El bebé se había dormido y aproveché para sentarme en un banco a leer tranquilamente. No es habitual tener una oportunidad así, había que aprovechar. Casi al mismo tiempo, una mujer mayor (decir que era muy anciana es más exacto) se acomodó a mi derecha. “Qué suerte tienes, hijo, yo hace años que no puedo leer por la dichosa vista”. “Si quiere puedo hacerlo en voz alta”. Asintió, cruzó las manos apoyándolas en el regazo y esperó. Volví a abrir el libro por la primera página. “Enterrar a los muertos” de Ignacio Martínez de Pisón. Narra el asesinato de José Robles (poeta, ilustrador, traductor y profesor republicano) y el intento de aclarar el asunto por parte de John Dos Passos. Excelente obra. El bebé dormía, ella escuchaba, yo leía. Llegamos a la página cincuenta y uno. Guzmán se había despertado demandando algo de atención. Quise regalarle el libro. “Así se lo podrá leer un hijo o algún nieto”. “Vivo sola, guapo. Mis hijos vienen a verme de pascuas a ramos. Vivo más sola que la una”. Salimos juntos del parque. Se agarró de mi brazo y caminamos despacio hasta la puerta de la calle Menéndez Pelayo. Fue un rato estupendo. Me contaba, parando a cada poco, que ella vivía en Madrid cuando sucedió lo que Martínez de Pisón cuenta en su libro. No lo recordaba bien. La memoria apenas alcanzaba para poder rememorar el dolor de tripas cada noche por la falta de una cena abundante, a veces de una cena a secas. Un hermano pequeño, que murió antes de acabar la guerra, se llevaba buena parte de las raciones de los mayores. Once hermanos el año treinta y seis. Cuatro el treinta y nueve. “Ves que fácil es hacer feliz a una persona mayor. Sólo hay que hacer como si existiéramos, dejar que recordemos y escuchar un ratito”. Aunque me puse algo pesado, no dejó que le acompañase hasta su casa.
Hemos quedado en vernos los domingos, en el mismo banco, a la misma hora. Quizás el próximo le pregunte su nombre. No estoy seguro de quererlo hacer porque el vínculo será un poco mayor. En casos como este, no se puede fallar. No me lo perdonaría. De todos modos, quiero pensar que este no será el único libro que leamos juntos. Y es que llevo un par de días pensando que los ancianos existen aunque nos hagamos los locos. Y lo peor de todo es que nos estamos perdiendo lo mejor. Eso es seguro.

29/5/05

Menuda mierda de libro


No hace mucho, mi hijo Gonzalo leyó "El principito". Traducido al español aunque el volumen incluye el texto en francés (algo que es igual a decir "que si quieres arroz catalina" dado que en casa no habla nadie ese idioma, ni parece que haya intención). Se sentó a mi lado, en el sofá del salón, sin muchas ganas de leer ni ese ni ningún otro libro, pero se sentó. Cuando se terminó de acomodar, cuando dejó de quejarse por el aburrimiento que supone tener que aguantar a tanto hermano, pude continuar con la lectura de "La casa verde" de Mario Vargas Llosa. Estuvimos un par de horas sentados sin decir una sola palabra. Fue él quien rompió el silencio al decir "menuda mierda de libro". Al acabar la frase, ya estaba de pie, de espaldas a mí. Aún no sabe que le había estado mirando, que le había visto llorar cuando estaba terminando la lectura. El caso es que fingió un ataque repentino de sueño y se fue a la cama. Algo sospechoso cuando aún eran las ocho de la tarde. Volvió para cenar, su madre le había hecho confesar (todas las madres consiguen esas cosas) que "nadie debería escribir para que los demás lloremos". Desde ese día las lecturas que demanda Gonzalo son diferentes. Por ejemplo, ha sustituido los libros que relatan pesadillas o historias de fantasmas, por las leyendas de Bécquer. Es posible que, sin ser consciente, esté fomando su criterio como lector. Es muy posible. De momento, no me preocupa lo más mínimo. Llorar, reír o poder imaginar que el personaje principal es uno mismo, creo que es suficiente para que un chaval de once años descubra en la literatura lo que la televisión o la consola de videojuegos le niegan por otra parte.
Después de cenar, continué con las últimas páginas de mi novela. Al acabar, miré a mi mujer y le dije "menuda mierda de libro". Ella (pocos lo sabían hasta ahora) sabe que siento cierta debilidad por Vargas Llosa, así que comprendió la broma. No lloré. Eso ya lo hice cuando lo leí por primera vez, en ese tiempo en el que andaba buscándome como escritor sin descanso. Después de "La casa verde" y "Conversación en la catedral" nada fue igual. Por eso, esta noche dejaré mi viejo ejemplar de "El extranjero" sobre la mesilla de noche de Gonzalo. Si quiere leerlo que lo haga. Ya lo hicieron conmigo y fue definitivo.

12/5/05

Cerrar una novela


Ayer uno de mis alumnos me llamó por teléfono para decirme que estaba leyendo una novela y que alguna de las partes le aburrían mucho. “Me he quedado dormido leyendo la descripción que hace de la ciudad. No puedo, Gabriel, de verdad que no puedo”. Le recomendé que se las saltase. Durante un par de segundos, guardó silencio. Parecía esperar a que me desdijera o a que confesara que le estaba gastando una broma. No fue así, claro. “Pues pienso hacerlo” dijo con tono amenazante. Le contesté que se haría un gran favor a sí mismo y, también, al autor; que nadie escribe para aburrir, que nadie debe leer para sufrir.
A menudo, no comprendemos estas cosas. Nos disgusta que nuestros hijos lean novelas saltándose algunas páginas, que se aburran al leer una zona de exposición narrativa profunda, que cierren un libro a mitad de camino. Cosas que hemos o hubiéramos hecho en más de una ocasión y que no hacemos o hicimos más por vergüenza que por otra cosa. Sin embargo, si lo hace un jovencito con las hormonas revueltas (cientos de millones de hormonas revueltas) nos ponemos nerviosos creyendo que el chaval sólo piensa en tonterías, que no es capaz de concentrarse, que sólo le gusta estar tirado en la cama escuchando música. Esto, también, lo hemos hecho todos los adultos, pero lo tenemos olvidado. Quizás sea envidia.
Pues para mí que no pasa nada. Ya leerán tranquilamente, ya dejarán de decir tonterías (si es que las dicen), ya se harán mayores y pensarán que sus hijos son un desastre porque no se parecen a ese héroe que se llama papá. Hay tiempo para todo. Lo que no deben hacer es torturarse ahora con Joyce porque quizás si siguen haciéndolo nunca lleguen a ser buenos lectores. Ni malos.

P.D.: Antes de colgar, le dije a mi alumno que, en realidad, el autor no estaba describiendo la ciudad. Lo que intentaba hacer era un esquema del amor que sentía el personaje principal por una chica que le daba calabazas desde un año atrás. Antes de acostarme miré el teléfono móvil y encontré un mensaje que decía "¡Cómo mola! Estas cosas se avisan."

© Del Texto: Gabriel Ramírez Lozano

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