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6/5/10

Ilusionarse


Miras el objeto, a él, a ella; buscas detalles necesarios, urgentes; eliminas las aristas con una mirada que rastrilla para no ver esos minúsculos picos; todo el contorno aparece con la perfección de lo recién nacido.
Miras el objeto, a él, a ella, para construir una ilusión. Inventas una historia larga, toda una vida que se pega al objeto, a él, a ella. Fabulas.
Ilusionarse es inventar. Pero no inventar cualquier cosa, no, inventar el mundo que se soporta en un eje nuevo, en el que te transformas. Por arte de magia, de tu propia magia. Eres el eje que lo hace girar todo. Un todo teñido de un objeto, de él, de ella.
Pero un día eres tú el que da vueltas alrededor. La ilusión ha desaparecido del otro lado. Las aristas apuntan asesinas en todas las direcciones posibles, la mirada busca sin poder atrapar lo deseado, donde había picos minúsculos hay lanzas envenenadas. Porque sólo con la ilusión de dos es posible continuar. Dos ejes que hacen girar la misma ilusión compartida, miradas engañadas por el vértigo que producen las vueltas sobre otras vueltas. Un giro constante alimentado por la fabulación de ambos o la persistencia en el tiempo de las cosas. Uno deja de fabular, de existir, de ser único, y los círculos, hasta ese momento perfectos trazando las intersecciones exactas se convierten en elipsis, espirales o, si la fantasía cesa, en líneas rectas.
Ilusionarse es inventar, inventarse un objeto, a él, a ella. El mundo.
© Del Texto: Gabriel Ramírez Lozano

Al Jarreau - Rainbow in your eyes (Live)






12/5/09

Doce de mayo


El tiempo se ha gastado rápido. Y con él las cosas, la gente, la vida misma. La sensación de usado es algo con lo que peleo a diario. Ese no es el camino. Es justo en la otra dirección.
Si estuviera vivo, hoy mi padre cumpliría ochenta y un años.
Desde que falta han pasado tantas cosas como en todo el tiempo que vivió. Es el trajín al que nos somete el mundo de ahora. Los padres parecemos los abuelos de nuestros hijos. Todo ocurre sin tiempo a pensar. Las distancias se hacen infinitas. Y los hombres pequeños.
No pasa un solo día que no me acuerde de él. Para sonreír. Para reprocharle alguna cosa. Para sentir que le tengo cerca. Siempre lo estuvo y sé que nunca me fallaría.
Dejó un espacio que nadie se atreve a pisar. Es inmenso. Parece que todos miramos desde el borde sabiendo que es eso y no otra cosa lo que hay que hacer en la vida. Tratamos de imitar, pero sin poner un pie en su sitio.
No sé muy bien la razón, pero al levantarme he pensado en él (sin recordar que era su cumpleaños). Le miraba desde la puerta del cuarto de baño. Él se afeitaba. La cara llena de jabón, la cuchilla en la mano. Hombre, buenos días, chaval. Dame un beso. Se lo di sin darme cuenta de lo que quería. Todo manchado. Risas.
Todo esto ya lo he dicho otras veces. Pero no me cansa repetirlo, una y otra vez.
Y las palabras se ocultan tras el corcho. Pegadas a mí. Tal y como ocurre cada doce de mayo. Mirando en la dirección contraria. Justo donde nos encontraremos.
© Del Texto: Gabriel Ramírez Lozano