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14/6/09

De verdad


Eduardo el limpiabotas. Qué tipo tan genial.
He entrado en el bar y, al verme, se ha levantado de su banqueta de trabajo. Dando palmas. A ver, todo el mundo a sonreír que igual aparecéis en su blog y este hombre no tiene compasión. Eduardo, joder, voy a terminar por no venir nunca más. Pero bueno, don Gabriel, si ya me estaban preguntando por usted. Están deseando que les mencione en uno de sus textos.
Hemos tomado un café. Repaso a todos los presentes. Ese que ve allí, el de la cara de sapo, tiene tela para parar un carro. Pero se dedica a gastar buena parte en putas. Está hecho un asco. Yo no le he visto reír en mi vida. Aquel, el de los pantalones cortos es el dueño del edificio. Va de casa a este bar y de este bar a casa. Muy feliz, la criatura. Los del peto amarillo chillón son los de la limpieza del ayuntamiento. Como estamos de obras dicen que por ellos puede empezar a limpiar su puta madre. El del sombrero de copa es el portero del hotel que hay aquí abajo. No se lo quita nunca porque dice que le da un toque de elegancia con el que siempre soñó. Lo que es tener un trauma desde niño ¿verdad, don Gabriel?
Ya tiene carnaza para escribir sobre las miserias de las gente, me ha dicho tomando un último sorbo de su café. Sí, vidas muy interesantes. Pero me falta saber algo sobre usted, Eduardo.
Soy una mierda enorme disfrazada de felicidad. Más claro no puedo ser.
No diga eso, Eduardo. Sabe que no es cierto.
Pues soy la felicidad plena rellena de mierda. ¿Mejor?
Veo que hoy no tenemos un buen día, Eduardo.
Venga, vamos a lustrar esos zapatos. Yo no sé que coño hace para traerlos siempre hechos una pena.
Ni una palabra más hasta despedirnos. Mascullaba alguna cosa que no he alcanzado a escuchar con claridad y he fingido leer el periódico. Para cambiar de píe un pequeño toque en la pierna.
Tenga sus cinco euros, Eduardo. ¿Quiere comer en casa? No lo haría nunca, ya lo sabe. ¿Quiere que tomemos otro café? Eso esta hecho, pero paga usted porque estoy canino.
Don Gabriel, ¿Por qué habla de mí en su blog? Pues porque me parece un tío entrañable, con una gracia fuera de lo normal y representa muy bien lo que es una vida difícil convertida en algo llevadero. Le resultará difícil de creer, pero me parece un hombre admirable. De verdad. No lo soy. Yo creo que sí.
Nos hemos despedido. Un apretón de manos. Estaba a tres o cuatro metros de él cuando ha gritado. Si no fuera porque tiene usted que escribir y no tiene más personajes me iría donde nadie me encontrase. Ya es tarde, Eduardo, un personaje nunca muere, ni puede esconderse. Le he contestado sin darme la vuelta. Pues me lo podía haber dicho antes, joder. No, no, no, le he dicho moviendo la mano derecha y el dedo índice levantado. Y he pensado que los personajes se convierten en buenos amigos, íntimos. Incluso puedes hacer que sean adorables, que te quieran y estén a tu lado siempre que sea necesario. Da igual si son de carne y hueso, inventados o copiados de una revista barata. 
© Del Texto: Gabriel Ramírez Lozano
(La imagen está tomada del blog del escultor y pintor cubano Blanco Lozano)


7/6/09

Amistad a la japonesa


Eduardo el limpiabotas se ha declarado en huelga. Eso dice. Huelga a la japonesa. Ha descubierto que si lustra los calzos por la cara a todo el que está cerca obtiene unas ganancias muy superiores a las normales. Mientras tomábamos un café, ha confesado que gasta menos crema y menos energía que habitualmente, que esto de la huelga es una campaña de marketing directo y que ya no sabe qué hacer para no acabar debajo del puente de Praga durmiendo.
- Tiene usted mala cara, don Gabriel.
- Es que vengo de votar.
- A quién se le ocurre.
Es verdad que lo he hecho con desgana, sabiendo que de poco sirve y traicionando mi forma de ver las cosas. No se me ocurre una sola razón por la que creer en lo que dicen estos políticos. Y soy muy generoso al pensar que tienen alguna idea cercana a la ideología del tipo que sea. Es más verborrea y frase hecha que otra cosa.
- Le veo contento.
- Pues no lo estoy, querido Eduardo.
- Era una ironía.
- Y lo muy un chiste horrible.
Eduardo ha pedido un par de copas. Anís. No bebo, Eduardo. Hoy sí, don Gabriel. Hemos brindado por el voto en blanco. Antes del segundo trago, por Claudia Cardinale (Eduardo dice ser el primer admirador de esta dama). Y, para matar las copas, lo hemos hecho por los que piensan que somos un par de gilipollas, porque así tenemos algo de presencia en el mundo. Antes de seguir diré que juro solemnemente que los brindis fueron cosa de Eduardo (era la, según él, quinta copa que se metía entre pecho y espalda). Aunque me han parecido acertados a más no poder excepto en el caso de la señora Cardinale puesto que yo hubiera preferido a la señora Hepburn.
Nos hemos despedido como de costumbre. Es algo que nunca he contado hasta ahora. Él dice: Suerte, mi buen amigo. Yo contesto: Que Dios le bendiga, Eduardo. Y contesta: El día que venga a que le lustre los zapatos creeré que existe. Siempre lo hacemos del mismo modo. Es un rito como otro cualquiera con el que se dice a un amigo “hasta pronto”.
He caminado por la calle serrano (destruida por completo gracias a las obras) hasta llegar al Retiro. Y, por supuesto, he recorrido la feria del libro de principio a fin. No he comprado un solo libro. La lista de espera es tan abrumadora que tengo prometido no gastar un euro más hasta que acabe con ella.
Antes de llegar a casa he entrado en un bar. He pedido una cerveza (otra copa de anís hubiera sido mortal). Ha sonado el teléfono. Llamaba Eduardo, el mejor limpiabotas de Madrid. Don Gabriel, que cojones, ¿tiene algo a mano para poder brindar? Sí, curiosamente me estaba tomando una cerveza. Joder, luego dice que no bebe. Pues nada, eleve esa cerveza. Brindemos por nosotros, coño. Y ya que Dios no viene a vernos ni a la de tres, que sea la fortuna la que nos acompañe lo que nos queda de vida. Y cambie la cara, hombre, que me tiene usted preocupado, que soy yo el que va a dormir bajo el puente de Praga un día de estos. Chin, chin, Eduardo, chin, chin. 
© Del Texto: Gabriel Ramírez Lozano

24/5/09

La mitad frente al todo


Hacía mucho tiempo que no coincidía con Eduardo. 
Me he sentado para tomar un café mientras él lustraba los zapatos a un tipo con cara de pocos amigos. Al rato, después de dar las gracias por su visita al hombre malencarado, se ha acercado. ¿Un café? Mejor una copita de vino. Ese tío me ha puesto de los nervios. No va y me dice el muy gilipollas que debería limpiarle los zapatos gratis, que a la gente con dinero conviene tratarla bien para que nos manden más clientes. ¿Quién era don ricachón? Un anormal, don anormal_con_mucha_pasta. Yo no sé dónde vamos a llegar, de verdad se lo digo. ¿Lustramos los zapatos, amigo? Sí, pero yo le quiero pagar, Eduardo, que soy bastante pobre.
Hemos estado hablando de fútbol, de su novia, de cómo está la cosa de mal y de un librito que llevaba Eduardo en el bolsillo trasero del pantalón. “Sobre escritura y estilo” de Arthur Schopenhauer. Pero ¿cómo quieren que le tomen en serio los clientes leyendo estas cosas? Van a pensar que está usted loco, Eduardo. Bah, si casi nadie sabe quién es el autor. Se creen que es una novela de vaqueros o algo así. Se lo digo yo. Por cierto, mire lo que dice aquí. Me ha entregado el librito abierto por la página que quería mostrarme.
“No hay otro asunto serio en el mundo para muchos autores noveles que su cara persona: quieren hacerse notar”.
¿Qué le parece? Pues que este Schopenhauer era un tío listo. Que tiene toda la razón. Pero tampoco descubrió nada nuevo. Todo el mundo quiere hacerse notar. Por ejemplo, su amigo don ricachón, ha querido que usted supiera lo tonto que era. Y lo único que hacía era esperar a que le limpiaran los zapatos. Figúrese un chaval con una pluma en la mano la que puede intentar liar. Ya, don Gabriel, pero es que los novelistas se ponen ustedes muy pesados, quieren decirnos todo lo que les pasa porque quieren salvarnos de una vida espantosa o algo así. Deberían obligarles a tatuarse en el antebrazo la frase que dice πλευν 'ῃμισο παντοσ. Muchas veces, la mitad vale más que el todo, significa. Lo sé, Eduardo. Me está asustando. Pues no se asuste lo aprendí de memoria y de griego no sé más. No confiese esas cosas, hombre, que había quedado como los propios ángeles. Tómese otra copa, Eduardo, porque le veo un poco trastornado. Vale, pero paga usted, que estoy canino.
De vuelta a casa pensaba en lo que el mejor limpiabotas de Madrid aprendió de memoria. Y en don ricachón. En su tontería. Y en la humildad de Eduardo al confesar que la frase era como un refrán sofisticado y poco más. Y en lo pesados que nos ponemos los escritores. En lo que tenemos que fingir para no parecer nuevos en cada frase. Queremos contarlo todo y no vemos obligados a tirar de las riendas cada día. Suerte que conozco a Eduardo.
© Del texto: Gabriel Ramírez Lozano

8/2/09

Ciento setenta grados


Había olvidado por completo que mi blog debía dar un giro de entre ciento treinta y ciento ochenta grados. Qué despiste. Imperdonable.
Había prometido que recomendaría alguna lectura. Tomen nota (los más jovencitos sobre todo y los que se sientan más jovencitos de lo que realmente son también): “La hermandad de la uva” de John Fante. Si usted se siente cansado de la vida o, realmente, tiene edad como para estarlo, puede dedicar su tiempo libre a leer “Las palmeras salvajes” de William Faulkner. No crean que les va a deprimir un poco más. Que va. Al contrario, aprovecharán el tiempo que les queda en este mundo leyendo algo que merece la pena y, por ello, se sentirán mucho mejor con ustedes mismos.
Pues ya está. Recomendación y giro en el blog.
Y ahora les cuento lo que me ha pasado desayunando con Eduardo, insigne y fabuloso limpiabotas. 
Resulta que charlábamos tranquilamente cuando, sin avisar, aparece su novia. Vestida como para ir de boda. Una maletita en la mano (espantosa y, al menos, de la misma edad que ella). Se planta delante de Eduardo. En jarras. Yo me hago el muerto y me retiro lo suficiente como para no recibir el primer estacazo.
- Bueno ¿qué? ¿Tanto, tanto rollo y ahora ná de ná?, grita la mujer.
Eduardo baja la cabeza ligeramente, se lleva una mano (la derecha) a la cintura. Levanta la otra señalando a la mujer. Adelanta una pierna (la izquierda) y carga el peso en la otra (la derecha).
- No me toques los cojones, dice Eduardo haciendo subir y bajar el dedo que señala a la mujer y negando con la cabeza.
La clientela se va arrinconando. Yo, haciendo gala de una estupidez abrumadora, intento poner algo de cordura.
- Venga, os invito a desayunar, digo mientras sonrío aunque dura poco el gesto. Ambos me miran con cara de pocos amigos. Me arrincono junto al resto de los hombres y mujeres que tomaban su desayuno tranquilamente minutos antes.
- O me besas o te vas a la mierda con tu betún, dice ella entre dientes.
La tensión es tal que Cari invita a una ronda. Nunca jamás la tabernera había hecho gala de semejante generosidad.
Entra en el bar una pareja de jóvenes. Eduardo les dice que o se arrinconan como los demás o no entran. Que Cari invita, pero en la otra punta de la barra. Hacinados, los clientes toman sus tostadas con cara de estupor.
Eduardo comienza a mover las piernas, ella sigue inmóvil. Se acerca. Adelanta la cabeza. Parece que besará a su prometida. Pero no. A medio camino detiene el gesto. Vuelve a señalar, vuelve a mover el dedo de arriba abajo.
- A la mierda con mi betún no me manda ni mi madre.
La tensión se hace insoportable. Ella le mira enarcando una ceja.
- Pero bueno, ¿es que eres tonto o qué te pasa? Que me beses, coño.
Eduardo gira un poco la cabeza. Me mira. Levanto los hombros como diciendo que a mí plim. Retrocede el gesto.
- Vale, pero no me toques los cojones.
Se besan. La clientela se mira y sonríe. Entusiasmo. Parece que todo el mundo comenzará a besarse de un momento a otro.
Pues eso. Que como el blog ha de girar sobre sí mismo he pensado que contar esto podría ser una buena forma de colocarlo ciento setenta grados más allá.
Hale, disfruten de Fante, de Faulkner y del romance de Eduardo. Les seguiré informando.
© Del texto: Gabriel Ramírez Lozano

21/1/09

Pedir auxilio


Eduardo, mi buen amigo, está algo triste. Conoció a una mujer hace unos meses, se enamoró y las cosas no parece que vayan bien. Ella dice estar “muy locamente enamorada de sí misma” y “un poco” del mejor limpiabotas de Madrid. 
Hemos tomado un café. Me ha pedido que escribamos entre los dos una carta breve y práctica a su amada. Esto es lo que salió en un primer intento.

“Algún día te acercarás para pedirme todo ese amor que te di y ahora quieres entregar en otro lugar. Pero los días son diferentes para cada uno de nosotros y tus lunas no se parecen a las mías. Y yo no te daré nada porque se acabó cuando caminabas a mi derecha por si tropezaba o acaso tuvieras que agarrar una mano para no caer. Serán los años los que me devuelvan esas miradas cómplices en una fiesta que decían “soy tuya”. Me las traerán inmóviles sobre un recuerdo que se escurrió hace tiempo entre las sábanas”.

Eduardo, dice que la mujer a la que ama no suele leer mucho y que esta redacción no es la adecuada, que si le da algo así le deja seguro. Al revisar el texto hemos decidido que, dadas las circunstancias, deberíamos modificar algunas cosas. No la esencia de lo dicho. Segunda redacción de la carta.

“Algún día te acercarás para pedirme todo ese amor que te di y ahora quieres entregar en otro lugar. Ya nada es lo mismo. Si me dejas tú sabrás lo que haces, pero luego no vengas pidiendo explicaciones. Ya vendrás a pedir ayuda y ya te recordaré que me dejaste cuando más fastidiado estaba”.

Nada. No le gustó esa segunda versión. Eduardo, coño, qué quieres decir y cómo, le he preguntado. Pues que como me deje lo tiene claro conmigo, ha contestado. Pues venga, manos a la obra que tengo algo de prisa, dije. Tercera versión.

“Qué bien lo hemos pasado juntos y ya no somos capaces de mirarnos a la cara. Ahora o nunca”. (finalmente convencí a Eduardo para que eliminase la expresión “te lo advierto” que cerraba el texto).

Se ha guardado la servilleta en el bolsillo derecho del pantalón prometiendo tenerme al tanto de lo que pase.
Ahora pienso que, quizás, lo mejor hubiera sido entregar a esa mujer una nota que dijera “te necesito, no me dejes”. Eso o no decir ni pío. Las cosas son, casi siempre, más simples de lo que nos parecen.
© Del texto: Gabriel Ramírez Lozano

6/1/09

La espalda que separa


El frío en Madrid vuelve a ser intenso. Parece que la ciudad se va tiñendo de la normalidad que enmascaraban unas fiestas luminosamente absurdas. La normalidad es gris. Poco apetitosa y mezquina con la felicidad. Los problemas siguen donde estaban, las obsesiones impiden que veamos entre nieblas que podríamos cortar con rápidas navajas. Todo normal. Tal y como queríamos.
Desayuno con Eduardo. Como todo el mundo sabe es el mejor limpiabotas de Madrid. Mastica más rápido que de costumbre (tostada con mantequilla y mermelada de fresa) y bebe mucho más despacio de lo normal (café con leche, copa de anís, agua del grifo). Me pregunta si los niños han disfrutado con sus regalos. Contesto aunque me interrumpe con un gesto. Arruga los labios, levanta una ceja y me mira por encima de las lentes. Comienza su discurso llevándose las palmas de las manos al rostro. Las separa con lentitud mientras parece querer estirar la piel para siempre. Malo, pienso.
- Mire, don Gabriel, el problema es que tenemos que vivir de espaldas a la realidad. Queremos que las cosas sean blancas cuando, en realidad, son negras como el tizón. Y eso no puede ser de ninguna de las maneras. Los problemas son problemas y si no se solucionan se convierten en obsesiones y si vivimos con obsesiones no podemos ser felices. Tanto regalito y tanta patraña no arreglan nada.
Intento intervenir y hace otro gesto para que espere. Bebe un trago de anís. Otro de agua. Mira al suelo. Piensa qué es lo que quiere decir exactamente.
- Nos pasamos la vida pensando que no debemos claudicar sin pensar en que esa actitud lo que supone es que otro sienta que lo hace. Queremos tener razón. Pensamos que la tenemos. Nos ciega la soberbia. Damos la espalda a la realidad cada día. Y, lo más gracioso de todo esto, nos sentimos de maravilla. Tenemos un problema. No hablamos de ello. Solucionado. Mentiras. Mentiras. Mentiras.
- ¿A qué viene esto, Eduardo? Pago yo el café, coño.
- Las navidades. Pero ya han pasado. Acabo de darme la vuelta hasta el año que viene.
Le pregunto si puedo servir de ayuda. Si necesita hablar algo más nos tomamos otro café, digo. Niega con la cabeza. Apura su copa. Le ofrezco un cigarro que agarra con cuidado.
La normalidad es tan mezquina con la felicidad que da miedo. Logra mimetizarse con ella, la hace desaparecer sin que nadie lo note. Pero la vida arranca gracias a esto. Eduardo ha decidido que lustrar zapatos es lo mejor que puede hacer. Ni una pregunta de más que le acerque a un territorio donde tope con sus temores, con sus fantasmas más viejos. Se enfrenta con la realidad más cercana para poder esquivarla sin mirar. De espaldas a ella.
El frío de Madrid arrastra una tristeza contagiosa. Poderosa. Todo continua en su sitio. Somos nosotros los que tenemos que buscar nuevas ubicaciones. Molestas, desestabilizadoras.
Por cierto, me han regalado un ejemplar de la última novela de Alejandro Gándara. El día de hoy se titula. Qué suerte poder leer cosas así. Apenas abrí el libro y ya marcaba con un lápiz lo que me iba gustando. Me temo que tendré que pedir prestado a uno de los niños un sacapuntas. Dejo aquí un pequeño fragmento para compartir una parte de esa realidad a la que no queremos mirar. La más dura de todas, la que nos llega desde la ficción.
“Pensé: Lo poco que separa a una persona amada de un completo extraño. Basta que tenga un plan que no te incluya para que se convierta en desconocida. Mismo rictus, misma piel, mismo movimiento de labios, misma carne resabida, y basta que diga que se dará un paseo, y que tú no puedes ir con ella, para que ya no puedas alcanzarla, para que sientas que se ha ido hace mucho tiempo. Era tuya, en cambio, ya no queda nada que puedas hacer con esa que está ahí, para la que además has desaparecido. Tú miras a una extraña, ella no mira a nadie”.

3/10/08

Fritanga a 9 €


Eduardo, gran limpiabotas y mejor tipo, agarra la taza de café con delicadeza. Dice que el betún mezclado con el sudor de las manos se pega a la loza como una lapa. Y no quiere ganarse la bronca de Conchi (estupenda camarera que regaña y amenaza a Eduardo con servirle hasta los combinados en la misma taza si las deja hechas un asco).
- Mire usted, don Gabriel, hay diferentes formas de acabar con las civilizaciones. Las hay violentas, graciosas, maquiavélicas o fulminantes. Por ejemplo, Colón utilizó una técnica terrible. Se llevó a ultramar todos los virus conocidos a bordo de sus naves. Fue el primer ilegal de la historia (no vaya a creer que pidió un visado para hacer su viaje) y organizó un lío que acabó con aztecas, mayas, incas y clanes desconocidos en un abrir y cerrar de ojos. Y, además, a los que no murieron de viruela les pegaba un trabucazo. Menuda pieza.
- Ya. Pero Eduardo ¿usted cree que sabía lo de los virus el bueno de Colón?
- Sabía lo de los trabucos que son virus más grandes. Es lo mismo, ¿no?. Bueno, hablemos del asunto de su blog. Hoy toca hablar de los menús, de la fritanga. Otra forma de aniquilar una civilización. Le he preparado esto.
Eduardo me ha entregado una cuartilla. Dos caras. Y un añadido. La inevitable servilleta. También dos caras. Lo reproduzco sin corrección alguna.
“La verdadera crisis no está en Wal Strett. Cualquier paseante ajeno a lo que pasa allí puede comprobar que el gran problema de la civilización occidental es el maltrato que sufren los ciudadanos entre las dos y las cuatro de la tarde. Comida congelada y precocinada con aceites que podrían hacer circular a un autobús, pan que ni es pan ni es nada (¡¿desde cuando el pan francés es pan?!), arroz que no se pasa porque le han cambiado un cromosoma de sitio, vino que es vinagre (para que yo diga eso ya tiene que ser malo), etc. Nos cobran la fritanga a 9 € y pagamos con nuestras vidas. Una comida así no puede hacer pensar a la gente. Dicho esto contaré una anécdota que resume cómo actúan y se mueven las cocineras en los bares que sirven menús en el centro de Madrid. No tienen compasión con nadie. Estando a punto de lustrar los botines a un imbécil que se había gastado 3 € en una tienda de zapatos chinos y 5 € a mí por limpiarlos, escuché decir a una cocinera que lo suyo era ahorrar. Mandó a su ayudante a comprar 250 de chorizo para las lentejas (tenían un cromosoma menos porque sabían a rayos). 250 gramos de chorizo para las lentejas de 100 personas. Naturalmente, a mí no me tocó ni el pellejo. Ni a mí ni a nadie aunque ella lo cató seguro. De segundo plato pude elegir entre San Jacobo grasiento o salmonetes del tamaño de un tiburón, llenos de espinas y fritos con aceite de algo desconocido. ¿Nadie puede parar esta masacre? La civilización terminará descompuesta (quiero hacer notar el aspecto escatológico de la expresión) y un hombre descompuesto no puede trabajar ni nada. Irse por las patichs es lo peor y pagar por ello denigrante”
Después de leer su texto le he mirado con los ojos más abiertos de lo normal.
- Impresionante ¿verdad?
- No sé, Eduardo. Me parece algo agresivo. Yo esperaba otra cosa.
- ¿Le parece poco que avise en internet de lo que está pasando? Don Gabriel, Colón arrasó con su ejercito de virus y con un grupo de hombres pegando tiros. Las mujeres han empezado por el estómago. Se lo digo yo. Si tienen un ministerio y todo.
- Está bien. Yo lo publico, pero esta vez no le garantizo el éxito de público y crítica.
- La vida es riesgo, don Gabriel. Y si no lo cree mañana se viene a comer conmigo. Ya verá qué risa le da.

26/9/08

Doce servilletas


Eduardo, el limpiabotas más divertido de Madrid, ha declarado la guerra a una serie de colectivos. Hoy, mientras tomábamos un café, me ha pedido por favor que publicara el texto que traía escrito en una docena de servilletas de papel. Don Gabriel, revisamos un poco lo que dice, le ponemos bien las comas y lo deja dicho en su blog. Eso sí a pachas, no vaya a ser que triunfe usted y me quede a dos velas. Me ha prometido la entrega de sus reflexiones por escrito cada viernes. Hemos intentado no modificar en exceso el original y el resultado ha sido revisado detenidamente por Eduardo que me ha autorizado a publicar el mismo. Este es el resultado.
Asistir al intento de suicidio por parte de una jovencita en una tienda de moda ha sido toda una experiencia. Acompañada por su madre, intentaba comprar (la joven) una chaqueta de punto. Color: gris marengo. Entre las posibilidades que tenía para elegir una talla u otra había una “xxs”. Esto significa que la prenda era más bien pequeña o insignificante dependiendo de quien intentara embutirse en ella. La muchacha, rellenita ella y muy guapita de cara, decía “mama, mama, a ver si entro en esta” (nótese la falta de tilde reiterada en la palabra mama y que quería entrar en la prenda gris marengo de la talla xxs y no en el ascensor). De forma instantánea, la chica parecía mucho más rellenita y dejaba de ser guapita de cara debido a la congestión provocada por las estrecheces. Anda, mama, si entro. Qué contenta estaba la criatura. Se ha ido de allí con la chaqueta puesta. La cajera ha separado de la prenda el dispositivo antirrobo y la etiqueta como buenamente ha podido teniendo que agarrar del cuello a la feliz muchacha. Ha sido algo así como pasar un gran salchichón por el lector del código de barras. Despojarse de la chaqueta de punto gris marengo talla “xxs” le habrá parecido una odisea que no merecía la pena. El caso es que una señorita que entró en la tienda con un aspecto de lo más saludable ha salido por la puerta convertida en una irrisión. Desconozco si ha llegado a la boca del metro (se encuentra cincuenta metros más abajo) respirando o si han tenido que reclamar la presencia de los servicios de urgencia. Desde luego la posibilidad de una muerte por asfixia embutida en una prenda barata que te hace mucho más gordita es escalofriante. Si, además, se trata una acción voluntaria (la de vestir semejante ridiculez) estamos ante la forma de suicidio más patética de la historia de la humanidad.
Mientras esta chica hace que sus curvas sean mucho más evidentes, decenas de diseñadores divinos, con peinados transgresores, gafas de diseño vanguardista, zapatos de charol y suela de madera flexible y carteras de piel maravillosa, ven como sus cuentas bancarias se hacen grandes. Muy grandes. Tan grandes como los michelines que la mayor parte de los humanos llevamos encima y de los que nos han enseñado a avergonzarnos cada vez que salimos de la ducha y nos miramos en un espejo. Y sus cuentas aumentan a costa de jovencitas esqueléticas que se van cayendo por las esquinas porque no pueden mantenerse en pie. Otra forma de suicidio absolutamente lamentable. Y real. Esta si que es real.
Hasta aquí la denuncia y declaración de guerra al colectivo “modistillos tuercebotas”. Eduardo se mostraba muy preocupado por el contenido del texto. ¿Se nota que la primera parte es sarcasmo puro y luego me pongo serio? No quiero que la gente se me eche encima, don Gabriel. Tranquilo, Eduardo, para mí que salimos de esta.
El próximo viernes el texto estará dedicado al colectivo formado por las cocineras de bares en los que se sirven menús. Ya veremos.
© Del Texto: Gabriel Ramírez Lozano

Tete Montoliu - Saps






20/9/08

Extraño


El desayuno de hoy ha sido magnífico. Junto con Eduardo he dilatado todo lo posible el tiempo. Un té cargado, la tostada con aceite de oliva, otro té, algo de agua. Fumando y charlando, diseñando un mundo novelesco, divertido, disparatado. Eduardo comienza su jornada algo más tarde, pero madruga sin tener que hacerlo para pensar.
- ¿Por qué no piensa mientras lustra o esperando a que se siente un cliente?
- Imposible. Me gusta ver pasar a las chicas. Imagino que me he casado con una u otra, la vida que hubiera tenido siendo una persona normal y corriente.
- ¿No lo es?
- Lo intenté una vez y lo único que conseguí fue pasar dos años en la legión. Desde aquello no he vuelto a estar sujeto a un horario, ni he pisado un banco para ingresar un céntimo, ni comulgo, ni nada de nada. No sé gran cosa de mi familia. Quizás ya estén todos muertos. Y aquí me tiene tomando café con alguien al que apenas conozco e intentando arreglar el mundo a base de inventarlo. No soy normal, no. Ni usted.
- Creía serlo. No me asuste.
- Témase lo peor.
Un tipo insiste al camarero preguntando, una y otra vez, cómo está la máquina tragaperras. Antonio (así se llama el barman) le dice que funciona y que si funciona es que está bien. El cliente refunfuña y pide cambio de cincuenta euros. Eduardo que entiende de estas cosas me dice que es un lila. Afirma que esa máquina soltó ayer todo lo que tenía que soltar. Nadie deja una máquina cargada para que trinque la tela otro al día siguiente. Eso lo sabe Antonio, pero a este tontaina no se lo va a decir, claro. Mientras Eduardo habla el sujeto vuelve a pedir cambio. Cincuenta más. Ve, don Gabriel, ese tío parece normal. En su casa piensan que ahora está trabajando, que dobla el espinazo como el que más. Y ya lo ve. Un pardillo que gasta lo que no gana en una semana intentando ser el más afortunado de Madrid a las siete y media de la mañana. Cuando llegue a casa contará a su señora que el trabajo es una mierda y el sueldo no da para nada. La mujer dará la razón a su querido marido y correrá a contar en la carnicería lo difícil que es sobrevivir en una ciudad como Madrid. (Otros cincuenta euros). Debería estar prohibido que los listos de verdad ganasen a costa de este ejército de primaveras. Eduardo pide una copa de anís. Pregunta si quiero acompañar aunque no espera mi contestación. Ya sabe que no bebo. Lo normal es lo que nos enseñan en la televisión. Hay que ser guapo, acomodado, servil con los políticos, ahorrador, vestir de forma elegante. Estoy a un millón de kilómetros de ser normalito. Y el de la máquina cree serlo, lo grita cuando puede para que lo demás traguen, pero no lo es. Es tan anormal como lo puedo ser yo. No es tan distinto ser un limpiabotas o ser un gastador de ciento cincuenta euros sin venir a cuento. La única diferencia es que a mí me miran cuando curro y a este no le hace caso ni Dios. El jugador pide cincuenta euros más. Esta vez quiere que le fíen. Ni hablar del peluquín, dice Antonio. El hombre vuelve a refunfuñar y pide la cuenta. Ha calculado mal gastando incluso lo que tenía para pagar el desayuno. Eduardo se levanta y le paga el café. Sólo se gana a esto si eres el dueño del bar. O chino. Esos saben lo que hacen. Vaya usted con Dios, amigo.
- Eduardo, la rareza de todo esto es que usted le pague el café a ese hombre.
- Qué va. Estábamos inventando el mundo y nos ha interrumpido. Me estaba poniendo de mala leche. ¿Dónde estábamos? Espere que le limpio los zapatos. Gratis. Como le vea alguien así mi reputación va a caer en picado.
Supongo que le estaría poniendo de mala leche por algo. 
Y de camino a la oficina me he preguntado algunas cosas. Lo normal en estos casos.

5/5/08

Cuando se acaba el chollo


Hace unos días celebramos el cumpleaños del joven Guzmán. Cuatro años. Disfrazado de Harry Potter (con varita mágica “flipendor” incluida) disfrutó de lo lindo.Aunque siempre hay pegas al lado de las alegrías. Y es que uno se siente más viejo cuando nota que el tiempo cae a plomo en forma de bebés que dejan de serlo, de jovencitos insolentes que fueron niños o de una cría que comienza a hablar. Cuatro años pasan rápido. Los trece (casi catorce de Gonzalo) han sido tan cortos que provocan el vértigo propio de la vejez que acecha. Mucho más veloces.Maldito tiempo.Esta mañana charlaba con Eduardo (como todo el mundo sabe es el limpiabotas más divertido de Madrid). Hemos tomado un café mientras comentábamos el final de liga, la ruina que tiene medio país, la muerte de Calvo Sotelo y la fiesta de cumpleaños de Guzmán Ramírez.
- ¿Cuatro años? Aún tiene posibilidades de creer en muchas cosas. Felicidad, amor, amistad... Con más de diez o doce se acaba el chollo. Se lo digo yo.
- Eduardo, qué forma tan pesimista de ver las cosas ¿no?
- No.
- Cualquiera puede sentirse feliz a los cuarenta, hacer un nuevo amigo a los cincuenta o enamorarse a los veinticinco. Que lo sé yo.
- ¿Amigos a los cincuenta? A usted le está sentando el café de pena. Un amigo es una cosa muy difícil de encontrar. Lo que podemos hacer es cambiar de compañero de alterne, de chico que ríe las gracias o compañeros con las mismas desdichas. Y si lo confundimos con la amistad es que somos más tontos que pichote. El niño Guzmán es el que puede crear vínculos de los de verdad, pero nosotros no. No se engañe. Queremos darnos un homenaje a diario y no nos damos cuenta de que parecemos payasos patéticos. Panplinas. A ver si se cree que Calvo Sotelo tenía la cantidad de amigos que le han salido a última hora. Los que fueron a la fiesta de cumpleaños de Guzmán podrán llegar a ser sus amigos. Los que miran con cara de pena al fiambre ni lo fueron ni lo serán.
- Alguno habrá que mire al muerto y haya sido su amigo.
- Sí. Los que fueron a su fiesta de cumpleaños cuando eran niños.
- Esta visto que no es su día. A usted lo que le pasa es que no es socio del Real Madrid y que tiene la misma ruina que yo. Como si lo viera.
Antes de irme me ha recomendado un libro. La decadencia de Occidente de Spengler. Le he dicho que lo leí hace muchos años. Traducido por García Morente y prologado por Ortega y Gasset. Pues no sé cómo piensa usted así, me ha dicho. Pues porque leí a Spengler. Hay que saber separarse de algunas cosas, le he contestado.Quizás Eduardo (como todo el mundo sabe es el limpiabotas más divertido de Madrid) tenga razón. Quizás seamos más tontos que pichote. Quizás las decisiones que tomamos siendo jóvenes creyendo que nos podemos comer el mundo son las únicas importantes de nuestras vidas y lo demás es pura cosmética para poder sentirnos mejor de lo que somos y de lo que estamos.En Madrid luce el sol. Hoy se celebrarán un buen número de cumpleaños en los que se crearán amistades verdaderas entre los niños, se sentirán felices los pequeños y algún primer amor se dejará ver en una mirada furtiva. Lo que pase entre los padres será bien distinto. Y el que no quiera creer que las cosas son así que reclame a Eduardo. O a Spengler.

28/8/07

Más que un catedrático


Dice Eduardo que el euro tiene el mismo valor (exactamente el mismo) que la peseta en tiempos de la dictadura.
- Mire, Gabriel, usted podía comprar un piso por trescientas mil pelas y ahora lo puede hacer por trescientos mil euros. Con cuatro pesetas comía un bocata de calamares en la Plaza Mayor de Madrid. Hoy puede hacerlo por cuatro euros. Mucho cambio y mucha más palabrería para tan poco progreso. El mundo seguirá siendo la misma cosa mientras existan los políticos y las religiones. Lo único que quieren unos y otros es que nos reproduzcamos como piojos para conseguir más persones afines a lo que dicen. Cuando no es así organizan una guerra, dejan lo que les interesa y otra vez a reproducirse. Y así siempre. Lo mismo da que tengamos euros que pesetas, que gobierne un partido u otro, que Dios se llame Alá o Mahoma. Se lo digo yo que he limpiado los zapatos a miles de personas y esto enseña más que cualquier catedrático.
Hoy hace más calor. Este verano nos hemos acostumbrado a no sentirlo y cuatro o cinco grados de más nos parecen un calvario. Mientras conversamos un par de niños corretean a nuestro alrededor. Juegan a policías y ladrones. El que interpreta el papel de malo malísimo es alcanzado por las balas imaginarias del poli (un par de años mayor). Pero no pasa nada. Lleva puesto un chaleco antibalas. Más tarde nos enteramos de que es antibombas. Sobrevive a cualquier ataque del pequeño policía que decide jubilarse después de lanzar todo tipo de proyectiles que no causan ni un rasguño a su compañero de juego.
- Mirando a los niños uno termina sabiendo cómo está el percal, dice Eduardo mientras repasa el zapato derecho.
Ya les he dicho alguna vez que es el mejor limpiabotas de Madrid. Y el más divertido.
- Sólo juegan, respondo.
- No, no, no. Repiten lo que ven en la televisión.
Paseo hasta la parada del autobús. Escucho a Count Basie. Recuerdo a mi padre cuando suena All of me. Era una de sus canciones preferidas. Siendo yo un jovencito rebelde le acusaba de escuchar música de ascensor o de consulta odontológica.El autobús va de bote en bote. Entra una mujer embarazada. Nadie mira por si le toca la china. Me retiro lo que puedo para que, al menos, disfrute de unos centímetros. Pienso en los embarazos de Silvia. El conductor mira a la mujer. Frena y se levanta. Si no le ceden un asiento a la señora lo haré yo con el mío. Una mujer se levanta con prisa. No te había visto, hija.Al llegar a casa me voy encontrando con los niños poco a poco. Uno en el salón escuchando música, otro en la terraza jugando con unos muñequitos que ordena en posición de combate, el tercero viendo la televisión y repitiendo las palabras mágicas de Donald para conseguir no sé qué. Gimena llega gateando desde el fondo del pasillo. Gateando y muerta de risa. Silvia ordena un armario. Mi madre creo que está desaparecida. Habrá huido. Normal. Presto atención a la música que suena. When I Fall In Love. Tete Montoliu.- ¿No decías que esto era un coñazo? pregunto a Gonzalo.- Es lo que estaba puesto en el equipo. Me daba pereza cambiarlo.- Ah, ya. Perdone usted señor jovencito rebelde.Salgo a la terraza. Después de treinta y cuatro años los edificios siguen siendo los mismos. Exactamente los mismos. Quizás tengan un aspecto algo mejor. Lavar la cara a las cosas no las convierte en algo diferente. El reloj del edificio de Telefónica (me encantaba mirar sus números rojos iluminados cuando era niño y pensar que debía ser enorme para que pudiera verlo desde tan, tan lejos) marca la hora. La vista no me alcanza. Miro el mío. Supongo que es la misma. O una muy similar.

1/7/07

Felicidad


Eduardo, el limpiabotas más divertido de Madrid, dice que los marcianos llegaron a la tierra utilizando una tecnología muy inferior a la que manejamos los terrícolas en la actualidad. La diferencia es que “esos le echaban un par de cojones cuando hacían cualquier cosa”. Medían más de cuatro metros y, sabiendo que sus días estaban contados, intentaron reproducirse con todas y cada una de las especies animales de la tierra. Tan sólo lograron un buen resultado con los simios a los que pudieron traspasar su inteligencia. Así se explica que los elefantes tengan una memoria tan asombrosa (fue lo único que lograron en el apareamiento) o ese eslabón perdido entre el hombre y el mono. Una vez que consiguieron su propósito se dejaron morir (los marcianos de más de cuatro metros) y tomaron el relevo lo que conocemos hoy en día como homo sapiens. Esa es la teoría de Eduardo.
Esta es una ampliación de la que ya me comenzó a contar y que va perfeccionando en cada explicación.
Tiene sesenta y ocho años. Vive en un piso compartido con otros cinco sujetos. Dice ser feliz.
Macarena se gana la vida revendiendo entradas de todo tipo. Sobre todo le gusta hacerlo junto a la plaza de toros. Los extranjeros compran siempre pensando que la plaza estará llena, dice la mujer. Más de setenta años, dos hijos muertos en el aseo de un bar con una aguja clavada en el antebrazo. Su marido llegaba borracho a diario y la zurra (como ella dice) llegaba con él. Está bien como está, me cuenta después de decir que murió hace cinco años con el hígado hecho puré.
Macarena me ofrece entradas siempre que me ve. Me las vende a su precio y yo le aumento en algo el botín para que pueda pagar la pensión. Los que la conocemos siempre lo hacemos.
Presume de no tener una sola cana y de haber sido una de las mujeres más guapas y descaradas de Madrid. A mí un panoli con la cartera llena no se me escapaba nunca. Había que sacar adelante la familia. Dice ser una mujer feliz.
Jorge es transexual. Si es verdad lo que dice fue el primero que cambió de sexo en España. Ha ido sobreviviendo como ha podido durante estos últimos años. No es alguien a quien la fortuna le haya sonreído. Nunca.
Cuando tenía tres años me encontraron, por primera vez, dentro de un armario llorando porque no quería ser una niña. Lo va diciendo mientras sonríe. De forma sincera, creo. Sólo cuando salí del quirófano supe que había terminado mi travesía por el desierto, sigue hablando despacio, como recreando cada detalle en la mente.
Nadie pensaría que Jorge fue antes una mujer. Pasó de los cincuenta no hace mucho. Su novia le abandonó no hace mucho. Dice ser un hombre feliz.
© Del Texto: Gabriel Ramírez Lozano

10/5/07

Un mundo nuevo


Me he acercado a dar un beso a Silvia. Antes de buscar un sitio tranquilo para comer. Y le he conocido. Eduardo es limpiabotas. Delgado, ojos claros rematados por un cerco violeta que resalta sobre el resto del rostro. Las arrugas marcadas por el arado de unos minutos intransigentes. Una dentadura sin repuesto por la falta de presupuesto. Así es Eduardo. Más o menos.
He mirado mis zapatos. Y estaban hechos un desastre. Así que he decidido pedir a Eduardo que hiciera lo que pudiera con ellos.
Mientras iba preparando sus cosas para limpiar la piel (ha utilizado la técnica de lavado al jaboncillo como sólo lo saben hacer los que han pasado un buen puñado de años en la tenería), ha comenzado a explicarme su teoría sobre algunas cosas del universo. Por ejemplo, el universo está en constante caída. Eso crea una cantidad enorme de energía y es eterno. Antes del principio el universo ya caía. Más cosas. Antes, hace doscientos mil años (o cuatrocientos mil, no lo sabe exactamente) no había noches y días porque alrededor de la Tierra orbitaba una pequeña estrella que provocaba la falta de noches. Estrella que cayó contra el planeta Tierra provocando el hundimiento de la Atlántida.
En fin, teorías algo especiales aunque contadas (se lo aseguro) con gracia y un convencimiento absoluto. Le he preguntado de dónde saca la información y me ha dicho de forma confidencial que ha leído tablillas de granito grabadas con información secreta que nadie está interesado en descubrir a la humanidad. Me ha hecho pasar un rato formidable. Y creo que él lo sabe.
Antes de irme hemos fumado un cigarro.
- ¿Sabe quién fue Zeus, don Gabriel? me ha preguntado empeñándose en no tutearme.
- Sí, algo sé de él.
- Pues se pasó de moda. Antes todo el mundo creía en él y un buen día le cambiaron por otro. Las cosas son así. Todos deberíamos pensar en ello. Sin darnos cuenta nos estamos quedando sin Dios porque la moda es otra y sin valores por lo mismo. Hágame caso, don Gabriel, que llevo en la calle muchos años y aquí es donde se parte el bacalao.
- No tire la toalla, Eduardo.
- No, no, yo no tiro nada. Lo que digo es que pronto tendremos que buscarnos las habichuelas en el planeta Venus. Es ley de vida. Se enfrió el sol y Marte se convirtió en un infierno. Se trasladaron los que pudieron hasta la Tierra. Pocos. Y no fueron capaces de sobrevivir aquí. Nosotros somos una mezcla entre marcianos y algún tipo de hombre con el que tuvieron contacto antes de estirar la pata. Y nos vamos a ver en las mismas cuando lleguemos a Venus.
- Ya, pues nada habrá que preparar las maletas, Eduardo. ¿Habrá Dios allí en Venus?
- No se haga ilusiones.
- Pues entonces yo me quedo, Eduardo.
- Usted verá. Yo saldré, si puede ser, en la primera caja de campo electromagnético.
Ha dejado los zapatos como nuevos. 
Cuando un disparate se convierte en realidad el mundo cambia de forma radical. Y hoy mi mundo ha dado un vuelco. Ahora sé que todo vale.