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10/5/10

Adivinadoras (2)


Las dos mujeres suben charlando sobre lo apasionante del futuro. Una es repetidora, casi asidua. La otra acude por primera vez. Sólo quiere ver cómo es el sitio, la mujer que mira la bola, escuchar su voz.
Apenas esperan. La pitonisa le cuenta el futuro. Le desea mucha suerte y que se cumpla todo lo que ella ha visto.
- Venga, te animas.
- No, no. Mejor lo dejamos para otro día.
- Te lo pago yo, mujer. Es un momento.
La pitonisa mira el cristal. Con un gesto inesperado cubre la bola trasparente con un paño de colores vivos. Dice que no se puede concentrar. Parece nerviosa. Las dos mujeres se levantan con intención de irse. La pitonisa escribe en un papel. Se lo entrega a la mujer que se estrena. No lo abras hasta llegar a casa, le dice.
Las mujeres se despiden. Un par de besos. Mira como se va jugueteando con el papel que ha guardado en el bolsillo. Quiere tomar un taxi. Uno libre en la acera de enfrente. Levanta la mano, adelanta un par de pasos sin mirar. Los frenos del camión rechinan. Un golpe seco.
El médico forense busca entre la ropa de la mujer. Un collar, una cartera. Un papel. Doblado. Deshace los pliegues. Lee. No hay futuro, dice la única frase escrita con letra irregular.
© Del Texto: Gabriel Ramírez Lozano

gato barbieri - europa






4/5/10

Una vida por otra


Toledo. 1940.
La muchacha corre tan rápido como puede. El empedrado hace que, en lugar de alargar cada paso buscando la línea recta, salte buscando los cantos menos aparatosos para pisar allí. Ha de llegar antes de que el hombre salga por la puerta. Un par de niños le preguntan que dónde va. No contesta. Intenta acelerar el paso. Tiene que dar el recado. Ve como el hombre sale. Ella a cincuenta metros. Piensa en gritar para advertirle. Una figura aparece frente al hombre, levanta el brazo estirado, algo en la mano. El hombre cae un instante antes de que ella escuche un sonido seco. Una pequeña nube de humo blanco en el extremo del brazo. Ahora camina despacio. La figura se aleja. Camisa azul, pantalón negro, botas altas de cuero, correaje de cuero sobre la camisa. La muchacha apenas se mantiene en pie. Todos se han metido con rapidez en sus portales, las ventanas cerradas. Un par de personas que pasan por allí se pegan al lado contrario de la calle. No miran, bajan la cabeza, las manos en los bolsillos. Se acerca. Supone que es él. La mancha negra a la altura de la nariz y la sangre no le permiten reconocerle. Se sienta junto al cadáver. Espera algo que no sabe qué es. Pero espera.
Madrid. 2002.
Extracto de la entrevista realizada a doña Rosa María Aguado Tellez el pasado tres de enero.
Rosa María: Sí, nos mudamos a Madrid después de que asesinasen a mi padre. Mi madre tenía aquí un primo sacerdote. La única forma de salir adelante. Éramos una familia marcada. Vivimos con él tres o cuatro meses. Hasta que nos echó. No quería rojas en casa, dijo. Yo tenía trece años. Suficiente edad para hacer la calle. Mi madre se suicidó lanzándose desde el viaducto. Ni siquiera me enteré hasta tres o cuatro días después. Me lo dijo otra niña que trabajaba un par de calles más abajo que yo y que no paraba de vomitar por el asco que le daban algunos hombres. Desde entonces he hecho de todo. Dejé la calle en cuanto pude. Cinco o seis meses estuve en la calle de la Montera. Serví en cuatro o cinco casas, trabajé de cajera en una cafetería y, por fin, logré un trabajo en una oficina. De algo sirvió saber escribir. Allí me jubilé. Y no, no me casé porque no me dio la gana. Alguno que otro me rondó, pero nunca hice mucho caso.
Periodista: Entonces, el asesinato de su padre marcó su vida. Desde el día de su muerte, el mundo era más hostil, ¿todo era más difícil?
Rosa María: La ausencia. Eso cambió mi vida. La de mi padre, la de mi madre, la de los amigos que dejé en Toledo. La ausencia. Mire, yo no sé si fue más difícil o no. De verdad que no lo sé. Lo único que importa es que he tenido una vida como otra cualquiera. Una vida al fin y al cabo. ¿Sabe?, seguro que usted con la carrera hecha no sabe ni la mitad de lo que yo sabía con quince años. Lo demás es agua pasada. A saber por qué mataron a mi padre. Igual no tuvo nada que ver lo que pensaba y sí que la linde de la finca estaba un metro más allá de su sitio. No seré yo la que mezcle ideas políticas con su muerte.
Toledo. 1944.
Sientan al hombre en la silla de madera tosca. Se ha resistido aunque uno de los guardias ha sido casi brutal con él. Asesinato de dos mujeres. Una de ellas salvajemente violada. Según el capellán de la cárcel, es un hombre frío, vacío. Durante el juicio fue expulsado de la sala por gritar al tribunal recriminándoles que cuando mataba rojos nadie quería meterle entre rejas. Alguien se dispone a apretar un tornillo hasta romperle el cuello sujeto por una argolla.
© Del Texto: Gabriel Ramírez Lozano

Vangelis - La Petite Fille De La Mer (Theme from `L`Apocalypse Des Animaux`)






30/4/10

De la condición humana (3)


De frente al mar. Un pesquero se acerca al muelle con lentitud. El sol no quema. Parece como si la luz iluminase la luz. Con paciencia. Si no fuera por el vuelo de las gaviotas creería estar mirando una estampa. Por eso, por la mirada naranja de las aves y por el sonido de su voz. Monótona. Habla rodeando sus propias palabras con otras. Las envuelve. Las quiere rescatar con gestos suaves para ordenarlas de otro modo, para comprender qué es lo que quieren significar en libertad, sin la consciencia tamizándolas. Le interrumpo.
- ¿Qué es lo que te preocupa? ¿Qué es?
- El tiempo. Pasa y no sé cómo puedo recuperar lo perdido. Siento que me moriré sin saber quién soy.
Lo dice, esta vez, sin gesto alguno, sin mover los labios. Es como si hubiera tenido eso en la boca y, ahora, se derramase sin control. Apoyo la mano derecha sobre su hombro.
- Te debería preocupar que el tiempo se acabase. Que se consuma no es más que vivir. No es tan grave. Si no ves el final aún tienes una posibilidad. La que elijas.
Me mira con el ceño fruncido. No comprende. No puede o no quiere entender. Eso sólo lo sabe él mismo.
- No me mires así. Vivir con fecha de caducidad se hace insoportable para cualquiera.
- No poder recuperar lo perdido es insoportable.
- Lo enfocas mal. Todo se reduce a una cuestión de prioridades. Ayer querías hacer eso, hoy esto otro y mañana puede que lo contrario. No pierdes ni un instante. Cambias cada instante. Aunque te equivoques vives lo que toca porque así lo quieres. Te construyes de ese modo. ¿Sabes? A ti lo que te pasa es que quieres ser otro. No quieres recuperar nada, deseas borrar lo que ves y dibujar lo que has aprendido durante años. Te quieres inventar. Estás renunciando a ser.
- Si pudiera volvería atrás.
- Y volverías a equivocarte. ¿Qué joven no devoró un futuro tras otro?
Se aleja. Antes de irse me dice algo acerca de la incomprensión. De la mía, supongo. No contesto. Miro concentrando la vista en los pocos rayos de sol que llegan. Pienso que, si quisiera, los podría agarrar, los podría atar fabricando un haz, llevarlos a casa y guardarlos con cuidado. Pero no lo hago. Miro las cicatrices de las manos. Las que quedaron cuando lo intentaba. Eso y cualquier cosa. No cabe una sola línea más.
© Del Texto: Gabriel Ramírez Lozano

Chico Hamilton - In a sentimental mood






29/4/10

De la condición humana (2)

Se sientan, como tantas veces, en la mesa número doce. Ninguno de los dos recuerda qué les hizo elegir esa y no otra la primera vez. Un café con leche, tostada y dos bolsitas de azúcar para ella. Una copa de cava para él. Escriben desde el principio. Apenas se miran. Van llenando cuartillas que apartan y dejan en el centro de la mesa. Cuando él acaba, estira la espalda y echa la cabeza hacia detrás. La mueve de un lado a otro. Ella hace un gesto pidiendo que espere un poco, sólo un poco más. Tres cuartillas ella. Algo más de cuatro él. Las colocan y se las entregan uno a otro.
- ¿Qué es esto? dice él, contrariado. No tiene pinta de relato, así que tendrás que explicarme lo que dice.
- Yo creo que está muy claro. ¿Qué explicaciones necesitas?
- ¿Cómo se llama? ¿A qué se dedica? ¿Qué te ha prometido? Esas cosas.
- Ahí no habla de nadie que no seas tú o yo misma.
- Estas cosas nunca suceden si no hay un tercero. Sería la primera vez.
Ella apoya el codo en la mesa, la cabeza en el dedo pulgar (entre las cejas, los ojos cerrados, el cigarro humeando entre otros dos dedos). Vamos, tú no puedes ser como todos los demás, no, tú eres un tipo inteligente, no me decepciones, dice despacio, casi con el mismo tono que le pediría a un Dios unos minutos más de vida para poder despedirse de los que ama.
- No esperes que lo comprenda. Nadie ha sido capaz de entender su propia demolición. Nadie. ¿Por qué?
- Ya no soy la chica que conociste, ni mis gustos son los mismos, ni veo las cosas del mismo modo. Todo cambia. Ahora te quiero como puedo. Y no pongas esa cara. Esto le pasa a todo el mundo. Unos lo dicen, otros no. Esa es la diferencia.
- Yo también he cambiado, pero aquí sigo. Me adapto, intento buscar la manera de encajar las piezas cada mañana.
- No quiero morirme pensando que he desperdiciado la vida.
- Pues eso te ocurrirá de un modo u otro.
Se levantan y regresan a casa.
Dos días después, ella ya no está. Y él, que sabe que la inteligencia sirve para unas cosas y no para otras, se sienta a esperar. Ya puede escuchar el ruido de las máquinas que llegan para derribar. Y ella, desde donde está, mira alrededor. Las maquinas ya pasaron por allí.
© Del Texto: Gabriel Ramírez Lozano

Diego el Cigala y Bebo Valdes - Se me olvido que te olvide






5/4/10

Paralelo


El mecanismo se activa en cuanto abre los ojos. Lentamente, el mundo comienza a moverse. Los contornos de la habitación, que eran sombras un instante antes, reciben el nombre tras su mirada. El negro sobre negro es, ahora, el sillón que está junto a la ventana; un espejo que no refleja más que sombras, pero que con la primera claridad será el mismo chivato que ayer; el armario o la cómoda. El mundo se estremece porque le saben llamar.
Escucha su respiración. Sin compás, fragmentada, nerviosa. Prefiere levantarse a solas. Desayuna despacio, observando lo que tanto le agradó cuando le pertenecía, cuando el mundo no había que compartirlo con nadie. Su vieja tostadora, los cubiertos baratos que tanto le gustaron al verlos en la tienda. Mueve la mesa. Antes cojeaba. Ahora, no, Ahora es una mesa normal. Nada se puede caer. La que fue su mesa es corriente, ella es corriente, el mundo se mueve con otra cadencia. Y ella con la cadencia del mundo. A punto de caer a plomo.
Antes de salir, enciende la luz de la alcoba. Es la hora, no seas perezoso, dice como si realmente le importara algo su horario que ya es el de los dos. En el ascensor pulsa la tecla correcta y hace un gesto con los labios mostrando cierta contrariedad. Todo es exacto, piensa. Antes hubiera pulsado esa tecla sin saber hasta donde le llevaría el final de los tiempos. Cada minuto era el último minuto por vivir, por disfrutar.
A mitad de camino decide girar a la derecha. Justo al contrario. Sube al primer autobús que se detiene en la primera parada que ve. No se preocupa de saber dónde se dirige. El conductor, no sabe el tiempo que ha pasado, se levanta de su asiento y le dice que es la última parada, que se tiene que apear. Camina sin alzar la vista. Le parece escuchar el timbre de su teléfono. Con insistencia. Piensa tan rápido como puede. Procura no aturdirse. Piensa. Camina. Piensa. Llora sin saber qué es lo que le ocurre en realidad. Entra en un bar para tomar un café. Todas las mesas están ocupadas. En la tercera, una sola persona. Lee el periódico. ¿Le importa si me siento con usted? No hay una sola mesa libre. Por supuesto, señorita. Pasan unos minutos. ¿Le importa dejar de leer? Necesito hablar con alguien. Cierra el diario, lo deja sobre la mesa, alza la mano y hace un gesto al camarero pidiendo lo mismo que han tomado. Arrima la espalda al respaldo y espera en silencio. Me he perdido por el camino, ya no puedo decir que sea yo. Me he perdido. Ella habla. Él escucha.
En la mesa seis tazas. Se despiden. Recuerde lo que hemos hablado, señorita. Ni siquiera se dan la mano al despedirse.
Abre la puerta de casa. Le escucha decir que estaba preocupado, que esas cosas no se pueden hacer. Cosas que no se para a entender. Espera a que termine. Le dice que ha sufrido un ataque nervioso, que se ha perdido, que le ayudó un tipo en la calle, que ya ha pasado. Le va explicando, poco a poco, tan lento como llega el embuste a los labios. Quiero descansar, por favor, quiero ir a la cama y dormir. Antes de acostarse busca un papel para apuntar. En la vida toca caminar por donde uno puede. Lo importante es poder mirar a los lados y comprobar que el camino, el que realmente corresponde, sigue allí, intacto. Todos caminamos por dos lugares a la vez. Uno es el que nos permite sobrevivir. El otro es el que deseamos desde siempre. Allí siguen las ilusiones perdidas, los ideales que escondimos sin saber porqué, todo. Allí estoy yo. Cierra la libreta. Relaja los músculos del cuello. Intenta dormir.
© Del Texto: Gabriel Ramírez Lozano

Bill Evans - Romain






2/4/10

Cinco años menos dos días


He estado revisando algunos textos viejos de este blog. Ya son cinco años menos dos días de trabajo. Por si alguien quiere echar un vistazo a estas cosas que ya tienen edad, dejo los enlaces a continuación.

El último escollo



© Del Texto: Gabriel Ramírez Lozano

Charlie Haden y Gonzalo Rubalcaba - Fuiste tú






8/11/09

El bostezo de Dios


Para mi hermano Antonio. Allá donde esté.
Parte primera.
Mi hermano se rasca la cabeza moviendo las manos muy rápido. Lo hace sentado en el borde de la cama, justo después de despertar. Dejé de recomendarle un buen lavado diario desde que se echo a llorar sin venir a cuento gritando que le tomaba por una persona sucia, que no entendía que despojarse de lo inútil era lo único que podría añadirle algo a la vida, que no andaba mal de la cabeza. Los trocitos de caspa van llenando las baldosas de terrazo. Alarga el brazo hasta el suelo y marca sus iniciales sobre la piel vieja hecha añicos. Sonríe. Me mira enseñando los dientes mal cuidados. Anda, ve al aseo y te arreglas rápido que hoy nos vamos un poco antes. Y toma el vaso de leche. Todo. Sale de la habitación corriendo, divertido. Antes de salir se sienta en la silla de la cocina esperando a que le lea un poema que no entiende nunca, pero que le gusta escuchar. No sabe porqué. Se coloca la mochila en la espalda con cierta dificultad. Una muda completa. Colonia. Un sobre lleno de papeles con números de teléfono (el mío, el del centro de día y el de mamá aunque no sirva para nada), cartillas sanitarias (dos), un teléfono móvil, pequeñas figuras de plástico que ha ido coleccionando durante el último año (Ironman, Capitán América (tres), Obelix, Hulk y cinco o seis guerreros espaciales a los que llama superbacterias estelares). Justo antes de llegar al cruce en el que tenemos que esperar me pregunta si Dios existe. Yo creo que sí, le contesto. Pues yo creo que no. Nunca lo he visto. Tampoco has estado en Brasil ni lo has visto y, sin embargo, crees que es real. Si Existiera Dios podría ir a trabajar a tu oficina. Se enfada y no quiere seguir caminando. Después de tantos años no sé qué decir. Ya son miles de contestaciones estériles. Me acerco, le abrazo. Tú eres Dios. Existes y me haces feliz. El autobús llega puntual. Vamos, te esperan tus amigos.
Se aleja. Inclino ligeramente la cabeza para poder pensar mejor. Siento ganas de llorar como cada mañana. Ya no sé si por pena, de alegría, por él o por mí mismo. Quizás porque le acabo de dejar ir y no me he subido en el mismo autobús.
Ahora, el segundo asalto.
Damas y caballeros, en la esquina de mi derecha el hombre que todo lo puede, bien, con calzón naranja, bien, ochenta kilos de peso, bien. En la esquina contraria la mujer que no recuerda nada de nada, bien, luciendo calzón amarillo, bien, cincuenta kilos de peso, bien.
Mamá está sentada con el rosario en la mano. Sara limpia el polvo. ¿Todo razonablemente bien? Asiente con la cabeza un par de veces sin mover un solo músculo de la cara. Mamá parece una figura de cera. Me acerco y la beso. Alberto, hijo, tienes que decir a tu padre que esta tarde tenemos que salir a comprar las sillas para la terraza. Así lo haré, tranquila. Alberto murió hace dos años. Papá seis meses. Y a ver si hablas con tu hermano. No aparece por aquí nada más que para pedir. Ese soy yo, pienso. Mamá, esta tarde vendré un rato. Si quieres podemos salir a pasear. Ya ha pasado la época de las alergias. No contesta. Tiene los ojos entrecerrados, aprieta la cruz con fuerza. Creo que está llorando, supongo que sin saber la razón.
La oficina en la que trabajo me recuerda a una jaula del zoológico. Apenas tiene ventanas y las pocas que hay dan a un patio de luces mugriento. Estamos en el lugar de los reptiles. Alguien debería pensar que una mano de pintura en las paredes no está de más cada cinco o seis años. No pasados veinte o treinta. Somos pocos empleados. Doce. Invisibles entre nosotros. Y un par de jefes que no utilizan el látigo porque para eso tienen las amenazas. Más discretas y no dejan marcas visibles en el cuerpo. Apenas hablamos unos con otros. Dejé de hacerlo el día que, diez minutos después de decirlo, uno de los jefes sabía lo que realmente pensaba de él. Siempre hay un día en el que dejar de hacer las cosas por una cosa u otra.
Frente a mí está Rosa. Es la mujer farmacia. Si te ve mala cara o le parece que es necesario según su criterio (hay que alegrar la vida aunque sea a base de mierda, suele decir) abre su pastillero y te ofrece desde calmantes musculares hasta anfetaminas pasando por todo tipo de medicamentos. Incluido alguno que recetan los veterinarios. Ahora charla con Miqui. Egocéntrico y algo paranoico. Es el rey de las máquinas tragaperras. Si alguien le pidiera que recordara el último día que trabajó un poquito tendría que recurrir a la hipnosis regresiva. O a Rosa y su pastillero. Una alhaja de compañero. Discuten sobre un papel que nadie encuentra. Diez contra uno a que lo tiró por el inodoro diez minutos después de recibirlo. Rosario le ofrece un lexatin. Dice que le nota algo en la vista que no es propio de su edad. Asunto arreglado. Ahora buscarán como endosar a la becaria el problema. Eso y una buena dosis de culpabilidad que no podrá resistir sin llorar más de treinta segundos. Las becarias tragan con lo que les echen y lloran. No saben hacer otra cosa.
Pasan las horas. Desgana, tristeza. Gritos por no sé qué cosas. La luz del tubo fluorescente parpadea insistente. No alcanzo a saber si podré soportar un minuto más. Aquí no hay nadie que se me acerque para decirme que soy un dios más mientras me abraza. Siento ganas de llorar. Tengo una razón poderosa para hacerlo. Siempre que valoro un par de horas de mi vida la tengo. Quizás a mamá le pasa lo mismo. A veces tengo la sensación de que Dios movió las manos para moldear al hombre y, antes de acabar, se sacudió un pequeño trozo que le molestaba. Nos falta algo. Unas veces se siente más, otras menos, en alguna ocasión la tara aparece siendo viejo. O durante la niñez. Supongo que, después, se sintió solo y se echo a dormir. Hasta ahora. Por siempre jamás. El tiempo pasa despacio. De camino al baño (quinta vez) me fijo en la figura que tiene uno de los jefes sobre la mesa de su despacho. Es la superbacteria estelar que nunca encuentra en la tienda mi hermano pequeño. Desea una igual como si se tratase de un tesoro inca. Al regresar no dudo. Perdón, ¿tiene un momento? Me mira por encima de las lentes, sin contestar. Sólo quería saber dónde ha comprado esa figura. Es una mierda de mi hijo. La agarra y la lanza a la papelera bufando. No, digo casi gritando. Hay que joderse que empleados tengo en esta puta oficina. Venga, a trabajar, coño. Déjate de figuritas. A trabajar. Ahora el tiempo pasa mucho más despacio. Quiero que se vaya todo el mundo para recuperar el tesoro inca. La hora en punto. Saltan de sus sillas como resortes. Él no. Tengo que salir. Me espera mamá. Más tarde el hermano. Y necesito la superbacteria. Me acerco. ¿No creerás que vas a cobrar estos minutos extras? No, no se preocupe. ¿Le importa regalarme el muñequito que tiró a la papelera? Joder, pero ¿tú a qué te crees que nos dedicamos aquí? No digo nada. Lo que deberías es trabajar un poquito. ¿Quién te has creído que eres? Dios, le digo, un pequeño dios, tan dios como tú mismo. Soy mi hermano, mi padre, cualquier cosa menos yo mismo. Dame la figurita ahora mismo. Me mira con expresión aturdida. Dame la puta bacteria interestelar, coño. Se inclina y remueve los papeles. Me entrega la figurita. Antes de salir le escucho decir algo sobre el despido aunque no espero a que termine la frase.
Sara ha maquillado a mamá. Discreto el color de los labios, discreto el color de los carrillos, discreto el color de los párpados. El pelo recogido con una goma. Vamos a pasear el mundo, mamá. Avanzamos despacio hasta la parada del autobús. El niño llega poco después. Uno a la derecha, la otra a la izquierda. Paramos para descansar. Nos sentamos en un banco. Mamá comienza a rezar. Te he conseguido la superbacteria que querías. Se la entrego. Mira la figura con atención, frota la cabeza de plástico con la yema del pulgar. Con un movimiento nervioso abre la mochila y lo coloca junto al resto de figuritas. Mantenemos el silencio como una puesta de sol.
Al llegar a casa de mamá me encuentro una nota en el mueble de la entrada. Sara no piensa volver. Sólo para cobrar lo que le debemos de este mes. Hoy dormirás con nosotros, mamá. Busco su camisón y las cuatro cosas necesarias para que pueda pasar la noche. De nuevo en la calle. Los edificios se alargan formando una bóveda a punto de desplomarse.
Entro en la oficina. Todos miran, se levantan con lentitud, no saben qué se dice en estos casos. Sonrío. Este es mi hermano pequeño. Ella mi madre. Siento a mamá en mi silla. Mi hermano no quiere soltarme la mano. Acompáñame, anda. Buenos días, vengo a por la cuenta. Apoya los codos en la mesa, cruza las manos y apoya la barbilla en ellas. Sin mirarme. No tengo dónde dejar a mi madre, por eso los he traído a los dos. Me dice que me tome un par de días de descanso, que no me los descontará del jornal. No, no me voy a tomar nada, quiero mi cuenta. Asiente. Abre el primer cajón y saca una carpeta. Firmo sin leer. La cifra del talón me parece suficiente. Calculo que puede durar tres meses. Parece ser que Dios se acaba de despertar. Salimos. Me dan ganas de volver atrás y lanzar unos cacahuetes a esos desgraciados. Paseamos hasta llegar a un restaurante en el que nunca he comido. Nunca me pareció que me lo pudiera permitir. Mamá cree estar con mi hermano Alberto celebrando un ascenso en su empresa. Mi hermano pequeño ha colocado a todas sus superbacterias estelares entre los platos y copas. Van muriendo a medida que los seres malignos van llegando con sus armas mortíferas (camareros con cara de no comprender nada al ver como una figurita salta por los aires cada vez que se acercan entre risas de su dueño). Interpreto el papel de Alberto con pulcritud. Disculpo con una sonrisa y cara de amabilidad el jaleo que está organizándose en la mesa a causa de la terrible batalla cósmica. Después de tomar un café pago. Nos miran desde todas las mesas. Salimos. Hoy iremos a casa en taxi.
Ya se han acostado. Enciendo un cigarrillo. Cierro los ojos. Pienso. La suerte está echada.
El camión de la basura arranca, para, vuelve a arrancar. Los cubos de basura vacíos se volverán a llenar. Un niño, puede que sea un recién nacido, llora. Poco después su padre grita que no puede más. El sonido de un transistor. Será el de Anselmo. Viejo, viudo, solo, mucho más viejo cada noche por no dormir.
Los sonidos quedan por siempre jamás en el aire. Quizás alguien pueda volver a escucharlos algún día. Quizás alguien pueda explicar qué fue lo que pasó.

Parte segunda.
Han pasado sesenta y tres días. El dinero no da para más. La pensión de mamá es corta y apenas cubre lo que necesitamos para comer. Dejé de pagar el alquiler de la casa de mamá desde el primer momento. Pagar el colegio del niño se hace imposible. Todo es imposible.
Ahora duermen. El rosario de mamá en la mesa junto a las gafas que se pone para poder ver la televisión. Mira, escucha, no entiende nada aunque escucha con atención. Ríe o llora a destiempo. No creo que sea feliz. Las superbacterias estelares esparcidas por el salón. Han vuelto a sufrir un ataque implacable de seres superiores. No ha sobrevivido ninguna a pesar de sus poderes. Siempre pierden los buenos. Podría ser al revés, pero elige una derrota tras otra.
Ordeno el salón. Con esmero, despacio. Cada cosa en el lugar exacto que debe ocupar. Limpio el polvo. Recojo las migas que hay alrededor de la mesa con la mano. Continúo con el resto de la casa.
Abro la última botella de cerveza. Está fría. Un solo trago. Dejo la botella vacía sobre la mesa intentando no hacer ruido. Siempre quise ser honesto con todos, con todo. Esta vez buscar una solución es absurdo. Hasta aquí he llegado, no puedo hacer más. No quiero hacer más. ¿De qué sirve un parche cuando el tejido está desgarrado por completo? Lo decente es renunciar. Si no soy capaz tendrán que ser otros lo que lo intenten. El hastío lleva a la decepción, poco después a la desesperación. Dios despertó, bostezó y poco más. Y yo no soy Dios, ni mi hermano es Dios, nada lo es. Al fin y al cabo ellos no se enteran de nada.
Abro la ventana. El frío es intenso. Los visillos se llenan de aire limpio. Me rozan la cara. Molestan. Todo parece estar en orden. Personas caminando, vehículos circulando, las luces de los semáforos van cambiando al ritmo de siempre. Una nube cubre la mitad de la luna. Parece no moverse.
Entro en la habitación de mamá. La beso en la frente. No se mueve.
Entro en la habitación de mi hermano. Le beso en la frente. No se mueve.
Coloco las figuritas en formación de combate esperando un nuevo ataque. Limpio las gafas de mamá. Cierro las patillas y las dejo sobre la mesa. Las lentes hacia arriba. Camino por el pasillo arrastrando las yemas de los dedos por las paredes. De nuevo frente a la ventana. La nube ya no está. La luna es mucho más pequeña. Menos gente en la calle, menos vehículos, las luces de los semáforos a lo suyo.
Apoyo las manos en el alfeizar e inclino ligeramente el cuerpo. Miro hacia abajo. Imagino el cuerpo cayendo, el corazón latiendo mucho más rápido que ahora, adrenalina. Cierro los ojos. Comienzo a alzar la pierna.
Mamá tose. Me llama. Parece alterada. Giro sobre mí mismo. Echo a correr. Un mal sueño. Le acaricio el pelo enredado. Suspira. Sonríe. Alberto, hijo, dice antes de cerrar los ojos de nuevo.
Cierro la ventana. Hoy iré a ver al mierda de mi jefe. Tendré que decir que sí a todo. A todo aunque la superbacteria de mi hermano se queda donde está. Tomaré las pastillas de Rosa, bajaré a desayunar con Miqui para que me cuente que él hubiera hecho esto o aquello. Siempre mejor que yo.
Enciendo un cigarro. Creo que Dios finge estar dormido. Creo que nosotros fingimos estar vivos, que fingimos hacer lo que creemos que tenemos que hacer. Me llamo Alberto. Dios es mi hermano.
El camión de la basura arranca, para, vuelve a arrancar. Los cubos de basura vacíos se volverán a llenar. Un niño, puede que sea un recién nacido, llora. Poco después su padre grita que no puede más. El sonido de un transistor. Será el de Anselmo. Viejo, viudo, solo, mucho más viejo cada noche por no dormir.
Escucho y no soy capaz de explicar nada. Tendrá que ser otro.
© Del Texto: Gabriel Ramírez Lozano

3/6/09

Haciendo amigos (Fin de la serie)


El Plan Primoroso estaba a punto de completarse. G. tenía dispuesto un operativo grandioso, espectacular, infalible. Recibió el mensaje del comandante en jefe. Estaba cifrado. Se escondió bajo una carreta y leyó. G. apoyó la cabeza en el suelo e intentó levantar las piernas. La carreta era demasiado baja y no pudo ser. Haciendo alarde de gran valentía salió de allí. Cabeza en el suelo, piernas estiradas. "˙oɹǝɥɔuılıʞ os 'opıpǝdsǝp ɐpǝnb 'sɐɯǝpɐ 'ʎ ˙oqɐɔɐ ǝs ɐʎ oʇsǝndnsǝɹd lǝ ʎ ɐpǝnd uǝınb ʎɐɥ ou souɐɯnɥ soʇsǝ uoɔ ˙ɐʇɐıpǝɯuı ɐɯɹoɟ ǝp ǝsǝɹƃǝɹ". Descrifó el mensaje. "Regrese de forma inmediata. Con estos humanos no hay quien pueda y el presupuesto ya se acabó. Y, además, queda despedido, so kilinchero (tonto de los cojones en lenguaje local)”. El rato que estuvo manteniendo esa postura (entienda el lector que los penes simulados en mundos extraterrestres, además de estar erectos de forma permanente, tienden a apuntar hacia arriba, lo que significa que G. podría parecer una Y con un palito de más en la parte superior), ese rato, tuvo que hacer grandes esfuerzos para no desplomarse. El que pasaba por allí se agarraba a su pene o bien intentaba sentarse encima dependiendo de las habilidades y apetencias del paseante. Como dijo tiempo después “fue un rato incómodo”. Terminó tan pronto como pudo. Deprimido, abatido, dolorido, a punto de cometer una locura y acercarse al buey que tanto le había llamado la atención, pero que tanto temor le causaba debido al tamaño de todo lo que le resultaba curioso de su cuerpo, renegando y lloriqueando, se concentró para reducir su tamaño en un noventa y tres por ciento. Así pudo salir del campamento sin grandes problemas. Tan sólo tuvo que esquivar a un par de niños (un par de cabrones decía él al recordar el episodio) que querían pisotearle al confundir su cuerpo enano con algún insecto volador (G. tenía la capacidad de volar con autonomía de dos galaxias y media).
Llegó a la nave. Conectó motor principal, auxiliares, en un despiste lo volvió a desconectar todo, y, una vez que todo funcionaba, introdujo las coordenadas de su planeta en el ordenador de a bordo. Miró por la pequeña ventada de estribor. Comenzó a llorar desconsoladamente, a masturbarse una y otra vez, a cagarse en los muertos del comandante en jefe. Todo a la vez. Se fue calmando despacio. Y fue en ese momento cuando tomo la decisión más importante de su existencia.
Eligió una forma humana copiando exactamente una imagen del archivo principal. Eligió un nombre. Salió de la nave. La hizo desintegrarse. Y caminó sin saber cuál sería su destino final. Se cruzó por el camino con un primer hombre. Le preguntó cómo podía llegar a una gran ciudad. “Por allí” le contestó señalando con el índice. “Pero hay que cruzar el océano, guapa”. “Eso es lo mismo caballero”, contesto G. “Buen viaje. ¿Cómo te llamas, hermosa?, insistió el hombre. Levinsky. Monica Levinsky, dijo G. sabiendo que una nueva vida empezaba para él(*).
(*)El resto de la historia la pueden consultar en las hemerotecas.
© Del Texto: Gabriel Ramírez Lozano


1/6/09

Haciendo amigos (y III)(2ª Temporada)


Los seres extraterrestres se caracterizan, entre otras cosas, por la mala leche que pueden llegar a gastar cuando no les salen las cosas bien. G., siendo un ser amorfo y enano, ya mostró un carácter difícil. Al poco de llegar a la escuela de telepatía audisupraemocinal fue expulsado por trescientos veintidós años. Nunca se supo la verdadera razón por la que esa expulsión fue fulminante aunque la sospecha de los seis millones de alumnos que asistían a las clases preparatorias del nivel gamma se apoyaba en la cantidad problemas que G. ocasionaba a las hembras. Cuando no eran mensajes telepáticos guarros eran tocamientos (físicos, nada de chorradas mentales) y si no eran mensajes telepáticos cochinos o tocamientos eran gestos obscenos a las profesoras (hipermasturbaciones aceleradas, orgasmos multitudinarios y esas cosas tan incómodas). G. demostró en su más tierna infancia una gran inadaptación (como todo el mundo sabe es el período comprendido entre el año cero y los mil cuatrocientos quince posteriores). Siendo adulto las hembras le huían sistemáticamente. Lo que en términos coloquiales (en las diecinueve galaxias exploradas) se viene llamando amargado.
Es esta la razón por la que G. se sentía atraído enormemente por el planeta tierra. Humanas que se alzaban la falda sin grandes problemas, cabreros que no hacían ascos a nada, curas que se dejaban embaucar a poco que uno se arrodillara o romeros necesitados de amor.
El plan primoroso de G. era sencillo. Después de enamorar a buena parte de la población, G. iría enjaulando a los más sanos (luego confesaría que quiso hacer alguna excepción dependiendo del tamaño del órgano reproductor masculino sin atender a la salud de la pieza) y, una vez enjaulados, los llevaría a la nave Tluaner, los congelaría y los trasladaría a su planeta.
Después de pasar cinco días y cinco noches con aquel gentío, el cura le pidió que le acompañara. Le dijo que tomara asiento a su derecha. Una multitud de hombres y mujeres se sentó enfrente de ellos. Si el cura movía el brazo hacia arriba todos se levantaban, si el cura cantaba todos cantaban. Hubo un momento en el que G. sufrió un ataque de pánico. El cura ordenó arrodillarse a todos. Todos a la vez, qué depravado, pensó recordando los cinco días que le habían dado en la carreta, aunque se quedaron en su sitio con cara de pena. Unos miraban hacia arriba, otros cerraban los ojos, pero nadie se movió de su sitio. Sonó una campanilla y se levantaron como un solo hombre. Comenzaron a caminar en dirección a donde estaban el cura y G. Llegaban, el cura les introducía en la boca un trocito de algo redondo y se volvían a su sitio. El último fue él. Aquello no sabía a nada. Se deshizo y, de forma fulminante, G. se convirtió en cientos de millones de partículas tras la explosión. Como siempre, se buscaron unas a otras. Primero se alzaban con las manitas juntas (las partículas tienen manitas) y carita bondadosa (también tienen carita). Parecía que llevaran en la parte alta una lucecilla. Más tarde bajaban cantando de modo angelical. Cuando estuvieron todas en el suelo se constituyeron en G. La muchedumbre gritaba “milagro, milagro” y el cura lloraba diciendo “Dios habla en los lugares más insospechados”. G. supo que debía retrasar el final de su plan primoroso algo más de lo previsto. Y supo que, dadas las circunstancias, esa noche se lo iba a pasar bomba.
(continuará)
© Del Texto: Gabriel Ramírez Lozano

29/5/09

Haciendo amigos (y II) (2ª Temporada)


G. decidió hacer sus propios planes. Nada de aspectos impuestos por otros, nada de órdenes absurdas y descerebradas.
Lanzó una sonda de reconocimiento programada para captar imágenes perfectas a una distancia de seis mil metros y con capacidad para recorrer trescientos mil metros a la hora.
Tuvo que elegir entre medio millón de posibilidades. Descartó, con rapidez, todas excepto tres. Miró detenidamente la imágenes y, valorando con astucia cada una de las opciones, se inclinó por la que más adecuada le pareció para llevar a cabo lo que llamó “plan primoroso”. Se transfiguró y pensó que esta vez no fallaría. El futuro de la raza estaba en sus manos.
Un gran número de personas caminaba en fila. Carros arrastrados por bueyes, hombres y mujeres cantado, una mezcla de colores que le resultó muy atractiva. Un niño que correteaba de aquí para allá se paró y le señaló. “Mamaaaaaa, mamaaaaaaa, mira a ese. Está en cueros. Llama al papa. Tengo miedooooooooo”, (a G. le resultó chocante que el acento hubiera cambiado en las palabras papá y mamá por lo que revisó su diccionario y, al no encontrar esas posibilidades, las catalogó como palabras propias de chiquillos que corretean de aquí para allá). Poco a poco, todos fueron parando, señalando. Los niños se agarraban a sus madres, las madres a los padres, los padres a garrotes de madera tosca. De uno de los carros bajó un tipo vestido de negro. Un librito en las manos y un collar del que colgaba una cruz. “¿No te da vergüenza? Arrodíllate, pecador. Y que alguien le ponga algo por encima. Delante de la virgen, por el amor de Dios, dónde vamos a llegar”. Un hombre joven echó una manta a G. por encima de los hombros. G. obediente para no llamar la atención más de la cuenta había hincado las dos rodillas en la tierra. El joven le ayudó a levantarse y le llevó hasta el carro del hombre de negro. Por el camino, los niños le escupieron, le lanzaron piedras, y algún adulto le sacudió con la mano abierta en el cuello.
La carroza estaba cubierta. A un lado el hombre de negro leía su librito. “Ponte aquí delante, de rodillas. Vamos a ver que puedo hacer por ti”. G. no lo dudo y sabiendo que las debilidades del terrícola llegan siempre por el mismo sitio, en cuanto notó la mano del hombre su cabeza (sin pensarlo dos veces) le bajó la cremallera. El cura (luego supo que se llamaba así) estaba diciendo algo sobre el pecado o algo así. Pareció sorprenderse en un primer momento aunque se limitó a seguir diciendo cosas con un tono algo nervioso. ¿Quieres ser mi monaguillo, hijo? G. dijo sí. La cosa estaba encarrilada. La misión primorosa era un éxito.
Por la noche, mientras G. se masturbaba con los pies, tuvo una extraña visión. Un hombre con túnica blanca hasta los pies, barba y pelo largo, entró en la carroza. Parecía brillar en la oscuridad. A punto de entran en éxtasis (nunca se explicó muy bien el por qué) descubrió que era Nicasio, el marido de Dolores, matrimonio que acompañaba al cura en la carroza. Cuando salió Nicasio, entro Edelmiro y así sucesivamente hasta que llegó el turno de las mujeres. A G. no le causó gran problema. Como todo el mundo sabe, los seres extraterrestres pueden conectarse a un piloto automático que se les implanta doce segundos después de ser creados. El plan primoroso era un gran éxito. G. se masturbó de nuevo (con los pies, sí) y dejó que todos durmieran. Había llegado el momento.
(continuará)
© Del Texto: Gabriel Ramírez Lozano

19/5/09

Haciendo amigos I (2ª Temporada)


G. regresó a su planeta con burra y todo. Durante el viaje, analizaba al animal para saber si su sistema reproductor funcionaba con normalidad. Al llegar a su destino se encontró con el comandante en jefe esperando en la rampa C-22. “G. Eres un primilitigo (gilipollas en lenguaje local). Un auténtico primilitigo arrencianado (gilipollas de cojones en lenguaje local)”.
Fue duramente castigado. Borraron de sus recuerdos todo lo sucedido en el planeta.
Recibió una caja que contenían las nuevas órdenes. Introdujeron a G. en la cabina principal de la nave y lo enviaron de vuelta a la Tierra.
Antes de aterrizar destruyó una central eléctrica y seco un pantano de un solo disparo. Finalizó la maniobra y no lo pensó dos veces. Leyó con lentitud las nuevas órdenes. No quería equivocarse. “G. localice una pareja de la misma especie animal. Introduzca sus cuerpos en el modificador temporal atómico para que lleguen intactos y regrese lo antes posible. No me sea primilitigo y no se deje llevar por las pasiones humanas. Ya sabe que son lesivas para usted. Y deje la mula donde estaba.”
Pulsó el botón. La transfiguración fue inmediata. Su aspecto era muy diferente. Copia exacta de la fotografía que el cabrero le había mostrado en su anterior viaje. Vestía un terno nazareno y oro, corbatín rosa y montera encajada hasta las cejas. Su pene erecto (coincidiendo con la pernera derecha) se dejaba adivinar tras la tela. Los grandes pechos hacían que el corbatín se ondulase cayendo como una lengua de reptil. Pensó que el pelo corto le hubiera favorecido algo más aunque no dio importancia a los que veía y salió corriendo de la nave.
No tardó mucho en encontrar lo que buscaba. No cabía duda. Una pareja de la misma especie animal. Vestían con chaquetas y pantalones verdes, botones dorados y un extraño gorro de charol brillante. Con piquitos. Uno lucía un bigote mostacho, el otro no, lo que significaba que tenía delante un macho y una hembra. Iban armados aunque de forma rudimentaria. Según se acercaba notó como la pareja se detenía mirándole fijamente. G. decidió, como gesto de amabilidad, mostrar sus pechos y su pene justo al pasar junto a sus víctimas. “A ver, tú, anormal, documentación” escuchó. El del mostacho le agarró la melena (rojiza y rizada esta vez) al mismo tiempo que le arreaba un guantazo con la mano abierta. “No te jode el mariconazo este vestido de luces”. El segundo guantazo hizo que G. de desintegrara. Las partículas se movían aturdidas, chocando entre ellas, iban y venían mientras se ponían rojas como tomates. Pero se repuso ante la mirada atónita de la pareja. G. utilizó sus poderes telepáticos para inmovilizarles. Corrió hasta la nave, modificó las coordenadas y despegó con la misión cumplida.
Fue castigado duramente al llegar.
Los extraños seres nunca llegaron a reproducirse aunque, mientras lograron sobrevivir, organizaron de mil amores el tráfico entre la ruta HJ y la JIO. Eso sí, los millones de partículas enrojecidas y desorientadas que se acumulaban en hora punta llegó a ser un problema muy serio para el comandante en jefe.
© Del Texto: Gabriel Ramírez Lozano

17/5/09

Hipocresía


Mesa número quince. Solo. Alrededor conversan. Un rumor que es imposible de entender por tumultuoso, por estéril. Limonada y tortilla.
Un par de tipos trabajan con sus ordenadores portátiles sobre la mesa. Otro lee el periódico moviendo los labios. El que está en la mesa del fondo fuma y mira al techo. Apenas pestañea. Creo que de un momento a otro comenzará a llorar o a gritar. El gesto es extraño. El labio inferior caído, un ojo a medio cerrar, una mano sobre la mesa (la que sujeta el cigarro), la otra bajo la mesa. Apaga un pitillo para encender otro. Una mujer embarazada llega arrastrando los pies.
El lugar se ordena después de cada modificación. Cada uno parece estar en el lugar que le correspondió siempre.
La pareja de jóvenes que acaba de entrar discute.
- No debería haber dicho que estábamos aquí.
- Ya está hecho. Y si no es ahora hubiera sido en cualquier otro momento.
Se sientan y guardan silencio. Ella cruza las piernas con gesto torcido.
Pido la cuenta. Está usted invitado dice el camarero a la vez que pone cara de no saber nada. Busco un rostro amigo. Y es cuando me doy cuenta. Recuerdo.
Un muchacho entra con rapidez y se dirige a la mesa ocupada por la pareja. Saludos cariñosos. Qué ganas teníamos de verte. Cuenta, cuenta. Una escena gastada y repetida. Patética.
Recojo mis cosa con una lentitud exagerada. El hombre que mira al techo se levanta. Se acerca. ¿No me recuerdas? ¿Tanto envejecí? No sé quién eres, contesto. Deja sobre la mesa su tarjeta. Sólo su nombre. Pues no me acuerdo de ti, digo, preferí creer que no existías, pienso. Me mira y sonríe. Nunca te diste una sola oportunidad para rectificar, fuiste siempre un cadáver. Se aleja.
Alzo la mano para que me vea el camarero. Una cerveza, por favor.
Los jóvenes siguen hablando como si se quisieran, la embarazada bebe un vaso de vino (seguro que su marido cree que está comprando patucos), el que lee el periódico repetirá lo que ha leído a sus amigos para parecer más listo, los de los ordenadores preparan una gran mentira con la que salvar el puesto de trabajo durante una temporada más. Son como ratas caseras subidos en la rueda de la jaula. Corren para no llegar a ningún sitio. Hipócritas.
Sí, le señalé con el dedo, dije la verdad, lo que yo pensaba que era cierto. ¿Cómo iba yo a imaginar que aquella chica quería que la tocara? Mil y una vez lo hubiera repetido. Además, era ella y no otra.
Alzo la mano. Una cerveza más. Hasta que pierda el sentido.
© Del Texto: Gabriel Ramírez Lozano

2/5/09

El último escollo


El viento empujaba con fuerza. Tuvo que hacer un movimiento ridículo para cargar todo el peso del cuerpo sobre la pierna derecha y evitar caer. El viento llegaba desde el norte. El peor de los lugares posibles.
Calculó mentalmente las probabilidades de cruzar aquel escollo. De salir con vida. No más de una entre mil. Quizás alguna más si caía en el agua helada y no se golpeaba con alguna piedra. Aunque si eso ocurriera quedarían secuelas. La caída sería brutal. Cojera, sordera, un brazo arruinado o la mente en blanco hasta morir. Una entre mil. Muy poca cosa.
Pensó en la posibilidad de retroceder, desandar el camino hasta un punto intermedio y buscar una buena excusa cuando le encontraran allí. Pero no, se trataba de un juramento ante Dios. Eso no era posible. Logró sonreír sintiendo que eso era muy suyo, que estaba orgulloso de ello y que nadie se lo podría arrebatar.
El esfuerzo que había realizado para llegar hasta allí era descomunal. Un camino inhóspito, lleno de trampas que había logrado sortear con cierta solvencia. Aunque sentía que dejaba algo atrás cada vez que pasaba por una de ellas. El agotamiento era insoportable. Había perdido gran parte de su equipo. Poco a poco. Apenas quedaban unos metros de cuerda, algo de comida ya rancia y algo menos de un litro de agua. Los anclajes se quedaron sin remedio en otras paredes superadas. Y eso sabía que era lo que más echaría de menos.
Habilidad, valentía, arrojo. Eso era lo mejor que tenía aunque todo era escaso dadas las circunstancias. La suerte desapareció mucho antes. No contaba con ella.
Calculó la altura. No menos de cien metros. Se sentó. Abrió la mochila y sacó una de las tres latas de conservas que quedaban. Comió despacio. Mientras masticaba pensó en ella, en todos los años que habían pasado juntos, en lo bueno, en lo malo de su relación. Movió la mano para sacar la fotografía del bolsillo exterior. No llegó a terminar de hacer el gesto. No quería ver cómo era ella unos años antes.
Se levantó despacio. Avanzó hasta el borde. Las piedras caían desde la puntera de sus botas hasta algún lugar imposible de calcular. Miró buscando algún camino. Imposible, si lo intentaba sería el fin.
Antes de salir de casa miró fijamente sus labios, sus ojos. Ella mantuvo la vista un segundo o dos. Le pareció mentira que sabiendo lo que se jugaba no hiciera un último esfuerzo por besarle.
Cogió lo que quedaba del equipo y anduvo hasta lo que parecía el mejor lugar para intentarlo. Tomar una decisión sabiendo que era la mejor de las peores le pareció incluso gracioso. Bajó el pie con cuidado mientras agarraba unas raíces podridas que sobresalían de la tierra húmeda. Aspiró todo el aire que pudo. Lo juré y lo haré, susurró. El viento soplaba con violencia. Dejó de pensar y movió la mano mecánicamente.
Cuando ella se enteró, tardó unos instantes en dejarse caer de espaldas en el sofá. No creí que fuera capaz de intentarlo, no era necesario hacer algo así. Le preguntaron que, entonces, por qué lo había hecho. Ella contestó tapándose la cara con las dos manos. No le dije nada, no le dije nada.
Poco después aquel escollo se vio reducido a un divertido paso entre las dos orillas. Un embalse había cubierto gran parte de la zona. Ella caminó hasta allí (el día era frío). No pudo saber a qué se expuso. No se lo dije, pensó. Y se maldijo una vez más.
© Del Texto: Gabriel Ramírez Lozano


28/4/09

Frío


7.30 a.m. Camina arrastrando ligeramente los pies. Siente frío. Desde hace tiempo siempre le pasa. Camina. Piensa. Sabe que ha dejado atrás gran parte de lo que arriesgó de sí mismo. Perdió todo en el primer envite.
No quedan buenos recuerdos a los que agarrarse. Ni ilusión. Ha fallado. Le han fallado.
Antes de salir de casa ha mirado con cuidado su cartera. Bien sabe él que no saldrá de esta, que la suerte está echada, que hay un único perdedor.
Cree que le ha faltado un mínimo de ayuda. Las batallas no se ganan tirando piedras con la mano, piensa.
Intenta sonreír a un niño que corretea cerca. No puede.
Queda muy poco. Antes o después tenía que llegar el momento.
Abre la puerta de la oficina. Deja la cartera con suavidad porque ha decidido hacer todo del mismo modo. Se acerca hasta el cuarto de aseo. Se ve reflejado en el espejo. Un millón de años. Qué poco queda de ti, muchacho, dice. El cuello de la camisa nueva es demasiado grande. Quisiera poder explicar qué ha pasado aunque sabe lo estéril que resultaría. Final del viaje. Con tranquilidad, con elegancia, sin grandes aspavientos. Le obsesiona dejar un recuerdo grato. Se lleva las dos manos a la cara y cierra los ojos. Se siente indefenso, aterrorizado. Intenta calmarse para poder salir de allí.
Piensa en lo extraño que le resulta que para otros todo siga su ritmo.
Cierra la puerta del despacho. Ahora sólo queda esperar.

9.00 a.m. Ella trabaja con normalidad, ríe con normalidad, da la espalda con normalidad. Reparte su amor entre los pocos que le interesan aunque se queda con la mayor parte para ella. Con mucha normalidad. Nada ni nadie le puede herir.

14.00 p.m. Apenas puede comer. Sigue encerrado en su despacho. Abre la ventana para ventilar. En la terraza de enfrente una mujer tiende la ropa. Canturrea.

17.50 p.m. Contesta la llamada telefónica. Le cuenta lo insoportable que es vivir con ese tío al lado. Mientras, mira la televisión. Ajena. Con normalidad.

21.00 Mira. La ropa ya no está. Ni la mujer cantarina. Se ajusta el nudo de la corbata. Estira las mangas de la americana. Un punto de elegancia. Pase lo que pase. Duda. Llama a una vieja amiga. Le explica que todo va bien, que no hay problema. Antes de colgar, ella le llama por su nombre. Nunca lo hace, pero ahora sí. Intuición.

7.30 a.m. Camina arrastrando ligeramente los pies. Siente frío.

© Del Texto: Gabriel Ramírez Lozano

27/11/07

Destinos inventados


Cuentan que, cuando acabó la guerra civil española, un campesino reunió a su familia en lo que quedaba de casa, alrededor de un par de gallinas recién sacrificadas y preparadas con tomate, cebolla, zanahorias y alguna cosa más que nadie sabe precisar. Aquel hombre hizo preparar todo lo que tenían para comer ese día. La dieta había consistido durante muchos meses en un poco de pan negro, alguna hortaliza y mondas que en otros tiempos eran para los cerdos. El hijo mayor preguntó a qué se debía aquel banquete si la guerra la habían ganado los otros. Precisamente por eso, mejor comer bien una última vez, contestó aquel campesino sin mirar a ninguno de los hijos que habían sobrevivido. Todo ha acabado, padre. Sin levantar la mirada, el campesino volvió a contestar. No, ahora comienza lo peor. Dos días después un grupo de falangistas llegó al pueblo y fue llenando un camión con labradores, con sus mujeres e hijos, con los que habían sido señalados por esto o aquello. Cuentan que ninguno sobrevivió.
Aquel hombre debía saber que, al contrario que pasa en las películas, son los malos los que siempre terminan ganando porque en las disputas suelen llevarse el gato al agua los que gastan más mala leche. Y por ello no imaginaba que él no viajaría en aquel vehículo. Creía haber destrozado su vida por mantener una postura ideológica, por arrimarse a lo que creía justo, por no ceder ante la violencia. Algo no terminaba de entender, faltaba una pieza en el puzzle y no era capaz de saber cuál.
Pasó el tiempo sin que nada cambiase a su alrededor. Trabajo de sol a sol, penurias económicas, nada que invitara a tener esperanza.
Justo antes de morir le visitó el alcalde. Se sentó a los pies de la cama y habló durante unos minutos con él. Nunca la había hecho hasta ese momento. Fue justo antes de salir de aquella habitación cuando se dio la vuelta y dijo “con mucho gusto te hubiera enviado en el camión junto con el resto de escoria, pero a ti quería verte morir después de apechugar con estos años de miedo, de incertidumbre y de silencio. De lo que me encargaré ahora mismo es de tus hijos y de tus nietos. Esos van a catar los barrotes.”
Cuentan esta historia. Cruel y gris.
Quizás son estas cosas las que nos recuerdan que por más esfuerzos que hagamos, el destino está escrito. Y lo peor de todo es que reposa en el cuaderno de otros.

19/7/07

EL EXTRAÑO CASO DEL ASESINO VERANEANTE (2ª PARTE)


Al gordo le tuvimos que meter en el coche a base de palos. Como a un cochino. Con el otro no hubo grandes problemas. Coromoto le dijo que si movía la boca de esa forma se la iba a partir y que, o entraba en el coche sin dar mucho la lata, o le rompía la crisma. Con tic a la vista o sin él. Cuando llegamos a la comisaría, sacar a la ballena para poder interrogarle fue coser y cantar. Ya había recibido lo suyo y no tenía ganas de más.
- A ver, ¿quién quiere empezar? ¿Oliver o Hardy? dijo Coromoto apoyando los puños en la mesa.
- No hemos hecho nada. Y tú eres muy chulo con la placa en el bolsillo. Ya nos veremos en igualdad de condiciones.
Coromoto salió de la sala y entró poco después. Sin placa y sin pistola.
- Ya estamos empate, dijo mientras se lanzaba contra el gordo y comenzaba a soltar guantazos.
Yo miraba todo aquello tratando de parecer ajeno aunque la verdad es que me impresionó la forma de repartir de Coromoto. Los de provincias son así. Brutos e intrépidos. Cuando paró volvió a salir y regresó con placa y pistola. Si vuelves a decir una gilipollez te meto un tiro, advirtió.
Mientras, el del tic en la boca no parpadeaba. Ya has visto lo que le ha pasado a tu amigo. Empieza a largar y no pares hasta que yo te avise, le dije usando un tono paternal y falso.
Si hubiéramos apretado un poco más a ese pobrecito podría haber confesado cualquier cosa, pero recordé el asunto del salchichón.
- Venga, al calabozo, porque no me creo nada y me estás poniendo de mala leche, grité agarrando de la oreja al del tic para llevarle hasta la puerta de la celda. El gordo caminó sin rechistar por delante de Coromoto.
Justo antes de salir de la comisaría escuché mi nombre. El jefe me miraba desde la de su despacho por encima de las gafas de ver.
- Anselmo, han encontrado en una piscina municipal el cuerpo de “el filomatic”. Le han cortado las pelotas y se las han metido en la boca. Suponemos que es un ajuste de cuentas o algo parecido. Dejaos caer por allí y haced lo que podáis.
Filomatic. Tenía su gracia ese tipo. Le llamaban así porque decían que nadie manejaba la navaja como él. Y no precisamente para afeitarse. Ahora flotaba en medio de una piscina con la boca llena. Hasta que llegó el juez estuvimos haciendo algunas preguntas aquí y allí, pero nadie sabía nada. O no querían saber. Lo de siempre.
Coromoto se puso a pasear mientras yo ayudaba a sacar a Filomatic del agua. No sabría lo que era una piscina o algo así. Es lo que tiene no pisar un lugar civilizado hasta que eres mayor. 
- Nos vamos, Coromoto. Se acabó el día de piscina.
- ¿No te parece que deberíamos buscar alguna prueba?
- No. Ya verás como alguno de sus amigos nos cuenta lo que ha pasado.
Coromoto llevaba una bolsita en la mano. Algo colorado se dejaba ver a través del plástico aunque a mí no me alcanzaba la vista a ver lo que era. Cuando estaba a mi lado, metió la mano y fue sacando cachivaches. Una cuchilla de afeitar manchada de sangre, un papel en el que se leía “Uno menos” manchado de sangre y par de dientes amarillentos que resultaron ser de Filomatic. Con esto es suficiente, dijo Coromoto volviendo a introducir todo en la bolsa. Si algo me molesta de este tipo de gente es la arrogancia con la que hace las cosas. Menos mal que no suelo hacer caso. No merece la pena.
Nos subimos al coche sin decir nada. Antes de salir del recinto municipal llamaron por la radio desde la central. Acababan de encontrar el cuerpo sin vida de un delincuente habitual. Gazapo. Le conocía desde muchos años antes. Se había ganado el sobrenombre porque decían que era capaz de colgar a cualquiera por lo pies y matarle como a un conejo. De un golpe en la nuca con un buen palo. Le conté por encima quien era a Coromoto.
- Pues nada, mientras tú te dedicas a charlar con los colegas buscaré la estaca, la notita manchada de sangre y los dientes que le falten.
- Haz lo que te salga de los huevos. Joder, y yo sin comprar el embutido. Hay que joderse.
No aguanto esa prepotencia de los provincianos. Qué listos se creen los capullos.

18/7/07

(ETRAP ª1) OIFRAG ED AIROTSIH AREDADREV AL


Ya ha pasado tiempo suficiente. Y nada ha cambiado.
Si fuera el personaje de un relato el autor me despacharía con un suicidio. O con la muerte segura de un gordo. Solitario, tragándose su propio vómito entre grandes sufrimientos de gordo, produciendo el asco de siempre entre los que no lo son. Eso o hubiera zanjado la narración dejándome entre señoritas de buen ver, con un tipo esbelto y gracioso. Pero no, esto no es un relato, esto es la realidad, una realidad que se hace más real cuanto más juego a escapar de ella, una realidad que si no es capaz de explicarse a sí misma acaba con los protagonistas. Ahora ¿qué tengo que hacer? Si al menos pudiera seguir viviendo de la sopa boba podría ir tirando hasta que no tuvieran más remedio que meterme en una habitación de hospital y enchufarme a una máquina. Por la cara, sin pagar un céntimo. Pero no, ahora resulta que tengo que buscarme la vida para sobrevivir. Ojalá pudiera eliminar el maldito capítulo de la delgadez inesperada. No quería ser un hombre delgado, ni tener éxito entre la gente. Me gustó siempre ser un gordo infame y ser odiado por ello. En realidad odian a los gordos por eso, porque tiramos la toalla siendo niños y preferimos reventar antes que tener que entrar en los gimnasios cada mañana con un paquete de cereales nauseabundos en el bolsillo para comer después de dejarte la salud subido en una bicicleta que ni siquiera se mueve. Cereales para poder cagar a marchas forzadas y adelgazar siete u ocho gramos más.
Pronto no podré moverme de la cama. Me tendrá que sacar de aquí el cuerpo de bomberos. Y eso es porque no pasa nada. Y no pienso dejarme caer desde la ventana. Y no pienso rezar para adelgazar otra vez sin venir a cuento. No, no y mil veces no. Nada cambia. No pasa nada. La vida es comida y poco más.
Quizás la solución sea convertirme en un gordo y algo más. Gordo a secas ya no funciona. Gordo cabrón. Gordo guarro. Gordo que vomita si le miras a los ojos. Gordo más listo que los demás, que los que se dejan el cerebro colgado de las pesas. Porque los gorditos bonachones sólo sirven para hacer chistes.
Si quisiera daría un buen final a todo esto. Podría dedicarme a matar a la banda de guarros que vive en esta pensión y alguno inventaría el perfil de un gordo asesino en serie, podría intentar buscar a una mujer obesa y morir en su cama sin poder haber hecho el amor por la barrera de grasa. Siempre hay un roto para un descosido y si a una gorda la prometes su momento de gloria traga con cualquier cosa. Todos quieren ese instante. Los delgaditos también, pero a mí me tocaría la gorda porque peso ciento y pico kilos. Largos. Sí, podría acabar con todo esto de forma original. Y no. Voy a seguir aquí esperando a que no pase nada. No me han dejado abusar del régimen sanitario. Muy bien. Pues van a tener que cargar conmigo cuatro pisos sin ascensor, mi familia tendrá que pagar las deudas y el entierro, la casera se quedará sin cobrar el alquiler y los periodistas sin la noticia de la semana. La vida es así. Al menos la vida de Garfio.

14/7/07

El extraño caso del asesino veraneante (I)


Cuando entró en la comisaría por primera vez pensé que era un vendedor de libros. Era cuadrado como un armario sin adornos. La cabeza ancha con formas planas y el resto del cuerpo con el aspecto de estar metido en una gran caja de zapatos, sin distinguirse los brazos y las piernas del resto del cuerpo. Sonreía enseñando la dentadura amarillenta. Una mancha negra en el colmillo derecho afeaba la expresión. Alargaba el brazo para apretar la mano del que se ponía delante agachando levemente la cabeza como si se tratase de un movimiento estudiado para hacerlo rentable. Saludaba diciendo su nombre, sin variar el tono de voz al repetirlo, igual que si cantase los números del sorteo de navidad. Coromoto San Benito Yuncler. Cada apretón de manos la misma pregunta. ¿Coro qué? Coromoto. Es un nombre canario o venezolano, no estoy seguro, decía mostrando la caries insistentemente. Le acompañaba un inspector a punto de retirarse al que un par de días después tuvimos que sacar de una chabola destruida por el fuego, negro como un zapato. Fue a por su hijo que andaba metido en asuntos turbios con traficantes de heroína, intentando salvar el poco pellejo que le quedaba. Rociaron a los dos con gasoleo y les prendieron fuego. Siempre digo que las deudas con esos chicos es mejor saldarlas antes de que enciendan el mechero. Los malos son muy malos y los buenos muy gilipollas. Así son las cosas. Llegaron a mi mesa cuando intentaba meter unos papeles dentro de una carpeta demasiado pequeña. Eso y freír huevos me saca de quicio. Se trataba de un informe que tenía que llegar al día siguiente a la prisión de Ciudad Real. Si no lo entregaba a tiempo, un fulano que había desfalcado una empresa de azulejos, no tendría la libertad condicional hasta después del verano. Carpeta, informe y la condicional de un contable listillo fueron a la papelera. Ya tendría tiempo de culpar al sistema de correos, de inventar una excusa increíble o de hacerme el tontito, como hacemos casi todos cuando se ponen las cosas feas. Coromoto miraba igual que hacen las madres con los hijos que suspenden todas las asignaturas salvo la gimnasia; con ese gesto entre suspicaz y severo, pero tranquilizador.
- Es una carta para una amiga de Toledo, pero me ha salido muy mal la letra, dije apretando con el pie los papeles que sobresalían de la papelera metálica.
No vendía libros, claro. Era un nuevo inspector que trasladaban desde Tenerife. Hablaba moviendo las manos a la altura de la cabeza, muy cerca de la cara, dejando que el olor a picante se cayera sobre los objetos.
- Anselmo, este es tu nuevo compañero. Se quedará con nosotros un año. Así que haceros amiguitos pronto, dijo mirando a los lados para ver la cara sonriente de los compañeros. 
Siempre me tocaba a mí. Los nuevos, los que llegaban de provincias o los que no sabían distinguir una pistola de una escopeta de caza terminaban siendo una carga con la que me jugaba la vida. En un buen compañero puedes apoyarte, confiar sin problemas. Con la purrela de paletos que me acompañaban era mejor llevar siempre puesto el chaleco antibalas. Se quedó parado frente a mi mesa con las manos en la espalda, mirando los papeles, el cenicero repleto de colillas, sin decir nada, como si estuviera viendo un cuadro de Renoir.
- Siéntate, joder, que pareces el mayordomo asesino, dije desganado.
- Tú tampoco me gustas. Nunca me he fiado de los tipos que llevan un lamparón en la chaqueta, así que si quieres hablamos con el jefe y le decimos que soy alérgico a la mierda, dijo mientras se rascaba el cuello moviendo rápidamente el dedo índice.
Había olvidado la mancha de café en la solapa derecha de la americana. Le fui a contestar, pero sonó el teléfono. Mi madre tiene la curiosa facilidad de llamarme cuando más lo necesito. Un par de meses antes lo hizo justo cuando estaba a punto de ahogar con mis propias manos a un detenido que había violado a una niña de cinco años. Al colgar, me levanté y me puse junto a él.
- Nos queda un año por delante. Intenta no tocarme mucho los huevos. Vamos a por el coche que ya es la hora de cambiar el turno. Ah y recuérdame que compre medio kilo de salchichón para mi madre.
No contestó. Seguía mirando a derecha e izquierda, supongo que tratando de familiarizarse con la comisaría. Los zapatos de goma producían un sonido agudo, parecido al que hacen los aparatos mal engrasados. Llegamos al coche y comenzamos nuestro turno de patrulla. Íbamos despacio, sin hablar. Coromoto seguía mirando a derecha e izquierda, esta vez buscando algo que le llamara la atención. Al pasar frente a un estanco me dijo que frenara. Sacó la pistola.
- ¿Se puede saber que coño haces? pregunté pensando que su enfado era mucho mayor del que pensaba.
- Los dos tipos que están enfrente de la tabaquería están a punto de hacer una faena. No es normal que en pleno mes de agosto lleven puestos los abrigos.
- Espera. Avisa a la central. Voy a ver que pasa, dije reprochándome no haberme fijado en algo así.
Salí y caminé despacio hasta llegar donde estaban los hombres del abrigo. Se apoyaban en el capot de un coche colorado. Uno de ellos debía pesar media tonelada y sudaba a chorros. El otro, mucho más pequeño, hacía un movimiento extraño con la boca. Saqué la placa para enseñarla cuando estaba frente a ellos. Casi al mismo tiempo sacaron sus armas de debajo del abrigo, igual de rápido que alzaban los brazos soltándolas. Coromoto estaba detrás de ellos apuntándoles. Les ordenamos tumbarse para esposarles.
- Muy hábil, Anselmo. Ves a dos tipos con cara de querer matar a lo primero que se encuentren y tú les enseñas la placa para que hagan tiro al blanco. Les podías haber invitado a tu fiesta de cumpleaños, dijo mientras registraba al gordo que sudaba aun más que antes.

16/6/07

(ETRAP ª2) OIFRAG ED AIROTSIH AREDADREV AL


Dicen los médicos que esto es parecido a lo que ocurre cuando uno vuelve a fumar. Si antes eran veinte cigarrillos ahora son treinta o más. Si antes era gordo ahora seré un cerdo caminando sobre dos patas.
He tenido que ir a la parroquia para recuperar mi ropa. Allí estaba, nadie quería algo tan grande. De momento tengo dinero. Lo que me han querido pagar. Muchos dicen que las estafas se cobran en la carcel, que elija si quiero demandarles o no. Estafas, estafas, ¿y yo qué cojones sabía? Mi tía, mis amigos de antes, esos que aparecen ahora en la televisión diciendo barbaridades de mí, no quieren ni verme. Cabrones.
En el hospital no me admiten salvo que comience un régimen. Ahora me vienen con esas. Cuando las cosas iban bien no hacían más que llamarme para enseñarme como un mono de feria a gente venida de otros países. Todos son una banda de cabronazos.
Mientras pueda estaré en la pensión. No está muy limpia. En el baño siempre encuentro algún regalito del viejo ese que anda yendo y viniendo por el pasillo toda la noche. Ya sé porqué la gente adelgaza, joder, echan todo lo que comen en un abrir y cerrar de ojos.
Quiero estar en la cama. Sólo eso. Ahora es cuando me siento desdichado. Ni padres muertos ni historias. Menudo par de mierdas. Una con la brocha en la mano todo el día. El otro bebiéndose hasta el aguarras de la otra.
La vida es un espejismo. Yo ni siquiera eso. Quiero estar solo, en la cama. Solo. Desean hacer conmigo la matanza, les parece que San Martín ha llegado con adelanto. Y no, eso sí que no.

15/6/07

(ETRAP ª3) OIFRAG ED AIROTSIH AREDADREV AL


Le gusto al mundo y yo amo al mundo. Es ahora cuando valoro lo que he perdido por el camino. Tanto resquemor, tanto querer ir contracorriente cuando lo fácil hubiera sido ser como ellos querían. Como ellos, simplemente. Han pasado tres meses y ya me he acostumbrado a ir de aquí para allá, a trabajar en lo que todos envidian. Televisión, revistas, noches de fiesta. Ganar dinero, haciendo algo para ello, ha resultado ser mucho más fácil de lo que imaginaba, enormemente gratificante.
Camino por la calle y todos quieren conocerme, tocarme, retratarse con el hombre del año. El poder de la fama se arrastra aclarando la sombra del ayer. Soy capaz de dar la mano a la gente, de besar a una mujer porque sé que les gusta mi forma de mover las manos cuando hablo, de caminar por el centro de una calle transitada. Esto es otra cosa.
Nunca pensé que estaría esperando en este camerino mi turno. La televisión me fascina. Mandan un taxi hasta tu casa, te reciben un par de mujeres que quieren parecer espléndidas para impresionar al invitado de lujo, maquillaje, peluquería, descanso en el camerino tomando una cerveza y media docena de canapés. Todo es perfecto. El espectáculo es mi vida. El mundo quiere disfrutar de ella. Ya es la hora. Un paso más hacia el infinito.
Los focos se distribuyen por todo el techo. El regidor corre de un lado a otro dando órdenes. Últimos retoques al presentador, a los invitados. Música de sintonía. Primero me pesarán. Luego lo único que tengo que hacer es ir contestando a las preguntas que me hagan mientras como lo que me ofrezcan. Al acabar me volverán a pesar para mostrar a millones de personas el milagro. Me lo explica todo el director del programa. Por tercera vez en lo que va de tarde. Aplausos. Comienza el show.
- Muy bien, José. Demuestra usted ser una gran persona diciendo todo esto a los espectadores. Todos supimos desde el principio que los envidiosos mentían cuando hablaban sobre su pasado. Sólo nos queda pesarle de nuevo. Ha comido usted empanada, una porción de pizza, cien gramos de pasteles y ha bebido un batido de fresa. Suba aquí, por favor, y aguarde unos instantes.
El presentador se muestra inquieto al mirar los dígitos colorados. Me pide que baje y vuelva a subir. Dice que debe tratarse de un error. Nada, he engordado quilo y medio. Un dolor intenso en el pecho hace que me doble inclinando el tronco. No puede ser, no puede ser. Alguien tira de mí y me lleva hasta la parte trasera del estudio. Así es la vida de los tramposos, señoras y señores, dice el presentador señalando el lugar donde me encuentro. Esclavos de sus propias mentiras.