Mostrando entradas con la etiqueta Michel Camilo and Tomatito. Mostrar todas las entradas
Mostrando entradas con la etiqueta Michel Camilo and Tomatito. Mostrar todas las entradas

2/7/09

Ser solos


No podemos ser como quisiéramos. Casi nunca. Alguna vez cuando fuimos niños, a solas con la persona que amamos, durante esas borracheras siempre lejanas o recordando lo que nunca fue aunque instalado como experiencia segura. Nos alejamos mirando el lugar donde nos abandonamos convertidos en lo odiado entre pureza de pocos minutos, observamos nuestra propia caricatura mientras nos vemos mendigando amistades o un cariño falso que reconforta ese instante que parecía insignificante aunque resulta ser el que nos destroza el futuro. Una caricia a cambio de la felicidad. Existes durante un gesto idolatrado por ser único.
Retratos en película velada. Como mucho, imágenes superpuestas que amontonadas difuminan el deseo. Para siempre.
Queda la oportunidad de la intuición, la ocasión de apretar los dientes tensando los músculos del cuello hasta que el dolor se hace insoportable. Y señalar el reflejo que vemos para negar que eso es lo que quisimos. Cerrar los ojos, pensar, tocar el costado que da miedo. Ser solos.
¿Qué fue lo que nos cambió, lo que nos negó la opción de seguir un camino trazado a la medida? ¿Es la felicidad la posibilidad de parecerlo? ¿Cuándo ocurrió?
Cierro los ojos. Pienso, busco con la mano en la mochila sin saber lo que espera. La piel de los dedos se abrasa. Retorno. El camino sigue allí. Intacto, sin huellas.
Y el píe derecho se levanta apenas unos milímetros.
© Del Texto: Gabriel Ramírez Lozano

25/3/09

Razones por las que escribo (I)


Me considero desde hace años una persona emocionalmente frágil, con cierta tendencia a deprimirme profundamente aunque de forma pasajera, peligrosamente receptivo con los estímulos exteriores que me pueden lastimar y poco hábil a la hora de resolver problemas personales. Es decir, necesito que me quieran. Si no es así, si no siento que alguien se ocupa de mí (mucho), puedo terminar en un sanatorio con cierta facilidad y mucha rapidez.
Cuando uno es un tarado espera, por ejemplo, recibir un email diario de alguien que se interesa por tu estado de ánimo, una llamada telefónica de alguien querido que tan sólo quiere charlar un momento sobre cualquier tema sin importancia, que un viejo amigo se acuerde de ti y se ponga en contacto para recordar los buenos tiempos, que algún gilipollas también deje una perlita dedicada en tu blog para liarte a guantazos con él. En definitiva, que parezca que no estás en el mundo pintando menos que poco.
Sospecho que, entre otras cosas, es por esto por lo que dedico parte de mi tiempo a escribir. Siempre he pensado que la relación que se establece entre el lector y el escritor es mucho más íntima que la que puedes tener con el panadero, el conductor del autobús o un amigote con el que te pones hasta las trancas de cerveza. Alguien abre tu libro, lo lee y piensa sobre lo que un buen día escribiste con una intención muy concreta. Es posible que, incluso, pueda llegar a pensar en el autor. ¿Qué le llevó a tener esta idea? ¿Estará tan loco como sus personajes? ¿Cómo puede escribir esto si no le pega ni con cola? Cosas así.
Como no suelo recibir correo alguno en el que se interesen por mi estado de ánimo, ni los viejos amigos me llaman por las buenas sino porque siempre quieren algo (queremos algo), y no tengo a mano un imbécil con el que discutir de lo primero que se me ocurra, me voy a conformar con pensar que usted, amigo lector, tiene con este autor un vínculo de lo más íntimo, especial o como quiera llamarlo.
Qué fácil es librarse del sanatorio. Unas palabritas y se soluciona el problema. ¿Ven qué fácil?
© Del texto: Gabriel Ramírez Lozano