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7/5/09

Haciendo amigos (últ. cap. de la 1ª temporada)


Por todos es sabido que las formas de vida extraterrestres carecen de órganos genitales. Así, G. se transfiguraba para poder decir “estoy hasta los cojones”, gozar de un buen rato a solas sin tanto poder mental (le había tomado el gusto al placer puramente físico), o mirarse en la pantalla del descodificador que le permitía ensayar diferentes gestos o peinados con los que parecer más atractivo. Una última vez apreció el color negro de su pelo (lo había modificado al pensar que el color amarillento provocaba reacciones inexplicables en los humanos). Creyó que le favorecía mucho. Y recordó al cabrero. Qué rato tan bueno. “Tanta telepatía, tanta telepatía”, pensó entristecido.

Comenzó su tercer intento. Órdenes estrictas: capturar formas de vida con capacidad para reproducirse. Había caminado doscientos metros aproximadamente por la carretera cuando algo sorprendente ocurrió. Un ser humano se acercaba aunque le resultaba difícil reconocer en esa figura lo que ya sabía gracias a la observación. Se acercaba. Pelo negro, grandes caderas, dos pechos enormes, traje negro que no dejaba distinguir las piernas (luego descubrió que iban dentro), una pieza de barro sobre la cabeza y ni rastro del pene característico entre los humanos. El ser humano paró al ver a G. “Pelandrusca” le pareció escuchar. Pudo comprobar que la mujer (G. descubrió más adelante que es así como llaman a estas extrañas formas de vida en la Tierra) miraba su pene erecto primero, sus pechos después, otra vez el pene. “Asqueroso” gritó. La mujer se llevó una mano a cada lado de la cintura. La notó algo contrariada. Se acercó a ella contoneándose al caminar con lo que todo se contoneaba al mismo ritmo. “Si te acercas te atizo un guantazo que te avío, so guarra, so mariconazo”. G., que ya se las sabía todas, decidió adoptar una estrategia muy ensayada durante los últimos meses. Levantó los dos brazos y dijo “me rindo”, me rindo”. Paró a metro y medio de la mujer pensando en el mejor momento para capturarla. La mujer miró de arriba a abajo el cuerpo de G. “La ocasión la pintan calva, que coño”, dijo dejando la pieza de barro en el suelo. Y fue dicho y hecho. Durante un par de horas, dejándose de poderes telepáticos y de gaitas, disfrutaron de lo lindo. Al acabar, la mujer decía cosas tan interesantes como extrañas. Estar juntos, cuidaré de ti, familia, amor y algunas cosas más que G. no pudo recordar debido a los nervios del momento.

La mujer agarró la pieza de barro y sacó unos garbanzos y un trozo de tocino (con las manos porque, a pesar de todo, otra cosa no sería pero relimpia a más no poder). G. creyó estar a punto de desmayarse cuando cató aquella delicia. No había pasado ni un minuto cuando se empezaron a producir pequeñas explosiones dentro de G.

“No te aguantes que eso es muy malo”, dijo la mujer acariciando el cutis desastroso de G. “Puedes peerte tanto como quieras porque el amor lo supera todo”.

G. enrojeció y una enorme explosión le hizo desintegrarse de nuevo. Las partículas se esparcieron en un radio enorme puesto que se movían como propulsadas a reacción. Dejaban una estela blanquecina a su paso y un aroma extraño. Como de cocido caducado.

G. regresó a su nave cuando las partículas se integraron de nuevo. Notó que su volumen era algo mayor que antes.

Descansaba. Un ser vivo (en la tierra se le conocía como mula) estaba parada frente a la nave. G. pensó en el cabrero, en la mujer. Y decidió tener nuevas experiencias.

© Del texto: Gabriel Ramírez Lozano



Haciendo amigos (y II)


Una de las características más importantes de la vida extraterrestre es que es extraterrestre. Esto quiere decir que los humanos no llegan a imaginar qué es lo que tienen enfrente.
G. explotó violentamente y sus pedacitos quedaron esparcidos por aquí y por allí. Pero los trozos se fueron buscando con rapidez, unos a otros, para completar a G. otra vez. Luciendo su forma humana, caminó hasta donde había dejado su nave dotada con tecnología y armamento de última generación. Envió un mensaje de protesta a su comandante en jefe por la falta de información veraz y se introdujo en la cápsula de recomposición molecular y limpieza mental urgente. Aún no había terminado la sesión cuando recibió contestación. El mensaje llegó cifrado y con la categoría de secreto nivel uno. YaAv. Pulsó la tecla para descodificar aquello. Diez segundos. No más. Vaya. Ese era el mensaje. Gruñó, volvió a su aspecto humano, salió de su nave y comenzó a caminar. Doscientos metros más allá se encontró con un ser humano. Llevaba un palo en la mano y se rodeaba de animaluchos que según el manual de asalto eran inofensivos. Por lo visto, se llamaban cabras. El hombre del palo y gorrilla negra le miró. Dijo: “A ti te daba yo lo tuyo, rubia”. Sin mediar una sola palabra más se abalanzó a G. Su intención era violarle sin ningún tipo de miramientos, pero, dadas las circunstancias le violó, luego se dejó violar y, por último, se procuraron placeres mutuos. Las cabras miraban.
El hombre, una vez terminadas las violaciones mutuas y la sesión de placeres impensables para ambos, le invitó a fumar. G. imitó cada gesto del hombre. No le pareció peligroso. ¿Quieres un trago? dijo el cabrero ofreciéndole la bota de vino. Confiado, G. aceptó. Su desintegración fue tan rápida que el cabrero pensó que todo había sido un sueño.
Las partículas se agruparon como pudieron aunque la labor fue difícil. Las más perjudicadas se movían sin rumbo fijo, algunas de dos en dos riendo y cantando, otras fueron encontradas bajo las piedras descansando y sin sentido.
Cuando G. logró ser G. envió otro mensaje a su comandante en jefe. Su queja era insolente y tajante. La contestación no llegó cifrada. “Cuando dije vaya quise decir “oh, lo siento, vaya por jus (dios local)”, imbécil. Quédese quieto y espere instrucciones”.
G. aprovechó ese tiempo para recomponer cuerpo y mente. Empezaba a sentir cierto cariño por los terrícolas. El cabrero, oh, el cabrero, dijo antes de cerrar su único ojo.
© Del texto: Gabriel Ramírez Lozano