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28/5/09

Pecados Capitales (III)


Algunos días comía sin parar. Otros despreciaba lo que le ponían enfrente y ordenaba tirarlo a la porquera. Convirtió el masticar en el proceso previo al vómito. Hacía mirar a los sirvientes. Pisoteaba las sobras gritando que la gentuza no debería tener dientes sino un hambre perpetua para que trabajasen con más dedicación. Sólo la sangre azul ha de tener privilegios, decía mientras golpeaba con brutalidad a quien estuviera cerca.
A todos los cerdos les llega su San Martín, gritaban el día que fue traicionado por su hijo. El populacho arrastró primero al traidor por las calles empedradas. Ni siquiera acabar con su padre le concedía la posibilidad de vivir. Fue colgado cabeza abajo y golpeado con estacas de madera de pino hasta morir. Cuando acabaron con el muchacho, el juez ordenó que todos los presentes guardaran silencio. Puerca majestad, todos sabemos lo que disfruta con las viandas y el vino. No quisiéramos sus lacayos que tuviera un final infeliz. Va a comer todo lo que usted quiera, mi rey, en agradecimiento al trato que nos ha dispensado.
Le rebanaron parte de la espalda, los muslos, tripa y gemelos. Le apuntaron un dedo sí y otro no. Lo justo para que no muriera desangrado. No le permitieron desmayarse. Y, poco a poco, le hicieron tragarse a sí mismo. Tres días de sufrimiento. Los restos fueron repartidos entre los más hambrientos que celebraron el festín entre risas.
Es ahora, pasados los años, cuando se ha olvidado en el reino entero lo que pasó. Tan sólo el redactor de edictos ha recuperado uno antiguo (del tiempo en que ese territorio era un reino) para copiarlo. “Queda prohibido comer sin mesura. Todo aquel ciudadano que lo haga será castigado con la muerte. Estarán exentos los gobernantes y sus familias, sacerdotes y militares de graduación”, dice el documento. El populacho acecha en la sombra porque quiere comer todo lo que sea posible para sentirse poderoso. 
© Del Texto: Gabriel Ramírez Lozano

23/4/09

Mirarnos


Una forma de conocimiento es la despedida. O la falta. O la ausencia. O como quieran llamarlo.
El día que salimos de viaje para estar durante los siguientes años en un país lejano, nos fijamos en esa figura de porcelana que siempre ha estado allí, en el arbolito del jardín que ha crecido tanto, en lo blanco de las paredes o en el olor a comida. Llegamos al destino y encontramos la ropa perfectamente planchada en la maleta, un libro envuelto que nos dejó sin decir nada con una carta que habla de nosotros. Nos sentamos a descansar y pensamos. Poco antes discutíamos por esto o aquello, el arbolito siempre estuvo y no reparaba en él, no huele a nada que sea conocido. Y sabemos porque eso se convierte en símbolo (ya lo era antes aunque lo simbólico no cuenta casi nunca), adquiere un significado que hasta ahora era desconocido.
Aprendemos y conocemos porque la ausencia nos obliga a pensar las cosas. A pensarlas más allá de lo que se ve, más allá de lo que nos enseñan a simple vista.
He llegado al convencimiento de que conocer es conocernos. Sin volver la vista hacia nosotros mismos nada tiene sentido. ¿De qué sirve dominar la física nuclear a cambio de no ser lo que nos toca? Y eso no puede llegar a través de los sentidos. Oler o ver la cáscara de las cosas nos niega saber qué es lo que tenemos delante. La superficie nunca mostró nada importante. Miramos dentro y encontramos todo lo que somos. Todo lo que es el mundo.
Conocer no es exclusivo de fórmulas matemáticas. Ni de filosofías. Ni de religiones o dioses. Conocer es la suma de todo lo que el hombre es. Conocer es mirar. Tan dentro como sea posible de las cosas. De nosotros mismos.
© Del texto: Gabriel Ramírez Lozano

7/4/09

Seguridad


Nos sentimos seguros pensando que eso que nos conmociona nadie lo puede llegar a saber. Nadie que no seamos nosotros mismos. Amamos, odiamos, queremos venganza o sentimos predilección creyendo que eso queda oculto tras una sonrisa o el silencio.
Sin querer lo vamos haciendo público con la sonrisa o el silencio. Lo oculto es traicionero. Sólo funciona la mentira por mostrenca y sucia que sea. O la verdad por arrogante y cruel. Nunca ocultar, escamotear fichas del puzzle.
Nos sentimos seguros cuanto más ocultamos de lo que somos.
Sin querer nos rodeamos de nuestros restos que se amontonan chivatos.
Nos sentimos seguros sabiendo que todos somos iguales. Finalmente, lo somos.
© Del texto: Gabriel Ramírez Lozano

10/12/07

Ahora es todo


Wallace Stevens dijo que la felicidad es una adquisición. Lo dejó escrito en su libro “Aforismos completos”. Excelente obra que leo con mucha frecuencia. Y ahora escucho The Things You Never Remenber. Todo se junta.
Creo que es verdad. Ser feliz es un logro arrancado a la realidad, a la experiencia personal de cada uno de nosotros. Tiene mucho que ver con un mundo que se hace real a medida que se conoce. La felicidad es tan cierta como de verdad el mundo (si es que puede decirse así) y aparece –la felicidad- cuando el entorno se deja ver. Simpático, desagradable, atemorizando, oprimiendo, bello, horrible, insensato o irónico. Es el propio mundo el que se convierte en una entidad dentro del observador que, a su vez, se convierte en una entidad dentro del mundo descubierto.
No se es feliz sin más. No. Eso sólo ocurre en el mundo de la ficción, ese que no conoce nadie y que sirve para explicar una realidad. La que vivimos ciertamente y se expande con el pensamiento. Tan rápido que dejamos de comprenderla al mismo tiempo que la conciencia se escapa de nuestro control.
Ayer estuvimos en la exposición “Roma. S.P.Q.R.”. Casi todos. Gonzalo dijo que debía estudiar. La exposición es muy recomendable. Incluso Guzmán se fijó en algunas cosas con verdadero interés. Al salir, mientras la pequeña Gimena, que estrenaba su primer año, merendaba; los niños jugaron con espadas, escudos, tridentes y no sé qué más cosas. Parecían felices. Todos los niños lo parecen cuando tienen un juguete en las manos. Pensé que estaban convirtiendo la historia en algo cotidiano, tan cercano como los autobuses que pasaban frente al museo. La historia adquiría sentido para ellos en ese momento. En ese instante. El pasado (igual que el futuro) no son nada sin el momento vivido aquí y ahora. Lo que ocurrió, lo que ha de suceder, se convierten en zonas explicativas de este mundo, no del que configuraban en el momento de suceder o en el que ocuparan. Si hablamos de historia, lo que no sea así, es especulación y retórica.
Ser feliz es entender el mundo, todo lo que ha sucedido desde el principio de los tiempos, poderlo cambiar construyéndolo desde la palabra. Hablando de él. Si narramos nuestra realidad la comprendemos y se produce un cambio en la percepción, en nuestra verdad, porque la verdad es lo vivido por un ser humano. Igual que los niños preguntan para edificar su realidad (la única verdadera por vivida), para alejarse de una ficción que, a pesar de todo, necesitan para vivir, los adultos afirmamos, mentimos y preguntamos para descansar lo antes posible en ese territorio que tanto anhelamos: una existencia soportada por la sabiduría, por el entendimiento de nuestra propia experiencia.
Gimena tiene ya un año y vive agarrada a su chupete, al biberón y a su peluche. Guzmán reduce la cosa a su festival de navidad, a los dibujos animados y a los cuentos que escucha cada noche antes de dormir. Guillermo descubre la mitología, corre con la música sobre los hombros arrastrando su afán de superación. Gonzalo cuelga de las chicas y del negar todo lo que tiene enfrente. Silvia y yo empezamos a vivir del pasado revisado con la verdad que manejamos ahora. Nuestra verdad en nuestro aquí y ahora, nuestro pasado y el futuro inmediato o lejano.
Por eso conviene no olvidar nada de lo que pasa. Por eso hay que formularse preguntas que lleven a otras. Eso o jugar con espadas de plástico creyendo que las legiones romanas están a la vuelta de la esquina.

11/10/07

A pierna suelta


Uno de mis pianistas preferidos es Red Garland. Y uno de los temas que más me hacen disfrutar es The Very Thought of You. Así que mientras escribo lo escucho y mientras usted lee puede hacer lo mismo. Si fuma encienda un cigarro, si bebe rellene su vaso. Si bebe y fuma calcule que morirá algunos años antes de la cuenta. Pero disfrute de la música de Garland. No lo piense más.
Estuve el pasado martes en el Teatro Real. Me acompañaba Guillermo R. El muchacho sufrió un k.o. técnico una hora después de comenzar la función. Apoyó la cabeza en mi hombro y no despertó hasta que no tuvo más remedio. Afirma que lo que vio le encantó. A mí me pasó lo mismo. Me encantó. Aunque no me dormí. Me encantó la ópera de cabo a rabo. Una puesta en escena algo discreta que no me terminó de convencer, pero en conjunto la cosa funcionaba bien porque sobre los que caía el peso al interpretar y al cantar estuvieron francamente notables. Algunos sobresalientes. Y el coro fantástico. Si tienen oportunidad pasen por el Real y echen un vistazo a la obra de Músorgsky. Borís Godunov. Hay entradas de sobra y merece la pena. Se perderán a Guillermo R. durmiendo a pierna suelta (todo un espectáculo), pero acudan, acudan.
Una de las cosas que tiene de bueno ir a la ópera es que ni fumas, ni bebes y (creo) ni piensas. Si disfrutas de lo que ves y de lo que escuchas el pensamiento deja de molestar. Si consumes ópera (son bastantes, no crean) la cosa cambia. Piensas en esto, en aquello, en lo difícil que es el idioma ruso, en la pinta de payaso que tiene el personaje que se ha dejado poner joroba, en que la flautista tiene unos kilitos de más. Piensas en todo menos en lo que toca. Y, encima, sin beber ni fumar. Es de agradecer que el mundo esté lleno de cosas que te permitan dejar de pensar. De lo contrario estaríamos todo el día dando vueltas al asunto de las banderas, al de la monarquía, a la subida del índice ese que nos está destrozando las cuentas de ahorro, dale que dale a lo viejos que estamos, a lo guapos que somos, a lo poco que disfrutamos, a lo mucho que nos debe la humanidad por ser tan estupendos o a la cara de panoli que tiene el presidente del gobierno. Porque la tiene. No hay más que mirar con un poco de atención para darse cuenta. Es parecido al caso de las banderitas en las ventanas y los pastelitos para celebrar eso de ser muy españoles. En este caso la cara de lelo se te queda a ti escuchando esas cosas.
Deberíamos atender más a los niños. Hasta aquí me ha gustado, pero ya no me interesa. Me duermo y cuando acabe todo este lío me avisas. Parece fácil.
Me aburro malgastando el tiempo en pensar lo que no me interesa para poder seguir dentro del mundo. Si no sabes cómo va la liga, que Rajoy se ha disfrazado de presidente del gobierno y Zapatero de dama de las camelias, que la bolsa ha subido o que el vecino del quinto se ha comprado un coche nuevo, si no sabes eso parece que estás de más.
Y la verdad es que me importa un bledo. Lo que ocupa buena parte de lo cotidiano me importa eso, un bledo. Será por eso que me dedico a escribir. Para pertenecer al mundo creado desde el lenguaje solo hace falta dejar de pensar en lo demás. Es como dormir a pierna suelta con cientos de personas alrededor. Eso creo.

19/1/07

La mano en los ojos


Ayer estuvimos viendo en casa la tercera película de la trilogía “El señor de los anillos”. Gonzalo sentado en el suelo porque los pequeños le ponen los pies encima y no lo soporta. Guillermo y Guzmán muy pegados el uno al otro para no pasar miedo. Gimena en brazos de su madre sin rechistar y yo intentando leer algunos poemas de Carver aunque levantando la vista más de dos veces para no perderme alguna escena que me gusta especialmente. Uno de los personajes con el que más disfrutan es con Gollum. Debe ser que les llama mucho la atención la forma de moverse, lo guarro que es comiendo o lo feito del personaje. Espero que no le admiren por su forma de entender la vida. Guillermo estando de buenas (no siempre se le puede encontrar así) es un niño especialmente gracioso y sabe escuchar para hacer suyas las cosas que le interesan.
- Papá ¿qué le pasaría a Gollum si le encerrásemos en una joyería? preguntó muy serio en mitad de una batalla en la que los orcos intentaban invadir lo que se ponía por delante.Gonzalo se partía de risa. Silvia y yo lo mismo. Guzmán tenía bastante con taparse los ojos (de mentira).
- ¿Cómo se te ocurren esas cosas, hijo?
- Lo he escuchado en la radio. El hombre del tiempo dijo que el tiempo viene más revuelto que Gollum viendo el escaparate de una joyería.
- Pues no sé. Seguramente lo mismo que me pasa a mí cuando entro en una librería. Hay tantos ejemplares, tantos títulos nuevos, que tiendo a volverme tarumba y termino comprando lo que necesito y un par de libros más sin saber porqué.
- Pues yo creo que Gollum se quedaría a vivir allí. Con tanto dinero puedes pedir pizza todos los días.
A todo esto un ejército de espectros, repartiendo leña a los orcos sin compasión, lograba salvar una batalla imposible de ganar. Me dejó con el pensamiento en marcha todo esto. El ansia por tener lo material es mala. Por conocer también lo es. La capacidad de aguante del ser humano es grande aunque limitada. Querer poseer sin límites te destruye, querer saber sin límites te frustra. Ambas cosas son imposibles y lo que no puede ser aunque sea deseado es un arma mortal para el que lo sufre.Las editoriales publican miles de títulos cada año por si suena la flauta. Los lectores no saben qué hacer ante una avalancha semejante. Las editoriales cobran precios desorbitados por esos libros convirtiendo parte de la cultura en un negocio. Los lectores pagamos sin rechistar a cambio de lo que se confunde por eso que llamamos conocer. Unos publican para tener más, otros abonamos facturas creyendo que el conocimiento se puede comprar. Gollum quería ser inmortal. Todos queremos serlo. Gollum no sabía que su tesoro le hacía no ser, no cumplir la tarea para la que vino al mundo. Nosotros parecemos desconocer que el conocimiento nos hace mucho más vulnerables, mortales del todo, conscientes de nuestras limitaciones. Y, entre un movimiento y otro de la conciencia, un poema de Carver, una secuencia realizada con ordenadores, y la cena de la pequeña Gimena. Cerré el libro. Es uno de esos días en los que pensar da miedo porque puedes llegar a una conclusión que no gusta. O lo que es peor, puedes llegar a tener una idea. Guzmán se llevó la mano a los ojos. Otra vez. Le imité. El no quería ver no sé qué ser monstruoso. Yo tampoco. Ni pensar. Tampoco quería pensar.
© Del Texto: Gabriel Ramírez Lozano