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11/4/10

Pesadilla


G. ha salido a comprar el pan, un par de periódicos y una lata de pimiento morrón. Camina saludando a todos los conocidos, a los que no ha visto en su vida e, incluso, a los que no están. Siempre se ha considerado un tipo de lo más educado. No quiere que su reputación se venga abajo.
En la panadería compra media docena de palmeras cubiertas de chocolate. En el quiosco, diez bolsas de cromos. Cuando llega a la tienda de ultramarinos (en su barrio quedan abiertas treinta y seis mil) pide kilo y medio de habas, cuarto y mitad de bacalao sin espinas y un puñado de polvorones que pesa el tendero con la romana de toda la vida. Trescientos gramos bien pesados, dice. G. calcula que, como mucho, en el paquete hay cien gramos.
De regreso, G. decide pasar a un salón en el que se reúnen masones para discutir de sus cosas. Espera encontrar un gran número de ellos aunque es domingo y las reuniones están programadas los martes y jueves por la noche. Su decepción es grande. Cada domingo le sucede lo mismo. Pero no termina de acostumbrarse. Sale cabizbajo.
De buenas a primeras, se le aparece Dios. G. le invita a ir al cine. Sesión matinal. Dios le recuerda que él está en todas partes incluyendo los rodajes de películas, que ya la ha visto, que se sabe los castings y todo.
Decepcionado, se va a casa. Siente sed. Como dicen que el pescado la alivia, muerde y mastica el bacalao.
Piensa en lo que puede ser la felicidad. Y cuando le ha dado las vueltas suficientes decide dormir para poder soñar con un mundo perfecto. Cierra los ojos. Duerme.
G. camina por su calle. No saluda a nadie. Intenta que no le vean. Se siente anónimo y cualquier otra cosa le inquieta. Ha comprado una pizza precocinada en la tienda de la esquina, en la que te despachan unos señores orientales que sonríen sin ton ni son. El dinero no da para más. Corre para llegar a tiempo. La iglesia abarrotada de señoras envueltas en sus abrigos de piel. Busca a Dios desde siempre aunque no es capaz de adivinar dónde puede encontrarle.
Despierta. Le ha debido sentar mal el bacalao. Una pesadilla. Decide liarse con los polvorones. Siente cierta pesadez en el estómago. Nada mejor que los polvorones.
© Del Texto: Gabriel Ramírez Lozano

Al di Meola, Paco de Lucia, John McLaughlin - Spanish Guitar - Flamenco






23/4/07

¿Qué te pides? ¿De plástico o de zinc?


Los hay muy, muy tontos, que deciden ir en contra de todo. Si la mayoría dice sí, ellos dicen que no. No debemos fumar porque mata. Ellos fuman mucho para demostrar que son capaces de vivir dándole al pitillo con saña. No corran con su coche por las carreteras porque cada año mueren miles de personas. Pues pisan el acelerador como si en ello les fuera la vida (qué paradoja ¿no?). En fin, tontos de remate.
Los hay muy, muy tontos, que deciden ir a favor de corriente. Siempre. Les dicen que inviertan en bolsa porque va a subir y ellos invierten sintiendo gran satisfacción si es que las acciones se revalorizan (en caso contrario, si la bolsa se derrumba, echan la culpa a los que van en contra de todo porque son el lastre de este país). Les dicen que hay que trabajar mucho por el bien de la comunidad y lo hacen de forma enloquecida aunque la comunidad se reduzca a una docena de bancos llenos de banqueros y listillos que se lo llevan todo. Pero son felices. Todos los tontos, muy tontos, son felices.
En realidad, es lo mismo. Sólo hace falta que alguien les dé una voz o dos y se ponen a negar o a decir que sí a todo. Por eso son tan tontos.
Es una pena porque casi todos somos muy tontos. La diferencia es que unos no lo saben (nacen siéndolo y se mueren siéndolo mucho más) y otros son conscientes de lo idiotas que pueden llegar a ser. Son los únicos que tienen alguna esperanza.
Si quiere saber usted lo tonto que es, haga una prueba muy sencilla. Se trata de no escuchar la radio al levantarse. No leer el periódico. Llegar a la oficina y procurar tener una conversación que no tenga que ver con la actualidad política o deportiva. Si no es capaz puede empezar a esperar lo peor. Hay más. Si normalmente suele tomar decisiones arropándose en media plantilla de su empresa para que los fracasos se los pueda endilgar al primero que pasa, intente tomar una decisión usted solito. Si mete la pata confirmará su grado de idiotez. Hay más, mucho más, pero mejor no levantar ampollas. No vaya a ser que alguien me esté haciendo caso y me toque pagar los recordatorios del fallecimiento prematuro de alguno de los más tontos de entre los tontos.
Y lo mejor de todo es que nos encontramos en el camino pensando que estamos enfrente unos de otros cuando, en realidad, hacemos lo mismo. Exactamente lo mismo. Uno fuma para ir a la contra y, en el momento menos pensado, aparece un imbécil que fuma como loco y te desmonta el numerito. Pues ahora no fumo que eso lo hacen los muy tontos. Y te sumas al grupo de aquellos a los que mirabas con cara de pocos amigos por hacer algo que te ves haciendo tú mismo cinco minutos después.
Todos igualitos. Tontos, tontos, tontos como cubos.
Creo yo que es mejor dejar de opinar con tanta ligereza, de juzgar a todo el que se mueve, de presentar la peor cara de otros para que parezca que la nuestra es el retrato de la dama de las camelias (suele ser mucho más horrible) y de creernos lo mejor de lo mejor. Guste o no, somos como cubos. Ah, y nos morimos. Tú también. Sí, tú. Mala suerte. Pero no te desesperes. Siempre podrás tararear cancioncillas alegres que distraen nuestra realidad. Prueba, prueba.
© Del Texto: Gabriel Ramírez Lozano