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8/12/09

Bienvenido


Cualquiera que se ponga frente a un papel en blanco puede escribir una novela. Cualquier novela, claro (tome el lector esta expresión como algo absolutamente despectivo). La correlación en literatura suele ser perfecta. Si uno es cualquiera, la novela escrita por él es una más, del montón. Por el contrario, si el autor se diferencia de los demás por alguna razón, su novela conservará esa característica frente al resto de obras.
Dicho de otra forma, el que no tiene las capacidades propias de un escritor no puede conseguir una novela solvente.
He leído la novela de Luis Montero, “Artrópodos” (Grupo Ajec, 152 páginas, 10 €), aprovechando estos días de fiesta. No sabía a lo que me enfrentaba. Tan sólo conocía los textos que el autor publica en su blog “0,23”. Eso lo hago a diario. Pues bien, me he encontrado con una obra gamberra, muy divertida, fácil de leer y, por tanto, accesible a cualquier tipo de lector. No es la mejor novela de este siglo. Si dijera algo así estaría exagerando. Pero creo que tampoco trata de serlo y es esto una de las grandes virtudes de “Artrópodos”. Montero sabe lo que tiene entre manos y el objetivo más que claro. No es la mejor novela del siglo, pero alborota, como otras nuevas voces, el panorama editorial, desordenando ese “mar de fondo” que se impuso hace ya demasiado tiempo en la narrativa española. Parece que uno lee una novela y ya ha leído todas.
Pero, también, me he encontrado con una novela extraordinariamente inteligente y, en algunas zonas expositivas (escasas para mi gusto) una filosofía más que interesante. Una pena que montero no explorase más ese territorio.
Otra pena es que la edición no esté lo cuidada que debería estar. Excesivas erratas (algunas de bulto). Incomprensible.
Tenía muchas ganas de leer esta novela. Ahora tengo muchas ganas de que la lean los demás. Un libro del siglo XXI que dice mucho y bien, pero que "no dice" más y mejor. Sería un error del lector quedarse en el cascarón, en la parte simpática y divertida de la obra, sin traspasar la línea que lleva a lo importante, al mundo que el autor nos presenta. Eso sí, lleno de bichitos repugnantes.
Si son capaces de encontrarlo en una librería (misión imposible dado que la distribución parece que haya sido un auténtico desastre) no dejen de llevarse un ejemplar a casa. Porque Montero ha resultado ser un autor diferente y no ha contado cualquier cosa. Y eso sí que es casi un sueño tal y como están las cosas.
© Del Texto: Gabriel Ramírez Lozano

14/10/09

La gracia de vivir escuchando música a solas


Que el sol se terminará apagando parece que es un hecho cierto. Que el planeta Tierra se congelará entonces también lo es. Tendrán que pasar millones de años. Pero lo sabemos. Incluso podemos estar muy próximos a saber con exactitud cómo comenzó todo. Y, sin embargo, ni siquiera intuimos qué nos espera tras morir, si Dios existe o no, si tenemos alma o todo es mecánica pura y material de desecho. El hombre conoce todo salvo a sí mismo.
Pero esa es la gracia de estar vivo. No saber, no saberse. Unos lo toman por la tremenda y se aterran pensando en grandes abismos o en la nada o en un cielo que si existiera sería un auténtico coñazo. No me imagino revoloteando, por siempre jamás, con carita de bueno junto a, por ejemplo, Truman Capote. No, no me veo. Otros, sencillamente, ni lo toman ni lo dejan de tomar. Les importa un bledo si esto es lo que parece o no, si la verdad absoluta existe, si el universo es infinito o lo que supone la aparición de un agujero negro en el espacio exterior. De dónde venimos o cuál es final de una existencia que tampoco parece inquietarles más de cuenta. Los menos dedican algo de su tiempo a pensar con sensatez sobre las cosas. Hasta que les dura el tesoro y les da un vuelco el pensamiento. Llegado ese momento ingresan en el primer sanatorio abierto que encuentran para que les pongan hasta las cejas de medicinas y dejar de pensar. Sea como sea, tiene su gracia. Menudo aburrimiento si supiéramos todo lo que hay que saber. Menudo aburrimiento no parar de conocer y conocer secretos maravillosos o terribles. Menudo aburrimiento no poder mirar de soslayo a lo que imaginamos que nos puede esperar una vez que un tío muy serio certifique nuestra muerte.
Conviene acercarse a uno mismo. Aunque sea poco y mal. La explicación de las cosas la tiene cada uno de nosotros. Porque si no hacemos nuestra la información y logra traspasar los arquetipos que tejen nuestro interior más oculto, no son explicaciones ni son nada. O nos lo explicamos traduciendo la información o todo lo que recibimos lo convertimos en parte del basurero interno. Y no se me ocurre mayor placer que hacerlo escuchando música. Me encanta hacerlo estando solo porque logro encerrarme herméticamente. Evito cualquier estímulo que provenga del exterior. Y pienso.
Creo en mí mismo; en que nada de lo que hago es absurdo porque, mucho o poco, está cambiando la vida de mis hijos, de mi esposa, la tuya porque estás leyendo en vez de mirar el televisor o arreglar un enchufe; en que lo que siento me garantiza la eternidad aunque sólo sea cosa mía; en mis miedos; en la amistad que guardo como un tesoro; en mis personajes porque les hice pensar para que se apañasen en su mundo; creo en mí, en mí. Y en lo que supone ser yo, ser para ti. Sí, sí, para ti lector.
Tiene su gracia sentirse vivito y coleando. La misma que tiene saber que un tío con cara de circunstancias (el que estaba serio o este, da igual) certificará que todo lo que has sido ha servido para algo (por ejemplo, generar empleo entre los certificadores de muertes). Pero lo verdaderamente divertido es vivir o morir pegado a lo que eres, a lo que piensas, a lo que haces. Y para eso hay que ser, pensar y hacer. Escuchar mucha música con el cierre echado a cal y canto. Y luego contarlo por si sirve de algo. Sí, por si te encaja en algún sitio por enano que sea. Cuídate. Nos vemos revoloteando o en el infierno. Ya lo descubriremos.
© Del Texto: Gabriel Ramírez Lozano

2/6/09

Lógica de escape (V y final)


- Hola, ya estoy en casa. Oye, te tengo que contar. Menudo día de trabajo. Vengo hasta el moño. Además acabo de hablar con mi madre por teléfono y, nada más colgar, me ha llamado Cristina para contarme la cena de ayer. Espera que me cambio y te pongo al día.
- Júpiter, vamos a la calle.
- Será cabrón este tío. Ya se ha ido otra vez. Luego dirá que no me intereso por él.
© Del Texto: Gabriel Ramírez Lozano

5/2/09

Haciendo limpieza (*)


1. No te creas único. Todo está contado. Desde Homero es así.
2. Domina la realidad para poder dominar la pluma.
3. Un personaje no es un hijo. Tiene el alma que creaste para él. Y en ese momento perdiste el control. No preguntes por él más de la cuenta.
4. Si quieres que tus personajes dialoguen deja que piensen. Decir lo primero que viene a la cabeza es igual que escribirlo. Nunca es literatura.
5. Impostar la voz no es forzarla. Eso es ridículo.
6. No escribas para nadie. No te lo agradecerá. Y el que se quede fuera de la novela te reprochará no estar hasta el final.
7. No cuentes todo. Que lo haga el lector. Es mucho más listo de lo que parece.
8. Antes de dar por acabado un texto entrégalo a un mal lector. Si le gusta vuelve a empezar. Otra opción es leerlo tú mismo. Eres el peor de tus enemigos.
9. Sin ser libre para decir ni lo intentes.
10. Tus novelas siempre le gustarán a tu madre. Poca cosa en literatura.

(*)Texto encontrado en mi cartera y de autor desconocido. Si alguna vez lo escribí no lo recuerdo.
© Del texto: Gabriel Ramírez Lozano

14/11/06

Cuando tú faltes


Acabo de salvar la vida a una persona. Tenía intención de lanzarse al vacío desde un quinto piso y he conseguido que no lo hiciera. Trataré de contarlo sin utilizar adornos ni artificios literarios. Tal y como pasó. Nada más.He salvado la vida a mi vecino Cristóbal. Se jubiló hace un par de años, enviudó hace seis meses y en el sorteo que se celebró, ahora hace un mes, en la comunidad de vecinos le tocó en suerte ser presidente. Una mala racha la del pobre Cristóbal. Ha visto que estaba escribiendo en la cocina (como siempre) y ha querido aprovechar mi estado de perturbación mental transitoria para despedirse.
- Gabriel, hijo, hasta aquí hemos llegado. Me voy a tirar y que sea lo que Dios quiera. Lo ha dicho mientras se iba encaramando a un armario de cocina viejo que usa para guardar escobas y cosas así.
- Pero coño, Cristóbal, si lo tienes decidido hazlo desde la terraza que da a la calle. Acabas de arreglar el patio, hombre. Sería una pena con lo que nos ha costado. Además, está lleno de cuerdas y de coladas. Una de dos, o vas rebotando de tendedero en tendedero que impiden una caída limpia y terminas en una silla de ruedas, o los esquivas, pero acabas ensuciando las sábanas de la del cuarto y destrozando la obra que está de lo más curiosa.
- ¿Te parece que es un buen momento para bromear? Creía que me apreciabas.
- No bromeo. La caída desde la otra terraza supone una muerte segura, el batacazo tiene pinta de ser definitivo y los daños materiales los paga el ayuntamiento. No quisiera tener que cargar con una derrama ahora que llega la navidad. Y te digo esto porque te aprecio. No quiero que te quedes con cara de bobo delante de una enfermera alemana dándote cucharadas de sopita caliente mientras intentas decir algo coherente. He dicho semejante cosa mientras veía cómo Cristóbal apoyaba los pies en la barandilla y se agarraba al armario con una sola mano.
- Si quieres decir algo antes de caer hazlo ahora. Tengo papel y lápiz. Luego lo paso a limpio y se lo cuento a quien quieras.
- Sí, cuenta que esto lo hice para acabar con tanto sufrimiento. No aguanto más. Viudo, los hijos no me hacen ni caso, la cuenta del banco pelada y, encima, presidente de la comunidad. Eso no hay quien lo resista.
- Mira, Cristóbal, si tengo que escribir esto para luego contarlo mi reputación se irá al garete. Vas a dejarte caer por el balcón por la misma razón que el resto de los suicidas. No sé, podrías hacerlo por cuestiones más románticas, por un ideal que haga de la muerte algo bello, pero tener que hacer la obra otra vez por cuatro memeces no me parece buena idea. Eso no hay quien lo resista tampoco. Haz lo que quieras, pero yo me lo pensaría. Además, Arturo será el presidente cuando tú faltes. Todo tú trabajo no habrá servido de nada. Cristobal ha bajado el pie derecho hasta tocar el suelo. Me ha mirado fijamente. Yo fumaba apoyado en la pared de ladrillo visto.
- Hay que joderse, Gabriel. No me has hecho ni caso, te ha faltado venir aquí para darme un empujoncito, ha dicho al mismo tiempo que miraba en todas las direcciones buscando vecinos que observaran todo aquello. Creo que algo avergonzado.
- No te hubieras dejado caer. Quizás si tu verdadero problema fuera ser el presidente de la comunidad hubieras dado el paso, cualquiera en su sano juicio pensaría en la muerte ante ese panorama, aunque intuí que era el sustituto lo que te hacía dudar. La falta de dinero sabes que no es cierta y tus hijos no vienen porque viven a mil doscientos kilómetros de aquí. Y quieres seguir viviendo para recordar a Concha. Aún después de muerta es tu única compañía y pensar en ella te llena más que cualquier otra cosa de este mundo. Lloramos a los muertos convenciéndonos que lo hacemos por pena cuando, en realidad, lo que nos sucede es que recordamos los buenos momentos que pasamos junto a ellos. Recordamos para disfrutar. Lloramos de pura alegría. No he creído ni una palabra de lo que me ibas diciendo. No ha respondido. Sólo ha hecho un gesto para que le tirara el paquete de tabaco. Lo tiene prohibido desde que le diagnosticaron angina de pecho.
- La próxima vez que quieras suicidarte llama a la puerta, nos fumamos un par de paquetes de tabaco y no montamos este numerito.
- ¿Qué tal vas con la novela? Me ha dicho Silvia que andas dando vueltas a las cosas sin terminar de acertar.
- Esa si que va a ir por la ventana de un empujoncito. La novela, digo. Prometo avisarte el día que decida llenar tu obra con papeles garabateados.
Hemos entrado cada uno en nuestra casa. Sin despedirnos. La mala racha de Cristóbal sigue intacta, el recuerdo de su mujer (de los buenos momentos) sin novedad y mi novela corre peligro de muerte. Y ni siquiera es presidenta de la comunidad. Eso sería el colmo.
©Del Texto: Gabriel Ramírez Lozano

21/7/05

Disfraces


Han pasado veinte años. El sobre olía a perfume. Habían escrito con cuidado mi nombre en el papel rugoso, blanco azulado. Lo abrí con la delicadeza fingida del que está acostumbrado a recibir noticias.
“Una sola mirada bastaría para que dejase todo por ti”.
Inmediatamente, pensé en mis amigos, en los más gamberros. Pregunté, uno a uno. Nadie sabía nada.
Un segundo sobre. Pocos días después. Lo remitía B. En el papel una sola palabra
-“Deseo”- y un dibujo, la imagen de una mujer llorando, con la mirada perdida. Dejé de preguntar a los amigos. Tocaba adivinar. Cualquier mirada, cualquier acercamiento de una chica se convertía en un acertijo. Creía estar enamorándome de ella, fuera quien fuese, aunque deseaba que B. se convirtiera en la chica más bonita del grupo o que aquella muchacha tan atractiva (a secas), pero inaccesible y que nunca quiso saber nada de mí, fuera esa admiradora secreta. La imaginación llegaba a cualquier rincón. El desconcierto, aunque disimulado, me hacía ser torpe, inseguro.
Tercer y último sobre.
“Ahora que ya me has inventado, llega lo peor. Pronto sabrás de mí y los bocetos no servirán. Pero descubrirás que la mujer en la que no te fijaste jamás, es algo diferente a lo que piensas. Hubiera sido una pena que te quedaras sin saberlo”.
Así fue. Tras ese aspecto soso, apocado, casi ridículo, se ocultaba una B. interesante, incluso apetecible. Seguimos siendo amigos, de los mejores.
Han pasado veinte años. Los sobres son alargados y no huelen. Los abro sin cuidado, con la destreza del desprecio. Las noticias del banco abruman. Sólo eso. Y poco más se recibe.
Sigo descubriendo que todos llevamos a cuestas un disfraz del que no nos podemos deshacer. Con el paso del tiempo se pega, se hace piel. Lo que se oculta ya no apetece y, a veces, prefiero no descubrir lo que está debajo alargando el aspecto, saberme engañado. Son muchas las decepciones. Prefiero repetirme que lo visto es tal y como me lo presentan. Todos dejamos de ser tras la primera falta, la que envilece e impide reconocernos. Mentimos, somos infieles, acariciamos el egoísmo o nos olvidamos de nuestros mayores. Y ya no nos ven, ni nos vemos. Somos una mala copia de lo que quisimos llegar a ser.
© Del Texto: Gabriel Ramírez Lozano