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16/1/10

Personas a medio camino


Del mismo modo que un personaje cualquiera puede sentir como una persona de carne y hueso, de esas que tenemos a nuestro lado, los personajes de novela crecen o desaparecen sin dejar rastro, mueren importándonos bien poco o se cruzan en nuestro camino dejándonos un poso importante. O no. Los personajes se hacen inmensos o una caricatura de sí mismos o nada de nada (es decir, están vacíos). Lo mismo que les pasa a nuestros padres, amigos o desconocidos. Lo mismo.
Esto, en literatura, sucede porque el escritor así lo quiere. En la vida real, por el contrario, es el azar o la necesidad (es lo mismo y cuando digo esto me refiero a que azar y necesidad son la misma cosa) lo que determina nuestro futuro. Y ahí es donde encontramos una de las grandes diferencias entre la ficción y la realidad. En la ficción nada queda en manos del azar, en la ficción el autor puede hacer o deshacer las cosas dependiendo de sus deseos sin que nadie le pueda criticar en el momento de tomar una decisión sobre el futuro de sus personajes. Construye el mundo como le apetece. A medida.
Para que esto ocurra, el autor tiene a su alcance una serie de recursos que le facilitan la labor. Por ejemplo, un personaje comienza a serlo sólo cuando le presentamos dialogando, enfrentando su logos a otro distinto, cuando se produce un choque del que el personaje saldrá modificado, el narrador (si es que es diferente) también y el lector conocerá lo necesario para entender ese mundo que se presenta. Sí, sólo después del diálogo. Un personaje puede aparecer en la primera página de una novela y no serlo (de forma absoluta) una vez acabada la obra. Podría ser un actante (estos son los que iluminan al personaje principal y actantes pueden ser los objetos también) y no un personaje. Es por eso que el diálogo es el recurso más importante en literatura y, por ello, el más difícil de manejar.
Salinger es un maestro. Hemingway lo fue. Faulkner es el mejor de todos, pero nadie se lo ha reconocido (seguramente porque no le leen o no le entienden). Entre los autores españoles destaca Gándara. Y alguno más domina la técnica de forma notable aunque son más bien pocos.
Lo que no parece que se pueda encontrar con facilidad es un tipo que maneje el lenguaje, que articule su discurso o dialogue con solvencia. En este mundo en el que el azar es el que manda, todos parecemos actantes. Actantes de medio pelo porque tampoco parece que nadie sepa al que ilumina o por quien es iluminado. Los personajes se quedan a medio hacer si no dialogan y los seres humanos nos quedamos a mitad de camino por la misma razón. El uso del lenguaje nos hace más personas. Sin duda. Evitar que nos quiten por ese lado lo poco que nos queda se nos antoja una idiotez y no hacemos caso. Hablamos y hablamos sin sentido hasta que toca decir algo importante y, en ese momento, nos quedamos sin palabras, sin argumentos para defender cualquier idea por pequeña y absurda que sea.
Maestros en el uso estúpido del lenguaje son los políticos, los presentadores de programas en televisión y locutores de emisoras radiofónicas. Frente a ellos pocos enemigos. Cuatro intelectuales que pasan calamidades para poder pagar el alquiler y un puñado de personas que son tachados de cursis, redichos, prepotentes o bobos. Los ancianos en su mayoría llegan a formar parte de este grupo cuanto más ancianos se hacen (cuando rozan la posibilidad se suelen morir de viejos). Vivimos el reinado de los que cuentan anécdotas, de los que presumen ser de lo más interesante porque se las saben todas (las anécdotas), de los que se enfrentan para discutir sin decir una sola palabra que aporte algo de luz al problema tratado. No podemos presumir de habitar en el país de los ciegos con el tuerto a la cabeza. Es una pena, pero no.
Los escritores hacen que sucedan las cosas a su gusto, corrigiendo todo aquello que la realidad no les permite regular. Aquí no hay nadie que haga nada ante el mal uso del lenguaje, ante tanta conversación superficial que se hace en público y que se traga la gente sin rechistar.
En un futuro no muy lejano no será necesario hablar porque ya nos lo dirán todo. Nuestros logos no podrán enfrentarse porque no habrá logos que puedan hacerlo. Ya nos lo dirán todo a través de la televisión. En los libros aparecerán los personajes conversando entre sí, soltando frases vacías a diestro y siniestro (como ahora, pero de forma salvaje y sin que nadie escriba una línea intentando arreglar el entuerto), sin saber que son actantes que pasarán por allí sin pena ni gloria. Como nosotros, como los seres humanos de carne y hueso. Como objetos oscuros sin posibilidad de iluminar a nadie.
© Del Texto: Gabriel Ramírez Lozano

23/3/09

Sobre eso que llamamos talento


Shostakovich decía tener la cabeza llena de melodías. Siempre distintas unas de otras. La razón era que, desde que una esquirla de metralla se le quedó alojada en el corazón, si inclinaba la cabeza hacia un lado podía escuchar música. Ese era su gran secreto. Escuchaba y luego componía. Creo yo que se escuchaba y luego escribía en la partitura lo oído.
Shostakovich hacía lo que un artista debe hacer. Pensar la realidad, intentar recomponerla en la mente para representarla. El lenguaje que se utilice es lo de menos. Música, pintura o escritura son la misma cosa.
Un escritor, por ejemplo, no puede dejar de mirar las cosas sabiendo que él no puede ver lo que cualquier otro. Una mosca revoloteando por la habitación para un escritor se transforma en “la mosca”. Y una vez que ha visto, que ha observado lo que sólo unos pocos tienen a su alcance, lo convierte en un relato.
Para llegar a ser escritor no es necesario tener una esquirla alojada en el ventrículo izquierdo (quizás para ser un genio como Shostakovich, sí, lo desconozco porque no soy ni un genio ni me apellido Shostakovich), pero sí que es fundamental saber que la realidad existe para ser dominada, controlada; que la realidad encierra el sentido que queramos dar a nuestra existencia, la explicación de todo lo que nos pasa.
Eso que llamamos talento no es ni más ni menos que la capacidad del artista para dominar la realidad.
¿Por qué impresiona tanto acercarse a una buena novela o a una buena película o a un buen cuadro? ¿Nos impresiona la técnica utilizada o el resultado? La técnica nos puede gustar más o menos, nos parecerá original o extraordinariamente difícil, pero lo que nos abruma, lo que nos conmociona es el resultado, es esa forma de entender el mundo que nadie antes nos ha mostrado y que no podíamos imaginar que estuviera en ninguna parte del cosmos.
Hoy me preguntaban si he conseguido alguna vez en mi vida que alguien se convirtiera en escritor sin tener grandes facultades. La respuesta ha sido que he conocido muchas personas con una técnica de escritura muy justa, muy rudimentaria; unos con gran capacidad para ver más allá, otros con la mirada puesta en su propio ombligo. Sólo los primeros han terminado publicando. Y, prometo con toda solemnidad, que nadie les alojó ni esquirlas ni objetos extraños en ninguna parte de su cuerpo.
Recuerdo que una alumna de las pequeñas (mientras realizábamos un ejercicio utilizando el lenguaje de los sentidos) miraba una arboleda. Me acerqué con cuidado y le pregunté qué era lo que veía. Huele como cuando iba a visitar a mi abuela, Gabriel. Los árboles estaban a más de mil metros. Ella veía aquello y podía oler, veía un relato en el que pasaba esto o aquello. Y no era sinestésica. Ahora es escritora y aquel día todo lo que había escrito no ocupaba un confeti.
Les dejo con una excelente versión del tema "O que será" a cargo de Till Brönner y acompañado por Vanessa da Mata. Y no traten de hacer nada con esquirlas de metralla. No sirve.
© Del texto: Gabriel Ramírez Lozano